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Relatos Ardientes

La vikinga que gobernaba el valle a su antojo

Yo, que serví a la casa del señor de Valle Hondo desde que mis manos apenas podían sostener un candelabro, me siento por fin a contar la historia de la extranjera. No lo hago por el gusto del escándalo, sino con la paciencia de quien ha visto pasar los años y ha aprendido que lo extraordinario se recuerda durante generaciones.

Nadie recuerda ya la fecha exacta en que la rubia Astrid bajó al valle desde las tierras frías del norte. Pero todos guardaron en la memoria su figura deslumbrante y aquel carácter excéntrico que tanto desconcertó a la gente de aquellos parajes aislados. Había llegado del brazo de don Severino, dueño de la casona y de cuanto bosque y ladera alcanzaba la vista. Para fastidio de unos y gratitud de otros, en el pueblo empezaron a llamarla «la vikinga», y aunque su nombre era Astrid, el mote se le quedó pegado hasta el día de su muerte.

Fueron, al principio, años de fiesta continua. El vino corría a espuertas, las puertas de la casona no se cerraban nunca, y por los jardines lo mismo se veía a unos tomando el sol desnudos que a otros enredados entre los setos. De aquella farándula vivía también el pueblo llano, porque todo alimentaba las conversaciones del café y de la botica. La confitería prosperaba, la taberna no daba abasto, y hasta las mozas más recatadas se dejaban seducir de tapadillo por algún forastero de buen ver. El deseo, una vez suelto, se filtró por cada rincón del valle.

Con el tiempo la cosa se fue calmando, aunque la vikinga, con sus pechos firmes y aquellos pezones que miraban al cielo, las caderas bien formadas y la larga melena de fuego, seguía despertando pasiones y envidias, sobre todo entre las mujeres. No fue uno solo, sino muchos, el que murmuró su nombre en sueños mientras cumplía sin ganas con la propia esposa.

Y entonces, cuando ya nadie lo esperaba, la extranjera puso orden. Con la serenidad de quien domina su territorio, organizó la vida de la casona con una disciplina tan férrea como original. Cada cual tenía su día, su hora y su función, y nadie osaba alterar el equilibrio impuesto por la señora. Lo más curioso es que las fuerzas vivas del valle aceptaron aquel reparto encantadas, satisfechas de tener un lugar reservado en la apretada agenda de la casa.

El lunes lo dedicaba al propio don Severino, hombre de genio altivo y de curiosas inclinaciones. Le gustaba el lado duro del placer, y la vikinga sabía dárselo. Manejaba el látigo y la palmeta con una destreza que dejaba al señor rojo como un pimiento, justo lo necesario para que pasara media semana recostado en su lecho de la torre sur, desde donde vigilaba complacido los jardines.

Lo tenía horas atado a una cruz en aspa, desnudo, con el sexo erguido a fuerza de ungüentos y cordeles, y de él colgaba pesos que nada podían descolgar mientras se mantuviera firme. Después de la comida, ella dejaba caer sobre su piel unas gotas de cera tibia de los cirios que iluminaban la estancia, midiendo cada quejido como quien afina un instrumento.

—Aguanta —le decía, sin levantar la voz—. Si te corres antes de que yo lo diga, mañana empezamos de nuevo.

Y él aguantaba, porque temía y admiraba a aquella mujer a partes iguales. Solo al caer la noche, cuando el señor había superado la prueba, la vikinga se montaba sobre él y lo cabalgaba hasta el fondo, recordándole quién mandaba de verdad en la casona y en el valle entero.

El martes era el día de las visitas. La señora recibía, según una escala jerárquica que nadie discutía, a los hombres que sostenían el orden de la comarca. Primero acudía el juez, ya entrado en años, a quien invitaba a desayunar. Mientras él le daba novedades de la capital, ella le bajaba la calza y, con aquella boca suya, le sacaba en un rato lo que su severa esposa le negaba desde hacía una década. El pobre hombre salía de allí más ligero y más leal que nunca.

Por la tarde le tocaba el turno al médico, un petimetre vanidoso al que la vikinga trataba con un desdén calculado. Le marcaba los dientes en la piel, le susurraba al oído todo lo que le faltaba para ser un hombre de verdad, y lo dejaba temblando de humillación y de ganas. Cuanto más lo despreciaba, con más prisa volvía cada semana.

Y al anochecer, si no estaba de guardia, se presentaba el capitán de la milicia, un tal Damián, tieso de uniforme y blando de carácter. A ese ni siquiera se molestaba en montarlo. Le contaba los pormenores del valle mientras lo tenía en calzones, y luego le recitaba, una por una, las infidelidades de su propia mujer, que aprovechaba bien sus años y su buena posición. El capitán enrojecía, apretaba los puños, se le saltaban las lágrimas, y terminaba lamiéndole los pies a la señora sin atreverse a pasar de la rodilla. Después lo mandaba de vuelta a casa en paños menores, escarmentado y, sin embargo, agradecido.

***

Los miércoles los reservaba para don Anselmo, el padre de don Severino, un anciano de noventa años al que había que tratar con todo el boato. Él se conformaba con recorrer cada centímetro del cuerpo de su nuera con la lengua, y ella le concedía unos minutos de gloria que el viejo saboreaba como si fueran su última cena. Cuando el suegro se marchaba, entraba en escena este servidor.

Porque yo, además de velar por la guardia y la custodia de la señora, tenía encomendado satisfacer sus necesidades, que no eran pocas ni sencillas. Siempre andaba inventando juegos, probando artilugios traídos de quién sabe dónde, exigiendo paciencia y obediencia. Confieso que nunca, en todos mis años, encontré tarea que me dejara tan exhausto ni tan dispuesto a repetir.

La tarde del miércoles, ya entrada la noche, la dedicaba a las mujeres del valle. Cenaban solas —salvo yo, que servía la mesa—, se contaban los infortunios de sus maridos, debatían sobre nuevos candidatos y, al calor del vino, se entregaban al placer con los juguetes más novedosos que la vikinga sabía conseguir. Aprendían de ella sin atreverse a contradecirla. Imitaban su risa, su manera de caminar, su forma de mirar por encima del hombro, hasta convertirse, poco a poco, en pálidas copias de la señora.

El jueves era el día del señor obispo, que llegaba siempre acompañado de un sobrino de modales exquisitos. Se encerraban los tres en el cuarto de las costureras, a cal y canto, y lo que allí sucedía no lo presencié nunca, pues me estaba vedada la entrada. Solo sé, porque la señora me lo contó después, que ella ejercía de espectadora privilegiada mientras el sobrino y el prelado se entendían a su modo. La vikinga gozaba más mirando que tocando; el ver, en ella, era una forma de poseer.

—No hay nada más mío que aquello que miro sin que me vean —me dijo una vez, mientras se cepillaba la melena frente al espejo—. La carne se olvida. La mirada, no.

El viernes descansaba de tanto ajetreo y preparaba el fin de semana. Una vez al mes, los señores celebraban sus bacanales, e invitaban a algunas novedades del valle, hombres o mujeres, escondidos bajo disfraces de carnaval para que nadie respondiera por lo que su cuerpo hiciera esa noche. Entre las más aventajadas estaban la mujer del boticario y la del panadero, ambas de anatomía generosa y de apetito todavía mayor, capaces de pasar la noche entera sin negarse a nada de cuanto se les propusiera.

El sábado aparecían dos figuras más. La primera, don Honorato, el cascarrabias que dirigía la escuela del valle y oficiaba de alcahuete de la casa, siempre con la oscura intención de casar a su hija ya adulta con Aurelio, el heredero. La segunda, don Casimiro, un profesor brillante al que apodaban el Bordón, porque se gastaba un instrumento grueso y largo como un brazo, muy parecido al del propio señor. La vikinga sabía sacarle partido a aquella serpiente humana, jugar con ella sin que perdiera nunca el vigor, y disfrutaba de su compañía hasta que el buen hombre la regaba a placer.

Aurelio, por su parte, era una sombra de su padre. Imitaba, aprendía y experimentaba, siempre bajo la vigilancia de la vikinga, que lo guiaba con la misma firmeza que había mostrado con don Severino. Las esposas del valle, intrigadas y celosas, copiaban a la señora sin atreverse a desafiarla, de modo que la casona terminó poblada de hombres y mujeres que se parecían cada vez más a sus dos anfitriones.

Así era el plan de la semana en Valle Hondo, y rara vez sufría variaciones. La vikinga sostenía la balanza entre la autoridad y el encanto, entre el miedo y la fascinación, entre el castigo y la ternura. Resulta curioso pensar que una extranjera llegada de las tierras frías acabó siendo la verdadera dueña del valle. Su influencia trascendió la carne y el escándalo: cambió para siempre la manera en que aquella gente entendía la libertad, el deseo y el poder.

Hoy, desde la sombra que me corresponde, escribo lo que vi. Los rumores que cruzaban la plaza se fueron convirtiendo, de boca en boca, en leyenda. Pero yo, que estuve dentro, sé que la leyenda nació de la pura realidad, y que ninguna palabra le hace justicia a la mujer que ordenó, con una sonrisa y una correa, los deseos secretos de todo un valle.

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Comentarios (5)

ConfesionesReader

Que locura de relato, tremendo!! la imagen de esa mujer con la melena de fuego me quedo grabada

NoraCba21

Por favor mas!!! quede con ganas de saber como termina todo, se hizo cortisimo

Gaston_MDQ

Increible como esta narrado desde los ojos del sirviente, le da otro color a todo. Muy diferente a los relatos de siempre de esta categoria

Maturin77

Me recordo a historias que escuche de grande, sobre mujeres que manejaban todo desde las sombras sin decir una sola palabra. Muy bien logrado, en serio.

Romina_Lee

quiero saber que pasaba los martes jajaja

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