El día que llegué temprano y descubrí su secreto
Llevábamos casi tres años viviendo juntos y siempre presumí de que entre Carla y yo no había secretos. Nos contábamos todo, sobre todo en la cama, donde habíamos perdido la vergüenza hacía mucho. Por eso lo que pasó aquella tarde me dejó tan descolocado: no por lo que descubrí, sino por entender que ella había estado callándose algo durante meses.
Habían cambiado bastantes cosas en nuestras noches desde hacía un tiempo. Ella se había vuelto más atrevida, pedía cosas que antes ni se le pasaban por la cabeza, y yo, claro, encantado. Había un detalle en concreto que se repetía cada vez más. Cuando terminábamos, le gustaba que acabara sobre su cara, y luego se quedaba ahí, sonriendo, recogiéndose todo con los dedos como si fuera un trofeo.
La primera vez pensé que era cosa del momento. Pero empezó a pasar siempre. Una noche, después de correrme sobre ella, en lugar de ir a limpiarse siguió tocándose, relamiéndose, y tuvo un orgasmo enorme que la dejó temblando. Me sorprendió, aunque tampoco le di más vueltas. Cada uno tiene lo suyo, pensé.
Lo entendí del todo un martes cualquiera.
***
Aquel día salí antes del trabajo porque me cancelaron una reunión. No avisé, quería darle una sorpresa y proponerle salir a cenar. La sorpresa, en realidad, me la llevé yo.
Abrí la puerta sin hacer ruido y la casa estaba en silencio salvo por un sonido bajito que venía del salón. Me asomé y ahí estaba Carla, en el sofá, completamente desnuda, con las piernas abiertas y una mano entre ellas. No me escandalizó verla masturbarse: eso es lo más normal del mundo. Lo que me clavó en el sitio fue lo que tenía delante.
En la pantalla del ordenador, una mujer recibía el final de un encuentro directamente en la cara, y Carla lo miraba con una concentración que no le había visto nunca.
Tardó un par de segundos en notar mi presencia. Cuando giró la cabeza y me vio en el umbral, en vez de asustarse o taparse, me miró con una media sonrisa pícara y, sin dejar de tocarse, me hizo un gesto con el dedo para que me acercara.
—Esto —dijo, señalando la pantalla con la barbilla— me lo vas a hacer tú ahora mismo.
Me acerqué casi sin pensar. Ella se incorporó un poco, me bajó el pantalón con una mano mientras con la otra seguía entre sus piernas, y empezó a comérmela con esa destreza que tantas veces me había vuelto loco. No duré demasiado. La imagen, sus gemidos ahogados, la urgencia con la que se movía… todo iba demasiado rápido.
—Llena mi cara ya —me pidió, separándose un segundo, con la voz entrecortada—. La quiero entera. Dámela, que me corro.
Empezó a gemir más fuerte, su cuerpo se tensó y, con esa imagen y esas palabras, fue imposible aguantar. Me corrí sobre ella mientras tenía su propio orgasmo, temblando cada vez que la alcanzaba. Cuando por fin se quedó quieta, abrió los ojos, soltó una carcajada suave y dijo:
—Dios, qué maravilla.
—¿Y esto a qué ha venido? —pregunté yo, todavía intentando entender qué acababa de pasar.
—Voy a darme una ducha, que buena falta me hace. Luego te lo explico todo, no te preocupes.
Y se levantó, me dio un beso rápido y se metió en el baño, dejándome plantado en mitad del salón con cara de tonto y mil preguntas en la cabeza.
***
Salió del baño veinte minutos después, envuelta en una toalla, con el pelo mojado y el olor a jabón llenando el pasillo. Se acercó, me dio otro beso y me empujó suavemente hacia el cuarto de baño.
—Anda, dúchate tú también. Cuando salgas cenamos tranquilos y después hablamos de lo de antes.
Le hice caso. Cuando volví al salón, en calzoncillos y con el pelo todavía húmedo, me la encontré sentada en el sofá con una camiseta vieja mía y nada más. Había puesto la mesa y servido dos platos.
—Ven, siéntate, vamos a cenar con calma —me dijo.
Y eso hicimos. Estuvimos más de una hora hablando de cualquier cosa: del trabajo, de un viaje que queríamos hacer, de una serie que habíamos empezado. Una cena normal, como la de cualquier otro día, salvo por la pregunta que flotaba en el aire y que ninguno de los dos mencionaba.
Recogimos la mesa entre los dos y volvimos al sofá. Carla se acurrucó contra mí, me dio un beso largo en el cuello y dijo:
—Vale, ahora sí. Te cuento todo.
—Soy todo oídos —respondí, y me acomodé para escucharla.
Tomó aire, como quien por fin se quita un peso de encima.
—Empiezo por el principio. ¿Te acuerdas de la primera vez que acabaste sobre mi cara, casi sin querer? —asentí—. Pues me puse muchísimo más cachonda de lo que esperaba. Al principio pensé que había sido cosa del momento. Pero cada vez que volvía a pasar, me gustaba más. Y más. Hasta que me di cuenta de que me encantaba, que era una de las cosas que más me ponían. Y me daba un poco de vergüenza admitirlo.
—¿Vergüenza? —pregunté, casi riéndome—. Con la confianza que hay entre nosotros…
—Ya, ya lo sé. Por eso me costaba decírtelo. Antes ni siquiera te dejaba hacerlo, ¿te acuerdas? Y de repente era yo la que lo necesitaba. No sabía cómo sacar el tema sin sentirme rara. Empecé a ver vídeos de eso cuando me tocaba, a solas, y cada vez me enganchaba más. Lo de esta tarde fue eso: llegaste justo cuando estaba en pleno momento y pensé que era la señal para contártelo de una vez.
—¿Y por qué pensabas que me iba a sentar mal? Me encanta —le dije, sincero—. Lo único que no entiendo es por qué tardaste tanto.
—Por tonta —admitió, sonriendo—. Que me pillaras así me ha servido para coger fuerzas.
Me dio un beso y, con un brillo travieso en los ojos, añadió:
—Venga, para celebrarlo, deja que te enseñe uno de los que veo.
***
Mientras se encendía el ordenador del salón, siguió hablándome, ya sin rastro de vergüenza, soltando cosas que llevaba meses guardándose.
—Al principio veía de todo, lo que saliera. Pero un día encontré los vídeos de una pareja que graba para una página bastante conocida. Ella siempre acaba con la cara cubierta, y se la ve disfrutar de verdad, no actuando. Esos son los que más me gustan.
Abrió el navegador y buscó uno de ellos. La mujer del vídeo, efectivamente, parecía pasárselo en grande, riéndose y mirando a cámara con cierto orgullo cada vez que recibía algo. No era nada del otro mundo, la verdad, pero entendí enseguida qué le veía Carla.
Porque dejé de mirar la pantalla y me fijé en ella. Se había apartado la camiseta y había empezado a tocarse otra vez, con los ojos fijos en el vídeo, completamente metida en lo que veía. Respiraba más fuerte, se mordía el labio, y de vez en cuando dejaba escapar un gemido bajito que iba subiendo de tono.
No tardó en convulsionar a mi lado, gimiendo sin contenerse, hasta quedarse extasiada y con una sonrisa enorme. Cuando recuperó el aliento, giró la cabeza y me miró de arriba abajo.
—¿Y tú? ¿Piensas quedarte así? —preguntó, señalando con la mirada el bulto que tenía debajo de la ropa, evidente desde hacía rato.
—¿Así cómo? —fingí, haciéndome el tonto.
—Anda, ven conmigo a la habitación, que eso lo arreglamos en un momento.
Me cogió de la mano y tiró de mí. En cuanto cruzamos la puerta del dormitorio me quitó lo poco que llevaba puesto y me hizo tumbarme en la cama. Se colocó de rodillas entre mis piernas y empezó a hacerme una de esas mamadas que solo ella sabía hacer. Pero había algo distinto aquella vez, una entrega diferente, más sucia y más entregada a la vez.
—¿Preparado? —dijo, separándose un instante con una sonrisa—. Ahora viene tu sorpresa.
Se tumbó boca arriba, dejando la cabeza colgando un poco por el borde de la cama, y me hizo una indicación con el dedo.
—Ven, ponte aquí de pie. Despacio, sin prisa. Quiero ir notándote poco a poco, y cuando esté lista, lo dejas todo en mi cara, como en los vídeos. ¿De acuerdo?
No dije nada. Me coloqué donde me pedía y fui despacio, atento a cada gesto suyo, parando cuando hacía falta para que respirara, retomando cuando me apretaba con las manos. Ella misma marcaba el ritmo, las palmas en mi espalda, guiándome, decidida como nunca la había visto.
Cuando noté que ya no podía más, se lo avisé, como habíamos quedado. Me aparté lo justo y dejé que la imagen de su cara, expectante y sonriente, hiciera el resto. No hubo que esperar mucho. Terminé entre temblores mientras ella me sujetaba, sin dejar de mirarme, disfrutándolo tanto o más que yo.
Después se quedó un rato así, tumbada, con esa sonrisa de satisfacción que ya conocía bien. Se incorporó, me dio un beso y dijo:
—¿Ves qué fácil era contártelo?
Me reí. Tenía toda la razón. Tres años juntos y aún nos quedaban cosas por descubrirnos. Esa noche entendí que la confianza no es contarlo todo de golpe, sino encontrar el momento y atreverse.
—Por cierto —añadió, con ese brillo travieso otra vez en los ojos—, hay otra cosa que se me ha olvidado contarte.
Pero esa, lo confieso, es otra historia. Y la dejaré para otro día.





