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Relatos Ardientes

La señora del merendero me invitó a secarme en su casa

Aquella mañana pensé que iba a ser un día perdido. No tenía nada que hacer, el cielo estaba cargado y, en vez de quedarme en casa dando vueltas, decidí subir andando hasta el merendero del cerro, ese que queda a media hora de mi calle. Sé que suena absurdo subir a un mirador con amenaza de lluvia, pero a veces necesito el silencio del monte para aclararme la cabeza.

Me equivoqué con lo del silencio. Y con casi todo lo demás.

Apenas llegué arriba empezó a chispear. Di una vuelta entre los pinos, miré el valle medio borrado por la niebla y, cuando la lluvia apretó de verdad, me refugié bajo un saliente de roca donde no me mojaba. Saqué un cigarrillo, lo encendí protegiendo la llama con la mano y me quedé mirando cómo caía el agua. Estaba convencido de que no había un alma en kilómetros.

Entonces la vi pasar. Una mujer de unos setenta y tantos años, con un impermeable fino y el pelo gris recogido, caminando despacio por el sendero como si la lluvia no fuera con ella. Soy un calenturiento de manual, lo reconozco, y mi cabeza ya andaba inventando escenas que solo pasan cuando uno se las imagina. Me reí solo de mí mismo y seguí fumando.

Un rato después volvió a aparecer, esta vez en dirección contraria. Al verme bajo la roca, se acercó.

—¿Te sobra un cigarro? —me preguntó, sacudiéndose las gotas del impermeable—. Dejé los míos en casa y, con esta lluvia, da pereza volver.

—Claro —le dije, y le tendí el paquete.

Se llamaba Amparo. Encendió el cigarrillo con un gesto antiguo, de los de toda la vida, y en lugar de irse se quedó ahí, conmigo, bajo el mismo saliente. Hablamos de tonterías al principio: del tiempo, de lo poco que sube la gente al cerro, de que antes esto estaba siempre lleno de familias los domingos.

—A mí me encanta pasear con lluvia —dijo, mirando el valle—. Lo hacía siempre con mi marido. A él le gustaba decir que el monte huele distinto cuando llueve, más a tierra, más a verdad. Murió hace cuatro años. Desde entonces subo yo sola.

No supe qué contestar, así que callé y la dejé hablar. Y vaya si habló. Amparo tenía esa manera de contar las cosas sin pedir nada a cambio, como quien lleva mucho tiempo sin que nadie lo escuche. Yo, que había subido buscando estar solo, terminé pasando casi dos horas pendiente de cada historia suya.

Se nos hizo de noche sin darnos cuenta. La lluvia, lejos de parar, arreciaba.

—Vives lejos, ¿no? —me preguntó—. Anda, ven a casa, que tengo el coche aquí abajo. Te invito a algo calentito y esperamos a que escampe.

Lo dijo con tanta naturalidad que habría sido grosero negarse. Le dije que encantado.

***

El trecho hasta el coche fue una emboscada. En el minuto que tardamos en bajar la cuesta nos calamos hasta los huesos, los dos riéndonos como críos mientras corríamos. Para cuando arrancó el motor, yo tenía la ropa pegada al cuerpo y el pelo chorreando.

Su casa estaba a diez minutos, en el borde del pueblo. En cuanto abrió la puerta me golpeó una bocanada de calor; tenía una estufa encendida en el salón y olía a leña y a algo dulce.

—Jolín, qué gusto de calorcito —dije, frotándome los brazos—. En cinco minutos se me seca hasta el alma.

Amparo se rió. Y entonces hizo algo que no me esperaba: ni corta ni perezosa, se desabrochó el impermeable, lo colgó, y dejó que el vestido empapado le resbalara de los hombros hacia abajo hasta quedarse en ropa interior en mitad del salón.

Me giré por instinto, dándole la espalda, con la cara ardiendo.

—¿Te incomodo? —dijo, divertida—. ¿O es que no te gusta lo que ves?

—Yo… yo… —tartamudeé como un adolescente, notando el calor subiéndome a las mejillas—. No, no es eso.

—Tengo setenta y cuatro años —siguió, sin un gramo de pudor—. Pero creo que no estoy nada mal. ¿O sí?

Me di la vuelta despacio. Y la miré de arriba abajo, una vez, y otra, sin decir palabra, porque me había quedado sin ninguna. No parecía la edad que decía, ni de lejos. Era alta, casi un metro setenta, delgada, con la piel sorprendentemente firme y apenas un puñado de arrugas finas. Esto no me está pasando a mí, pensé.

—¿Ves? —dijo, leyéndome la cara—. No hace falta que digas nada.

Se acercó con una toalla en la mano.

—Déjame que te quite esa ropa mojada y te seque, que vas a coger una pulmonía.

Avergonzado, asentí. No me salía la voz. Empezó por el jersey, tirando de él hacia arriba, y luego la camiseta. Se agachó a desatarme los cordones, me sacó las botas, los calcetines, uno a uno, con una calma que me ponía más nervioso que la prisa. Cuando me soltó el cinturón y bajó el pantalón mojado, yo ya estaba completamente duro, y no había forma de disimularlo.

Amparo lo notó. Sonrió de lado.

—Vaya —susurró, bajito.

Yo sonreí, muerto de vergüenza, mientras me bajaba la ropa interior. En vez de pasar la toalla, me apoyó las dos manos en el pecho y me besó el cuello, despacio, mordisqueándome la piel. A la vez me agarró con la mano, apretando y soltando, llevándola adelante y atrás con una habilidad que no encajaba con esa imagen de abuelita tranquila del cerro.

—Llevaba mucho tiempo sin que un hombre me mirara así —me dijo al oído.

Se arrodilló delante de mí sin dejar de mirarme y se lo metió en la boca entero, hasta el fondo, con un descaro que me cortó la respiración. No tenía nada de tímido aquello. Lo hacía hondo, lento, alternando la boca con la mano, levantando la vista de vez en cuando para comprobar el efecto que me hacía. Yo tenía que apoyarme en el respaldo del sofá para no perder el equilibrio.

—Espera —conseguí decir—. Yo también quiero.

La hice subir conmigo al sofá y nos colocamos cruzados, ella sobre mí, yo debajo. Le recorrí el interior de los muslos con la lengua, despacio, rozando todo alrededor sin tocar el centro, dejándola esperar. Amparo respiraba hondo, lento, con un suspiro suave cada vez que me acercaba y me apartaba. No gemía a gritos; lo suyo era una respiración cada vez más entrecortada, casi un ronroneo, que me ponía tanto o más que cualquier escándalo.

—No me hagas esperar tanto —murmuró contra mi piel.

***

La levanté en brazos. Pesaba poco, y se dejó llevar con una risa por lo bajo, agarrándose a mi cuello. Crucé el pasillo a oscuras hasta su dormitorio y la dejé sobre la cama, boca abajo, sobre la colcha.

En la mesilla había un frasco de aceite, de esos de almendras. Me serví un poco en las manos, las froté para calentarlo y empecé a masajearle la espalda, de los hombros hacia abajo, hundiendo los pulgares a los lados de la columna. Amparo soltó un gemido grave, de puro alivio, y se relajó bajo mis manos como si llevara años esperando que alguien hiciera exactamente eso.

Bajé despacio, repartiendo el aceite por la cintura, por las caderas, hasta llegar a un culo que para la edad que tenía era una sorpresa: firme, redondo, sin un solo defecto a la vista. Le separé las nalgas con suavidad y empecé a recorrer la zona con la lengua, esquivando a propósito el punto donde ella quería, viéndola retorcerse contra la colcha, agarrar las sábanas con las dos manos.

—Por favor… —jadeó, ya sin fuerzas para fingir calma.

Le hice caso. Dejé de torturarla y la besé donde lo pedía, alternando la lengua de un lado a otro, hasta que todo su cuerpo se tensó de golpe, levantó las caderas y se estremeció de placer con un grito ahogado contra la almohada. Se quedó temblando, respirando como si hubiera subido el cerro corriendo.

Me tumbé a su lado. Amparo giró la cabeza, con el pelo gris revuelto sobre la cara y una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Y eso —dijo, recuperando el aliento— que solo acabamos de empezar.

Afuera seguía lloviendo. No tenía ninguna prisa por que parara. Pero esa parte, la de lo que vino después, mejor la dejo para otro día.

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Comentarios (4)

CarlosDeNoche

Tremendo relato, me lo lei de un tiron. El detalle de la lluvia como excusa le da un realismo que no es comun.

ConfesionFanatic

Por favor que haya una segunda parte!!! Quede con ganas de saber si se volvieron a ver.

Gastón_Mdz

jajaja lo del fuego como pretexto es un clásico de todos los tiempos, nunca falla

LectorCurioso88

Paso de verdad o es ficcion? Porque tiene ese sabor a cosa real que no todos los autores logran transmitir.

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