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Relatos Ardientes

La chica a la que empapé me esperaba en la azotea

Me llamo Iván y llevaba meses solo, sin nada que se pareciera a un plan sentimental. La palabra «futuro» me producía la misma sensación que asomarme a la barandilla de un piso muy alto: una mezcla incómoda de vértigo y de ganas de saltar.

No me gustan las fiestas. O quizá ya no me gustan. Desde que crucé la frontera invisible de los treinta y tantos, el descontrol de esas reuniones me da pereza. El reguetón que suena en bucle en todas partes me parece más un ritual primitivo de apareamiento que música.

Por eso, cuando Rubén —mi amigo de toda la vida— insistió en que fuera a la fiesta de Nochevieja que daba su novia en una azotea del centro de Valencia, mi primera respuesta fue un no rotundo. ¿Qué pinto yo en una reunión de gente que no conozco? No es que su novia me cayera mal, todo lo contrario. Era la tropa de amigos insoportables la que me obligaba a mantener una distancia de seguridad instintiva.

Mi plan era simple: las uvas en casa y a dormir. Pero, cómo no, acabé traicionando mis propios planes ante la insistencia de Rubén. Terminé enfundándome unos pantalones negros de vestir, camisa gris y americana. ¿Corbata? Ni soñarlo.

Y allí estaba yo, entrando a la azotea, la ciudad entera bajo mis pies y los edificios iluminados a lo lejos como un recordatorio de lo alto que estábamos. Un DJ en el centro y, a su lado, una barra larga con camareros contratados para servir las copas que terminarían empujándonos a hacer el ridículo bailando. ¿Cuánto dinero hay que tener para pagar camareros privados?

Los sofás tapizados a ambos lados me invitaban a hundirme en ellos y beber tranquilo. Imposible con tanta gente. Las estufas altas, al menos, lanzaban ráfagas de calor que disimulaban el frío de la noche y dejaban una temperatura agradable.

Agarré un vaso de agua y apoyé el codo en la barra, marcando territorio. Demasiado pronto para el alcohol.

—¡Venga, tío! Anímate —Rubén me palmeó la espalda con tanta fuerza que casi me tira.

—Rubén, me dan ganas de salir pitando de aquí.

—¡Iván, joder! Llevas meses sin pisar la calle. Tómate unos whiskys y déjate llevar, que igual hasta pillas algo.

—La verdad es que…

—¡Que no hay peros! —me cortó en seco—. Eres un tío atractivo, alto, no te va mal el gimnasio, esa barba de tres días te da un aire interesante. Olvídate ya de Elena, cortasteis hace meses. ¡Disfruta un poco, joder!

Rubén se fue a saludar a unos amigos y me dejó en la barra dándole vueltas a la idea de que quizá tuviera razón. Podía darle una oportunidad a la noche. Además, ya me había fijado en un grupo de chicas que no pasaba desapercibido. Algo bueno sacaría.

Y entonces ocurrió. Con el vaso en la mano, no vi venir al grandullón que bailaba detrás de mí como un poseso. Perdí el equilibrio, el agua salió disparada y empapó el escote de una chica que pasaba justo por delante.

En cuanto me recompuse, intenté disculparme.

—Perdo…

No me dejó terminar la palabra.

—¿Eres gilipollas? —me soltó bajando la mirada al vestido—. ¡Mira cómo me has puesto!

Instintivamente busqué un pañuelo en el bolsillo de la americana y, cuando se lo ofrecí a medio camino del escote, lo apartó de un manotazo.

—¡No me toques! ¿Eres tonto o qué?

Genial. Lo que me faltaba: una desconocida convencida de que el mundo entero conspira contra su vestido.

—¡Que es solo agua! —contesté tragándome el impulso de insultarla.

Me fulminó con la mirada y se dio la vuelta, perdiéndose entre la gente. Me quedé con el pañuelo en la mano, sabiendo que ese no sería el único tropiezo de la noche.

***

Tras el incidente, decidí centrarme en pasarlo bien. El agua dio paso a los whiskys y la música empezó a hacerse más soportable, sobre todo cuando conocí a una rubia explosiva. Lucía y yo parecíamos tener química desde el primer minuto. Su sonrisa cálida y la forma en que me miraba me hicieron olvidar a la morena del escote. Quizá acabe ligando esta noche… o algo más.

El reloj no se detenía y las horas corrieron hasta las doce. Las campanadas dieron paso al año nuevo y al éxtasis colectivo. Abrazos sudorosos, el «feliz año» repetido como un mantra, saltos descoordinados, matasuegras volando por el aire de la azotea, y entonces las manos de Lucía agarraron mi cara. En esos segundos noté la calidez de sus labios, el sabor de su carmín, sus ojos verdes cerrándose pegados a los míos.

Esto marcha.

Nos fundimos en un abrazo que me levantó algo más que el ánimo.

Volví a la barra a pedir otra copa antes de regresar con Lucía, y ahí me asaltó Rubén otra vez.

—Al final te lo estás pasando de miedo, ¿eh? —palmaditas en la espalda, cómo no.

—No está tan mal la fiesta —respondí con media sonrisa mientras le hacía al camarero el gesto de «otra de lo mismo».

En ese momento Rubén estiró el brazo, agarró a una mujer y la empujó hacia nosotros. No me di cuenta de quién era hasta que me giré con la copa en la mano.

—¿Conoces a Carla? ¡Es una de las mejores amigas de mi novia!

La sonrisa se me congeló a medio camino. Mis dedos apretaron el vaso con más fuerza de la necesaria al reconocer el vestido azul marino con el escote en uve de la misma chica a la que había empapado al principio de la noche.

Ella también se quedó sorprendida, sosteniendo el silencio hasta que decidí romperlo.

—Sí, claro. Ya nos conocíamos. Tuvimos un pequeño… tropiezo. Una chica de carácter, ¿verdad, Carla?

—Al menos ya sabes sujetar un vaso sin tirármelo encima, Iván. Te llamas así, ¿no? —sus ojos marrones claros se clavaron en los míos, desafiantes.

Con un gesto lento, sus dedos recolocaron el flequillo hacia un lado, dejando el rostro al descubierto. La melena le caía intacta por la espalda, como si la noche no hubiese logrado despeinarla.

—He estado practicando estas horas —contesté.

Me sorprendió la sonrisa con la que recibió mi comentario. Había algo en ella, una mezcla de reto y atracción que no encajaba con el primer choque.

—Me voy a bailar, guapos. Iván, cuida de tu vaso.

Carla dibujó un beso en el aire y se adentró entre la gente mientras yo seguía sus pasos con la mirada clavada en su espalda descubierta y en los finos tirantes que se tensaban contra su piel. Empezaba a despertar algo que no me gustó reconocer.

***

Regresé al centro con Lucía y su grupo para seguir con la fiesta y olvidarme, por segunda vez, de Carla. El alcohol consiguió que me diera cuenta, tarde, de que estaba moviendo el cuerpo al ritmo del reguetón. Lucía bailaba con sus amigas y se acercaba a ratos, con las manos firmes en mi cintura, deslizándose sobre mí al flexionar las rodillas con la música.

La gente empezaba a dispersarse a medida que avanzaban las horas. Los primeros caídos del año. Los huecos que dejaban me permitían ver mejor a los pocos que quedábamos y, cómo no, a Carla, cada vez menos lejos. Entre los bailes de Lucía la miraba de reojo, y ella me cazó varias veces sin apartar la vista.

Fue entonces cuando se acercó a nuestro grupo gritando:

—¡Lucía! ¡Cuánto tiempo! —llegaba con los brazos en alto.

No me jodas. ¿Se conocen?

Se llevó a Lucía unos metros y estuvieron charlando un rato demasiado largo para mi tranquilidad. No sabía de qué hablaban tanto, pero el instinto me decía que yo estaba en medio de esa conversación. Cuando terminaron, Lucía vino hacia mí.

Iluso, pensé que me recibiría con un beso. En su lugar llegó un bofetón seco, seguido de un giro brusco que lanzó su melena al aire. Se fue de la fiesta con sus amigas dejándome la mejilla ardiendo.

Flipo. ¿Qué acaba de pasar?

Me quedé con Rubén, aprovechando para volver a mi mundo y tomarme la última copa, cuando un iluminado empezó a movilizar a los que aún resistíamos.

—¡Vámonos a la disco! ¡Que está a tope!

Ni se me ocurrió seguirles. Me quedé apoyado en la barandilla de mármol, apurando los últimos tragos de whisky antes de una retirada digna. Las gotas condensadas del vaso caían al vacío mientras yo contemplaba las luces de la ciudad y escuchaba, mucho más abajo, a la gente ruidosa por las calles.

No noté su presencia hasta que oí su voz.

—Mmm… parece que te has quedado solo, cielo.

No necesité girarme para saber quién era. Ahí estaba, demasiado cerca, observándome: Carla.

—Lo estaba… hasta que has llegado tú.

Bebí el último trago de golpe y dejé el vaso sobre el mármol con un golpe seco.

—Me has reventado el ligue con Lucía. ¿Se puede saber qué le has dicho?

—Digamos que a Lucía no le gustan los hombres casados que intentan engañarla —sus dedos se enredaron despacio en su pelo mientras hablaba.

—Pero… ¡si yo no estoy casado!

—Uy… ¿no? Qué despiste. Mmm… entonces he metido la pata —sonrió sin pizca de disculpa.

—¿Te has propuesto arruinarme la noche?

Di un paso hacia ella. Uno solo, medido, lento.

—Pobre Iván, te he jodido el primer polvo del año —inclinó suavemente la cabeza—. Soy una chica mala.

Carla avanzó otro paso y nuestros cuerpos quedaron demasiado cerca para fingir normalidad. Alzó la barbilla lo justo para mirarme a los ojos. Notaba su respiración rompiendo la distancia. No había rastro de culpa en su mirada.

—Tendrás que castigarme —sus labios rozaron mi mentón, apenas lo justo para encenderme.

Introduje despacio los dedos en su pelo, colándome por la melena hasta la nuca. Apreté, y con ese simple gesto su respiración cambió de ritmo: el cuerpo se le tensó y se apretó contra el mío.

—Hazlo… castígame —susurró inclinando la cabeza hacia atrás, entregándose, dispuesta a ver hasta dónde era capaz de llegar.

Acerqué mi cara a la suya. Unos milímetros separaban nuestros labios. Me contuve, disfrutando del momento, sintiendo su aliento cálido. Varios segundos de tensión hasta que por fin la alcancé. Mis dientes atraparon su labio inferior, lo saboreé con la lengua, estiré ligeramente y, sin soltarlo, esperé su reacción.

Carla no se apartó, ni un gesto de duda. Al contrario: respondió con un gemido leve y con la palma de la mano derecha trazando una caricia lenta sobre mi entrepierna.

—Aquí no… o sí… que nos vean un poco —murmuró mirando los edificios de enfrente—. No pares ahora.

Agarré fuerte su pelo y mi boca fue directa a su cuello, besándolo con intensidad, dejando claro quién mandaba, saboreando su piel y mordisqueando el lóbulo de su oreja. Su respiración agitada me confirmó que reaccionaba justo como yo quería. Subí el ritmo, rozando mis labios con los suyos, sin apenas dejarle espacio para respirar.

Llevé la otra mano a su cintura y la pegué a mí mientras mi lengua invadía su boca, marcando el tempo, decidiendo cuándo podía responder y cuándo no.

—La tienes durísima… mmm… —susurró apretándome por encima del pantalón.

Sus dedos se movieron con habilidad, desabrochando el cinturón y el botón. Al bajar la ropa, salí de golpe contra su muñeca. Sus manos empezaron a recorrerme, lento, de abajo arriba, mientras su cuello recibía mis mordiscos en respuesta.

—Mmm… Iván… déjame probarla —me miró con descaro.

No contesté con palabras. La guie haciendo presión sobre sus hombros para hacerla descender, arrodillándola frente a mí. Clavó las rodillas en el suelo y me acercó a su boca mientras yo le sujetaba la cabeza por el pelo.

Su mano dirigió la punta a sus labios para frotarla, jugando primero. Con la otra me acariciaba. Su lengua se encargó de dejarlo todo bien mojado mientras trazaba círculos.

—Uff, Carla… —mi cuerpo se tensaba cuando su boca marcaba el ritmo.

Recorría con la lengua de la base a la punta, se detenía, me miraba, volvía a bajar, consciente de que me estaba llevando al límite.

—¿Te la han comido alguna vez en un sitio tan… alto? —preguntó pícara, antes de tragarla entera de golpe y volver a sacarla—. ¿Esto te gusta, cielo?

—Joder si me gusta —empujaba sin querer su cabeza contra mi pelvis.

Perdí el control. Mis dos manos guiaron su movimiento, marcando yo el ritmo, sintiendo sus gemidos ahogados contra mi cuerpo. El rímel le bajaba por las mejillas desde los ojos llorosos y en la comisura de sus labios asomaban las primeras hebras de saliva.

—Joder, Carla… eres toda una… —no terminé la frase.

Apartó la cabeza, dejando un hilo espeso uniendo sus labios a mí, y tomó aire con una sonrisa lasciva.

—Me encanta tu polla, cielo —su mirada me retaba.

Mi excitación crecía a cada segundo gracias a su desinhibición.

Se incorporó despacio, sin romper el contacto visual. Sus dedos apartaron los tirantes del vestido y, con un contoneo, dejó que cayera al suelo, desnudándose sin prisa, disfrutando de que la mirase, mostrándome sus pechos firmes y un tanga de hilo negro.

Mi mano se acercó instintiva a acariciarle los pezones, pequeños y duros.

Apartó el vestido con la punta del tacón y se agarró a la barandilla de mármol, girando la cabeza para mirarme de reojo.

—Fóllame. ¡Quiero hacerlo mirando las luces de la ciudad! —me dijo acariciándose una nalga.

Me coloqué detrás y aparté la tira negra del tanga hacia un lado. Sus caderas empezaron a moverse, buscándome, antes incluso de que la rozara.

—Esta noche… eres mía —dije cuando ya entraba gracias a sus movimientos, apretándole las nalgas.

—Así… —gimió—. No pares.

Salí despacio. Y volví, esta vez hasta la mitad, notándola empapada por dentro. Salí de nuevo, a cámara lenta, para entrar al fondo de golpe, hundiendo los dedos en su piel.

—¡Así, joder, Iván! ¡Fóllame duro!

Llevado por la excitación, agarré el tanga y lo reventé de un tirón, lanzando la tela al vacío.

Mis embestidas se volvieron frenéticas, chocando mi pelvis contra su culo firme. Sus gemidos eran incontenibles. Las manos apenas le sostenían sobre el mármol. La melena empezó a danzar al viento con mis golpes, hasta que la sujeté del pelo y le dejé la cabeza arqueada hacia el cielo estrellado.

Sus gemidos se convirtieron en gritos de placer que alertaron a varios mirones de los edificios vecinos. Notaba sus miradas y algún que otro destello captando la escena.

—Joder, Carla… uff… nos están viendo.

—¡Vamos, cielo, dame más! ¡Deja que miren! —sus frases terminaban en agudo.

Tiré de su pelo para pegar su espalda a mi pecho, mi pelvis golpeando su cuerpo, la otra mano apretándole los pechos. Se oía el eco del choque de nuestros cuerpos en la azotea.

—Me voy a correr, Iván… no aguanto más.

Bajé la mano de sus pechos para que mis dedos buscaran su clítoris, inflamado y empapado. Sentí cómo su interior empezaba a apretarme, sus jadeos subieron de golpe y noté que se rendía contra mí. La sostuve en ese instante, sintiendo cómo su cuerpo se entregaba del todo.

—Ahhh, sí, Iván… me corro… sí…

Su orgasmo desató el mío, casi a la vez. Palpité dentro de ella, tirando fuerte de su pelo, vaciándome con cada espasmo mientras seguía empujando, sin parar hasta que ya no quedó nada.

Terminamos con los cuerpos juntos, recuperando el aliento en uno de los sofás, masajeándonos en silencio después del esfuerzo.

—Me has roto el tanga, Iván… tendrás que comprarme otro. ¿Me acompañarás al probador a ver cómo me queda?

Sonreí sin contestar de inmediato. El pulso todavía no me había bajado y ya empezaba a imaginar nuevos escenarios con ella.

—Eso lo decides tú.

Cuando nos separamos, entendí que aquella noche no había terminado allí arriba. Solo iba a cambiar de escenario. La ciudad seguía abajo, esperando.

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Comentarios (5)

gonzalo_77

Increible!! no lo esperaba para nada ese final. Que giro tan bueno.

valentina_lp

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber mas. Se hizo cortisimo!!!

Joaquin_MDP

Me recordo a algo parecido que me paso en una fiesta hace un par de años. No llego al mismo desenlace pero los nervios fueron identicos jaja. Muy bien contado.

Miguelin_ok

Buenisimo!!!

ConfesionesLector

El detalle del vestido como punto de partida de todo... eso es lo que lo hace creible. No parece inventado, se siente real.

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