Lo que viví en la fiesta de disfraces nunca lo conté
Lo que voy a contar pasó hace pocos días, un viernes de Halloween, y todavía me cuesta creer que fui yo la protagonista. En mi ciudad esa noche se convierte en una excusa para el exceso: alcohol, disfraces y toda clase de perversiones que me gustan y que casi nunca confieso. Lo hago ahora porque necesito sacármelo de adentro, aunque sea escribiéndolo.
Había salido tarde del trabajo, cansada. Llegué a mi apartamento, me quité los zapatos y me tiré en la cama a mirar el celular. Estaba así, tranquila, cuando vibró una llamada de mi amiga Bárbara.
—¡Hola, Marian! ¿Qué hacés? —su voz ya venía cargada de planes.
—Nada, descansando. Acabo de llegar reventada.
—¿Reventada? Mirá, para que te alegres tengo algo buenísimo con unos amigos. Vos sabés cómo nos portamos.
Me reí. Conocía demasiado bien ese tono.
—¿Qué amigos? ¿Qué plan?
—Una fiesta de disfraces en un bar swinger, de los que te gustan. Es viernes y mañana no trabajás. Ponete lo que quieras, pero algo sexy. Que se te vea bien provocadora.
—¿A esta hora? No tengo disfraz —protesté, aunque ya sentía el cosquilleo.
—Todavía es temprano, el sexshop no cerró. Te paso la dirección. Cuando llegues no me llames: adentro no dejan usar el celular. Buscame.
—Está bien, ya me levanto.
—Ah, Selena también viene. Decí tu nombre en la puerta, estás en la lista como mi invitada. Y créeme, mis amigos están muy guapos.
Selena es la hija de Bárbara. Una mujer de veintitantos, tan despierta y tan libre como su madre. Las dos llevan años en este ambiente y nunca lo esconden. A Bárbara la conocí en una de esas noches de bares en las que buscábamos lo mismo. Es alta, de piel muy blanca, melena rubia teñida, ojos claros, curvas que se cuida con disciplina. Trabaja de estilista y le encanta el sexo tanto como a mí. Su hija salió igual de encendida, y ninguna de las dos pide perdón por eso.
Me levanté de la cama y bajé a la calle. Paré un taxi y le pedí que me llevara al sexshop de siempre, donde ya soy clienta y conozco a la dueña. Entré y revisé estantes llenos de lencería y disfraces. El que más me gustó fue uno que la vendedora llamó, entre risas, «el de Blancanieves traviesa». Eran varias piezas: un bustier azul con varillas en las copas, una tanga azul de tela transparente, un liguero de encaje rojo, una falda tipo tutú amarilla casi invisible, medias blancas hasta medio muslo con una rosa bordada y unos guantes largos. Lo compré sin dudarlo.
De vuelta en casa me bañé, me depilé, me arreglé el pelo y me maquillé con calma. Cuando me puse el disfraz frente al espejo, me sorprendí a mí misma. El bustier marcaba todo, la tanga transparente no escondía nada, las medias y el liguero remataban la imagen. No dejo nada a la imaginación, pensé, y esa era justo la idea. Llevaba días sin una buena dosis de placer y esa noche pensaba portarme mal, como había dicho Bárbara. Me eché un abrigo largo y negro encima: nadie habría adivinado lo que escondía debajo.
Pedí un auto por la aplicación. El conductor me miraba de reojo por el espejo con una sonrisa que no disimulaba nada. Cuando llegamos, soltó una risita.
—Que la pases bien, hermosa.
—Gracias —le contesté, devolviéndole la sonrisa.
Aceleró y, antes de irse, me gritó algo grosero por la ventanilla. No me ofendió. Estoy acostumbrada: mi forma de hablar, de moverme y de vestirme confunde a la gente. Pero no cobro por esto. Si un hombre me gusta, me voy con él y punto.
***
El bar era a puerta cerrada, solo con invitación. Toqué el timbre y abrió un hombre de seguridad. Preguntó mi nombre, revisó la lista y me dejó pasar a un pasillo donde esperaban varias personas con disfraces eróticos: conejitas, enfermeras, faraones, vampiros, colegialas de cosplay. Me quité el abrigo y lo doblé sobre el brazo. Todos giraron a mirarme, hombres y mujeres, de pies a cabeza. Algunos cuchicheaban; yo les sonreía coqueta, jugando con un mechón de pelo. Una mujer sola en un lugar así sabe lo que viene a buscar, y ellos también lo saben.
Una chica me guio hasta unos casilleros donde había que dejar la ropa y el teléfono. De todos los que estaban en el pasillo, el que más me llamó la atención fue un hombre alto, de piel oscura, disfrazado de vampiro. Clavó la mirada en mí y me recorrió entera con un descaro que me erizó la piel. Lo miré a los ojos y le sonreí. Mientras me alejaba, lo escuché.
—Esperame, preciosa. Mirá lo que tengo para vos.
Me mordí el labio y seguí de largo. Otro, vestido de príncipe oriental, soltó una grosería que terminó en carcajadas generales. Subí a un segundo piso a buscar a Bárbara.
El salón era enorme, en penumbra, con música y luces de colores. Ya había mucha gente, y casi todos se besaban o se acariciaban sin pudor. Caminé entre la multitud sintiéndome observada en cada paso. Varias manos me rozaron el culo y las tetas al pasar; no me molesté, apenas sonreía. Un hombre disfrazado de ninja me cortó el camino.
—¿A quién buscás, cosita rica? —dijo, mirándome de arriba abajo.
—A una amiga —respondí con una risita.
—Yo pensé que buscabas otra cosa —y se sacó el miembro del pantalón, ya duro.
Se lo acaricié apenas, sin dejar de mirarlo.
—Busco más de uno, papito.
Eso le dio confianza. Me pasó la mano por la entrepierna mientras nos besábamos. A mi espalda apareció otro, disfrazado de ángel, que me apretó las tetas y me habló al oído.
—¿Querés? —dijo, restregándose contra mí.
Me incliné hacia atrás, frotándole el culo al ritmo de la música.
—Para eso vine —contesté.
Su mano bajó despacio, apartó la tanga y me acarició entre las piernas. Mi respiración se aceleró de golpe.
—Te mojás fácil —murmuró, satisfecho.
El del ninja me bajó el bustier para chuparme los pechos, pasando apenas la punta de la lengua por los pezones. Sentí un latido entre las piernas tan fuerte que me tuve que sujetar de su hombro. El del ángel estaba en pareja y se fue. Me quedé un momento con el ninja, pero decidí seguir buscando a mi amiga. Bajé empapada, sintiendo cómo me resbalaba la humedad por los muslos.
***
Por fin di con Bárbara y Selena, rodeadas de cinco hombres que las besaban y manoseaban. Bárbara iba de diablita; Selena, de monja provocadora, con un vestido negro que marcaba cada curva. Los disfraces de ellos eran un desfile de superhéroes y personajes: uno de policía, otro de hombre murciélago, otro de héroe veloz, otro de rey del mar, otro de cavernícola. Madre e hija se dejaban acariciar entre risas, disfrutando cada caricia. Cuando aparecí, dos de ellos casi se atragantan al verme.
—Miren, muchachos, carne fresca —dijo el del traje de murciélago, y los demás se rieron.
Bárbara me saludó con un beso en la boca.
—Ella es de la que les hablé. Es brava. Atiéndanla como se lo merece.
El del cavernícola me hizo girar para que todos me vieran. Como buena sumisa, di la vuelta sin chistar, levanté el tutú y aparté la tanga. Hubo silbidos y risas.
—Estás riquísima —dijo, y me dio una palmada en la nalga.
—¿Y los siete enanitos? —bromeó el del héroe veloz.
—Durmiendo en casa —contesté, y todos rieron.
El del policía me bajó del todo el bustier, dejándome los pechos al aire. Yo no apartaba la vista de ellos. El del rey del mar se acariciaba mirándome.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí —dije, lamiéndome los labios.
—Pará de hacerte la difícil, Marian —se rio Bárbara—. Sentate, abrí las piernas y dejate atender.
El del héroe veloz me tomó del mentón y me besó. Le acaricié el miembro mientras el del policía intentaba meterme los dedos. Cuando lo logró, los sacó brillantes y se los mostró a los demás entre carcajadas. Me puse colorada, pero le agarré la muñeca, me llevé sus dedos a la boca y los chupé sin apuro. Eso los volvió locos.
—Quiero esa boquita en otro lado —dijo, y me tomó del pelo para ponerme de rodillas.
Accedí encantada. Estaba tan caliente que se me hacía agua la boca. Mientras tanto, a un lado, Bárbara montaba al del cavernícola y Selena gemía con el del traje de murciélago. El del rey del mar y el del héroe veloz se acercaron, uno a cada lado, y tomé los dos miembros, uno en cada mano, alternando la boca de uno al otro.
—Sos una diosa con esa boca —jadeó uno.
Seguí hasta que terminaron sobre mi cara. Después me hicieron ponerme en cuatro sobre el sofá. Se pusieron protección y el del policía me penetró despacio, subiendo el ritmo hasta hacerme gemir sin control. Lo siguió el del héroe veloz, con embestidas que no me dejaban respirar, mientras los demás se turnaban con Bárbara y Selena.
Me dieron vuelta. El del traje de murciélago se acomodaba la protección.
—Desnudate —ordenó.
Me quedé solo con las medias y el liguero, me recosté y abrí las piernas, acariciándome para mostrarle que estaba lista.
—¿Querés que te lo meta? —preguntó.
—Sí, castigame —respondí.
—¿No que no querías venir? —me picó Bárbara desde el otro sofá.
—Ay, callate —reí, y todos rieron conmigo.
Entró de una sola vez. Empezó suave y enseguida se volvió frenético, hasta terminar. Lo siguió el del cavernícola, que me embistió de una forma tan intensa que me temblaba todo el cuerpo y gritaba de placer. El del rey del mar me ofreció su miembro para que lo despertara con la boca, y lo hice mientras los otros seguían dándoles duro a madre e hija, las tres rojas y empapadas de sudor, mirándonos y riéndonos entre nosotras.
***
Estaba tirada en el sofá, desnuda y agotada, cuando apareció él: el vampiro alto que me había marcado desde el pasillo. Me tomó de un pecho con una mano y de la entrepierna con la otra.
—A vos te andaba buscando —dijo con una sonrisa lenta.
Me incorporé, me puse en cuatro y lo miré por encima del hombro.
—Castigame, papi —le pedí.
Se colocó la protección y entró sin piedad, hasta el fondo. No paraba, y yo sentía que me deshacía. Los demás miraban y se burlaban, encendidos. Después siguió otro, disfrazado de pirata, igual de rudo. Para ese momento me dolía todo, pero era el dolor que yo había ido a buscar.
Varios se sentaron para que los cabalgáramos, y las tres lo hicimos como gatas sumisas. Yo me dejé llevar sobre ellos hasta terminar a chorros, temblando, con las piernas flojas. El del ángel reapareció, esta vez con un juguete doble, y me llevó otra vez al límite. El del ninja me montó, el del rey del mar se acomodó detrás, y entre los tres me tomaron por todos lados hasta dejarme sin fuerzas. Los que quedaban se acariciaron y terminaron sobre mi cuerpo. Perdí la cuenta de cuántos fueron.
La gente empezaba a irse. Al pasar nos miraban y sonreían, sabiendo lo que había ocurrido en ese rincón. Pero todavía faltaba la despedida: nos pusieron a las tres en fila, en cuatro patas, y se turnaron de nuevo. Yo gruñía, me estremecía, me escurría entera, débil y dolorida, y aun así fue lo mejor. Terminé cubierta de principio a fin.
Esa noche me tomaron muchísimos hombres; ni siquiera recuerdo el número exacto. Lo que sé es que la pasé como nunca, y que lo más excitante fue compartir esa locura con Bárbara y Selena, las tres entregadas a la misma fiesta. Fue, sin exagerar, el mejor Halloween de mi vida. Y por eso, por fin, me animo a confesarlo.