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Relatos Ardientes

Vi sin querer las fotos íntimas de mi vecina

Hacía meses que no me sentaba a escribir nada. Suelo inspirarme en cosas que me han pasado o que me han contado, y últimamente mi día a día se había aplanado: oficina, supermercado, sofá. Pero hace tres semanas la rutina se rompió con un encuentro fortuito que aún no consigo sacarme de la cabeza, y que tiene ese punto morboso y excitante que pide ser contado.

Os confieso algo antes de seguir: soy voyeur. No del tipo activo. No salgo a buscar ventanas iluminadas ni me escondo detrás de los árboles del parque. Lo mío es más pasivo. Si la ocasión se presenta —una cortina mal corrida, un descuido, una pantalla encendida—, la disfruto sin remordimientos. Aquella mañana se presentó.

Vivo en una urbanización en las afueras de Málaga, una hilera de chalés bajos con jardín delantero y demasiado silencio entre semana. Hace un par de meses, la casa de enfrente cambió de manos. La compró Mireia, una mujer madura que se mudó sola con un perro pequeño y una furgoneta llena de cajas. Calculo que tendrá cincuenta y pocos. Media melena entre rubia y caoba, recogida casi siempre en una coleta baja, gafas de pasta cuando lee, un aspecto totalmente normal. Igual de discreto que el mío. Yo también soy un cincuentón corriente, de los que pasan desapercibidos en la cola del banco.

Hasta ese día solo habíamos coincidido tres o cuatro veces. Saludos cortos al aparcar, comentarios sobre el viento o el cartero. Como era invierno, nunca le había visto más que pantalones cómodos, sudaderas, una bata polar gris que parecía heredada de un marido que ya no estaba. Nada que invitara a fijarse. O eso pensaba yo.

Aquella mañana de sábado bajé del coche con la compra y la encontré agachada junto a unas macetas, removiendo la tierra con un destornillador a falta de herramienta mejor. Me saludó alzando la mano enguantada.

—Hola, vecino. ¿Qué tal todo?

—Bien, ¿y tú? ¿Ya instalada del todo? Por cierto, el otro día os pusieron la fibra y me dejasteis sin internet media mañana —dije con tono de broma.

Se llevó la mano a la frente, riéndose.

—Ay, perdona. No tenía ni idea, te juro que iba a avisarte cuando me di cuenta de que el cable que sacaron pasaba por tu lado. Soy un desastre.

—Tranquila, no fue para tanto.

Se quitó los guantes y se acercó un poco más a la verja.

—Oye, ya que estás… ¿tú no sabrás algo de informática, por casualidad?

—Algo. ¿Por?

—Tengo el portátil bloqueado desde anoche. No me atrevo a tocarlo más. Mi yerno me arregla todas las cosas, pero el pobre lleva semanas viniendo a montarme estanterías y a cambiarme bombillas. Da no sé qué pedirle otra cosa.

Hizo una pausa breve y añadió, con un brillo en los ojos que no me pareció casual:

—Al final, aunque nos cueste reconocerlo, hace falta un hombre en casa para algún apaño de vez en cuando.

Lo dijo con esa mezcla de risa contenida y dobladillo de doble sentido que las mujeres maduras manejan mejor que nadie. Yo le seguí el juego.

—Pues cuando necesites algún apaño, ya sabes dónde vivo. Y si lo del portátil no es muy grave, te lo miro encantado.

—¿Me lo mirarías ahora? Sin internet me aburro como una ostra.

—Vamos.

Me invitó a pasar disculpándose por un desorden que era inexistente. La casa olía a café recién hecho y a algo cítrico, limpio. Me señaló un sillón orejero junto a una mesita baja y desapareció a buscar el portátil. Volvió con él bajo el brazo y se sentó a mi lado en el sofá, casi rozándome la rodilla con la suya.

Por primera vez la tuve a una distancia que me permitió mirarla bien. Sin la chaqueta, con un jersey fino de cuello redondo, se le adivinaba un cuerpo lleno, generoso. No el de una chica de gimnasio, pero sí el de una mujer que aún sabía estar.

***

Abrí el portátil. Efectivamente, estaba bloqueado con un mensaje en pantalla que recomendaba un reinicio en modo recuperación. Le expliqué que podía restaurarlo sin perder nada de lo que tuviera dentro.

—¿Eso puedes hacerlo tú? —preguntó, sirviéndome ya una taza de café que no había pedido pero que acepté.

—Si no hay sorpresas, sí.

Mientras el ordenador hacía su trabajo, charlamos un poco. Me contó que se había separado hacía año y medio, que su hija vivía en Barcelona, que la casa nueva era su pequeña venganza contra los años en los que no había decidido nada por sí misma. Tenía una forma de hablar pausada, sin victimismo, que me cayó muy bien. Yo le conté apenas dos cosas, las justas.

Volvió el ordenador a arrancar y empezamos la rutina de revisión. Le expliqué que convenía mirar los archivos recientes por si había alguno infectado responsable del bloqueo. Cambié la vista de las carpetas a iconos grandes —en parte porque era más práctico para detectar archivos extraños, en parte, lo reconozco, porque uno nunca sabe lo que hay en el ordenador de otra persona.

Abrí «Archivos recientes».

La pantalla se llenó de miniaturas en cuestión de un segundo. Documentos, facturas escaneadas, un par de capturas de WhatsApp… y, casi al final, tres o cuatro imágenes que no necesitaban abrirse para saber lo que mostraban. Cuerpo desnudo. Su cuerpo. Mireia recostada en una cama con sábanas blancas, otra de pie frente a un espejo, otra más en primer plano que prefiero no describir aquí pero que se me quedó grabada con una nitidez inquietante.

Cerré la carpeta de inmediato.

—Vaya. Perdona. Creo que ya está, no parece nada grave —dije, mirando obstinadamente la barra de tareas.

A mi lado, Mireia se había llevado las manos a la cara. Cuando las bajó, no parecía exactamente avergonzada. Parecía pillada, que es distinto.

—Ahora ya sabes por qué no quería que mi yerno me tocara el portátil —dijo, intentando que sonara a broma y sonándole solo a medias.

Me quedé en silencio buscando una salida elegante. Le ofrecí una.

—Tampoco he visto nada. Ahora repasas tú los archivos con calma y borras lo que te parezca, y listo.

Su respuesta me descolocó.

—No, qué va. No me atrevo a tocar nada, a ver si vuelvo a bloquearlo. ¿Por qué no los miras tú? Ya que estamos.

Levanté la vista. Me sostuvo la mirada un segundo de más.

***

Aquí podría mentiros y deciros que rechacé la oferta por delicadeza. No lo hice. La posibilidad de volver a ver esas miniaturas, esta vez sabiendo lo que iba a aparecer, me tenía el pulso en la garganta y otras cosas en otros sitios. Cambié la vista de la carpeta a «iconos grandes» de nuevo, le dije que tranquila, que después lo dejaría en «detalles» y nadie volvería a ver nada.

Hice clic.

Aparecieron otra vez. Y esta vez me entretuve. No mucho —lo justo para repasar las cuatro fotos que ya había visto y dos más que se me habían escapado—. Mireia recostada de espaldas, mirando a cámara por encima del hombro. Mireia de pie, con un conjunto de lencería negra que le sentaba bastante mejor que la sudadera del jardín. Mireia en un encuadre cerrado, las piernas separadas, el sexo completamente depilado, expuesto sin pudor a un objetivo que evidentemente había manejado ella misma.

A mi lado, Mireia, la real, miraba la pantalla en silencio. No hizo ningún gesto por taparme la vista, ni por inclinar el portátil, ni por excusarse. Solo respiraba un poco más rápido. Yo también.

Pasaron quizá veinte segundos así. Veinte segundos en los que ninguno de los dos pretendía estar haciendo lo que estaba haciendo. Después cambié la vista a lista, las miniaturas desaparecieron y volvimos al ordenador, al café que ya estaba frío, a la conversación interrumpida sobre antivirus.

No me la voy a sacar de la cabeza en semanas, pensé mientras señalaba un archivo sospechoso con el cursor.

Borré un par de descargas extrañas, le expliqué cómo hacerlo ella sola la próxima vez, le mostré dónde estaba el botón de cerrar sesión. Todo muy técnico, todo muy neutro. Cuando terminé, los dos seguíamos sin levantarnos del sofá.

—Bueno, parece que ya no tienes nada raro —dije.

Nos miramos. Juraría que los dos pensábamos exactamente lo mismo. No las facturas, no el antivirus. Pensábamos en esas miniaturas, en lo que habíamos compartido y callado, en lo que había pasado en silencio entre nosotros mientras la pantalla nos mostraba lo que ella había guardado para sí misma. Pero ninguno se atrevió a poner palabras encima.

Me levanté. El hechizo se rompió con el chirrido del sillón orejero. Mireia se levantó también, me acompañó a la puerta dándome las gracias, repitiéndome que cualquier cosa que necesitara, que tuviera la confianza de tocarle el timbre.

—Igualmente —respondí—. Si necesitas otra cosa, ya sabes dónde estoy.

Dudó. Yo dudé. Por un segundo me pareció que iba a darme dos besos de despedida, y que esos dos besos no iban a ser inocentes. Al final no hubo besos. Solo un «adiós, vecino», un «adiós, vecina», y la puerta cerrándose con suavidad detrás de mí.

***

Volví a casa con las manos en los bolsillos y la imagen de aquellas seis fotos repitiéndoseme en bucle. La de los pechos sobre todo. En directo, el jersey grueso no había dejado intuir lo que la cámara sí: bonitos, generosos, ligeramente caídos por la edad, con esa autenticidad que las fotos retocadas de revista nunca consiguen.

Esa semana pensé en ella más de lo que me gustaría reconocer. Me preguntaba si las fotos eran solo para ella, una manera de mirarse a sí misma después de la separación. O si las habría enviado a alguien. Si tendría un perfil en alguna web, una cuenta en algún chat, alguien al otro lado de la pantalla para quien posaba con las piernas separadas en su habitación de invitados.

¿Lo habrá hecho a propósito? ¿Lo de pedirme que mirara los archivos yo?

No tengo respuesta. A veces creo que sí, que aquella «sugerencia» fue su manera de enseñarme lo que ya sabía que iba a aparecer en pantalla. Otras veces creo que no, que solo fue una mujer madura pillada en falta que prefirió no darle más importancia delante de un desconocido. Las dos opciones me gustan, por motivos distintos.

Desde aquella mañana no he vuelto a coincidir con ella. Ni en el aparcamiento, ni en el jardín, ni paseando al perro. A veces pienso que me evita; otras, que solo es la mala suerte de los horarios. Pero el invierno se está marchando. Las tardes se alargan, los setos vuelven a verse, los vecinos empezamos a sacar las sillas al porche.

Sé que tarde o temprano me la voy a volver a encontrar. Y sé que cuando eso pase, los dos vamos a recordar exactamente lo mismo: la luz fría del portátil sobre nuestras caras, las miniaturas apareciendo en pantalla, el segundo de más en que ella no apartó la mirada.

Si Mireia es lectora de esta página y se reconoce en este relato, espero que lo entienda como lo que es: no una indiscreción, sino una manera de decirle que aquella mañana pasó algo entre nosotros, aunque ninguno de los dos llegara a tocar al otro. Y que cuando volvamos a vernos en el jardín, yo, al menos, no voy a fingir que no pasó.

Fin, por ahora.

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Comentarios (6)

MiradorNoche

que tension ese momento del silencio... me dejo sin palabras. Espero que haya continuacion!

alex_gdl

Increible como lo contaste, se siente que estuvo ahi de verdad. Mas relatos asi por favor!!

Tere_nocturna

A mi me paso algo parecido hace años con un conocido, esa sensacion de que el tiempo se congela esta muy bien capturada. Buen relato.

PabloViento

y despues que paso?? necesito la segunda parte jaja

Juli89

Buenisimo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, de verdad.

ElMirante

Me gusto mucho el detalle del silencio compartido, esos momentos dicen mas que mil palabras. Muy bien escrito.

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