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Relatos Ardientes

Lo que me pasó con un desconocido en el estacionamiento

Quiero contar esto porque todavía no termino de creer que fui yo la que estuvo ahí. Me llamo Daniela, tengo veintinueve años, el pelo ondulado y una estatura del montón. Lo único que de verdad me gusta de mi cuerpo es el trasero: grande, firme, de esos que hacen girar cabezas. Soy una mujer estable, con pareja, con rutina, pero también soy de las que disfrutan la vida, salir a bailar, tomar algo con las amigas un viernes cualquiera.

En esas noches de copas tuve un par de aventuras con otros hombres. Nunca me arrepentí, pero siempre me repetí lo mismo para dormir tranquila: fue el alcohol. Yo no era una de esas mujeres que andan buscando. Era el alcohol, me decía. Y me lo creía.

Hasta aquel sábado de agosto, cuando descubrí que me había estado mintiendo durante años.

Los sábados hago las compras de la semana. Mi pareja trabaja ese día, así que aprovecho para ir temprano y dejarle la tarde libre. El súper queda a diez minutos de casa, en un centro comercial con el estacionamiento en la planta baja. Salí a las ocho de la mañana, fresca, con una falda corta que me llegaba un poco arriba de la rodilla y una blusa de tirantes. Iba a comprar verdura y vino, no a buscar problemas.

A esa hora el lugar estaba casi vacío. Perfecto, pensé, entro, salgo y me reúno con las chicas. Pagué el ticket en la entrada, le sonreí al vigilante y estacioné al fondo del pasillo dos, con espacio de sobra a los dos lados.

—Buenos días, no pierda el ticket que se revisa a la salida —me dijo el hombre.

—Gracias, lo cuido —contesté, y entré.

***

Me distraje más de la cuenta. Recorrí los pasillos pensando en lo caro que se había puesto todo, comparé precios, agarré una botella de vino que en mi casa nunca falta. Cuando miré el reloj ya pasaban de las diez. Pagué dos bolsas y salí sin apuro.

El estacionamiento era otro. En dos horas se había llenado: treinta autos, quizá más, y gente entrando y saliendo. Llegué hasta el mío y me di cuenta de que estaba bloqueado por delante y por detrás. No tenía cómo maniobrar.

Llegué temprano justo para evitar esto.

Respiré hondo, metí las bolsas en el asiento del copiloto y me senté a esperar. No aguanté ni cinco minutos. Decidí preguntarle al vigilante si sabía de quién era el auto de adelante, un Honda Accord azul oscuro con los cristales polarizados. Todavía recuerdo ese auto con detalle.

Al bajar noté algo que antes se me había escapado: dentro del Accord había alguien. Por el polarizado apenas se distinguía una silueta con un teléfono en la mano. Bueno, mejor, pensé, hablo directo con el dueño y arreglamos.

Toqué el vidrio del conductor. Bajó la ventanilla y me quedé sin palabras.

Era un hombre mayor, de unos cincuenta y tantos, de piel clara, con el pelo entrecano y una camiseta blanca de tirantes. En una mano sostenía el teléfono con un video porno. Con la otra se agarraba el sexo, completamente erecto, a la vista, sin un gesto de vergüenza.

Tendría que haberme dado la vuelta. Tendría que haberme indignado. En cambio me quedé congelada, mirándolo, como si el cuerpo no me respondiera. Él tampoco apartó los ojos de mí. No dejaba de mirarme mientras seguía moviéndose despacio.

No supe en qué momento soltó el teléfono. Lo siguiente que sentí fue su mano sobre mis nalgas, por encima de la falda, recorriéndolas con calma, como si tuviera todo el derecho. La deslizó hacia abajo hasta rozarme entre las piernas, sobre la ropa interior, y un calor que no quería reconocer me subió por todo el cuerpo.

Reaccioné un segundo tarde. Di un paso atrás.

—¿Sería tan amable de moverme el auto? Necesito salir —dije, y mi voz sonó mucho menos firme de lo que pretendía.

Él habló con una calma que daba más miedo que cualquier grito.

—Si quieres, sube y hablamos de lo que necesitas.

***

No sé qué pasó por mi cabeza. Sé que rodeé el auto por detrás, abrí la puerta del copiloto y me senté a su lado. No recuerdo la decisión, solo el resultado: yo ahí, con un extraño, su erección a centímetros de mi mano.

Mantuve la mirada clavada en el parabrisas. No lo miraba, pero sentía sus ojos sobre mí. Hubo un silencio que se hizo eterno, y mientras tanto la humedad entre mis piernas crecía de un modo que me avergonzaba y me excitaba a partes iguales.

¿Qué locura estoy haciendo?

—Quítate la blusa. Quiero verte los pechos —dijo.

No me moví. Me lo repitió, más bajo, más firme. Pensé en salir corriendo, y justo entonces tomó mi mano y la puso sobre su sexo. Era grueso, pesado, difícil de abarcar. Mis ojos cayeron ahí sin que pudiera evitarlo. El corazón me latía a mil. Empecé a acariciarlo, despacio, y lo oí respirar más fuerte.

—Así, así —murmuró—. Vamos, muéstrame esos pechos.

No dije nada. Bajé un tirante de la blusa y él terminó el trabajo, me soltó el sostén y lo lanzó al asiento de atrás. Sentí su mirada en mis pechos antes que sus manos. Me los acarició lento, y esta vez la que jadeaba era yo. Me mordí el labio para no hacer ruido, pero el cuerpo ya me había ganado la pelea.

Vi una gota brillar en la punta de su sexo y, por primera vez en mi vida, supe exactamente lo que quería: probarlo. Fue como si él me leyera la mente. Me tomó del brazo y me acercó. No lo detuve. No quise detenerlo. Pasé la lengua por la punta, jugué con ese sabor, y después me lo llevé a la boca todo lo que pude, que no era todo, porque no me cabía.

—Eso es —dijo, con la voz ronca—. No te detengas.

Me agarró del pelo justo cuando más concentrada estaba.

—Todavía no terminé contigo. Falta lo mejor.

***

De un tirón echó mi asiento hacia atrás. Entendí lo que venía y, lejos de frenarme, lo deseaba. Levanté un poco las caderas y él me bajó la falda y la ropa interior de un solo movimiento, hasta los tobillos. Me quité todo, quedé desnuda en pleno estacionamiento, a plena luz de la mañana, y la idea de que cualquiera pudiera pasar al lado me prendió todavía más.

Devolvió mi asiento a su sitio y se pasó al de atrás. Me hizo gestos para que lo siguiera. Me senté encima de él, de frente, y sentí su sexo golpear contra mí. Yo misma acomodé las caderas para que entrara.

El primer empuje me arrancó un gemido que no pude contener. Nunca había tenido a alguien tan grande dentro. Subía y bajaba sobre él, sintiéndolo entero, y ya no había en mi cabeza ni una sola excusa. No era el alcohol. Era yo, sobria, a las once de la mañana, montando a un desconocido en su auto.

—¿Ves? Eres exactamente lo que pensé cuando tocaste mi ventana —dijo, sosteniéndome de la cintura—. Esto es lo que querías.

—Sí —respondí, sin reconocer mi propia voz—. Sí, esto es lo que quería.

Lo cabalgué hasta perder la noción del tiempo. Cada movimiento, cada golpe me empujaba más cerca de un orgasmo que sentía crecer desde muy adentro. Me mordí los labios, eché la cabeza atrás, dejé de pelear contra el sonido que salía de mi garganta. Cuando llegué, llegué entera, temblando sobre él.

Lo sentí endurecerse aún más y supe que estaba por terminar.

—Ahí voy —dijo, apretándome contra su cuerpo—. Esto es lo que viniste a buscar.

Se vació dentro de mí con un gemido largo, y yo me quedé encima, sin aire, mareada por lo que acababa de hacer.

***

Me bajé despacio. Recogí mi ropa interior y me limpié con ella lo que escurría. Me puse la falda sin nada debajo. Cuando fui a buscar el sostén, él lo tomó antes, se lo llevó a la cara y respiró hondo.

—Esto me lo quedo —dijo—. Mi recuerdo.

No protesté. Me puse la blusa sin sostén, los pezones todavía duros bajo la tela. Él se pasó al asiento del conductor mientras yo terminaba de vestirme. No hubo más palabras, solo silencio. Bajé del auto y, cuando iba hacia el mío, me llamó.

—Ven.

Caminé hasta su ventanilla sin decir nada. Me puso unos billetes en la mano, ciento cincuenta dólares.

—Así se piden las cosas —dijo, con una sonrisa de medio lado—. Con una buena atención se consigue lo que sea. Qué rico fue contigo.

Esas palabras me encendieron otra vez, aunque no lo iba a admitir. Me di la vuelta. Sentí una nalgada y no me volteé. Llegué a mi auto, me senté y me quedé respirando, con el corazón disparado. Lo oí encender el motor y arrancar; el bloqueo ya no existía, como si nunca hubiera estado.

Disfruté cada segundo con un hombre cuyo nombre no llegué a saber. Y esa mañana, sin una gota de alcohol encima, entendí algo que llevaba años evitando. Las aventuras nunca habían sido culpa de las copas. Ese fue el día en que dejé de mentirme sobre quién soy en realidad.

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Comentarios (4)

Lectora_Sofia

Que relato... me dejaste pensando un buen rato. Gracias por animarte a escribirlo

Carmencita_88

tremendo!!! seguí por favor, necesito saber mas!!

MarceloSol

muy bien narrado, se siente autentico. me gusto mucho, de esos relatos que uno no olvida facil

PattyRosario

Me recordo a algo que viví hace tiempo. Esa mezcla de culpa y honestidad con una misma es difícil de plasmar y acá sale perfecta. Muy valiente escribirlo

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