Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó en la oficina vacía con el de la mudanza

Esto pasó cuando tenía veintidós años y trabajaba en mi segundo empleo, una empresa chica donde todos nos conocíamos las costumbres. Por una cuestión de números, los dueños decidieron dejar la casa que alquilábamos en un barrio lindo y mudarse a un edificio de oficinas, más impersonal pero más barato. Lo cuento ahora porque todavía me sube el calor a la cara cuando lo recuerdo.

La mudanza no iba a llevar mucho. El personal se había turnado: unos cargaban en la oficina vieja, otros recibían en la nueva. Todo estaba empacado y rotulado desde hacía días. Yo había hecho mi parte cargando, así que pensé que ya estaba.

Pasaron las dos jornadas previstas y todavía quedaban un puñado de cajas sueltas. Mi jefe me llamó al final de la tarde y me pidió que al día siguiente fuera yo a recibirlas en el edificio nuevo. Nada complicado: abrir, indicar dónde dejar cada cosa, firmar el remito.

Esa mañana me desperté temprano, me duché y me vestí pensando en que igual tendría que mover algo. Me puse un leggins y un suéter corto que dejaba ver una franja de abdomen. Zapatillas livianas, y en la mochila guardé un calzado deportivo por si tocaba acomodar muebles. No me maquillé casi. No pensaba en gustarle a nadie.

Llegué al edificio un rato antes que el camión. Me quedé esperando en la entrada, y enseguida noté la mirada del hombre de la recepción clavada en mí. No voy a mentir: el leggins se me ajustaba a cada curva y se me marcaba todo. El suéter, al ser de una tela tan fina, dejaba adivinar mis pezones cada vez que corría algo de aire. Me crucé los brazos sin darle mucha importancia.

El camión apareció diez minutos después. Bajaron dos tipos y empezaron a meter las cajas al edificio. Eran solo siete. Cada uno agarró tres y yo me ofrecí a llevar la séptima, que era la más chica.

Subimos al piso. Uno de ellos dejó su carga junto a la puerta, dijo que tenía otra entrega y se fue sin esperar. El que se quedó largó una puteada en voz baja contra el compañero por dejarlo solo con todo. Yo abrí la oficina con la llave que me habían dado.

Fue al entrar cuando me miró de verdad, con calma, de arriba abajo. Algo le cambió en la cara. Se relajó, como si de repente se sintiera en su terreno.

—Dejame que me cambie los zapatos para empezar a acomodar —le dije, buscando el calzado en la mochila.

—No, señorita, ni se le ocurra —respondió—. Usted nada más dígame dónde va cada cosa y yo me encargo.

—Ay, en serio. Bueno, dale. Por cierto, me llamo Mariela —le dije mientras señalaba el rincón—. Esas cajas van en aquella oficina.

Caminé adelante para abrirle la puerta. Lo escuché murmurar algo a mis espaldas, pero no entendí qué.

—No te escuché, ¿qué dijiste? —pregunté girando la cabeza, y lo pesqué con la vista pegada a mi trasero.

—Nada, señori… perdón, Mariela —se corrigió—. Que pesa un poco una de las cajas, nomás.

—Dejá que te ayudo.

—Ni en broma. Yo estoy acá para ayudarla a usted, en lo que haga falta —dijo, y sonrió de un modo que no tenía nada de inocente.

Esa sonrisa me dejó algo inquieta. Me quedé pensando en el doble sentido del comentario más tiempo del que debería. Dejó las cajas en el piso, se enderezó, y ahí fue cuando noté el bulto que se le marcaba en el pantalón. Sin pudor ninguno se acomodó con la mano, despacio, mirándome a los ojos. Me mordí el labio sin querer.

La cosa empezó a tensarse. Él seguía moviendo cajas y corriendo los pocos muebles que le iba indicando. Con el esfuerzo se sacó la remera y se quedó en una musculosa que le dejaba el torso al aire, marcado y húmedo de sudor. Yo lo miraba de reojo y sentía cómo se me endurecían los pezones, delatándome bajo la tela fina.

Él se dio cuenta enseguida.

—Parece que tiene frío, Mariela —dijo, lamiéndose apenas los labios—. Y la verdad, está muy buena.

—¿Y eso qué tiene que ver con lo que te pregunté? —contesté, girando despacio para que me viera entera.

—Perdón, pero es la verdad. Está buenísima. Me la pone dura —y se volvió a tomar el bulto con descaro, acomodándoselo—. ¿Le gusta esto?

—¿Qué cosa? ¿Qué decís? —me hice la tonta, aunque hacía rato que no podía despegar la vista de ahí, imaginándome cómo sería, cómo se sentiría—. Dale, vamos a esa otra oficina.

Agarré una de las cajas. Él me alcanzó por detrás y, en lugar de tomarla por el costado, me abrazó para sostenerla, apretándome todo el bulto contra las nalgas. La tenía dura. Sentirla así, de golpe, me hizo jadear bajito.

—Le dije que no tiene que cargar nada —me susurró al oído—. Yo la cargo donde usted quiera.

Apoyamos la caja sobre un escritorio. Aprovechó el movimiento para deslizarme las manos por encima del suéter y acariciarme los pechos. Volví a jadear, y él volvió a pegarme la entrepierna contra el culo, esta vez sin disimulo.

—Veo que te gusta esto, Mariela —dijo, ya tuteándome.

—Ay, no, dejá… ¿qué hacés? —protesté con la boca, mientras el cuerpo se me arqueaba hacia atrás y una de mis manos buscaba a tientas entre sus piernas.

Me tomó la muñeca y me guió él mismo hasta su bulto. Lo apreté por encima del pantalón, lo recorrí entera con los dedos, y sentí cómo me humedecía por dentro. Estaba perdida y lo sabía.

—Vení, probala —me dijo, empujándome con suavidad para que me arrodillara, mientras se desabrochaba el pantalón y se bajaba el boxer.

La tenía justo frente a la cara. Pasé la lengua primero, despacio, de abajo hacia arriba. La besé, me la metí en la boca, la chupé entera, fui acelerando hasta que lo escuché soltar el aire de golpe y vi cómo se le iban los ojos para atrás.

—Qué rico —murmuró con la voz rota.

—Ahora chupame vos a mí —le pedí, levantándome—. No aguanto más. Acá, en el escritorio.

Me dio vuelta, me bajó el leggins hasta los tobillos de un tirón y me empujó contra la madera. Sentí sus dedos abriéndome, después su lengua entrando donde ya estaba todo mojado. Me agarré del borde del escritorio y empujé las caderas contra su boca.

—Mmm, sí… —jadeé—. Me encanta. Dale ya, no quiero esperar más.

Se enderezó, se humedeció con la mano y me apoyó la punta entre los labios. La pasó de arriba abajo un par de veces, jugando, y después me la metió de una sola vez, completa. Solté un grito que rebotó en las paredes vacías de la oficina.

—Mirá lo mojada que estás —dijo, empezando a moverse fuerte—. Te encanta, ¿no?

—Sí, me encanta —admití sin vergüenza—. No pares.

Las embestidas eran duras, parejas, y el sonido se mezclaba con mi respiración entrecortada. No me importaba que del otro lado de la pared hubiera recepción, ni que alguien pudiera entrar. El primer orgasmo me agarró así, doblada sobre el escritorio, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar más fuerte.

***

Nos cambiamos a una mesa de reuniones más grande, una de esas largas que todavía estaba sin nada encima. Él se recostó boca arriba y yo me trepé para montarlo. Acomodé la punta en mi entrada y me dejé caer hasta el fondo. Empecé a subir y bajar, despacio primero, después con todo, hasta que sentí que otra vez me venía. Apoyé las manos en su pecho y temblé sobre él.

Me quedé quieta un segundo, agitada, sin aire. Pero él no había terminado. Me bajó de la mesa, me dio vuelta y me volvió a inclinar. Esta vez su lengua bajó más, recorriéndome entera, y yo gemí sin contenerme. La oficina vacía devolvía cada sonido.

—Qué rico —jadeé—. Seguí así, no pares.

Cuando se enderezó, sentí la punta apoyándose más arriba, contra una entrada distinta. Me tensé un segundo, pero estaba tan caliente que solo quería más. La empujó de a poco, abriéndose paso, y yo me mordí el labio hasta que entró del todo.

—Ay, despacio —pedí, y enseguida cambié de idea—. No, así, así está perfecto. No pares.

—Qué bien que te portás —dijo, agarrándome de las caderas—. Te voy a dejar todo.

—Dale, dame todo —contesté, ya sintiendo que se me venía el último orgasmo desde el fondo de la panza.

Aceleró el ritmo, las manos clavadas en mi cintura, y los dos llegamos casi al mismo tiempo. Yo me deshice contra la mesa y él se vació adentro con un gemido largo, todavía empujando hasta la última sacudida.

Después nos quedamos quietos unos segundos, recuperando el aire, mi mejilla pegada a la madera fría de la mesa. Cuando me soltó, me incorporé despacio, las piernas temblando.

Él se vistió primero, sin demasiadas palabras. Recién entonces caí en la cuenta de que ni siquiera le había preguntado el nombre. Me dijo un «que andes bien» con media sonrisa, agarró el remito sin firmar y se fue, dejándome ahí, semidesnuda y agitada sobre la mesa de reuniones de una empresa que ni era la mía del todo.

Tardé un rato en volver al cuerpo. Me vestí, acomodé el leggins, me peiné con los dedos frente al reflejo de un ventanal. Después llamé a mi jefe para avisarle que ya habían entregado las cajas y que estaba por salir. Le hablé con la voz más tranquila que pude fingir.

Cerré la oficina con llave, bajé en el ascensor evitando la mirada del de la recepción, y me fui a casa caminando despacio. En el colectivo, mirando por la ventanilla, todavía sentía el eco de todo en el cuerpo. Nunca supe quién era ni volví a verlo. Y sin embargo, cada vez que paso por un edificio de oficinas a medio mudar, con las cajas apiladas en el hall, algo se me aprieta por dentro y vuelvo, sin querer, a esa mañana.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (5)

Diegito_cba

buenisimo!!

CarolinaLe_BA

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas jaja

SorpresaTotal22

me enganche desde el inicio, muy bien narrado. Se siente real y eso es lo que mas me gusta de esta categoria

PilarSur_ok

me recordo a algo que me paso hace un tiempo, esa tension que se siente antes de que todo cambie es inigualable

InquietoLector

Es verdad lo que cuentas? se nota demasiado real. Increible relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.