Lo que vi en el vestuario de la fábrica esa tarde
Era un sábado pesado de barrio, con el sol cayendo a plomo sobre las casas bajas y el olor de algún asado vecino flotando en el aire caliente. Yo tenía veinticuatro años, estaba aburrida en mi cuarto y, cuando escuché las voces de mi madre y de Mirta en la puerta, me dio curiosidad. Las dos charlaban bajito, pero con esa risa pícara que tienen las mujeres grandes cuando hablan de algo que no deberían.
Me acerqué sin hacer ruido, escondida detrás del tanque de agua del costado, y agucé el oído.
Mirta, la amiga y compañera de mamá en la fábrica de chacinados, le hablaba con la voz ronca de quien recuerda algo rico.
—Susana, tenés que venir. Ya sabés cómo se ponen estos asados de la planta. Los muchachos toman, se calientan y terminan cogiéndonos a todas en el vestuario.
Mi madre soltó una carcajada baja, como si saboreara el recuerdo.
—Eso ya lo sé. Del asado pasado salí caminando torcida tres días.
—Y a mí me dejaron marcas en las tetas —rio Mirta—. Mi marido se hace el que no ve, pero sabe perfectamente para qué voy.
Las dos rieron fuerte, cómplices, como si fuera lo más natural del mundo. Después Mirta bajó el tono.
—Yo voy con mi hijo, con Bruno. ¿Por qué no le decís a tu hija que venga también?
—No sé si Carla va a querer… —dudó mamá.
—Va a querer, va a querer —se rio la otra—. ¿Te cuento algo? Bruno y tu hija ya tuvieron lo suyo. Lo escuché contarlo con sus amigos. A tu nena le gusta la marcha tanto como a nosotras.
—Ay, no me extraña nada —estalló mamá, divertida—. Salió a la madre, parece.
Me quedé helada detrás del tanque, escuchando a mi propia madre hablar de mí como de una igual, como de otra mujer del barrio a la que le gusta lo que a ella. Una parte de mí debería haberse ofendido. La otra, la honesta, sintió un calor inmediato entre las piernas.
Porque tenían razón. Yo era de las que dicen que sí. Bruno me lo había demostrado un par de meses atrás, una tarde, en los galpones viejos del fondo del barrio.
***
Me acordaba perfecto de aquella tarde con Bruno. Con él una no se aburría nunca. Me había puesto contra un tablón oxidado, me había bajado la ropa interior hasta las rodillas y me había clavado primero por delante y después por detrás, despacio al principio y brutal después, hasta dejarme temblando, con los ojos húmedos y la sensación de que me había marcado. Salí de ahí caminando raro y sonriendo sola.
Así que cuando mamá me llamó esa noche y me dijo, como al pasar, que el sábado iba a ir con ella al asado y que no me aburriría porque también estaría Bruno, no puse ningún reparo. Le dije que sí antes de que terminara la frase.
***
Llegó el sábado. Temprano, Mirta apareció por casa con Bruno para ir juntos a la planta. Mamá se había puesto un pantalón negro bien ajustado que transparentaba una tanga roja, y una remera blanca sin corpiño que le marcaba los pezones. Mirta llegó vestida sobria por el marido —pantalón largo, camisa cerrada—, pero en casa se cambió enseguida: minifalda de jean cortísima y una camisa desabrochada hasta el límite. Las dos iban a calentar a medio plantel y lo sabían.
Yo no me arreglé demasiado. Me puse un vestido floreado con botones por la espalda, bastante recatado, que me llegaba justo arriba de la rodilla, y abajo lo de siempre. Bruno me miró de arriba abajo cuando me vio y me sonrió de costado. Esa sonrisa ya me decía cómo iba a terminar la tarde.
La fábrica tenía un predio enorme preparado para eventos: mesas separadas, parrillas humeantes, olor a carne y a chorizo por todos lados. Cuando llegamos ya había bastante gente. Mirta eligió una mesa donde estaban seis o siete obreros fornidos, de remeras ajustadas y manos grandes, y cuatro mujeres: mamá, Mirta, yo y una señora de unos cuarenta y pico, robusta y tetona, que trabajaba en la limpieza de la planta.
Mientras comíamos, Bruno empezó a rozarme la pierna por debajo del mantel. Se inclinó hacia mí y me habló bajito, al oído.
—Me acuerdo de cómo te ponías en el galpón. Tengo ganas de repetir. ¿Te dejarías?
Le sonreí, sintiendo que me mojaba con solo escucharlo.
—Si vos querés, yo me dejo.
Me apretó el muslo, satisfecho.
—Te vas a ir de acá sin poder caminar derecha —me prometió.
Mientras tanto, los grandes le daban duro al vino y al fernet. Los obreros empezaron a propasarse: bailaban pegados, manos en las caderas, en los culos, tetas rozadas «sin querer». Mirta, envalentonada por los gritos y las risas, se levantó la minifalda y mostró la tanga roja a toda la mesa. Los hombres aplaudieron y silbaron como si fuera un espectáculo.
Bruno, mirando la escena, me habló de nuevo al oído.
—Antes de cogerte quiero calentarme bien. Vení, que conozco un lugar.
***
Me tomó de la mano y, disimulando, dimos un rodeo hasta los vestuarios de la planta. En vez de entrar, trepamos a una especie de entrepiso alto que daba sobre los cambiadores, cerca de las duchas. Desde ahí, agazapados en la penumbra, nadie nos veía, pero nosotros veíamos todo.
Entendí enseguida lo que Bruno quería. Quería mirar. Mirar cómo se cogían a su madre, a la mía, a la mujer de la limpieza. Mientras esperábamos, nos besamos con lengua. Él me metió la mano debajo del vestido, me pellizcó los pezones, me frotó por encima de la tela hasta que estuve empapada y mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Unos minutos después escuchamos las primeras voces.
Un tipo alto entró arrastrando a la señora de la limpieza, riéndose.
—Te voy a romper toda, putona. ¿Querés o no querés?
—Claro que quiero, amor —respondió ella, con la voz temblando de pura excitación.
El hombre tiró una colchoneta vieja al piso y empezó a chuparle las tetas, que las tenía enormes. Ella se sacó la pollera y la ropa interior con prisa, se arrodilló y se la metió en la boca con unas ganas que daban envidia. Lamía, succionaba, se la mandaba entera, le chupaba los huevos con frenesí. No era una mujer linda, pero tenía un entusiasmo que valía por diez.
Cuando el tipo la tuvo bien dura, la puso en cuatro y se la clavó de un envión. Ella gritó de placer, y los gritos atrajeron al resto. En segundos el vestuario se llenó de risas y de gente.
Mamá y Mirta entraron rodeadas por los demás, que las manoseaban enteras. Mi madre traía el pantalón bajado hasta la mitad del culo, las nalgas partidas por la tanga roja. Mirta ya estaba en tanga, con la minifalda enroscada en la cintura como un cinturón.
—A esta de la limpieza le están dejando los agujeros relucientes —se rio uno—. Alguna vez le tocaba que la limpien a ella.
—Ay, yo también vine sucia —bromeó mamá, ya con las tetas afuera—. ¿Me limpian bien a mí?
Todos rieron y los manoseos se volvieron más bruscos. En minutos las tres mujeres quedaron desnudas y rodeadas. Bruno se había acomodado contra mi espalda, apoyándome el bulto duro entre las nalgas mientras mirábamos. Me susurró al oído:
—Mirá bien, Carla. Cuando termine esto, te llevo a un lado y te dejo igual que ellas.
—Sí, Bruno —le respondí, sintiendo su erección palpitar contra el vestido.
Abajo, Mirta se las arreglaba con tres a la vez: una en la boca y una en cada mano, mamando con una experiencia que asustaba. A mamá le entraban y le salían dos de la boca, mientras babeaba sin pudor. Los hombres, borrachos y calientes, las trataban a las puteadas y a las nalgadas, y ellas, lejos de quejarse, parecían disfrutar cada insulto.
Mamá no tardó en quedar en cuatro, ensartada por uno mientras chupaba a otro. Cuando vi que también empezaban a empomar a Mirta, sentí crecer la verga de Bruno contra mi cuerpo. Lo calentaba ver a su propia madre así, abierta entre tantos.
—Mirá cómo gime la mía —me dijo, agitado, sin dejar de mirar.
Las dos solo pedían más. «Más fuerte», «dame», «no pares». El tipo que cogía a mamá la giró y la dejó con el culo para arriba. Otro, grandote, le escupió bien el ojo y se lo metió de un empujón.
—¡Ay, por Dios! —gritó mamá—. ¡Qué pedazo me metieron! Me lo van a romper…
—Ya lo tenés roto, putona —se rio el de adelante—. En ese culo te entra media planta.
La señora de la limpieza, en cambio, lloraba bajito. Entre hipos confesó que por atrás nunca la habían tocado, que era la primera vez. Por cómo le costó al hombre clavársela, por cómo se retorcía y pedía despacio, parecía cierto. Lloró un rato largo, pero al final se relajó, abrió las piernas sola y empezó a gemir como las otras dos.
Yo miraba todo con el corazón golpeándome el pecho, la concha latiéndome, los dedos de Bruno trabajándome por debajo del vestido. Estaba tan excitada que me costaba quedarme quieta.
***
Después de un buen rato de manoseos, mamadas y embestidas, los hombres terminaron, se acomodaron los pantalones y se fueron riéndose, dejando a las tres mujeres tiradas sobre las colchonetas, agitadas y empapadas. Apenas las vimos quedarse solas, Bruno ya no aguantaba.
—No puedo ni caminar de lo dura que la tengo —me dijo—. Chupámela un poco acá.
Y vaya si la tenía dura. Me arrodillé en el entrepiso, me metí en la boca todo lo que me cabía, y a los pocos movimientos sentí que se venía. Tragué lo que pude, pero un par de chorros gruesos se me escurrieron sobre el vestido floreado, dejándome la tela manchada de blanco a la altura del pecho.
Cuando bajamos, mamá, Mirta y la otra mujer ya se estaban vistiendo como podían: la ropa arrugada, el maquillaje corrido, el olor a sexo encima. Querían ducharse, pero no había agua en la planta. Mamá las invitó a bañarse en casa.
Traté de pasar sin que me vieran, pero mi madre me llamó. Me miró las manchas del vestido y sonrió con una complicidad que me hizo arder la cara.
—Voy con ellas a casa en un rato —me dijo, tranquila—. Si querés quedarte un poco más con Bruno, quedate. No te molestamos.
—Bueno, mamá —le respondí, colorada y excitada a la vez.
***
Bruno me llevó de la mano hasta un depósito oscuro al fondo del predio, entre pilas de cajas y olor a humedad. Me empujó contra una columna de cartones, me levantó el vestido, me bajó la ropa interior hasta las rodillas y me la clavó de una sola embestida.
Me cogía rápido, fuerte, gruñendo cosas contra mi nuca, y yo me agarraba de las cajas para no caerme. Me corrí dos veces antes de que me diera vuelta. Después me escupió, me apoyó la verga atrás y se metió despacio, abriéndose paso, hasta que entró entero. Me ardía, me dolía y aun así le pedía más, empujando contra él.
Para cuando terminamos y volvimos a casa, ya habíamos pasado por todo: por delante, por la boca y por detrás. En mi cuarto me puso de nuevo en cuatro sobre la cama, me agarró del pelo y me machacó una última vez hasta acabar adentro, hondo, con un gruñido largo. Me dejó temblando, deshecha y feliz, con la respiración entrecortada.
Tirada boca abajo, sintiéndolo respirar pesado a mi lado, pensé que Bruno era, de lejos, el que mejor lo hacía de todos.
Afuera, en el baño, las tres mujeres se lavaban entre risas bajitas, contándose detalles de lo que había pasado en el vestuario. Yo sonreí contra la almohada. El asado de la fábrica había sido exactamente lo que esperaba: carne, vino tinto y mucha, mucha calentura.