El turno de noche que no debí aceptar en el trabajo
Empecé el primer lunes de marzo en un trabajo que no se parecía a nada de lo que había hecho antes. Era una planta de procesamiento, con normas de seguridad estrictas, cascos, guantes y un ruido de máquinas que no se apagaba nunca. Un ambiente seco, masculino, poco hecho para alguien como yo. La persona encargada de enseñarme todo se llamaba Damián.
Era guapo de una manera difícil de explicar. Delgado, un poco más alto que yo, con la barba recortada con cuidado y unos ojos de un café tan oscuro que parecían negros bajo las luces frías de la planta. No era mi tipo, la verdad. A mí siempre me gustaron los hombres con algo más de cuerpo, de donde agarrarse. Y, sin embargo, había algo en él que me desarmaba desde el primer momento.
Conectamos rápido. Con él me sentía cómoda, y para una mujer eso lo es todo: si te sientes segura, todo lo demás entra más fácil. Damián tenía una paciencia infinita. Me explicaba cada paso dos veces si hacía falta, me dejaba observar, me corregía sin que pareciera un reproche. Mi primer día se convirtió en seis días tranquilos, casi agradables, en los que me preparó para lo que más me asustaba: mi primer turno de noche.
Nunca había trabajado de noche. No sabía si aguantaría despierta, si rendiría, si me ganaría el sueño a las cuatro de la madrugada. Llegué a esa primera noche nerviosa y, a la vez, con una motivación rara, como quien se enfrenta a un examen que en el fondo quiere aprobar.
Damián siguió siendo amable, atento, pendiente de que yo no me sintiera perdida. Pero esa noche noté algo distinto. Me miraba demasiado a los ojos, como si buscara otra cosa en ellos. Hacía bromas tontas que me hacían reír más de la cuenta. Y desde el otro extremo de la sala, cuando creía que yo no me daba cuenta, me seguía con la mirada. Era su forma de cuidarme, me dije. Aunque por dentro empezaba a sospechar que era otra cosa.
No te hagas la tonta, pensé. Sabes perfectamente lo que está pasando.
***
La última noche de esa semana salimos juntos al descanso. Le pregunté qué iba a hacer y me dijo que pensaba dormir un rato. Me invitó a acompañarlo. Acepté antes de pensarlo, aunque una parte de mí supo enseguida que estaba caminando directa hacia la tentación.
—Sígueme —dijo, y lo seguí por un pasillo que no conocía.
Llegamos a una sala vieja que parecía abandonada, una especie de sala de reuniones que ya nadie usaba. Sin luz, sin electricidad. Él la llamaba su refugio.
—¿Y qué se supone que haces aquí? —pregunté.
—Dormir —respondió, como si fuera lo más natural del mundo.
Extendió una colchoneta en el suelo y encendió una linterna pequeña que dejó apuntando al techo. Se recostó y me hizo un gesto con la mano para que me acostara a su lado. Lo miré con desconfianza. Después me acosté.
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él lo oía. Era solo mi cabeza, claro, pero el miedo se siente real. Y entonces llegó su olor. Su perfume mezclado con algo más suyo, más cálido, me invadió la nariz de golpe. Embriagante. Me quedé callada, preguntándome cómo había aceptado entrar a un lugar tan perfecto para que todo se saliera de control.
No hablamos. Él se giró de costado, hacia mí, me tapó un poco con la manta y llevó la mano a mi cara. Acarició mi mejilla, despacio, con la yema de los dedos. Yo estaba rígida, conteniendo la respiración como si así pudiera disimular lo que estaba sintiendo. Su mano bajó hasta mi barbilla y giró mi rostro hacia el suyo.
—¿Puedo? —susurró, tan cerca que sentí su aliento.
Solo asentí con la cabeza.
Su boca tocó la mía y yo la recibí. Abrí los labios y empezó a besarme despacio, después con más hambre. Su mano subió a mi nuca y apretó, como si temiera que yo cortara el beso de un momento a otro. Besaba de una forma que me encendió enseguida. ¿Cómo es posible que un solo beso haga esto?, pensé. Las feromonas entre nosotros eran un incendio.
El beso se volvió intenso, la respiración entrecortada, y él dejó escapar un gemido grave que me erizó la piel entera. Sentí su mano deslizarse hacia mi cintura, fría sobre mi piel, mientras se pegaba cada vez más a mí. Yo sudaba, nerviosa, y no decía nada. Su boca bajó a mi cuello. La lengua, los dientes, mordiendo y recorriéndome despacio, y mi calentura subiendo a una velocidad que no podía controlar.
Ningún pensamiento bastaba ya para detener aquello. Era el lugar perfecto: casi a oscuras, sin interrupciones, con el ruido de las máquinas tan alto que nadie podría oírnos desde fuera.
***
Entre beso y beso, sentí su mano cerrarse sobre mi pecho por encima de la ropa. Lo apretó, lo amasó, buscó el pezón con los dedos hasta endurecerlo a través de la tela. Gemí. Él gimió conmigo. Después su mano se coló bajo mi ropa y, al tocar mi piel, sentí una corriente recorrerme entera. Bajó mi sostén, encontró el pezón, lo presionó, y yo gemí más profundo. Me hizo quitarme la blusa. Bajó la copa del sostén y atrapó el pezón con la boca: lo lamió, lo chupó, lo mordió con suavidad. Yo ya estaba mojada.
Su mano viajó hasta el botón de mi pantalón, lo abrió y se deslizó dentro. Sus dedos encontraron el camino entre mis labios y se abrieron paso con uno solo.
—Estás empapada —susurró contra mi oído—. Qué rica.
Empezó a mover el dedo en círculos lentos, extendiendo mi humedad de un lado a otro. Me mordí el labio. Sabía que si me ponía a pensar demasiado en lo que estábamos haciendo, me detendría. Así que dejé de pensar. Llegó un segundo dedo, buscó mi entrada, entró apenas, salió, volvió a mojarse en mí y se hundió más adentro. Su lengua llegó a mi oreja.
—Estás estrecha —murmuró—. Me encanta.
Mi cabeza era un caos. Damián me gustaba desde el primer día: su trato, su sonrisa, su paciencia, y ahora ese olor a hombre que me tenía completamente entregada. Subió la mano hasta mi boca, separó mis labios con los dedos, y yo saqué la lengua y esperé.
—Chúpalos —dijo en voz baja—. Sé que te gusta.
Obedecí. Los chupé con ganas, reconociendo mi propio sabor, mientras él me mordía el lóbulo de la oreja. Luego devolvió los dedos a mi clítoris y me acarició lento, largo, buscando el orgasmo sin dármelo del todo. Yo quería acabar. Él decidía cuándo.
—Date la vuelta —ordenó.
Me giró de espaldas, pasó el brazo bajo mi cuello y me habló pegado a la oreja.
—Bájate la ropa hasta las rodillas.
Suspiré, vencida y demasiado encendida para negarme. Lo hice. Acomodé mi cuerpo contra el suyo. Su mano bajó, masturbándome de nuevo hasta el borde, y otra vez se detuvo justo antes.
—Ponte a cuatro —dijo.
Me levanté, apoyé las rodillas, dejé la cara contra la colchoneta y los brazos hacia atrás. Esperé en esa posición. Él se acomodó detrás de mí. Acarició mis nalgas, recorrió con la lengua desde mi sexo hacia arriba y, de pronto, sentí el ardor de una palmada. Después la segunda. Me estremecí de pies a cabeza.
—Esto es por tenerme así toda la semana —dijo—. Llevo días pensando en este momento.
Me dio cinco a cada lado, contándolas en voz baja. Y entre el dolor y la humedad, algo en mí solo pedía más.
***
Tomó su sexo, separó mis nalgas y empezó a entrar en mi vagina. No le resultó fácil; llevaba casi dos años sin estar con nadie y mi cuerpo lo notaba. Empujó despacio hasta el fondo, salió hasta la entrada, volvió a entrar de golpe, una, dos, tres veces, perdiendo el control con cada embestida.
—Me estás apretando —jadeó—. Pero todavía no, aguanta.
Gemía cada vez que me la clavaba, y eso me encendía aún más. Salió del todo y llevó la punta a mi entrada trasera. Sentí miedo. Miedo al dolor, a que fuera demasiado.
—No —dije.
—Sí quieres —respondió, y empezó a presionar despacio con el pulgar—. Si no quieres, te vas. No te buscaré.
Esperó mi respuesta con el dedo girando, abriéndome de a poco. Suspiré. Durante unos segundos pensé de verdad en detener todo. Pero mi cuerpo había decidido por mí. No me moví.
—Eso pensaba —dijo, y me dio tres palmadas más, fuertes, sobre la piel ya enrojecida.
Me sentí humillada y, al mismo tiempo, más mojada que nunca. Volvió a entrar primero en mi vagina para empapar su miembro, y después lo llevó otra vez a mi entrada trasera. Empezó a presionar, milímetro a milímetro. Dolía, y mucho. Cerré los ojos y los puños, respiré hondo y rápido para no tensarme más.
—Espera, me duele —le rogué—. Para un momento.
—Pídelo bien —dijo— y quizá tenga compasión.
—Por favor… más despacio, más suave —supliqué.
Y entonces hizo justo lo contrario que esperaba: bajó el ritmo. Respiraba hondo para no lastimarme, sujetaba mis caderas con firmeza y avanzaba con una paciencia que era casi peor que la prisa. Fue abriéndome poco a poco, deteniéndose, volviendo, hasta que su cuerpo quedó pegado al mío y lo sentí entero dentro. Se quedó quieto, esperando a que mi respiración se calmara.
—Así, tranquila —murmuró, y por primera vez su voz sonó casi dulce.
Cuando empezó a moverse, el dolor se mezcló con un placer que no sabía nombrar. Esa sensación de algo prohibido abriéndose paso, de no poder más y querer más a la vez.
***
Estaba a punto de acabar. Lo sentía crecer en mi interior, sentía mi propio calor concentrándose, cuando la puerta de la sala se abrió.
El alma se me cayó a los pies. En el umbral, recortado contra la poca luz del pasillo, estaba otro compañero de trabajo. Bruno, uno de los del turno, al que apenas conocía. Sentí pánico. Quise moverme para taparme, pero Damián me sujetó.
—Bruno —dijo él, sin soltarme—. La tengo aquí. ¿Te unes?
—No, no, no —reaccioné yo—. Por favor, no.
Damián me hundió más fuerte, callándome.
—Ya está abierta —dijo Bruno, y oí cómo empezaba a quitarse la ropa.
Intenté separarme, pero sentí las manos de Bruno cerrarse sobre mis pechos desde atrás. Damián llevó la suya a mi clítoris y, entre los dos, me convencieron de quedarme sin decir una palabra más. Las caricias, la calentura acumulada, todo conspiró contra mi voluntad. Me entregué.
No sé cómo describir lo que se siente cuando dos manos te amasan los pechos, una boca te besa y otra te muerde el cuello, mientras unos dedos no te dejan bajar de la cima. Una ola de algo nuevo, enorme, empezó a formarse dentro de mí.
Damián se separó y se recostó frente a mí.
—Ven —dijo, guiándome hacia su sexo.
Obedecí. Empecé a lamerlo de arriba abajo, y mientras lo hacía sentí a Bruno acomodarse detrás de mí, buscando mi entrada. Era más grueso. Sentí terror de nuevo.
—Por favor, con cuidado —pedí—. Estoy muy estrecha.
Por respuesta, Damián empujó dentro de mi boca con las manos en mi cabeza, y Bruno empezó a abrirse paso poco a poco. Mi cuerpo se resistía. Una palmada, y entró hasta la mitad. Salió, repitió, dos, tres veces, hasta que de un solo golpe firme se hundió del todo. Abrí la boca buscando aire y Damián aprovechó para llegar más profundo. Me lloraban los ojos, me costaba respirar, y aun así no quería que pararan.
—Así —dijo Bruno, con la voz ronca—. Despacio que llegas más.
Aflojó. Dejó la punta apenas, jugando, sin entrar, hasta que la desesperación me ganó. Solté el sexo de Damián para hablar.
—No te detengas, por favor —le dije a Bruno.
Los dos se rieron.
***
Lo que vino después se volvió un borrón de sensaciones. Me hicieron cambiar de posición, montar a uno mientras el otro entraba por detrás, sincronizándose como si lo hubieran hecho mil veces. Yo ya no decía que no. Lo quería tanto como ellos. El dolor y el placer se habían vuelto la misma cosa, y solo pensaba en acabar.
Damián me besaba con un hambre que me hacía gemir contra su boca. Bruno empujaba detrás, firme, sin tregua, abriéndome los glúteos para entrar más hondo. Empecé a sentir el orgasmo subir, distinto a cualquier otro, una presión que crecía en un punto que no sabría señalar. Cuando explotó, grité. Se me enroscaron los dedos de los pies, se me cerraron los puños, mi cuerpo entero se tensó como una cuerda y todo se contrajo a la vez.
—Me corro —dijo Damián contra mi oído, y lo sentí terminar dentro, su cuerpo temblando contra el mío.
Bruno fue más lento, esperando a que mi temblor bajara antes de salir. Los dos se apartaron y me dejaron unos minutos tendida, recuperando el aire. Tenía marcas, mordiscos, sudor y olor a sexo por todo el cuerpo. El corazón aún me golpeaba el pecho.
—Eres una delicia —dijo Bruno, acariciándome la espalda mientras volvía en mí.
Cuando pude, me vestí como pude. Caminé hasta el baño, me lavé la cara, me miré en el espejo y casi no me reconocí. Habían pasado casi dos horas. Volví a mi puesto inventando una excusa cualquiera, un dolor de estómago, y nadie preguntó más.
Esa fue mi primera semana en el trabajo nuevo. Todavía hoy, cuando paso por ese pasillo, el corazón me hace lo mismo que aquella noche. Y todavía no sé si me arrepiento.





