Mi compañero de oficina sacó mi lado más sumiso
Todavía me cuesta explicar cómo Damián y yo terminamos así. Nos conocimos en el trabajo, en esa zona de cubículos donde todos fingen estar ocupados, y durante meses lo nuestro fue estrictamente laboral: correos, reportes, algún café compartido cuando las reuniones se alargaban.
Un día, alguien bromeó en el chat interno con que nosotros dos éramos más que vecinos de escritorio. La broma nos gustó. Empezamos a seguirle el juego, primero con tonterías y después con mensajes que ninguno de los dos habría querido que leyera el departamento de sistemas. Hablábamos de rentar juntos, porque a ambos nos quedaba lejos la oficina; hablábamos de tocarnos sin que nadie nos viera; hablábamos de invitar a otros, solo por el morbo de imaginarlo.
Hasta que una tarde la conversación dejó de ser un chiste.
—Que conste que ya despaché a mi practicante —escribió.
—Sí, pero mi jefe sigue en mi oficina.
—No importa. Invítalo.
—No, qué asco. Pero ya se fue. Mejor ven tú.
—Tu silla rechina, nos van a oír.
—Deja que salga el último y le pido a vigilancia que me abra la sala chica.
—Nos van a correr, Renata. No manches.
—¿Ahora quién tiene miedo?
Escuché su silla arrastrarse. Entró a mi oficina casi corriendo, se paró detrás de mí, metió las manos por dentro de mi blusa y me apretó los pechos. Me levantó de la silla, me dio la vuelta, pegó su pelvis a mi trasero y empujó un par de veces, fuerte, brusco. Y se fue, sin más, como si nada hubiera pasado.
Me quedé congelada. Cinco minutos después volvió a asomarse para despedirse.
—Ya me voy.
—Está bien, cuídate.
Se acercó para darme un beso en la mejilla, algo que jamás hacíamos. Pero no me besó la mejilla: me besó la boca. Un beso húmedo, ansioso, lento. Sentí que la ropa interior se me humedecía al instante. Por un segundo creí que iba a pasar algo más, y de nuevo se fue y me dejó sentada, repasando una y otra vez lo que acababa de ocurrir.
Salí de ahí caminando sobre nubes, encendida como no me sentía en mucho tiempo. Llegué a mi departamento, me quité la ropa y, pensando en sus manos, en ese beso, en lo brusco de su empujón, me toqué hasta que el recuerdo me bastó.
***
El manoseo esporádico sobre la ropa no tardó en convertirse en algo más. Una tarde nos quedamos prácticamente solos en el piso. Me senté en el rincón de mi oficina, el punto ciego desde la puerta, y él se acercó con prisa, aunque yo no entendía por qué tanta. Me abrió la blusa, apartó el sostén y me sacó los pechos de un tirón. Los besó, los chupó, me besó la boca con la misma urgencia.
Nerviosa, alargué las manos hacia su pantalón. Su dureza era evidente. Como pude, le solté el cinturón y bajé el cierre; su verga saltó frente a mí. La tomé y empecé a masturbarlo despacio, me arrodillé y la metí en mi boca con calma, rodeando el glande con los labios, acariciando con la lengua la parte de abajo. Lo escuché resoplar y supe que iba bien.
El vaivén de su cadera empujaba su pene hasta mi garganta. No podía respirar, la saliva me ahogaba. Tuve que parar un segundo para pedirle que me avisara cuando estuviera por terminar. Seguí, moviendo la lengua a lo largo, chupando con ganas, hasta que sus manos se aferraron a mi cabello.
—Ya casi —dijo entre dientes.
Lo sentí endurecerse aún más y lo hundí justo a tiempo para notar las contracciones de su orgasmo llenándome la boca. Lo limpié con la lengua y me lo tragué. Cuando me incorporé, los dos acomodamos la ropa a las apuradas. Su cara era de pura satisfacción.
—Qué rico la mamas —dijo, todavía con la voz pastosa.
—¿Te gustó?
—Claro. Ahora quiero más —respondió, tocándome los pechos por encima de la blusa.
—Será otro día y en otro lado. Aquí es muy arriesgado.
***
Nos mentíamos, por supuesto. Al día siguiente volvimos a quedarnos solos. Era tarde, yo estaba redactando un reporte, y él entró sin avisar y se sentó frente a mi escritorio. Pensé que sería una de esas en las que tiraba algo de mis cosas al piso y decía que estaba aburrido. Pero solo me miró fijo, hasta que dejé de escribir y volteé.
—Estamos solos —dijo, seco.
—¿Ah, sí? ¿Y qué con eso?
Se levantó, cerró la puerta, apagó la luz. Rodeó el escritorio, bajó la tapa de mi laptop de golpe y me puso de pie tomándome de los brazos. Me dio la vuelta y me mordió el cuello. Una corriente me recorrió de arriba abajo. Me amasó los pechos con dureza mientras su boca subía y bajaba por mi cuello, al que yo, ya entregada, le abrí camino.
Con una mano me desabrochó el pantalón y hurgó dentro de mi ropa interior; con la otra me jaló el pelo para echarme la cabeza hacia atrás. Obedecí. Mis manos buscaron su erección y la liberaron rápido. Me inclinó sobre el escritorio y me embistió sin aviso, sin recato, sin preguntar. Ahogué un grito por miedo a que nos oyeran. Su ritmo agresivo hizo que la humedad me escurriera por los muslos.
Sentí sus manos subir a mi cuello y apretar apenas. Se me nubló la vista y no supe si era placer o falta de aire. Tan repentino como empezó, se detuvo. Me dio la vuelta, me acostó sobre el escritorio, me bajó más el pantalón, me abrió las piernas y volvió a entrar. Perdí la noción del tiempo y regresé al mundo con el sonido de nuestras pelvis chocando.
—Espera, espera, nos van a oír —dije entre jadeos.
—No me importa —respondió con un tono que no le conocía.
Siguió embistiéndome con fuerza, una mano anclada en mi pecho, hasta que soltó un resoplido ahogado. Había llegado. Por suerte tenía pañuelos en el cajón. Nos limpiamos, nos vestimos, no había un alma cerca. Vi el reloj: casi las ocho. Guardé mis cosas y me fui a casa con las piernas temblando.
***
Desde ese día nuestras conversaciones subieron de tono. Era increíble cuánto me mojaba solo escribiéndole. En una de esas pláticas salió el tema del BDSM, y descubrí que él tenía un costado dominante que en la oficina apenas asomaba. Ese tono encendía en mí algo que llevaba mucho dormido: las ganas de someterme, de sentirme presa. Cada vez que teníamos sexo notaba que él se contenía, y eso me frustraba tanto como me asustaba.
Quise empujar un poco el límite y le regalé unas cuerdas de bondage. Le mostré algunos nudos básicos. No nos salió muy bien, pero nos reímos.
***
Un sábado salimos. Todo muy normal: comimos, nos burlamos de mi ropa, que tenía unas transparencias bastante sugerentes, y fuimos a bailar. Por primera vez en mucho tiempo lo vi tomar alcohol. Yo bebí más que él, obviamente. Bailamos durante horas, y entre el calor y los tragos pegué mi cuerpo al suyo más de lo prudente, con las manos buscando su entrepierna sin ninguna sutileza. Me atrapó una muñeca con fuerza y me habló al oído.
—Vámonos ya. Necesito hacerte mía.
Caminamos rápido al auto. No manejó tranquilo, menos con una de mis manos acariciándolo sobre el pantalón, apurándolo. Apenas entramos a su casa se me echó encima, me comió la boca con ansias. No alcanzamos ni a llegar al cuarto: me arrancó la ropa de la cintura para abajo, me sentó en la mesa y me penetró ahí mismo. Lo recibí empapada. Me cargó hasta la habitación sin salir de mí y me lanzó sobre la cama. Su miembro casi palpitaba mientras yo lo esperaba ansiosa.
—Levántate —ordenó, cortante. Obedecí, con el corazón golpeándome el pecho—. Quítate toda la ropa y recógete el cabello.
No supe por qué, pero volví a obedecer. De un cajón sacó las cuerdas que alguna vez le había regalado. Abrí los ojos como platos. No tardé en entender qué tenía en mente.
Me tomó por la espalda y me besó el cuello, la nuca. Cuando gemí, se detuvo.
—Nadie te dio permiso de hacer ruido.
Bajó una mano tibia por mis pechos, mi abdomen, hasta llegar entre mis muslos. Acarició mi clítoris despacio, me abrió, y sus dedos entraron y se movieron rápido. Gemí otra vez.
—Que te calles. Nadie te dio permiso.
Retiró la mano, me giró, se prendió de mis pezones endurecidos y me chupó hasta erizarme la piel. Me recostó y hundió la cabeza entre mis piernas. Su lengua tibia alcanzó mi clítoris; apreté los muslos y él volvió a abrirlos con firmeza. Sentí su boca recorrerme entera mientras sus manos buscaban mis pechos. Temblé, y un orgasmo me ganó ante la destreza de su lengua. Gemí fuerte.
Se incorporó y me miró frío.
—Te dije que no tienes permiso de hacer ruido.
Me dio una bofetada calculada, lo justo para que sonara sin lastimarme. Me enredó los dedos en el pelo y me obligó a arrodillarme en el suelo.
—Veamos si así haces ruido.
Con la cabeza echada hacia atrás, me metió la verga en la boca. El glande me golpeaba el fondo y me hacía arquear. Empujaba mi cabeza contra su pelvis tan rápido que la lengua no me alcanzaba a seguirlo. Salivaba, lagrimeaba, y por alguna razón estaba más mojada que nunca. Sacó el miembro, me miró a los ojos y sonrió de una forma que mezclaba miedo y placer.
—¿Estás lista?
—Sí —respondí casi sin voz.
***
Me llevó a la cama y con las cuerdas armó un arnés sencillo, atándome las muñecas a los tobillos. Se colocó detrás y me mordisqueó el cuello, pasó una mano al frente para amasarme los pechos y pellizcarme los pezones, mientras la otra frotaba mi clítoris ya expuesto. Sus besos bajaron por mi espalda, inclinándome hacia adelante. De reojo lo vi masturbarse. Cuando quedé con la cara contra el colchón y el trasero en alto, me mordió una nalga con suavidad y respingué.
—No te muevas. No te di permiso.
—Está bien.
—¿Está bien qué? —su tono dejaba ver un poco de impaciencia.
—Está bien, papi —dije, sumisa.
Volvió a besarme la espalda y, cuando llegó a mis nalgas, se incorporó y me embistió hondo, una sola vez, antes de salir. Pasó la lengua desde mi clítoris hasta atrás y una corriente me sacudió. Volvió a chuparme, hundiendo un dedo en mi vagina y otro en el ano. La sorpresa me hizo moverme, y por eso llegó la primera nalgada: fuerte, sonora. Me ardió la piel como si tuviera brasas encima. Sonó otra, y otra.
—Te dije que no te movieras. Sube los pies y masturbame con ellos.
Obedecí con más miedo que placer. Puse su verga entre mis pies y empecé a moverlos como pude, meciéndome, mientras él me invadía con los dedos y escupía para lubricar. Volvió a penetrarme, me levantó jalando del arnés y me apretó los pezones.
—Me gusta que obedezcas. Me calienta.
De pronto me dio la vuelta y quedé boca arriba, con las piernas encogidas por la atadura. Me separó las rodillas, se metió entre mis piernas y volvió a comerme los pechos. Fue bajando con mordiscos hasta mi sexo, me giró la cadera para dejarme casi de lado y me penetró de nuevo. Cada embestida hacía rebotar mis pechos.
—Ahora ya puedes hacer ruido.
Pero el miedo no me dejaba gemir alto, así que me embistió con más fuerza todavía. Su mano abierta cayó sobre la nalga expuesta, una, dos, tres veces. La piel quemaba y con cada golpe yo me mojaba más. Una de sus manos pasó del muslo a mi cuello y fue cerrando los dedos despacio. Me costaba respirar, pero esa falta de aire hacía crecer el placer. El oxígeno volvió de golpe y su mano me alcanzó la cara, primero una mejilla, luego la otra.
—¿Te gusta, zorrita?
—Sí, sí, me encanta —dije mientras me contraía alrededor de su verga.
***
Se detuvo, me soltó los tobillos, deshizo el arnés, se entretuvo un rato en mis pechos y me puso en cuatro. Cuando embistió no pude evitar gritar de placer, y él respondió con un golpe en la nalga que aún no había tocado, tan fuerte que creí que se me abría la piel. Clavó las manos en mis caderas. Sentí mis fluidos salir a borbotones.
Alcanzó su cinturón y lo pasó alrededor de mi cuello. Sacó el miembro y lo frotó contra mi trasero.
—Pásame un condón antes de que te la meta por aquí.
Estiré las manos hacia la cabecera buscando los preservativos sin ahorcarme con el cinturón, que él nunca aflojó. Por fin alcancé uno. Se lo pasé, se lo puso y apoyó la punta en la entrada. Escupió para ayudar y empezó a empujar. Sentí ceder poco a poco.
—Pensé que no te gustaba por ahí —dije, tímida.
—No me gustaba. Pero contigo se me antojó.
Ese tono me encendió y empujé las caderas hacia atrás, clavándome al menos la mitad. La piel se me erizó y el gruñido que soltó me confirmó que los dos lo disfrutábamos. Me cogió tan duro que creí desmayarme de placer. Sus dedos solo dejaban mis nalgas para abofetearme la cara, dejando un ardor que lo intensificaba todo.
Se detuvo, me giró, me abrió las piernas y se quitó el condón.
—Te voy a llenar de leche. Dime dónde la quieres.
—Donde quieras dejarla, papi. Lléname.
Entró otra vez y me cogió con brío. Sus gruñidos avisaban que estaba cerca. Me puso una pierna sobre su hombro y me mordió la pantorrilla con fuerza. Sentí dolor y, a la vez, el primer disparo dentro de mí. Salió y siguió corriéndose sobre mi abdomen, tan fuerte que llegó hasta mi pecho. Satisfecho, se dejó caer encima de mí, me besó la frente.
—Buena chica. No sabía que aguantabas tanto.
Descansamos, nos limpiamos y nos acomodamos para dormir. La verdad, no me cogían así en años: sin miedo a romperme, marcándome el ritmo, devolviéndome ese lado sumiso que llevaba demasiado tiempo guardado. Esa noche caí rendida, satisfecha y feliz, como tronco.