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Relatos Ardientes

La tarde que reencontré a Marina paseando a su perro

Sigo echado sobre Marina, sin querer salir todavía. Ella está boca abajo sobre la cama, con la mejilla apoyada en la sábana, la boca entreabierta y los ojos cerrados. Me sostengo sobre las rodillas y los antebrazos para que mi peso no la aplaste del todo. Es una postura incómoda para los dos, y aun así quiero estirarla un poco más. Me gusta sentirla debajo, todavía temblando.

Mi pecho está pegado a su espalda, mi pubis encajado en la curva de sus nalgas y todavía sigo dentro de ella, ya sin fuerza, derramado. No quiero retirarme. Hace un momento entraba con todo, contra una resistencia que se rendía y luego me envolvía cálida y húmeda. Ahora solo respiramos, dos cuerpos exhaustos y a la vez colmados después de algo que ninguno de los dos vio venir.

Porque hacía apenas dos horas, esto era impensable. La realidad resultó más atrevida que cualquier fantasía que yo hubiera tenido caminando solo por la calle.

***

Eran las seis y media de la tarde, en pleno invierno, y ya había anochecido. Volvía a casa cuando vi delante de mí a una mujer que paseaba despacio a su perro. Antes de alcanzarla me fijé en el pantalón negro ajustado que le marcaba un trasero bonito, en la chaqueta entallada y en unos botines de medio tacón a juego. Media melena rubia, una silueta que llamaba la atención. No tenía idea de su edad ni de su cara, y precisamente por eso sentí curiosidad. Apreté el paso con la intención de mirarla al pasar.

—¡Qué sorpresa verte por aquí! Hacía siglos que no coincidíamos —exclamó ella al girarse.

Volví la cabeza y la reconocí en el acto. Vaya casualidad: la mujer del trasero que me había distraído era la expareja de un viejo conocido al que yo le había perdido el rastro. El perro, un golden retriever joven de pelaje brillante que parecía sonreírle a cada persona que pasaba, me miró con la misma curiosidad que yo a su dueña.

—Lo mismo digo. Y veo que vienes muy bien acompañada. ¡Qué perro más hermoso!

—Es un encanto. ¿A que sí, Olmo? —dijo acariciándole la cabeza—. Es el mejor compañero que he tenido nunca. Venimos de dar una vuelta larga por el parque. No te imaginas cómo me cambió la vida desde que está conmigo.

—Siempre me gustaron los perros, pero a veces dudo por la responsabilidad. ¿De verdad compensa? —pregunté con interés.

—Uf, no lo dudes. Lo primero es que ya no sé lo que es la soledad. Llegas a casa después de un día agotador, con la cabeza a mil, y ahí está él. Esa manera que tienen de recibirte, con una alegría tan pura, te resetea el cerebro al instante. No juzgan, no piden explicaciones, solo están felices de que hayas vuelto.

—Suena bien, la verdad. A veces hace falta ese tipo de energía en casa —contesté.

—Y no es solo el cariño. Te obligan a moverte. Antes me daba una pereza tremenda salir a caminar si no tenía un recado. Ahora, con Olmo, tengo una rutina sana. Salimos tres veces al día, respiro aire puro y hasta conocí a media vecindad gracias a él. Son el rompehielos perfecto.

—Se te nota más en forma, Marina. Estás estupenda.

—Es el efecto canino —rió—. Además, son intuitivos. Si un día estoy baja de ánimo, él lo nota. Se tumba a mi lado, apoya la cabeza en mi rodilla y se queda ahí, en silencio. Te dan una paz mental increíble. Son leales hasta el extremo: su mundo entero eres tú.

—Me estás convenciendo. Me vendría bien esa lealtad, esa entrega —confesé, sin darme cuenta de que hacía rato sus palabras podían entenderse de una forma muy distinta.

Marina dio un ligero tirón de la correa para reconducir a Olmo. Luego me miró fijo a los ojos y añadió:

—Piénsalo en serio. No es solo tener una mascota: es tener a alguien que siempre está de acuerdo contigo. Si te animas, un día vamos juntos a un refugio para que veas la conexión que se puede sentir. Cuando encuentras a tu perro, la vida cambia por completo.

—Estoy convencido. Tengo que decidirme y buscar uno que me guste. Mejor una perra, dicen que son más sociables y dóciles —solté con una sonrisa de agradecimiento.

—Me alegra que pienses así. Y mira, ya llegamos a mi casa, así que toca despedirse… a no ser que quieras ver cómo se porta Olmo en casa. Hoy le toca baño.

—Sí, me gustaría. Así me hago una idea de cómo sería tener mi propia mascota.

***

Media hora más tarde estábamos en su apartamento. El perro se había tumbado cerca de la calefacción, relamiéndose después de cenar. Nosotros dos, enfrentados en el sofá, con una copa de vino que ya habíamos rellenado un par de veces. Conversábamos, nos mirábamos. Encontrábamos coincidencias y desacuerdos, pero había algo que nos unía: hablábamos del tema con una sonrisa que se demoraba más de lo necesario.

Sin decirlo, los dos empezamos a usar a los perros como excusa. Poníamos en su boca, en figura, lo que en realidad nos apetecía hacer a nosotros. Éramos conscientes de hacia dónde nos llevaba ese juego de frases con doble fondo, y ninguno tenía miedo. Al contrario: rivalizábamos por ver quién decía lo más osado, lo más ocurrente. Era como un cortejo entre dos animales que se miden, cada uno provocando la reacción del otro.

—Mi perro es muy noble. Buen macho, de los que no se rinden —decía yo.

—La mía sería obedientísima —respondía ella, girando la copa—. Le tocaría la barriga para que se ponga patas arriba. Me gusta que vengan a mí y se restrieguen entre mis piernas.

Durante cinco minutos nuestros cerebros se desconectaron de la realidad. Un acercamiento que ninguno frenó, una mano sobre una rodilla, y un beso que llegó como un detonante. A partir de ahí no rigió ninguna norma. Nos besamos, nos tocamos, fuimos a su habitación arrancándonos la ropa, olfateándonos como dos animales en celo.

—Hoy vas a ser mi perra —le susurré al oído.

—Sí. Eres mi macho. Tómame, dame tu leche, soy tu hembra —respondió con la voz ronca de deseo.

La empujé sobre la cama y la puse a cuatro patas, dándome la espalda. De rodillas y apoyada en los antebrazos, las piernas bien abiertas, el culo expuesto. Los glúteos apretados formaban una línea que apuntaba hacia su sexo. Dos labios hinchados y húmedos esperaban impacientes el primer contacto. Me coloqué sobre ella, una pierna a cada lado de sus caderas, y dejé caer la verga sobre la raja de su culo, todavía sin entrar.

—Perra mía, ábrete bien. Tu macho quiere poseerte.

—Sí, sí. Soy tu hembra, estoy entregada. Fóllame de una vez.

Moví las caderas arriba y abajo, adelante y atrás. La punta jugueteaba entre sus cachetes, daba golpecitos sobre sus labios, se restregaba en el surco. ¿Era un tanteo, una presentación, una duda sobre dónde dirigirme? Era todo a la vez, y a los dos nos estaba volviendo locos.

—¡Métela ya! —exclamó, impaciente, balanceando las caderas en una invitación que no admitía espera.

Su ansiedad me encendió todavía más. Agarré el miembro por la base y con él recorrí su raja de abajo arriba, golpeé un cachete y luego el otro, punteé sin piedad la entrada de su sexo hasta que sus labios se separaron y acogieron apenas la punta.

—Dime que soy tu macho. Dime que quieres que te llene —gruñí, cada vez más excitado.

—¡Soy tu perra, soy tu perra! —imploró, meciéndose hacia atrás para buscar el contacto.

Me eché hacia atrás para hundir la cara entre sus nalgas. La olfateé, pasé la lengua por su sexo, me empapé de su aroma. Sentí cómo se humedecía más, cómo todo su cuerpo se rendía a la calentura.

—Qué delicia. Mi perra sabe deliciosa. ¿Te gusta que te chupe así?

Como no contestó enseguida, le di una nalgada que la devolvió al mundo real.

—Me pones como un animal. Mira cómo me tienes, la tengo dura por tu culpa. Somos dos perros en celo.

Con la mano coloqué la punta entre sus labios, me afiancé sobre la cama y empujé despacio. El glande entró con facilidad: estaba empapada.

—¡Ahhh, me partes! —gritó, anticipándose a lo que venía.

—Calla. Bien que te gusta. No te preocupes, ahora mismo la tienes entera dentro.

—¿No querías? Pues aquí tienes —le solté dando un empujón brusco que la metió hasta el fondo.

Dejó escapar un grito más de sorpresa que de dolor. Movió la cadera y se acomodó para recibirme mejor.

—Me duele, me duele, sácala… —suplicó, retorciéndose, aunque su cuerpo decía otra cosa.

—¿Qué te va a doler? Esto es lo que estabas deseando, ¿no? Querías que tu macho te montara. Pues ya lo conseguiste.

Empecé a moverme. Al principio despacio, tanteando el recorrido; luego con fuerza creciente, aferrado a su cintura, las caderas yendo y viniendo a un ritmo cada vez más bruto. Nuestros cuerpos chocaban piel contra piel, un golpeteo continuo, un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación.

—¿Te gusta así, bien duro, sin medida? Sí que te gusta. Estás chorreando —le di un par de nalgadas y seguí con mi enérgico vaivén.

Marina no dejaba de gemir. Quería sentir cada embestida, y aunque cedía hacia delante con cada empujón, enseguida volvía a poner el culo firme para que le diera más.

—Así, como animales, como perro y perra —jadeó ella.

Con la cara aplastada contra la sábana balbuceaba, me pedía más, más rápido, más fuerte. El sudor ya me cubría la piel y me gustaba sentirme tan fuera de control, tan primitivo. Le di duro hasta que me detuve un instante, solo para recobrar el aire y para mirar cómo entraba y salía, cubierta de un brillo espeso.

A ella no le gustó la pausa. Ahora era ella la que se empalaba sola, adelante y atrás, una y otra vez.

—Muévete para mí —le ordené, y le di una palmada sonora que le dejó la marca rosada de mi mano sobre la piel.

Sus nalgas rebotaban con ese temblor sutil de la carne al chocar contra mi pelvis. La agarré del pelo y la obligué a apretarse contra mi cuerpo.

—Hoy soy tu macho. A mí me obedeces. No te resistas, eres mía.

Le di otra nalgada que la hizo gemir más fuerte, y Marina obedeció en el acto, ofreciéndome las caderas, acomodándose a mis empujones. El chasquido de nuestros cuerpos despertó la curiosidad de Olmo, que asomó desde el pasillo y, tras mirarnos un instante, volvió a su sitio junto a la calefacción, ajeno a todo.

Marina gemía como loca. Yo descargué todo dentro de ella, en su sexo ardiente, hasta quedarme vacío.

—Ay, mi perra. Me dejaste sin nada —le dije, todavía agitado.

—No te muevas, quédate así un rato —susurró, atrayéndome hacia su cuerpo.

Y me quedé. Olmo dormía. La copa de vino seguía a medias sobre la mesilla. Y yo, que había salido de casa pensando solo en llegar a la mía, terminé descubriendo que las mejores confesiones son las que uno nunca pensó que iba a tener que contar.

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Comentarios (5)

DiegoAR

Que relato tan bien contado, se siente autentico de principio a fin. Bravo!!

Valentina_Cba

Una segunda parte porfavor... quedé queriendo saber que paso despues 😍

Sil_Mendoza

Me recordó a una situacion parecida que tuve hace años jajaja. La vida te da esas sorpresas inesperadas.

curiosoRF

Pregunta: ¿hubo un segundo encuentro con Marina o quedó en eso? Espero que la historia continúe.

Malena_BA

Increible como los reencuentros inesperados pueden cambiar todo. Se siente real, no inventado. Muy bueno!!

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