La primera vez que me entregué del todo a Tomás
Voy a contar esto como lo viví, sin adornarlo. Esa tarde, en el cuarto de Tomás, sentí algo nuevo recorrerme el cuerpo en el momento exacto en que él empezó a entrar en mí. No fue solo placer. Fue una mezcla de miedo, deseo y un nudo en el pecho que no sabía nombrar. Mi cuerpo se tensó entero y me aferré a su espalda con las dos manos.
—¡Ah! —se me escapó.
—¿Te hago daño? —preguntó él, frenando, con la voz quebrada de quien también está nervioso.
—Sigue —le pedí. No quería pensar. Solo quería seguir.
Un rato antes, mientras me dejaba desnudar, no fui capaz de mirar su erección. Sabía que si la veía iba a sentir más miedo del que ya tenía, y entonces no separaría las piernas. Ni siquiera lo toqué. Me dejé quitar la camiseta, el sujetador, sentí sus manos y sus besos en mis pechos. No era la primera vez que me los acariciaba, pero sí la primera en que quedaban del todo libres para él, sin tela de por medio, sin la excusa de la oscuridad de un cine.
Me dejé empujar despacio hacia la cama y, temblando, colaboré para que me bajara la ropa interior. Esa misma mañana me había arreglado con cuidado, dejando apenas una sombra de vello, como si mi cuerpo supiera lo que iba a pasar antes que mi cabeza.
Entonces sentí sus dedos.
Estaba empapada y lo notaba salir de mí, esa humedad tibia que me daba vergüenza y al mismo tiempo me delataba. Acomodé las rodillas para ofrecerme un poco más, dejando que él hiciera lo que quisiera. Sabía que me iba a gustar.
Eso es la lengua.
Lo pensé con una claridad absurda, como si necesitara confirmármelo. No me hizo falta adivinar dónde estaba su boca: el roce sobre el clítoris fue tan preciso que se me cortó la respiración. Fue como una descarga. Mi cuerpo se sacudió solo y el orgasmo llegó intenso, sin aviso.
—Tomás… —alcancé a decir.
Él no respondió. Para hacerlo habría tenido que dejar de lamerme, y no lo hizo. Siguió hasta que dejé de temblar.
Después se incorporó. Impaciente, con las manos algo torpes por el deseo, se colocó sobre mí.
—¿Seguimos? —preguntó.
Tenía ganas de cubrirme, de escapar y, al mismo tiempo, de entregarme por primera vez a la persona que tanto quería. Murmuré con una voz que no reconocí como mía:
—Ven.
Lo vi ponerse un preservativo con dedos nerviosos. Volvió a acomodarse encima de mí, apoyó la punta en mi entrada y empezó a empujar, muy poco a poco. Era nuevo para los dos. Él sentía cómo mi cuerpo cedía a su presión; yo sentía esa dureza abriéndose paso dentro de mí, lenta, paciente.
Los dos notamos un tope.
Nos miramos a los ojos. Él me pedía permiso sin hablar. Yo dudé, asustada, pero en su mirada encontré tanto amor que asentí. La barrera cedió y vino un dolor breve, agudo, que me hizo quejarme. Y enseguida, mezclado con ese dolor, el placer: el de su cuerpo dentro del mío, el de entregarme entera a quien quería.
—¡Bésame! —le pedí.
Pero era tanto lo que sentía entre las piernas que apenas le respondía la boca. Tomás, que se había detenido al oír mi queja, retomó despacio el movimiento de sus caderas. Los dos jadeábamos. El sonido de nuestras respiraciones parecía música; el vaivén de nuestros cuerpos, una especie de baile que no habíamos ensayado y nos salía igual.
Unos minutos más y mi cuerpo volvió a sacudirse de placer. Casi a la vez lo sentí a él tensarse, vibrar, terminar. Me clavé en su espalda.
—Es… es increíble —balbuceé.
—Te quiero —me dijo al oído.
***
Al poco rato salió de mí con cuidado. Sentí alivio y, a la vez, una soledad extraña, como si me faltara algo que recién acababa de conocer. Me había gustado mucho más de lo que jamás imaginé. Estaba cansada, sin fuerzas, y con un miedo nuevo: el de haberme entregado del todo. Quedaba la duda, esa que arrastraba desde siempre, el temor a que el amor terminara en engaño. Entonces escuché su voz.
—Te quiero. ¿Puedo abrazarte?
Acepté, y la alegría volvió de golpe. Abrazo, besos, palabras tontas dichas contra la piel. Me sentí bien, protegida. Al rato le avisé que necesitaba lavarme.
Nos levantamos y fuimos juntos al baño. Todavía con las mejillas ardiendo, me aseé mientras él me miraba apoyado en el marco de la puerta, como si yo fuera la cosa más fascinante del mundo. Ruborizada, sin atreverme a levantar la cabeza, terminé preguntándole lo que llevaba rato royéndome por dentro: si lo había hecho bien, si le había gustado.
No quise reconocer en voz alta que casi siempre sé cuándo Tomás disfruta de mis caricias y mis besos, porque se le nublan los ojos y le cambia la respiración. Que más de una vez lo había llevado al final con la mano, recogiendo todo en un papel. Que más de una vez me había dejado llevar al placer con sus dedos, en el coche, en la penumbra de una discoteca. Esta vez, en cambio, estuve tan entregada a sentir, tan metida en mi primera vez de verdad, que nada de eso me pareció importante. Apreté los labios y lo admití como si fuera un defecto:
—Es mi primera vez.
Tomás se agachó a mi lado y me pidió un beso. Me cubrí los pechos con un brazo mientras le ofrecía la boca. Y entonces lo oí decir:
—Cariño… para mí también ha sido la primera vez. Y bueno, espero que te haya gustado.
—¿En serio? —se me escapó—. Creía que… que tenías experiencia.
—He salido con alguna chica, ya lo sabes. Pero sos la primera con la que voy en serio de verdad.
Dejé caer el brazo, descubrí mis pechos sin pensarlo y le pedí un abrazo. Uno largo, de esos que duelen un poco por la postura y que igual no querés soltar. Nos quedamos así hasta que los muslos me ardieron por la incomodidad del baño.
***
Volvimos a su cuarto. Era la primera vez que entraba en su casa, y aunque me la había descrito mil veces, la encontré más ordenada de lo que esperaba. Libros amontonados en un par de estantes, dos pósters despegándose en una esquina, un espejo en la puerta del armario. El único desorden éramos nosotros: nuestra ropa tirada de cualquier manera sobre una silla.
Me vi en el espejo. Desnuda. Me tapé y me giré para dejar de mirarme; todavía me daba vergüenza mi propio cuerpo. Tomás estaba sentado en la cama, observándome. Un año mayor que yo. En unos meses arrancaba la carrera; a mí me quedaba un examen para terminar el ciclo y entrar también. Diecinueve y veinte años, sin más plan que seguir estudiando y robarnos las tardes que pudiéramos.
Dije que iba a vestirme. Él me pidió que esperara.
—Me gustaría que nos abracemos —dijo.
—¿Desnudos?
—Por favor.
Así lo hicimos, tumbados otra vez sobre la cama. Yo sabía que estaba cediendo a la posibilidad de renovar las caricias, de que quizá lo hiciéramos de nuevo. Sentí un cosquilleo entre las piernas y supe que, si pasaba, no iba a decir que no. Lo quería. Lo quería entero.
Él también lo deseaba, lo notaba en su cuerpo. Y al mismo tiempo se obligaba a ir despacio, a ser cuidadoso conmigo. Empezamos por los besos. Acercó la boca y la mía salió a buscarla sin que yo lo decidiera. Al separarnos, murmuró:
—Me gusta sentir tu cuerpo contra el mío.
Le gustaban mis pechos desnudos apretados contra su torso, lo dijo con los ojos. Yo me reí bajito.
—Pues a mí me gustan esos pelitos que tenés en el pecho. Pinchan un poco, pero me gustan.
Ese roce áspero contra mi piel me encendía. Y notaba además que él volvía a endurecerse, que ese volumen presionaba contra mi vientre. En el beso siguiente me acarició los pechos. Gemí. Se me pusieron los pezones duros y, sin hablar, me dejé caer de espaldas. Tomás bajó la mano por mis muslos y volvió a acariciarme.
—Supongo que estás sensible —dijo—. Si te hago daño, si querés que paremos…
—¡No! ¡Seguí!
La caricia sobre el clítoris duró hasta arrancarme otro orgasmo. Le clavé las uñas en el brazo, gimiendo. No fue tan intenso como el de hacer el amor un rato antes, pero sí mucho más que cualquiera de los que había conseguido a escondidas.
Todavía temblaba cuando él se puso otro preservativo, se acomodó sobre mí y pidió:
—¿Puedo?
Ya no tenía dudas. Quería sentirlo de nuevo dentro.
—Ven.
Esta vez fue distinto. Ya no había barrera, ya no había miedo, solo una humedad que lo recibía sin resistencia. Mi cuerpo se acordaba del suyo. Lo dejé entrar y el placer me desbordó otra vez.
—¿Me querés? —gemí.
—Más que a mi vida —respondió, moviéndose despacio, sintiendo lo ajustada que estaba—. Lo sos todo para mí.
A los pocos movimientos me vino otro orgasmo, y cuando él avisó que le faltaba poco yo ya sentía cómo se acercaba el siguiente. Lo tuve al notar su primer estremecimiento y todavía lo sentía cuando terminó. No hay palabras para describir eso: el goce más grande mezclado con la certeza de estar entregándote a alguien que te quiere igual.
—Ah… es… —no me salía la frase.
No noté cuándo salió de mí. No noté que en menos de un minuto ya me estaba abrazando. No escuché las primeras palabras de cariño, ni sentí del todo sus besos en la frente, en los hombros. Estaba en otro lado, flotando. Hasta que, por fin, volviendo de esa nube, lo oí decir muy bajito, contra mi pelo:
—Te quiero, cariño.
Y supe, sin necesidad de prometérnoslo, que esa tarde no la iba a olvidar nunca.