La mujer de mi exjefe me esperaba en el aparcamiento
Desde que me jubilé, mi vida había dado un giro que no esperaba. Sentía la cabeza despejada, el estrés de tres décadas se había evaporado de un día para otro, y empecé a disfrutar hasta de las cosas más insignificantes: un café tranquilo, una mañana sin alarma, un paseo sin destino.
Pero el cambio más raro, el que ni yo me explicaba, le había ocurrido a mi cuerpo. Era como si hubiera retrocedido veinte años. Volví al gimnasio con una constancia que nunca tuve, recuperé una energía que daba por enterrada, y mi mujer, Nuria, parecía haberse contagiado del mismo apetito. No pasaba un día sin que termináramos enredados en la cama, en el sofá o donde nos pillara.
Con los años habíamos aprendido a no ponernos límites tontos. Teníamos nuestros encuentros con Pilar, una amiga de toda la vida, y alguna que otra noche con su pareja. Nada de lo que avergonzarse: dos parejas adultas que se entendían sin reproches ni dramas. Nuria disfrutaba como nadie, y yo disfrutaba viéndola disfrutar.
Lo único que echaba de menos era a Irene.
Haberme acostado con la mujer de mi jefe justo antes de jubilarme me había dejado un sabor que no se iba.
Había ocurrido en un viaje a Valencia, casi sin planearlo, una de esas cosas que pasan cuando dos personas llevan demasiado tiempo mirándose de reojo. Desde entonces apenas habíamos hablado. Alguna llamada suelta, mensajes que se quedaban a medias. En un pueblo pequeño como el nuestro, ella vivía con el pánico permanente a que alguien atara cabos. Nuria me animaba a no perder la esperanza, pero yo sentía que aquello se apagaba solo.
***
Habíamos tenido una semana intensa. El miércoles por la tarde la pasamos con Pilar; el viernes Nuria había quedado con sus compañeras del gimnasio para tomar algo y ponerse al día de los cotilleos del pueblo. El resto de los días los llenamos a nuestra manera, sin avisar, robándonos los huecos.
Aquel viernes me quedé con la tarde para mí. No tenía plan ninguno, así que cogí el coche y me fui al centro comercial a curiosear, más por matar el tiempo que por comprar nada. Bajé al aparcamiento subterráneo, ese de luces frías y techo bajo, y mientras buscaba sitio en un rincón apartado reconocí un coche.
Era el de Irene.
El corazón me dio un vuelco absurdo, de adolescente. Aparqué justo al lado, con la esperanza tonta de que estuviera sola y de cruzármela aunque fuera un minuto. Subí, caminé entre los pasillos mirando a un lado y a otro, y la vi antes de que ella me viera a mí.
Estaba preciosa, como siempre. Para quien no la conozca: alta, treinta y ocho años, melena rubia, ojos claros y una figura que paraba el tráfico. Empujaba un carrito pequeño, repasando las estanterías con esa calma elegante que tenía hasta para lo más banal. Llevaba un traje de chaqueta y pantalón negro, una camisa blanca impecable y unos tacones que la hacían caminar como si flotara.
Me quedé un rato observándola sin atreverme a acercarme, repasando mentalmente qué decirle, hasta que ella levantó la vista y me encontró. No hubo sorpresa fingida. Solo una sonrisa lenta y un cambio en la mirada que lo decía todo.
Durante ese instante recordé Valencia con un detalle que me sorprendió a mí mismo: el modo en que se había recogido el pelo aquella noche, la forma en que dejó caer los tacones al suelo de la habitación, lo que tardamos en pasar de las palabras a los hechos. Llevaba un mes reviviendo aquello en silencio, y verla ahora, entre estanterías y carros de la compra, lo hacía todo más irreal y más urgente a la vez.
Se acercó.
—Mira a quién tenemos aquí —dijo, y me dio dos besos.
Su perfume me golpeó como la primera vez. Yo estaba cortado, ella nerviosa; menudo par de tontos. Hablamos de lo de siempre: los hijos, las parejas, el aburrimiento del pueblo, las cosas que uno dice cuando lo que quiere decir es otra muy distinta.
—Te echo de menos —solté al fin, sin pensarlo demasiado.
Ella me sostuvo la mirada un segundo más de lo decente.
—Si tú supieras lo que necesito tenerte cerca —murmuró, bajando la voz—. Lo que de verdad necesito.
No hizo falta nada más.
—Tengo el coche junto al tuyo, en el rincón del fondo —le dije—. Te espero ahí.
Irene fue derecha a la caja a pagar lo poco que llevaba en el carrito. Yo bajé primero, con el pulso acelerado, sintiéndome ridículo y vivo a partes iguales.
***
Mi coche es un monovolumen con los cristales tintados, y lo había dejado en una esquina donde la luz apenas llegaba. Me pasé a los asientos de atrás y esperé, escuchando mis propias pulsaciones. Un minuto después la vi aparecer entre las columnas, dejar las bolsas en su maletero y mirar a ambos lados antes de abrir mi puerta y colarse dentro.
No hubo preámbulos. No había tiempo, ni ganas de perderlo. En cuanto cerró, nos buscamos la boca con una urgencia que llevaba un mes acumulándose. Le quité la chaqueta, ella se peleó con los botones de su propia camisa, yo con el cinturón. Nos desnudamos a trompicones en aquel espacio diminuto, riéndonos a media voz de lo torpes que éramos.
Me senté en el asiento y ella se subió encima, una rodilla a cada lado de mis caderas. Sentí el calor de su piel antes incluso de tocarla del todo. Me besó el cuello, la mandíbula, y yo le recorrí la espalda con las manos hasta hundirlas en su cintura.
—Despacio —le pedí, aunque ninguno de los dos quería ir despacio.
Se acomodó sobre mí, buscó la postura, y entró apretada, centímetro a centímetro, hasta el fondo. Soltó el aire en un suspiro contenido, con la frente apoyada en la mía. Se quedó quieta un instante, acostumbrándose, y luego empezó a moverse.
Cabalgaba con un ritmo profundo, sin prisa al principio, agarrada a mis hombros. Yo le sostenía las caderas, marcándole el compás, llevándola hacia abajo en cada bajada. Le besé el pecho, la oí morderse los labios para no hacer ruido. El aparcamiento estaba vacío, pero la idea de que cualquiera pudiera pasar nos tenía a los dos en un filo que lo hacía todo más intenso.
—No imaginas las veces que pensé en esto —me dijo al oído, sin dejar de moverse.
Cada uno de sus movimientos me llegaba como una descarga. La sentía caliente y tensa a la vez, marcando un ritmo que subía poco a poco, dejando que la presión creciera entre los dos. Le aparté un mechón de la cara para verla mejor, y ella entreabrió los labios sin emitir sonido, conteniéndose, lo que volvía cada gesto más eléctrico. El roce de su piel contra la mía, el calor encerrado en aquel habitáculo y el silencio del aparcamiento componían algo que no se parecía a nada de lo que habíamos vivido en Valencia.
No le contesté. La empujé contra mí, la besé hasta dejarla sin aliento, y ella aceleró. El coche se movía con nosotros, los cristales empezaban a empañarse, y aquel rincón oscuro se convirtió en el único lugar del mundo.
La sentí tensarse de golpe. Le tembló todo el cuerpo, se aferró a mí clavándome las uñas en la espalda, y enterró un gemido ahogado en mi hombro.
—Ahí, no pares —susurró—. No pares.
No paró ella, más bien. Lejos de frenar, se movió con más fuerza, buscando algo más, arrastrándome con ella. Yo estaba tan a gusto, tan perdido en el calor y en su olor, que no tenía prisa por llegar. Pero Irene no daba tregua.
—Dámelo —me pidió, con la voz rota—. Quiero notarlo.
Fue ella la que me empujó al límite. La agarré con las dos manos, la sostuve firme contra mí y embestí hacia arriba, hundiéndome hasta donde no llegaba. El orgasmo me sacudió de una forma que no recordaba, largo y desbordante, mientras ella temblaba encima de mí con la respiración entrecortada y los ojos cerrados.
Nos quedamos quietos, abrazados, escuchándonos respirar. El coche olía a nosotros, a piel y a deseo.
—Estoy loca —repetía ella en voz baja, con una sonrisa que la desmentía—. Estoy completamente loca.
***
Tardamos un rato en separarnos. Se incorporó, buscó algo con qué limpiarse y le pasé unos pañuelos de la guantera. Empezó a vestirse con prisa, atenta a cada ruido, comprobando que no hubiera dejado rastro en el asiento ni manchas en la alfombrilla. Volvía a ser la mujer impecable de los pasillos, recolocándose la camisa y pasándose los dedos por el pelo.
—Tengo que irme antes de que alguien me vea bajar de aquí —dijo.
Me dio un último beso, lento, distinto a los de antes. Uno de esos que dejan más preguntas que respuestas. Después abrió la puerta, miró a ambos lados y desapareció entre las columnas con la misma elegancia con la que había llegado.
Me quedé unos minutos a solas, recuperando la cordura, todavía con su perfume pegado a la ropa. Cuando por fin me vestí y arranqué, marqué el número de Nuria.
—¿Qué tal la tarde? —preguntó.
Le conté lo que había pasado, sin adornos. Hubo un silencio breve al otro lado, y luego se rió bajito.
—Sabía que ocurriría en cuanto volvierais a veros —dijo, sin una pizca de reproche—. Ven a casa. Quiero que me lo cuentes con detalle.
Conduje de vuelta con una sonrisa que no me cabía en la cara. A veces la vida, cuando crees que ya te lo ha dado todo, todavía se guarda alguna sorpresa en el rincón más oscuro de un aparcamiento.