Lo que pasó en el gimnasio a la una de la madrugada
El gimnasio estaba casi vacío esa tarde. Yo terminaba mi serie de sentadillas cuando sentí su mirada otra vez, clavada en mí desde el otro extremo de la sala. Era imposible no notarla.
Se llamaba Idris y era extranjero, recién llegado de un país que yo apenas sabía ubicar en el mapa. Alto, fácilmente metro noventa, con la piel muy oscura y un cuerpo que parecía tallado de tanto entrenar. Tenía esa pinta ruda que me ponía nerviosa: la mandíbula marcada, los hombros anchos, los brazos gruesos y cruzados de venas. Pero lo que de verdad me alteraba era cómo me miraba. Y, sobre todo, cómo lo miraba yo a él.
Especialmente entre las piernas.
Cuando hacía peso muerto, el bulto bajo el pantalón gris del gimnasio se le marcaba de una forma casi obscena. Se veía grande, pesado, imposible de disimular. Y yo, por más que intentaba concentrarme en mi propia rutina, volvía a mirarlo una y otra vez. Él se daba cuenta. A veces sonreía apenas, con la calma tranquila de quien sabe exactamente lo que está provocando.
Durante semanas fue así: miradas que duraban un segundo de más, roces casuales al cruzarnos entre las máquinas, el aire cargado entre los dos. Hasta que una tarde, mientras yo ajustaba la prensa de piernas, su voz grave me sorprendió por detrás.
—¿Vas a ocupar esta mucho rato?
Me giré. Estaba cerca. Demasiado cerca. Olía a sudor limpio y a algo más, algo masculino y casi animal. Empezamos a hablar. Primero de la máquina, después de técnica, después de todo. Me contó que llevaba un par de años viviendo en la ciudad y que entrenaba ahí casi todas las tardes. Su acento hacía que las palabras más simples sonaran distintas, más densas.
Desde ese día todo cambió.
Cada vez que yo llegaba, él aparecía cerca. Me corregía la postura con voz baja y firme, las manos enormes rozando apenas mi cintura o mi espalda para guiarme.
—Baja más lento… así —murmuraba pegado a mi oído.
Sentía su aliento caliente en la nuca y un escalofrío me recorría entera.
Después de entrenar empezó a acompañarme hasta el auto. Me quitaba el bolso del hombro sin preguntar y lo cargaba como si no pesara nada. Caminábamos despacio por el estacionamiento, hablando de cualquier cosa. Pero las miradas ya no eran inocentes. Sus ojos bajaban a mis calzas, a mi pecho sudado, y los míos seguían traicionándome, buscando otra vez ese bulto que parecía crecer cada vez que estábamos juntos.
Una noche, después de una sesión especialmente intensa, llegamos al auto. El estacionamiento estaba casi desierto. Idris dejó mi bolso en el maletero y, en lugar de despedirse, se quedó mirándome fijo bajo la luz amarilla de los focos.
—Me gustas mucho, Renata —dijo de golpe, con esa voz grave que me erizaba la piel—. Me encanta tu cuerpo. No puedo creer lo linda que eres.
Me quedé congelada. Sentí que me ardían las mejillas. Nadie me había dicho algo tan directo, tan sin rodeos, a la cara. Bajé la vista, nerviosa, y respondí casi en un susurro.
—Tú también… tienes algo que me llama mucho la atención.
Idris sonrió con una seguridad que lo volvía todavía más intimidante. Dio un paso más, me levantó la barbilla con dos dedos y, sin pedir permiso, me besó. No fue en la boca exactamente. Fue en la comisura, lento, caliente, calculado. Sentí su aliento y el roce áspero de su barba corta. Mi cuerpo reaccionó al instante: un calor líquido se concentró entre mis piernas.
Me aparté nerviosa, abrí la puerta y me subí rápido.
—Nos vemos —balbuceé.
Manejé hasta mi casa con las manos temblando sobre el volante. En todo el camino no pude dejar de pensar en él, en su cuerpo, en su mirada oscura, en ese beso tan cerca de mi boca. Cuando llegué, estaba empapada. Lo sentía claramente al caminar.
***
Apenas entré al departamento le escribí a mi mejor amigo contándole todo. Su respuesta llegó casi de inmediato.
¿Y cómo la tiene?, preguntó sin filtro.
Me mordí el labio y le describí lo que había visto durante semanas. Grande, gruesa, marcándose pesada bajo el pantalón. Él me contestó sin rodeos.
Sin miedo al éxito, reina. No te arrepientas después. Si te gusta, ve y disfruta.
Me duché tratando de calmarme, pero el agua caliente solo empeoró las cosas. Me acosté con la piel todavía húmeda y, sin poder evitarlo, agarré el celular. No busqué cualquier cosa. Busqué exactamente la imagen que tenía clavada en la cabeza desde la tarde. Me excitaba muchísimo, pero al mismo tiempo sentía una mezcla de miedo y curiosidad que me quemaba por dentro.
Esa noche hice algo que nunca había admitido en voz alta: me masturbé pensando en él.
Con los ojos cerrados imaginé sus manos enormes recorriéndome, imaginé cómo sería tenerlo abriéndose paso entre mis piernas, imaginé su voz ronca diciéndome al oído lo rica que era. Me corrí fuerte, mordiendo la almohada, con su nombre en la mente y el corazón latiendo desbocado.
Pasaron varios días sin que pudiera volver al gimnasio por temas de trabajo. Cada noche pensaba en él, en ese beso, en cómo me había tocado yo misma imaginándolo. Mi amigo no paraba de escribirme.
¿Ya pasó algo o qué? No seas cobarde. Si te mojaste solo con mirarlo, imagina el resto.
Yo le respondía entre nerviosa y excitada.
—Todavía no… tengo miedo, pero no dejo de pensarlo.
—Entonces ve y hazlo, mujer. Algo así no aparece todos los días. Disfrútalo sin culpa.
***
Una noche, después de una jornada de trabajo agotadora, llegué a casa muerta. Dormí un par de horas y desperté cerca de la medianoche con una energía rara recorriéndome el cuerpo. Tenía calor, inquietud, algo que necesitaba soltar de alguna forma. Miré el reloj: era casi la una de la madrugada.
Me levanté, me puse un vestido negro corto y ajustado que apenas me cubría los muslos, unas zapatillas blancas y, sin pensarlo dos veces, decidí no ponerme ropa interior. Salí en el auto con la idea de comprar una hamburguesa, pero a mitad de camino cambié de opinión. Un poco de ejercicio me va a hacer mejor, me dije, aunque ninguna parte de mí estaba pensando en ejercicio.
Llegué al gimnasio. El encargado de turno, un chico joven, me miró sorprendido cuando entré.
—Vaya, qué dedicación… eres la segunda persona que viene a esta hora —dijo sonriendo.
Subí al segundo piso, donde estaban las máquinas de cardio. Las luces estaban tenues, casi íntimas. El lugar se sentía desierto y silencioso, solo se escuchaba el zumbido suave de los aparatos. Empecé a subir las escaleras y, al llegar arriba, lo vi.
Idris estaba ahí.
Entrenaba solo, bajo la luz baja. Sudado, sin camiseta, con un pantalón gris oscuro que se le pegaba al cuerpo. Sus músculos brillaban: los hombros anchos, el pecho marcado, el abdomen definido y esos brazos gruesos y venosos que tanto me gustaban. Hacía repeticiones con mancuernas y cada movimiento le hinchaba la espalda.
Se detuvo al verme. Sus ojos oscuros me recorrieron lentamente: el vestido corto, las piernas desnudas, las zapatillas blancas. Noté cómo se le oscureció la mirada. Dejó las mancuernas en el suelo y se acercó caminando despacio, como un depredador que reconoce a su presa.
—Renata… —su voz grave resonó baja en el gimnasio vacío—. No te vi en varios días. Pensé que ya no venías.
Estaba tan cerca que podía oler su sudor mezclado con su aroma natural. El corazón me golpeaba el pecho. El vestido se me había subido un poco al subir las escaleras y sentía el aire fresco rozándome donde no llevaba nada.
—Tuve mucho trabajo —respondí, intentando sonar tranquila—. ¿Y tú? Me dijeron que ahora vienes de noche.
Idris sonrió de medio lado y dio otro paso. Ahora estábamos casi pegados.
—Sí… prefiero cuando está vacío. Menos gente… más libertad.
Sus ojos bajaron otra vez a mis piernas y subieron lentos hasta mi pecho, que se marcaba bajo la tela fina. Podía sentir cómo se me endurecían los pezones.
—¿Viniste a entrenar vestida así? —preguntó con un tono ronco, casi divertido.
Me mordí el labio, nerviosa y caliente al mismo tiempo.
—Iba a comprar algo de comer… y no sé cómo terminé aquí —admití, riéndome de mi propia locura—. Ni siquiera estoy vestida para esto.
Él no contestó con palabras. Solo se acercó más, hasta que su cuerpo enorme quedó pegado al mío. Yo soy bastante más baja que él, así que tuve que levantar la cara para mirarlo. Sus ojos brillaban de deseo.
Sin decir nada más, Idris inclinó la cabeza y me besó. Esta vez de verdad. Un beso profundo, hambriento, con esa boca gruesa y caliente. Su lengua entró en mi boca y gemí suave contra él. Mis manos subieron solas a su pecho sudado.
Sus manos enormes bajaron directo a mi trasero y lo apretaron con fuerza por encima del vestido corto.
—Lo tienes muy firme… —gruñó contra mis labios—. Se nota que entrenas en serio.
Sentí claramente cómo él ya estaba completamente duro, presionando contra mi vientre. Ese contacto me prendió por dentro. Me atreví a bajar una mano y pasarla por encima de la tela. Estaba durísimo. Lo palpé con ganas, sintiendo el grosor entre mis dedos, y él soltó un gemido ronco.
Una de sus manos se metió bajo el vestido y subió directo entre mis piernas. Cuando sus dedos me tocaron, se detuvo y sonrió con picardía.
—¿No traes nada debajo? —murmuró—. Ya estás toda mojada…
Estaba empapada. Sus dedos gruesos rozaron mis labios hinchados y mi clítoris, y me temblaron las piernas.
—Hagámoslo acá —me dijo al oído, casi como una orden.
—Estás loco… —respondí entre gemidos, aunque la idea me excitaba muchísimo. La posibilidad de que alguien apareciera en cualquier momento hacía todo más intenso.
***
Idris no esperó más. Me tomó de la mano y me llevó hacia el fondo del segundo piso, a una zona con menos luz. Apagó algunas de las luces que quedaban, dejando el lugar todavía más oscuro e íntimo. Me guio hasta una banca acolchada y me hizo recostarme de espaldas.
Se arrodilló entre mis piernas, me subió el vestido hasta la cintura y me separó los muslos sin pedir permiso. Sentí su aliento caliente sobre mí. Primero pasó la lengua despacio, saboreándome entera. Después se concentró en mi clítoris, mientras me metía dos dedos gruesos y empezaba a moverlos lento.
Gemí más fuerte. Su boca era caliente y experta. Yo me retorcía en la banca, agarrándome de los bordes, sintiendo cómo me mojaba cada vez más. Intentaba taparme la boca con una mano para no hacer ruido en el gimnasio vacío, pero me costaba.
—Idris… —gemí ahogada, mordiéndome los dedos.
Él levantó la vista un segundo, con los labios brillantes, y sonrió con esa cara de seguridad total. Sus dedos entraban y salían más rápido, curvándose dentro de mí, buscando ese punto que me volvía loca. Mis caderas se movían solas contra su boca. El placer se armaba rápido, demasiado rápido.
Pero de pronto se detuvo, se levantó y se bajó el pantalón de un solo movimiento.
Quedó libre frente a mí, pesado y completamente duro. Era tal como lo había imaginado durante semanas… y más. Me quedé mirándolo un segundo, con la boca entreabierta, sintiendo a la vez deseo y un poco de vértigo.
Me incorporé en la banca. Él se paró frente a mí y, con la mano, me guio hacia su entrepierna.
—Despacio… —murmuró con voz ronca.
Abrí la boca y empecé. Lo chupé con ganas, moviendo la cabeza mientras mi mano apenas rodeaba la base. Sabía a sudor limpio y a hombre. Me agarró el pelo con una mano y empezó a marcar el ritmo, empujando un poco más profundo cada vez. Yo hacía lo que podía, abriendo la garganta para recibirlo, con los ojos llenos de lágrimas por el esfuerzo, pero sin querer detenerme.
—Así… qué boca tan rica tienes —gruñó, con el acento más marcado por la excitación.
De vez en cuando se retiraba, me daba un respiro y volvía a empezar. El sonido húmedo llenaba el segundo piso silencioso. Yo estaba empapada, sentía mis jugos corriendo por los muslos mientras lo chupaba como si me muriera de hambre.
***
Después de varios minutos se sentó en el borde de la banca acolchada y me hizo señas con la mano.
—Ven. Siéntate de espaldas.
Me di vuelta y me coloqué sobre él. Apoyé las manos en sus muslos musculosos y, lentamente, empecé a bajar. Sentí cómo me abría por dentro. Era tan grueso que se me escapó un gemido largo cuando apenas había entrado la mitad.
Empecé a moverme. Primero despacio, después más rápido, subiendo y bajando, sintiendo cada centímetro rozándome por dentro. El placer era brutal. Idris soltó un gemido ronco y sus manos enormes fueron directo a mi trasero, marcando el ritmo, apretándome con fuerza.
—Así… móntame —gruñó con su acento—. Qué rica eres.
Yo gemía sin control, cada vez más alto, girando las caderas, bajando con fuerza para sentirlo todo. El placer me recorría como descargas. El miedo a que el chico de la entrada subiera en cualquier momento, lejos de frenarme, me ponía todavía más caliente.
Me levantó sin esfuerzo, como si no pesara nada, y me llevó hasta el gran espejo que cubría casi toda la pared del fondo. Me colocó de espaldas a su cuerpo. Apoyé las dos manos contra el cristal frío, arqueé la espalda y empujé hacia atrás, ofreciéndome.
Vi su reflejo: alto, oscuro, enorme detrás de mí. Me agarró las caderas con una mano, se acomodó y, de un solo empujón firme, volvió a entrar casi entero.
—¡Ahhh! —gemí fuerte cuando lo sentí.
Empezó a moverse sin pausa. Embestidas hondas y rápidas, su cuerpo chocando contra el mío con un sonido seco que resonaba en el gimnasio vacío. Con la otra mano me tiró del pelo hacia atrás, obligándome a levantar la cabeza.
—Mírate en el espejo —gruñó cerca de mi oído—. Mira cómo estás.
Lo hice. Me vi reflejada: el vestido negro arrugado en la cintura, la cara sudada, la boca entreabierta gimiendo sin control. Detrás de mí estaba él, enorme, la mandíbula tensa y los ojos clavados en mi cuerpo. Ver esa imagen me excitó muchísimo. Verlo disfrutar mientras yo disfrutaba me volvía loca.
—Idris… —gemí, girando un poco la cabeza para mirarlo directo.
Él aceleró. Cada embestida me empujaba contra el espejo, mi aliento empañaba el cristal, mis gemidos ya eran casi gritos que apenas lograba contener.
—¿Te gusta? —me preguntó al oído, con esa voz ronca.
—Sí… —gemí sin aliento—. Me encanta.
Al escucharme soltó un gruñido y se movió todavía más fuerte. De pronto el orgasmo me golpeó. Me corrí temblando entera, las piernas debilitándose, mientras me tapaba la boca con ambas manos para no gritar. Él no se detuvo, prolongando el placer hasta que casi no podía sostenerme.
Cuando empecé a bajar, sensible y temblorosa, se retiró.
—Voy a acabar —gruñó.
Me giré rápido y me arrodillé frente a él. Segundos después soltó un gemido profundo y terminó, marcándome la piel y el vestido. Acabó fuerte, respirando agitado.
—Qué rica eres… —dijo todavía sin aliento.
***
Nos quedamos unos segundos recuperando la respiración. Después me llevó al baño del segundo piso para limpiarnos. Me lavé como pude mientras él se acomodaba. Nos vestimos rápido, todavía con la adrenalina a mil.
Al bajar las escaleras, el encargado de turno nos miró con una sonrisa pícara, como si sospechara algo. Idris solo sonrió sin decir nada.
Salimos juntos al estacionamiento. Apenas nos alejamos un poco, le pregunté bajito.
—¿Por qué se reía ese chico?
Idris soltó una risa grave y me miró de arriba abajo.
—Porque tienes una mancha en el vestido.
Bajé la vista, horrorizada, y traté de taparla con las manos. Me dio una vergüenza enorme, pero por dentro me estaba riendo.
Nos despedimos junto a mi auto. Él se acercó, me agarró la cintura con sus manos enormes y me dio un beso profundo. Cuando nos separamos, todavía sentía su sabor en los labios.
—Espero que se repita —murmuró con esa voz grave que tanto me gustaba.
Me mordí el labio. Miré hacia los lados para asegurarme de que nadie nos escuchara y le respondí sin rodeos.
—Obvio que quiero que se repita… pero la próxima en un lugar tranquilo. Sin apuros. Quiero tomarme el tiempo de verdad.
Idris levantó una ceja, sorprendido y claramente prendido por mis palabras. Una sonrisa lenta se le dibujó en la cara. Se acercó a mi oído.
—Entonces dime cuándo y dónde —murmuró—. Porque yo ya estoy pensando en todo lo que te voy a hacer con calma.
Me dio un último beso y se apartó. Subí al auto con las piernas todavía temblorosas y el corazón latiendo fuerte.
Al día siguiente, todavía con sus palabras en la cabeza, le escribí a mi mejor amigo para contarle absolutamente todo lo que había pasado esa madrugada en el gimnasio. Su única respuesta fue un montón de signos de exclamación. La mía, en el fondo, ya estaba decidida: por supuesto que iba a haber una próxima vez.