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Relatos Ardientes

Mi mejor amigo y yo dejamos de fingir esa noche

Con el paso de las semanas, y después de lo que había ocurrido entre nosotros, Adrián y yo empezamos a movernos en un terreno que ninguno de los dos sabía nombrar.

Éramos buenos amigos, siempre lo habíamos sido. Pero después de aquella tarde de verano, algo se había desplazado para siempre. Ya no era solo la amistad lo que nos mantenía unidos. Había aparecido otra cosa entre nosotros: una confianza más íntima, un roce invisible en cada mirada, un sentimiento que ninguno se atrevía a decir en voz alta, pero que los dos cargábamos como una verdad inevitable.

Cada vez nos buscábamos más. Cualquier excusa servía para vernos, para robar un rato juntos, para dejarnos caer en esa calma que solo aparecía cuando él estaba cerca. Y digo calma, pero era mucho más que eso. Me gustaba escucharlo, observar cómo todo parecía más sencillo a su lado, como si el mundo entero se redujera a su voz y a mi respiración.

Sin darnos cuenta, empezamos a depender el uno del otro. Aun sin ponerle palabras, sabíamos que aquello ya no se parecía a ninguna relación que hubiéramos tenido antes. Las cosas cambiaban, y nosotros con ellas, un poco más cada día, aunque nadie a nuestro alrededor lo sospechara.

***

Un viernes, dos semanas después de aquella noche, llegó la noticia que estaba esperando.

Me había bajado la regla.

Respiré por primera vez en días. Sentí cómo el miedo se disolvía de golpe y me dejaba ligera, casi feliz. No lo dudé: marqué su número. Él también merecía esa tranquilidad; los dos la necesitábamos.

—Buenas… ¿cómo estás esta mañana? —preguntó con ese tono dulce con el que siempre me recibía.

—Adrián, soy yo. Ya está… por fin me bajó —solté, eufórica.

—¿Sí?

—Sí, ya pasó. Podemos quedarnos tranquilos.

—Me alegro, nena, ya vas a poder relajarte —dijo. Pero había algo en su voz, algo que no encajaba con la alegría que yo esperaba.

—¿No te alegras? —pregunté, desconcertada.

—Claro que me alegro, peque… —respondió con su calidez de siempre—, pero si hubiese pasado, tampoco habría sido el fin del mundo.

Me quedé helada.

¿De verdad acababa de decir eso?

—¿Habrías querido que…? —no fui capaz de terminar la frase.

—No es que tenga pensado ser padre ahora —suspiró—, pero si hubiese pasado, sería feliz de que fuera contigo.

Sus palabras me atravesaron. No supe qué contestar. Yo me sentía aliviada, sinceramente aliviada. Después de tantos días de angustia, por fin podía respirar sin que el aire se me quedara atascado en la garganta.

—No le des más vueltas… Mañana lo celebramos, ¿sí? —su voz recuperó la luz de siempre—. ¿Qué te parece?

—Me parece bien… ¿qué propones? —respondí, dejándome arrastrar por su entusiasmo.

Ese día desapareció la sombra que llevaba semanas siguiéndonos. Por un instante, todo volvió a sentirse limpio, como nuestra amistad. O como lo que quedaba de ella.

***

Varios meses después llegó la fiesta de cumpleaños de Mateo, un amigo en común. A ojos de los demás, Adrián y yo seguíamos siendo los mismos de siempre. Nadie imaginaba nada, nadie podía intuir lo que pasaba entre nosotros. Ni lo que habíamos hecho, ni lo que habíamos sentido después, mucho menos lo que seguíamos guardando en secreto. Para el resto del mundo no éramos más que amigos. Solo eso.

Ese sábado el plan era simple: cena elegante, un par de bailes, unas copas en algún sitio donde fuera imposible mantener una conversación, y después cada uno a su casa.

Al menos, eso era lo que los demás creían.

Porque entre nosotros teníamos otros planes. Cada gesto decía otra cosa, cada mirada escondía un secreto.

Era un sábado más, o al menos lo aparentaba. Un día cualquiera de fin de semana. Y sin embargo, mientras me arreglaba, sentía el cosquilleo nervioso de quien se prepara para algo íntimo. Para los demás era una salida informal; para mí, casi una cita encubierta. Me puse la ropa interior más provocadora que tenía, un conjunto negro de encaje que apenas me cubría, imaginando el momento en que sus manos lo descubrieran. Solo pensarlo me humedecía entre las piernas.

Cuando llegamos, todo transcurrió como siempre: bromas, complicidades, risas naturales. Nada delataba que algo hubiera cambiado. Y aun así, cada vez que sentía sus ojos sobre mí, una oleada de calor me recorría entera, un latido bajo mi ombligo que se propagaba directo a mi coño. Él no hacía nada evidente, yo me mantenía casi distante, pero había algo en su mirada que me tocaba más que cualquier caricia.

Después de la cena, el grupo decidió bajar hacia la zona del puerto, donde los locales de moda hervían de gente. Allí, entre empujones, luces y ruido, ocurrió.

En un descuido, a media luz, nos besamos.

No fue un beso robado ni urgente, sino uno cálido, lento, envuelto en una ternura que me estremeció. Nos besamos en mitad de la calle, podían vernos, estábamos delante de todos, y aun así fue como si el mundo entero hubiera desaparecido. Él me abrazó, sujetándome contra su cuerpo con una delicadeza protectora que me desarmó por completo. Su mano acariciando mi mejilla parecía la confesión silenciosa de todo lo que llevaba tiempo callando. Podía sentir el bulto de su polla creciendo contra mi cadera, disimulado apenas por el pantalón, y me mordí el labio para no gemir en plena calle.

Ese beso, tan distinto al de aquella primera noche —menos desesperado, más verdadero—, me reveló algo que temía admitir: mis deseos y mis ilusiones no eran solo míos. Él estaba exactamente en el mismo lugar que yo, aunque se esforzara por disimularlo.

Aprovechamos que los demás se distraían en la entrada del bar para escabullirnos. Yo estaba agotada de fingir, ansiaba un momento a solas con él, sin miradas ni máscaras, y él parecía estar igual. Caminábamos casi sin rozarnos la mano, sin hablar de ello, como si no decirlo equivaliera a no sentirlo. Como si el mundo nos hubiera empujado por fin a dejar de aparentar lo que desde hacía tanto deseábamos.

Cuando vi que el coche se desviaba de la ruta habitual, pregunté a dónde íbamos.

Él respondió con una sonrisa oscura y cómplice.

—Pensé que podíamos pasar un rato solos. Y el mejor lugar para eso es al que vamos.

Nos dirigíamos a la finca de sus abuelos maternos, un sitio apartado pero cercano a la ciudad, levantado sobre una colina privilegiada.

***

Al llegar, una gran cancela nos recibió, apenas iluminada por los faros del coche. Adrián bajó, abrió el candado y deslizó la puerta metálica hacia un lado. Cuando volvió a entrar, me sonrió mientras su mano rozaba mi mejilla.

—¿Estás bien?

—Sí… contenta —respondí, sintiendo que por fin podía admitirlo.

Él asintió y seguimos.

La cancela quedó cerrada tras nosotros, guardando nuestro pequeño secreto. Avanzamos por un camino de tierra. A lo lejos vi una casita modesta, casi escondida entre la vegetación. Seguimos adelante hasta que el terreno se abrió hacia un barranco. Allí, en un extremo, un cenador de madera se alzaba como un altar silencioso. A sus pies, la ciudad brillaba inmensa, preciosa, como una ofrenda.

Adrián aparcó cerca y dejó las luces encendidas un momento.

—Ven, quiero mostrarte algo —dijo al salir.

Me acerqué despacio. Él estaba apoyado contra el capó, con una pierna doblada y la mirada fija en la vista. El contraste entre la serenidad del paisaje y la tensión en mi pecho me dejó sin aliento. Me quedé unos pasos atrás, embelesada por el lugar y por él. Respiré hondo, intentando calmar los nervios. Sabía —sentía— que esa noche habría un regreso inevitable a lo que tanto deseaba.

Entonces me tendió la mano.

Cuando la tomé, tiró de mí con firmeza, guiándome hasta su cuerpo. Su pecho era cálido y seguro, y al apoyarme en él sentí esa mezcla perfecta de calma y deseo que solo él sabía provocarme. Sus brazos me rodearon, arropándome.

Adrián era un hombre grande, fuerte, de presencia imponente. A su lado yo me sentía pequeña, protegida, profundamente femenina. Mis curvas, mis caderas amplias, mi pecho abundante: nunca habían sido un problema para él. Al contrario, parecía apreciarlos como parte de lo que le atraía de mí.

La noche parecía contener la respiración, igual que nosotros.

Allí, bajo ese cielo inmenso, me sostenía como si yo fuera lo único firme en medio de tanta sombra. Su abrazo era cálido, contundente, y mi cuerpo se acomodaba al suyo sin que tuviera que pensarlo. Encajaba perfecto. Sentía el vaivén de su respiración, la tensión marcada en sus brazos, esa ansiedad que no decía con palabras pero que mi cercanía le clavaba en el cuerpo, y eso me erizaba la piel. Su polla, dura y contenida contra el pantalón, se apretaba entre mis nalgas cada vez que él respiraba hondo, y esa sola presión bastaba para inundarme las bragas.

Las estrellas brillaban sobre nosotros, testigos silenciosos de cómo su pecho buscaba el mío, de cómo la noche se hacía cómplice de lo que nuestros cuerpos sentían. Yo me aferraba a él, a su calor, a esa proximidad que era peligrosa solo porque me hacía olvidarlo todo. Y entre su fuerza y mi entrega, el mundo pareció detenerse, dejándonos suspendidos en un deseo que me quemaba al ritmo de nuestras respiraciones.

Su mano seguía en mi cintura, pero ya no era una caricia inocente. Marcaba mi piel, dejaba el surco de sus uñas clavándose en una desesperación involuntaria. Acarició desde mis muslos hacia arriba, firme, decidida, como si conociera exactamente el punto donde mi piel se volvía frágil. Sus dedos llegaron a la altura que buscaban y presionaron, lo justo para que un escalofrío me recorriera desde el vientre hasta la nuca. Luego bajaron entre mis piernas por encima del vestido, tanteando la humedad que ya empapaba mi ropa interior, y me susurró con una risa oscura:

—Estás mojada… —dijo, apretando la yema del dedo justo sobre mi clítoris a través de la tela—. Mojada por mí, ¿verdad, puta?

—Sí… —jadeé—, sí, por ti.

—Mírame —ordenó en un susurro.

Me giré y lo hice.

Su mirada me atrapó, oscura, intensa, llena de un deseo que hasta ese momento solo había intuido. Me sostuvo la barbilla con los dedos, inclinando mi rostro hacia el suyo. La cercanía de sus labios era una tortura deliciosa; los sentía tan cerca y a la vez tan lejos, que mi respiración se quebró antes de que siquiera me tocara.

Cuando por fin me besó, no fue suave.

Fue profundo. Incontenible. Su lengua invadió mi boca y me la folló con la misma cadencia con la que después su polla iba a follarme el coño. Sabía a ginebra y a hambre. Me chupó el labio inferior, me lo mordió hasta arrancarme un gemido, y volvió a hundirse en mi boca sin pedir permiso.

Sus manos subieron por mis costados despacio, como si quisiera memorizar cada parte de mí. Encontraron mis tetas por encima del vestido, las apretó, las sopesó, y con el pulgar buscó mis pezones ya duros, marcándolos a través de la tela hasta hacerlos doler. Yo me incliné un poco hacia él, sin poder evitar buscar más de ese contacto. Sentía su cuerpo presionarse contra el mío, su respiración volverse más rápida, ese pequeño temblor en su pecho cuando mis dedos se quedaron enganchados en su camiseta.

Su boca dejó la mía y siguió su camino por mi piel, lenta y firme, como si quisiera probar cada punto que encontraba. El roce en mi cuello me arrancó un suspiro que no pude contener; era un calor directo, que descendía por mis pechos y me atravesaba sin pedir permiso. Bajó el escote del vestido de un tirón, liberó una teta y se la metió entera en la boca, chupándome el pezón con una fuerza obscena, tirando de él con los dientes hasta hacerme gritar por lo bajo.

Me tomó por las caderas con más fuerza, pegándome por completo a él, y mi cuerpo respondió sin pensar. Sentí la longitud entera de su verga marcada contra mi vientre, dura como una piedra caliente, y por instinto llevé la mano allí y se la apreté por encima del pantalón. Él soltó un gruñido ronco contra mi cuello.

—Sigue tocándomela así —jadeó—, mira lo que me hacés.

Su mano bajó por mi espalda con una intención clara, cálida y poderosa, y al agarrar con firmeza mis nalgas me mantuvo en el lugar exacto donde me quería. Cada movimiento suyo me atrapaba un poco más, como si mi cuerpo reconociera el suyo antes que mi cabeza.

—No sabes cuánto te echaba de menos… —murmuró contra mi piel—. Cuántas veces me la he pajeado pensando en tu coño.

Mis manos subieron por su pecho y sentí la tensión, su autocontrol a punto de romperse. Sus labios rozaban los míos sin llegar a tocarlos, en un juego cruel y delicioso.

Yo respiraba su aire. Él respiraba el mío.

Y ahí, en esa tensión suspendida, supe que solo hacía falta un segundo más para que ninguno pudiera detener lo que venía.

***

Me cargó sobre sus caderas, acariciando mis muslos mientras me sujetaba. Me depositó sobre el capó aún tibio. Me miraba con una intensidad oscura, perversa. Sus manos impacientes me fueron despojando de la ropa, dejando mi piel expuesta al frío. El vestido cayó al suelo, el sujetador siguió el mismo camino, y cuando quedé en bragas se detuvo un instante a mirarme.

—Joder… mírate —murmuró, pasándose la lengua por el labio—. Estás para comerte entera.

Enganchó los dedos en el elástico de las bragas y me las bajó despacio, arrastrándolas por mis muslos, mis pantorrillas, hasta sacármelas por los tobillos. Se las llevó a la cara y aspiró hondo, sin dejar de mirarme.

—Mira cómo te huele el coño —dijo, y las tiró al capó a mi lado.

Sentir el frío peleando contra el fuego de sus manos era consumirse en un ardor imposible.

Me besó sin dudar, devorándome con la misma necesidad de aquella primera vez. Me derretía por él. Recostada sobre el capó, desnuda en medio del frío, sentí el contraste entre el metal helado y su calor quemante. Se inclinó y empezó a besarme la piel con calma, como si quisiera memorizar cada rincón. Sus labios dejaban un rastro tibio que me arrancaba suspiros. Bajó por el cuello, atrapó de nuevo un pezón, lo chupó con hambre, tiró de él hasta hacerme arquear la espalda, y siguió bajando por mi vientre, mordisqueándome la piel, dejándome marcas rojas por donde pasaba. Me aferré a él, hundiéndole los dedos en el pelo.

La noche sin luna nos cubría con una oscuridad perfecta.

Subió mis piernas, abriéndome para él, colocándome los talones sobre sus hombros. Quedé completamente expuesta, el coño abierto y brillante frente a su cara. La anticipación me atrapaba. Quería sentirlo. Arqueé la espalda, ofreciéndome sin reservas.

—Qué coño tan bonito tenés —susurró—, todo hinchado, todo mojado para mí.

Y el calor de su aliento me golpeó.

Entró directo, caliente y húmedo. Su lengua me exploró como si quisiera beberme. La deslizó de abajo arriba, lamiendo entre mis labios, empapándose en mi humedad, y cuando llegó al clítoris lo atrapó entre los labios y lo chupó con una succión lenta y sucia que me hizo gemir a plena voz. Cada estremecimiento mío lo animaba más. Metió la lengua dentro de mi coño, follándomelo así, entrando y saliendo, mientras su nariz presionaba mi clítoris. El frío del metal dejó de existir.

—Adrián, Dios… —jadeé, agarrándome del capó—, no pares, no pares…

—No me pienso parar —murmuró contra mi carne—, hasta que te corras en mi boca.

Volvió a lamerme, esta vez subiendo dos dedos, hundiéndomelos hasta el fondo, curvándolos justo donde me hacía perder la cabeza. Sus dedos se movían con precisión, follándome despacio, robándome el aliento, mientras su lengua trabajaba mi clítoris con círculos exactos. Yo me aferraba a ese instante suspendido, al borde del abandono, sintiendo cómo todo se acumulaba dentro de mí. Un gemido largo se me escapó de la garganta cuando su lengua aceleró, y las caderas se me sacudieron solas contra su cara.

—Me voy a correr —advertí entre jadeos—, me corro, me…

Me estallé en su boca. Todo el cuerpo se me contrajo, las piernas se cerraron alrededor de su cabeza, y él siguió chupándome mientras yo temblaba, prolongando el orgasmo hasta que ya no pude más y le empujé la frente para apartarlo del clítoris demasiado sensible.

Se relamió con una sonrisa oscura, la barbilla brillante de mí, y me miró como si acabara de probar algo prohibido.

Él me tomó las piernas por las pantorrillas, trazando líneas lentas por mi piel, deslizándome sobre el metal.

Mis pies tocaron el suelo y quedé frente a él, temblando. Sus manos seguían explorándome, despertándolo todo.

Entonces, con un gesto brusco, me giró e inclinó sobre el capó.

La dulzura cedió a algo más crudo, instintivo, salvaje.

Quedé apoyada de bruces, las tetas aplastadas contra el metal, el culo levantado y ofrecido. Sentí una palmada seca sobre una nalga, luego otra sobre la otra, y el ardor me subió por la espalda mezclado con un placer que no supe reconocer.

—Qué culo tenés, joder —murmuró, agarrándomelo con las dos manos, abriéndomelo—. Toda la noche pensando en follártelo.

Era la primera vez que él me deseaba de esa manera, con las estrellas como testigo. Su mano reclamó mi sexo, explorando mi humedad, mi deseo. Deslizó dos dedos entre mis labios por atrás, jugueteando con la abertura, hundiéndolos hasta los nudillos y sacándolos brillantes. Mis gemidos crecieron mientras sus dedos jugaban con mi clítoris hinchado, moviéndose en círculos rápidos, mientras con la otra mano me follaba con tres dedos, abriéndome, preparándome.

—Pídemela —dijo con la voz quebrada—. Pedí que te la meta.

—Métemela —gemí, apretándome contra su mano—, por favor, métemela ya…

—¿Qué querés que te meta?

—Tu polla —solté sin pudor—, quiero tu polla, Adrián, dámela.

Cuando escuché la hebilla caer, temí su falta de control. Temí repetir la historia. Detrás de mí lo oí bajarse el pantalón, y luego el ruido del calzoncillo cayendo al suelo. Un segundo después sentí el glande caliente y grueso deslizándose entre mis nalgas, arriba y abajo por mi hendidura empapada, buscándome la entrada.

—Tranquila —susurró sobre mi espalda.

El sonido del preservativo me liberó del miedo. Rasgó el envoltorio con los dientes y lo escuché desenrollárselo sobre la verga con esa impaciencia contenida.

—Hoy vamos a hacerlo bien —dijo.

Y volvió a apoyarme la punta en la entrada del coño, empujando apenas, dejándome sentir el grosor antes de meterla del todo.

Entró en mí con vigor, decidido. De una sola embestida se hundió hasta el fondo, y un grito ahogado me raspó la garganta. Me llenaba entera, me la clavaba tan adentro que sentí el golpe en el vientre. Sus manos reclamaron mis caderas, marcando su autoridad, hincándome los dedos en la carne, y empezó a follarme con un ritmo firme, cada embestida más profunda que la anterior.

—Joder qué apretada estás —gruñó—, qué bien me la agarrás con el coño.

El capó vibraba bajo mi cuerpo con cada golpe de sus caderas contra mis nalgas. El sonido de la carne chocando, de sus huevos golpeándome el clítoris, se mezclaba con mis gemidos y con su respiración ronca sobre mi espalda.

—Déjate llevar —susurró.

Se inclinó sobre mí, me apartó el pelo de la nuca y me mordió allí mientras seguía metiéndomela. Una mano bajó por debajo de mi cuerpo, encontró mi pecho y me apretó el pezón entre dos dedos, tirando de él al ritmo de las embestidas. La otra bajó a mi coño y volvió a jugar con mi clítoris, frotándomelo mientras me follaba.

Mi cuerpo, lejos de relajarse, se tensaba cada vez más; estaba al borde de lo imposible. La necesidad de gritar se acumulaba e impacientaba.

—Grita… nadie nos va a oír.

—Más fuerte —le pedí sin reconocerme la voz—, fóllame más fuerte, Adrián, por favor…

Se enderezó, me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a embestirme con toda su fuerza. Cada golpe me levantaba las puntas de los pies del suelo. Escuchaba el chasquido de mi humedad, sentía cómo me abría, cómo se me llenaba el coño entero de su polla una y otra vez.

—Así, puta, así te gusta —gruñía—, para eso te traje, para follarte todo lo que no pude follarte estos meses.

—Sí… sí… no pares…

Y me rompí. Un grito profundo, arrancado desde el fondo. El orgasmo me sacudió entera, las piernas me temblaron, el coño se me cerró en espasmos alrededor de su verga, y él lo sintió, porque soltó un gemido animal y empezó a bombearme más rápido, sin ritmo, buscando el suyo.

Él también se rompió.

—Mieeerda… —lo escuché gritar, y sonreí.

Sentí su verga engrosarse dentro de mí, palpitar con violencia, y su corrida llenar el preservativo mientras se hundía hasta el final una última vez, apretándome contra el capó, mordiéndome el hombro para ahogar el rugido. Se quedó allí, dentro de mí, respirando contra mi nuca, con las manos aún clavadas en mis caderas, hasta que poco a poco se fue vaciando.

***

Cuando la excitación bajó, no hubo preguntas. Solo silencio, respiraciones aceleradas disipándose en la oscuridad. Salió con cuidado, se quitó el preservativo, hizo un nudo y lo guardó en un pañuelo. Me vestí. Él también. Contemplamos la ciudad en silencio mientras me abrazaba, devolviéndome el calor que la noche fría me había robado.

Besos suaves, caricias lentas. Una hora ajenos al mundo.

A las tres de la madrugada me dejó en casa. Un beso tímido de despedida, contradictorio. Había gente alrededor.

Volvíamos a la realidad.

A la condena de fingir que solo éramos amigos.

Nadie podía advertirme de que aquel beso tímido abriría una grieta entre nosotros.

No lo vimos venir. Las huellas de aquella farsa empezaban a dejar cicatrices entre los dos.

A veces creo que en ese momento todavía podíamos salvarnos. Otras, que ese beso fue el principio del final.

La verdad es que no importó: la grieta siguió creciendo.

Y lo peor fue que ninguno de los dos dio un paso para detenerla.

No sé cuál fue el primer hilo en romperse, si el suyo o el mío. Pero algo marcó el punto exacto en el que todo volvió a cambiar.

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Valora este relato

Comentarios(7)

CarlosRM

Buenisimo!!! se siente totalmente real, muy bien contado

Lucia_M

Me encantó, por favor seguí escribiendo!! quedé con ganas de mas

viajero_baires

Estos relatos de confesiones son los que mas me gustan, porque te imaginás que son de verdad. Muy buen trabajo

Tania_R

Y entonces?? eso es todo o hay mas?? necesito saber como termina esto

PabloNqn

jajaja tremendo, qué noche esa eh

Klaus_BsAs

Muy buen relato. A ver si le das una continuación, quedó justo en la mejor parte!

Sandra_lecto

corto pero intenso, me gusto mucho. Seguí así!

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