Acepté el masaje de un desconocido por dinero
Estaba en clase, muerta de aburrimiento, esperando a un profesor que parecía haber olvidado que ese día le tocaba con nuestro grupo. Segundo curso de Publicidad, y la desidia del profesorado me hacía dudar de si no me habría equivocado de carrera.
Para matar el rato abrí el móvil con la idea de bajarme algún juego tonto, de esos de construir ciudades. No sé cómo, acabé en una lista de aplicaciones de citas. Había oído hablar de ellas; alguna amiga había ligado así. Yo no buscaba pareja, pero un amigo que me invitara a cosas no me habría venido mal. Total, que me instalé las típicas.
Subí un par de fotos del verano, casi todas en bikini o enseñando bastante, y escribí una presentación pensada para que me hablaran. Por si las imágenes no bastaban, puse que me llamaba Carla, rubia, ojos claros, metro sesenta, y que me encantaba salir y conocer gente nueva.
Volviendo a casa en el autobús abrí una de aquellas apps. Ya tenía un mensaje. Un tipo me ofrecía hacer de cobaya para practicar no sé qué masajes, y aseguraba que me pagaría por ello. El asunto sonaba turbio. Aun así, de forma ingeniosa, había colado su número de teléfono entre las líneas del texto. Como no tenía nada mejor que hacer, y lo del dinero me tentaba, lo añadí a WhatsApp.
Su foto era la de un hombre de unos treinta y cinco años, con ropa deportiva en una cancha de baloncesto. Comprobé que el perfil de la app era el mismo, y allí sí había imágenes más interesantes, en bañador. Estaba bien: calvo, pero atlético, de esos que cuidan cada músculo.
Le mandé un mensaje y le pedí que me contara más. Respondió enseguida. Me ofrecía sesenta euros por dejarme dar un masaje exótico que estaba aprendiendo para ampliar su catálogo, e incluso me dijo que podía ser a domicilio. Le expliqué que vivía a las afueras de Valencia y que en mi casa no podía ser, que su centro tampoco me venía bien.
—Busco una sala cerca de tu pueblo y no te preocupas por nada —escribió.
A la hora me confirmó por WhatsApp. Proponía quedar en el centro comercial de mi zona, tomar un café y luego ir a un local que podía alquilar muy cerca del hipermercado. Le pregunté si podía llevar a una amiga.
—Claro. Y si ella también quiere su masaje, encantado —contestó.
Hablé con mi amiga Nadia y le pedí que me acompañara. A ella lo único que le importaba era ganar sesenta euros por no hacer nada. Quedamos con Rubén, que así se llamaba el tipo, el viernes siguiente, junto a los cines, a las seis de la tarde.
Me puse cómoda: unos leggins fresquitos, porque todavía apretaba el calor, aunque me marcaban toda la anatomía, y un top sin tirantes. Nadia apareció con un vestidito corto veraniego, espectacular con su melena negra y rizada. Me fijé en su escote sin querer; tenía un cuerpo de envidia, sobre todo por el tamaño de sus pechos.
Las dos estábamos algo nerviosas por aquello de quedar con un desconocido para que nos tocara el cuerpo entero, aunque fuera con la excusa de un masaje. Llegamos al sitio y allí estaba Rubén. Se acercó sonriente y nos saludó con dos besos.
Sin dudarlo, me puso una mano en la cadera y otra en el hombro para atraerme hacia él y rozarme la mejilla. Lo mismo hizo con Nadia. Nos sentamos en una terraza y nos explicó el masaje, algo de raíz tántrica. A mí me sonaba, porque algo había leído sobre esas tradiciones lejanas, y conocer costumbres tan distintas me parecía fascinante.
A Nadia también le pareció bien, pero, fiel a lo suyo, preguntó si cobraría sesenta o era para repartir entre las dos.
—Sesenta a cada una —respondió él, divertido.
Nos dio la dirección del local: era el hotelito discreto que más de una del pueblo había usado alguna vez con algún ligue. Le pedí que entrara él primero y nos enviara el número de habitación por mensaje, que no queríamos llegar los tres a la vez por si nos cruzábamos con algún conocido.
Rubén nos había propuesto darnos el masaje a la vez, alternando los pases. Como a Nadia la había visto desnuda mil veces, no me importó en absoluto.
***
Entramos en la habitación. Él vestía una camisa y un pantalón corto, ambos blancos. Nos invitó a darnos una ducha antes, si queríamos, o a pasar directamente al masaje. Nadia dijo que sí, que prefería ducharse primero. Yo me desnudé dejándome el tanga y me tumbé boca abajo, tal como me indicó.
Ya tendida, me di cuenta de que la pared que separaba la ducha de la habitación era de cristal. Vi perfectamente cómo Nadia se desnudaba, entraba bajo el agua, empapaba ese cuerpo de escándalo y se enjabonaba los pechos y la entrepierna. Supuse que él también la estaría mirando. Entonces ella empezó a pellizcarse los pezones y a deslizar una mano entre las piernas. Se estaba masturbando delante de nosotros.
—Date prisa —le dije, medio en broma, para que se cortara un poco.
Al oírme dejó de tocarse y salió de la ducha. Se enrolló una toalla y vino a tumbarse a mi lado. Giré la cabeza para decirle algo, pero ella ya tenía los ojos cerrados. En ese momento Rubén anunció que comenzaba la sesión.
Se subió a la cama y, de rodillas, empezó por los pies, luego las pantorrillas. Al terminar esa zona se sentó sobre una de mis piernas, según dijo para mantener el sentido del tacto, y me las separó. Empezó a amasarme los muslos. El aceite estaba tibio y me daba un gusto enorme. Sus manos subían hacia mi entrepierna, y más de un pase resbaló justo sobre mi sexo. Como llevaba el tanga, no me importó demasiado.
Pasó a Nadia, que no se había puesto nada debajo de la toalla. Miré de reojo lo que sucedía. Cada vez que las manos de Rubén se perdían entre los muslos de mi amiga, ella suspiraba. Volvió a mí; ahora me juntó las piernas y se colocó sentado sobre la base de mi trasero. Me masajeó de un modo que mis labios se frotaban entre ellos, y eso me encendió de golpe.
Al subir las manos por mi espalda, su cadera se apoyó sobre mis nalgas y noté algo duro. Estaba completamente empalmado. Cambió el ritmo, usaba ya una sola mano, y sentí cómo algo ardiente se abría paso entre mis nalgas hacia abajo. Debí de tensarme, porque me susurró que era solo un masaje superficial, para mantener la energía sexual que nos había explicado antes. Fuera lo que fuera, su miembro resbalaba sobre la tela del tanga, apretando como si fuera a entrar.
Volvió con Nadia. Vi cómo le untaba aceite en las nalgas y, al moverse, le descubrí el pene rojo y erecto, que él mismo guiaba con la mano para deslizarlo por su trasero. Ella suspiró otra vez y, sin abrir los ojos, buscó mi mano y la apretó. Yo notaba que aquel hombre se estaba pasando de la raya, y al mismo tiempo deseaba con todas mis fuerzas sentir lo mismo que ella.
El deseo me pudo. Me bajé el tanga y lo tiré al suelo. Él dejó a Nadia, se colocó sobre mí y metió el miembro entre mis muslos, subiéndolo hasta rozar mi sexo. Era enloquecedor sentir esa dureza recorriéndome la piel. Necesitaba tocarme o que me penetrara de una vez. Su erección iba y venía, se acercaba y se alejaba de un punto que ya se humedecía esperando algo más.
—Daos la vuelta —pidió con suavidad.
Levantó las piernas de Nadia, se las apoyó sobre los hombros y arrimó la cadera. Le masajeaba los pechos mientras pasaba el sexo por su entrepierna sin el menor disimulo. Ella se mordía el labio. Al rato hizo lo mismo conmigo. Creo que yo le gustaba más, porque se entretuvo acariciándome el clítoris con el glande, apretándolo para que resbalara entre mis labios. Me moría de gusto.
Volvió a Nadia. Se sentó sobre su pecho y le colocó el miembro entre los senos, frotándose mientras ella se los sujetaba. Pasó a mí, y como mis pechos son más pequeños, se lo restregó por los pezones hasta dejármelos tan duros que casi dolían. De pronto sentí algo tibio sobre los labios. Era su glande, que paseaba por mi boca como si fuera un pintalabios.
La lengua me traicionó y en uno de los pases lo lamí. Él lo deslizó entre mis labios y volví a recorrerlo. Le dejé que entrara en mi boca y lo succioné despacio. Lo metía y sacaba con calma hasta que noté el primer rastro de su humedad. Entonces se apartó, hundió la cara entre las piernas de Nadia y le comió el sexo. Aquello ya no era un masaje, desde luego.
Esperé mi turno, ansiosa. El tipo sabía lo que hacía. Primero me lamió el clítoris con una delicadeza que me sorprendió, luego hundió la lengua en mí como si quisiera apurar hasta la última gota. El orgasmo me sacudió entera; me temblaban las piernas sin control. Él me las acarició hasta que me calmé. Casi al mismo tiempo oí un gritito ahogado de Nadia: con el otro brazo la había estado masturbando mientras se ocupaba de mí, y se había corrido también.
Nos preguntó con dulzura si queríamos que nos penetrara. Eso, dijo, no entraba en la terapia, pero le parecía que nos vendría bien cerrar la sesión así. Sonaba muy místico, aunque mi cuerpo solo pedía algo mucho más directo. Las dos dijimos que sí a la vez.
Se levantó a por un preservativo. Nadia se sentó al borde de la cama y le ayudó a ponérselo; se lo llevó entero a la boca y lo chupó hasta que consideró que estaba listo. Luego le colocó la goma. Él se arrodilló al pie de la cama y la penetró en esa postura, despacio al principio y más hondo después.
Mientras tanto me buscó el sexo con la mano libre y me introdujo dos dedos, con una habilidad que me dejó sin aliento. Pero yo temía que se corriera con ella y se olvidara de mí. Así que me senté al lado de Nadia y le avisé de que me tocaba a mí. Él me tumbó, me abrió las piernas y entró despacio. Cuando lo tuvo todo dentro, me besó el cuello y me acarició un pecho con una mano; la otra seguía ocupada con mi amiga.
En un vaivén se le salió el preservativo, pero lo sujeté por la cadera.
—No importa, tomo la píldora —le dije al oído.
Así, sin nada de por medio, volvió a entrar, más firme aún por la sensación. Lo abracé con las piernas para que no se escapara. Me vino otro orgasmo, con sus temblores, y entonces sentí cómo crecía dentro de mí, piel contra piel, hasta que se vació con una sacudida que le recorrió todo el cuerpo. Nadia se sumó al abrazo y los tres seguimos así, acariciándonos, durante un buen rato.
***
Nadia se levantó a ducharse. Al mirar el baño se rió y dijo que no se había dado cuenta de que tenía la ventana transparente. Nos reímos los tres. Entonces montó todo un espectáculo bajo el agua, acariciándose los pechos, las caderas, deslizando los dedos entre las piernas. Una auténtica locura.
Rubén se tumbó y me pidió que me sentara sobre él, a horcajadas, mientras mirábamos a mi amiga. Me sujetó por la cadera y me guió hasta encajar de nuevo. Mi cuerpo se movía solo, resbalando sobre él, los dos con la vista clavada en Nadia. Cuando a ella le llegó el clímax tuvo que agarrarse al cristal para no caerse de los temblores.
Él se incorporó y fue a ayudarla. Se metió con ella bajo el agua y, con Nadia arqueada de espaldas, la penetró sujetándola por las caderas mientras yo lo observaba todo desde la cama. A ella le seguían fallando las piernas y gemía como si no pudiera con tanto placer, hasta que pidió parar. Él le hizo caso al instante y se besaron con un hambre que me dejó tocándome sin pensarlo.
Nadia volvió a la cama y nos pidió a las dos que nos sentáramos juntas. Rubén se plantó delante de nosotras. Ella lo tomó con la mano izquierda y yo con la derecha, y lo acariciamos juntas. Como tardaba en llegar, me lo llevé a la boca mientras Nadia le acariciaba el resto y, de paso, me colaba un dedo entre las piernas. La muy descarada me arrancó otro orgasmo; cuando solté el aire para respirar, ella ya lo tenía en su boca.
Yo le acariciaba los pechos a Nadia en respuesta, intentando lamer también. Él se apartó apenas unos milímetros de sus labios y por fin se vació, repartiendo entre las dos bocas, frotándose contra nosotras hasta no dejar nada. Nos sentamos los tres en la cama y volvimos a reírnos, como si acabáramos de compartir un secreto enorme.
Quedamos en repetir algún día. Nos vestimos y lo dejamos allí, todavía recuperándose, supongo que sin creerse del todo el trío inesperado con una rubia y una morena. Nadia y yo bajamos en silencio, con una sonrisa tonta, y al llegar a la calle juramos que aquello no se lo contaríamos a nadie. Hasta hoy.