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Relatos Ardientes

La noche que nos miraron desde la autocaravana de al lado

El año no podía empezar mejor. La empresa me avisó de que tenía días de más acumulados por los turnos partidos y que debía gastarlos cuanto antes. Lo hablé con Nuria, que removió cielo y tierra para conseguir los mismos días libres, y de golpe teníamos por delante una semana entera para nosotros.

La idea llevaba años rondándonos: alquilar una autocaravana y salir sin rumbo fijo. Lo habíamos planeado antes de la pandemia y se nos había torcido todo. Así que rescatamos los viejos mapas, los sitios que queríamos ver, y nos pusimos en marcha.

Buscábamos tranquilidad, acampar lejos de los campings y las rutas marcadas. No teníamos un plan cerrado, solo ganas de improvisar.

Nuria no había visto la autocaravana hasta esa misma tarde. Cuando se la enseñé, se emocionó como una cría con un juguete nuevo. Abría y cerraba todos los cajones, toqueteaba cada botón, hasta que se pegó a mi costado y me abrazó.

—Me gusta —dijo—. Lo vamos a pasar bien.

—Esa cabecita tuya ya está tramando algo, ¿verdad?

—Por supuesto. Ya me conoces.

Como conducíamos los dos, decidimos salir temprano y hacer de un tirón toda la costa hacia el norte. Pero acabamos saliendo más tarde de la cuenta y nos tocó parar a hacer noche en plena carretera.

Aparcamos en un área de servicio enorme, con un montón de camiones estacionados. Ya se sabe lo que dicen: donde paran muchos camioneros se come bien. Había incluso un edificio aparte con duchas para los conductores.

Dejamos la autocaravana junto a otras dos, para estar más resguardados, y entramos a cenar.

El comedor estaba a reventar y la presencia femenina se reducía a las camareras, a Nuria y a otras dos mujeres que cenaban con sus parejas. Supusimos que serían los dueños de las otras caravanas.

Nos sentamos en una mesa pegada a la de una de las parejas, a la que saludamos con un simple gesto de cabeza. Entre el barullo me di cuenta de algo: cada vez que una de aquellas mujeres se levantaba, la mayoría de las miradas la recorrían de arriba abajo. Incluidas las de las camareras.

Cuando Nuria se levantó para ir al baño, casi todos la siguieron con los ojos. Vi más de un codazo y algún gesto disimulado señalando hacia ella.

***

Volvió acompañada de la otra mujer, las dos riéndose como si se conocieran de toda la vida.

—¿De qué os reís? —pregunté.

—De que hemos recibido cuatro invitaciones a ver la cabina de un camión por dentro —contestó Nuria.

—No me fastidies.

—Te lo juro. Me ha dicho Lorena, la que me acompañaba, que es lo normal en estas áreas donde paran tantos camioneros.

Miré hacia un lado para localizar a la tal Lorena. Hablaba con su pareja, los dos sonriendo. Tendrían mi edad, alrededor de los cincuenta. Ella, rubia, con el pelo liso recogido en una coleta y unos pechos grandes que una camiseta fina no se molestaba en disimular. Él, más delgado, con el pelo canoso y una perilla cuidada.

Terminamos de cenar y, al salir, ellos vinieron detrás. De camino a las autocaravanas nos presentamos. Ella era Lorena y él se llamaba Bruno. Eran de Almería y se habían cogido un mes entero para recorrer el país.

—Le pillamos el gusto a esto el año pasado, con unos amigos —explicó Bruno—. Y decidimos repetir.

—Para nosotros es la primera vez —dije.

—Os va a encantar —añadió Lorena—. No os imagináis la libertad que da. Hoy aquí, mañana donde caiga.

—Y conocer gente —apuntó Nuria.

—Eso también —respondió Bruno, y se rieron los dos.

Como su caravana estaba justo al lado de la nuestra, Nuria los invitó a tomar algo. Abrimos las puertas, que no llegaban a un metro de distancia entre una y otra, y seguimos charlando. Bruno y yo nos enredamos en hablar de a qué nos dedicábamos. Las chicas iban a lo suyo, aunque en algún momento desconecté de mi conversación para prestar atención a la de ellas.

—Eso es lo habitual —decía Lorena—. Los camioneros van salidos, los pobres.

—Ya me he dado cuenta —reía Nuria.

—A veces, a Bruno y a mí nos da por darles algo de espectáculo.

—¿Cómo que espectáculo?

—Lo hacemos en la caravana sin correr las cortinas ni apagar la luz —confesó Lorena, bajando un poco la voz—. No veas cómo se quedan mirando.

—Así que os pone que os miren.

—Reconozco que un poco sí. —Soltó una carcajada—. Y más de uno se ha ofrecido a unirse, pero no, gracias. Estoy muy contenta con mi marido.

Bruno se había dado cuenta de que yo había dejado de escucharle.

—Un toque picante nunca viene mal —dijo, y me guiñó un ojo.

Charlamos un rato más, me dio un par de consejos sobre la autocaravana, y cada pareja se metió en la suya.

***

Mientras Nuria se preparaba para dormir, yo me tumbé en la cama. Con las cortinas todavía sin correr, veía perfectamente el interior de la caravana de enfrente, donde también se estaban acomodando para pasar la noche.

Al fondo, Bruno se desnudó y se quedó en calzoncillos, tumbado con las manos detrás de la cabeza. Lorena salió del pequeño baño en ropa interior, con un sujetador que apenas contenía aquellos pechos enormes, y se tendió junto a él.

No tardó en llevar la mano hacia su entrepierna. La metió por debajo de la tela mientras le besaba el pecho. A través de las ventanitas vi cómo su cabeza empezaba a bajar, despacio, y luego ese movimiento inconfundible de subir y bajar. Bruno le puso una mano en la nuca.

Yo seguía mirando, absorto, cuando Nuria apareció a mi lado.

—¿Qué haces? —susurró.

—Ver el espectáculo.

Se asomó y vio lo mismo que yo.

—¡Anda! Era verdad lo que decían —dijo, divertida.

Se tumbó pegada a mí y, sin pensárselo, me bajó los calzoncillos de un tirón para liberar mi polla, que ya empezaba a endurecerse.

—Pues vamos a darles espectáculo nosotros también —murmuró—. Ponte de lado.

Justo entonces Bruno giró la cabeza. Estaba claro que nos veía, probablemente mejor que nosotros a ellos. Los labios de Nuria me rodearon despacio, colocándome de manera que él tuviera buena vista. La recorría de arriba abajo con la lengua mientras yo no apartaba los ojos del hombre de enfrente, que le dijo algo a su mujer. Ella levantó la cabeza para mirar también.

Bruno se incorporó y se puso de lado, como yo, dejando ver su polla. No muy larga, pero gruesa, terminada en un glande ancho que los labios de Lorena rodearon en ese mismo instante, como si compitieran.

Me tumbé del todo y Nuria se colocó encima, sin dejar de atenderme, ofreciéndoles una panorámica completa de su trasero. Hundí la lengua en su sexo, deslizándola arriba y abajo hasta llegar al clítoris. No sabía si seguían mirándonos, pero me esmeré en que se viera bien cómo mi lengua jugaba con ella.

Subí poco a poco hasta su ano. Lo lubriqué con cuidado, jugando con un dedo alrededor de la entrada sin llegar a meterlo del todo. Quería darles tiempo de sobra para vernos.

Fue Nuria la que tomó la iniciativa. Se incorporó dándome la espalda, agarró mi polla y se sentó sobre ella despacio, encajándola en su ano hasta apoyarse del todo sobre mí. Con las piernas abiertas hacia la ventana, empezó a moverse, subiendo casi hasta soltarme y volviendo a bajar entera.

Echó el cuerpo hacia atrás, apoyó las manos en el colchón y aceleró el ritmo mientras yo le sujetaba los pechos. Me giré un poco para mirar de reojo por la ventana: Lorena estaba a cuatro patas y Bruno la penetraba desde atrás, agarrándole las caderas anchas. Ninguno de los dos nos quitaba la vista de encima.

Nuria seguía cabalgándome, gimiendo cada vez que me sentía entero dentro. En un momento alargó la mano hacia su bolsa y sacó uno de sus juguetes, un consolador con todo lujo de detalle, y se lo introdujo sin dejar de moverse. Así, llena por los dos lados, me montó con más ansia, hasta que su cuerpo se tensó por completo y soltó un gemido tan sonoro que seguro se oyó desde la otra caravana.

Aun después de correrse no paró. Notó que estaba a punto y se apartó a un lado, agarró mi polla y, mirando hacia la ventana de enfrente, me la lamió hasta que terminé.

***

Al otro lado también habían cambiado de postura. Ahora era Lorena la que cabalgaba a Bruno, con aquellos pechos enormes bamboleándose, las aréolas grandes y los pezones duros que ella misma se pellizcaba. La oímos perfectamente cuando se corrió. Después se tumbó y él se acomodó encima para terminar entre sus pechos.

Nuria, jadeando todavía, les lanzó un beso con la mano antes de estirar el brazo y cerrar las cortinas, dando por concluida la función. Se acurrucó contra mí y se quedó dormida casi al instante. Yo me quedé despierto, demasiado revuelto para dormir.

Al rato me levanté sin miedo a despertarla —después de una buena sesión cae como un tronco— y salí a fumar un cigarro. Me encontré a Bruno haciendo lo mismo, sentado en el escalón de su caravana.

—Menuda exhibición —dijo, riéndose.

—Pues sí. Interesante.

—No pensábamos que nos fuerais a seguir el juego.

—Ni Nuria ni yo le hacemos ascos a una buena noche. Y veros nos puso a tono. Aunque nos hace falta poco, la verdad.

—Nosotros, la primera vez, ni nos enteramos de que nos miraban —contó—. No nos dimos cuenta hasta el final. Y le cogimos el gusto, sobre todo Lorena. Cuanto más la miran, mejor. Aunque lo de esta noche no nos había pasado nunca.

—A mí no me importa que me miren. Y a Nuria menos.

—Ya lo he notado. Y cuando ha sacado el juguete… —resopló—. No veas cómo le he dado a Lorena. Como nunca.

Estuvimos un rato más charlando, dos desconocidos compartiendo un cigarro y una complicidad rara, hasta que cada uno volvió a su cama.

***

Por la mañana nos despertamos temprano. Como no sabíamos dónde haríamos noche y preferíamos no gastar el agua de la caravana, cogimos los neceseres y fuimos al edificio de las duchas. A la izquierda quedaba la zona de mujeres y a la derecha la de hombres, así que nos separamos.

Cuando entré sonaban varias duchas. Me metí en la primera que encontré libre. Hubo un trasiego constante de gente entrando y saliendo, hasta que en algún momento me quedé solo. Entonces se abrió la puerta y oí a dos hombres conversando, sin saber que yo seguía allí.

—¿Y las dos tetonas de anoche? Joder, cómo estaban.

—Ya te digo. Bien armadas las dos. Me las habría subido al camión si no fueran acompañadas.

—Demasiada mujer para esos dos.

—Me ha dicho un colega que las caravanas estaban enfrente de su camión. Y que vio a la rubia de las tetas más grandes follando con el marido, con las cortinas abiertas.

—Ya se habrá quedado a gusto el tío.

—Dice que primero se la chupaba de miedo y luego se puso a cuatro patas para que le diera por detrás.

—Yo, a la otra. Más firme, pero con unas buenas tetas. Y tiene pinta de que le gusta que le den con ganas.

—Pues yo, con cualquiera de las dos. O con las dos. ¿Te imaginas?

Terminé de ducharme y salí. Los dos camioneros se estaban afeitando frente al espejo. Al verme reflejado bajaron la mirada y se callaron de golpe, mientras yo me acercaba a los lavabos.

—Buenos días —dije.

—Buenos días —contestó uno, incómodo.

Me lavé los dientes observándolos por el espejo, los dos terminando de afeitarse en un silencio tenso. Recogí mis cosas y fui hacia la puerta, pero no pude contenerme. Me di la vuelta y volví hacia ellos.

—Por cierto. Tienes razón —les dije—. Le gusta que le den con ganas. Pero es muy selectiva, así que a una mujer así solo la vais a ver en vuestros mejores sueños.

Me giré y salí, dejándolos boquiabiertos.

Decidí esperar a Nuria fuera, terminando el cigarro. No soy fumador habitual, pero es una vieja costumbre que cuesta dejar. Salió por la puerta justo cuando aquellos dos también lo hacían, y le dieron un buen repaso con la mirada hasta que me vieron a su lado.

La verdad es que estaba para mirarla. Con el pelo húmedo, sin una pizca de maquillaje —para mí está más guapa así— y una camiseta ceñida que, al ir sin sujetador y con el frío de la mañana, le marcaba los pezones. Hasta a mí me costó dejar de mirarla.

Y ella, consciente del efecto que provocaba y con los otros dos detrás, me echó los brazos al cuello en cuanto llegó. Pegó su cuerpo al mío y empezó a besarme mientras yo le agarraba el trasero.

—¿Sabes, cariño? —dijo en voz alta, con toda la intención—. Nos teníamos que haber duchado juntos. Así me habrías enjabonado a conciencia.

Lo soltó para que los de atrás lo escucharan, pero ninguno se atrevió a levantar la vista. Se fueron derechos hacia el estacionamiento.

Pasamos a desayunar a la cafetería. Al sentarnos vimos cómo Bruno y Lorena arrancaban su caravana; nos saludaron con la mano desde la ventanilla. Cuando terminamos, volvimos a la nuestra sintiendo cómo varias miradas nos seguían, recogimos un poco y nos pusimos otra vez en carretera, con la sensación de que aquella semana no había hecho más que empezar.

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Comentarios (4)

NocheVoyeur

que morbo!! lo lei de un tiron y quede con ganas de mas

Romina_BA

Se siente tan real que parece que lo viví yo tambien jaja. muy bien narrado, se nota que es de verdad

MatiRivero

tremendo relato, pocas veces algo me atrapa desde el primer parrafo. gracias por compartir

DescubridorMX

primera vez que entro a leer algo de confesiones y me quedo con esto. vuelvo seguro!!

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