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Relatos Ardientes

El desconocido que me salvó terminó en mi oficina

Buenas noches a todos. Antes que nada, perdón por estar tanto tiempo sin publicar. Las que me siguen ya saben cómo es la cosa: soy madre soltera de una nena de dos años, y entre la casa, el trabajo y los mil compromisos de la semana, escribir queda siempre para lo último. Pero hoy los compenso con algo nuevo, reciente, que viví en carne propia hace una semana y media. Ojalá lo disfruten tanto como lo disfruté yo.

Suelo ir a la oficina tres veces por semana, aunque cuando puedo lo reduzco a dos. Aquel día era miércoles, con la ciudad ardiendo a treinta y siete grados. Mi vieja había pasado a buscar a la nena temprano, así que tenía la mañana entera para mí. Me bañé sin apuro, me dejé el pelo húmedo para no pelearme con las ondas grandes que se me arman solas al secarlo, me puse un vestido negro elastizado y salí. Pensaba pasar por el supermercado, a tres cuadras, y seguir camino al trabajo.

Fue en ese trayecto, mientras mandaba un audio por el teléfono, que escuché que alguien me chistaba. Acababa de pasar al lado de un muchacho que revisaba un contenedor de basura. Lo vi de reojo mirarme y soltar un «morocha, qué fruta madura» que me hizo torcer la boca por fuera, aunque por dentro me dio risa. Estoy acostumbrada a esas cosas desde que tengo memoria, así que seguí caminando como si nada. Hasta que oí su voz de nuevo, esta vez dirigida claramente a mí.

—¡Morocha! ¡Morocha, pará!

Me frené y giré rápido. Ya lo tenía a tres pasos.

—¿Qué pasa? —pregunté seca.

—Disculpá que suene mal, pero tenés todo el culo al aire. Te quería avisar.

Apoyé la mano izquierda sobre la cadera, más que nada para seguirle la corriente y descubrirle el cuento. Pero toqué piel. Acaricié la nalga de abajo hacia arriba y sentí cómo el vestido se me había enrollado prácticamente hasta la cintura. Me bajé la tela de un tirón, con las dos manos, y me puse roja como un tomate. Lo miré nerviosa; él ni se inmutó.

—No puede ser… —dije—. Gracias por avisarme, en serio. Me estaba yendo en bolas al trabajo, literal. ¿Cómo te llamás?

—Tranquila, morocha. No te vio nadie, además. Tobías.

—No me vio nadie más que vos —remarqué, todavía colorada—. Camila. ¿Sos de acá?

—No, qué va. Vengo todos los días a juntar cosas.

Algo en su naturalidad me cayó simpático. No había malicia, solo un tipo que me había salvado de un papelón monumental.

—Tobías, dejame que te invite un desayuno. Vení conmigo. Desayunamos, te convido un almuerzo después. Me salvaste de verdad. Capaz tengo ropa o algo que te sirva.

—Está bien, morocha. Vamos a donde quieras. Yo te sigo.

Pedí un auto por la aplicación ahí mismo y fuimos hasta el edificio donde está el showroom en el que trabajo. Subimos por la escalera de servicio y entramos directo a mi oficina. No pasé por el salón ni saludé a las chicas; necesitaba cambiarme primero.

—Pará… ¿acá laburás? —dijo él, mirando todo con los ojos abiertos.

—Digamos que sí.

—Es enorme. Yo podría vivir acá adentro.

—Y sí, es cómodo —me reí—. ¿Qué querés desayunar? Encargo a la confitería de abajo.

Hice el pedido, lo trajeron a la oficina y nos sentamos a la mesa a desayunar mientras charlábamos. Le pregunté por su vida, su familia, su día a día. Era una forma de conocerlo y, de paso, de no ser yo el centro de las preguntas. Soy reservada con lo mío, más ahora que tengo una hija.

La conversación fluyó sola. Hubo buena onda, nos entendimos en un montón de cosas y la complicidad fue creciendo de a poco, casi sin que lo notáramos.

—¿La tenés parada o vi mal? —solté de golpe.

—Jajaja, perdón.

—No es nada malo, no pidas perdón. Pero me pareció y tenía que preguntar.

—Morocha, arranqué el día viéndote el culo desnudo en plena calle, y ahora estoy sentado mano a mano con vos, con esos pechos que se te escapan del escote. ¿Cómo no se me va a poner dura?

—Me halagás. Punto a favor tuyo.

—¿Estás casada?

—¿Yo? No. Me separé hace dos años. ¿Vos tenés algo?

—No, novia no. Hay una piba con la que la pasamos bien, nada más. ¿Te molesta?

—¿A mí? Para nada. ¿Por qué me iba a molestar?

—Porque te morís por comerme la boca, y alguna otra cosa también.

—¿Perdón? —me reí fuerte—. ¿De dónde sacaste eso?

—No me sacás los ojos de la boca y me fichaste apenas entré. Se te llenó la cabeza de preguntas, ¿o no?

—Te miro a la cara porque estamos hablando —protesté, sin convencer a nadie—. Y lo otro lo vi porque saltaba a la vista. Cuando te levantaste salió como un sable.

—Dale… Soy joven, pero tengo años de experiencia. Te doy vuelta como una media si querés. No hace falta hacernos los boludos, estamos solos. Nadie nos escucha. ¿Querés verla?

Me quedé un segundo en silencio, midiendo lo que estaba por hacer. Hacía rato que no tenía una vida sexual activa, desde la separación. Y el tipo me había salvado de cruzar media ciudad mostrando el culo sin enterarme.

—Mirá… —dije al fin—. Hace mucho que no toco a nadie. Y vos te pusiste atrevido en el momento justo. Encima me salvaste de un papelón. Algo te tengo que agradecer. Así que… ¿por qué no?

Me levanté del sillón, saqué un preservativo del cajón del escritorio y me acerqué a él. Tobías se preparó sabiendo lo que venía. Dejó caer el pantalón y la liberó en todo su esplendor: corta no era, pero sí gruesa, de un grosor que siempre me gustó más que el largo.

—¿Y? ¿Es lo que te gusta? —preguntó.

—Es bien gorda, como me gusta a mí. Aunque también es larga. Vamos a tratar de que no me mate.

Cuando me iba a agachar entre sus piernas, me detuvo. Me sentó sobre sus muslos. Apoyé las manos en sus hombros mientras él me subía el vestido hasta la cintura y me olía el cuello, despacio, como quien reconoce un terreno.

—Olés bárbaro, morocha —murmuró contra mi piel—. Tenés una cara hermosa, una boca de pecado, unas tetas enormes. Yo no te soltaría más.

Le agarré la cara y lo besé. Un beso largo, intenso, de esos que no se olvidan. Él me pegó a su pecho, me rodeó la cintura con un brazo y con la otra mano me apretó una nalga. Nos besamos varios minutos sin separarnos, hasta que por fin hice lo que iba a hacer desde el principio. Me deslicé hasta el piso, me acomodé entre sus piernas, le puse el preservativo en la punta y lo desenrollé con los labios a lo largo de toda la extensión, hasta sentirlo chocar contra el fondo de la garganta.

Empecé a chuparla lento, con cuidado, con una delicadeza que seguramente no le había dado ninguna mujer en esa situación. Él estaba recostado en el respaldo del sillón de reuniones, las piernas abiertas, y yo arrodillada haciendo mi trabajo sin parar a respirar. Me miraba atento, me acariciaba el pelo, la cara, suspiraba de a ratos. No le molestaba que lo hiciera con el preservativo puesto. Estuve con varios chicos de su estilo y suelen ser más rústicos, sin límites, sin que les importe nada. Esa paciencia suya me llamó la atención, y me dejó trabajar tranquila.

Los minutos pasaban y yo seguía. Él no se quedaba callado, me calentaba con frases sueltas al oído.

—Mirá cómo te tengo, arrodillada, comiéndomela como una diosa —decía—. La que sería si te vinieras a vivir conmigo… No te dejaría dormir ni un día.

No paraba. Una frase atrás de la otra, y nos fuimos prendiendo los dos a la vez. Me motivó tanto que abrí grande la boca y me metí también lo de más abajo, le pasé la lengua, succioné como loca. El sabor era fuerte, entre amargo y salado, el de un cuerpo que llevaba días bajo ese calor de infierno. Hacía años que no sentía algo así en la lengua. Me trajo recuerdos, y por eso seguí sin inmutarme, hasta que sus jadeos empezaron a llegar más seguidos.

—Sacate las tetas —pidió—. No pares, pero quiero verlas.

Le hice caso sin dudar. Bajé los breteles y dejé los pechos al aire. Lo miré a los ojos; él se acomodó, estiró las manos y me los tomó. Los acarició, me pellizcó los pezones, apretó, y entonces notó la leche.

—Con razón… —dijo, fascinado—. Tetas lecheras. Te las voy a dejar secas de tanto chuparlas.

***

Me levantó de golpe y me sentó en el borde del escritorio. Apoyé las manos atrás para sostenerme. Sin pensarlo dos veces se sacó la remera, me alzó los pechos, los apretó y atrapó uno con la boca mientras el otro le disparaba un hilo tibio contra el pecho. Fue rotando de uno a otro durante varios minutos. Me lamía toda la piel, mordía despacio, dejaba marcas. Yo soltaba quejidos cada vez que apretaba los dientes, le agarré la nuca con la derecha y lo pegué más fuerte contra mí.

—Así… comelas… —jadeé—. Te encantan, seguí…

Siguió hasta que se acomodó entre mis piernas y, de un solo golpe, me la metió hasta el fondo. Tenía la vulva empapada y aun así sentí cómo me abría.

—¡Ah! —fue lo único que pude decir.

Fue como destrabar algo que llevaba meses cerrado. A partir de ahí empezó un vaivén que no aflojó nunca. Yo me sostenía del escritorio, él me apretaba la cadera contra el borde, echada levemente hacia atrás, la espalda apenas arqueada, recibiendo cada embestida. El vestido era apenas un cinturón enrollado a la altura de la cintura. Mis pechos rebotaban al compás, y yo gemía cada vez más fuerte a medida que él subía el ritmo.

Cuando las penetraciones se volvieron duras y rápidas, me abrazó la cintura, yo le rodeé el cuello con el brazo y nos besamos varias veces sin dejar de movernos. Besos con mucha lengua, mordidas en los labios, entre jadeos de los dos. Hacía muchísimo que no me cogían así. Después de uno de esos besos me agarró del vestido con las dos manos y me embistió a un ritmo impropio de su edad.

—Mmm… así, así, así… —repetía yo, sin reconocer mi propia voz—. Seguí… ¡qué bien la tenés!

Me tomó la cara con las dos manos, me dejó firme el cuello y me penetró como un condenado. Nos mirábamos a los ojos; la lujuria no parecía tener techo. Me mordió el labio inferior, lo estiró sin frenar, y en pocos segundos yo tenía saliva cayéndome por la comisura, directo al pecho, sobre las tetas que no paraban de moverse. Intentaba contraer los músculos para que los dos sintiéramos más, pero era imposible concentrarse. Me estaba detonando entera.

Me abracé a su cuello y empecé a mover la cadera al ritmo que él marcaba. Gemíamos juntos, ya cerca del final. Aceleramos todo lo que pudimos hasta que solté un grito agudo, las uñas se me clavaron en su espalda, las piernas me empezaron a temblar y el escritorio quedó goteando. Nos besamos otra vez, ahora suave, despacio. Un beso de haber cumplido con creces.

***

Después de unos minutos de caricias volví un poco a la realidad.

—Increíble lo tuyo —le dije—. No sé cómo describir lo que me hiciste sentir, pero estás en el top tres de los que mejor me cogieron en la vida.

—¿Te parece? Yo nunca disfruté tanto con nadie. Sos perfecta.

—Si tenés este desempeño todos los días, te llevo a vivir a casa y me rompés cuando se me cante. No necesito a nadie más.

Encargué unos licuados a la confitería. Los subió una de las camareras que me conoce desde que abrieron. Me acomodé el vestido y abrí apenas la puerta, aunque no había forma de disimular el sudor ni el pelo enmarañado. Sonreímos las dos y se fue. Apenas se cerró la puerta me saqué el vestido y quedé tan desnuda como mi invitado. Bebimos los licuados, él en el sillón, yo sentada sobre sus piernas. El preservativo cargado, tirado en el piso como una marca de guerra, me calentaba con solo verlo.

Seguimos besándonos y charlando. Nos reímos un montón, pero la tensión no se iba. Sus dedos jugaban con mis labios, a veces me penetraban despacio. Yo gemía bajito, para él. Le besaba el cuello, le acariciaba el pecho. Él me subía la mano por la nuca para acercarme a su boca y darme otro beso húmedo. Parecíamos una pareja de años, y no éramos más que dos desconocidos que coincidieron en el momento justo.

—Me cogiste más de dos horas sin acabar —le dije—. Parecías poseído.

—No es normal aguantar tanto en el primer polvo. Pero nunca estuve con una piba como vos. Pensé que duraba cinco minutos.

—Menos mal que no. Mirá si me perdía semejante cosa.

—Comeme un poco más —se me escapó, todavía caliente—. Quiero sentir tu lengua.

Me levanté, apoyé las manos en el escritorio, separé un poco las piernas y esperé.

—No lo puedo creer —dijo él detrás de mí—. Soy el tipo más suertudo del mundo.

Se agachó, me acarició las nalgas, las apretó, me dio unos cachetazos suaves y empezó a recorrerme con la lengua. Lo hizo una y otra vez, sin titubear, cada vez más intenso, hasta que pasé de estar firme y erguida a tener la espalda arqueada y los talones levantados como en una postura de ballet. Yo jadeaba sin disimulo, derrotada por completo.

—No pares… —murmuré—. Me matás.

Siguió hasta que quiso más, y yo acepté sin dudarlo.

—¿Va la segunda vuelta, morocha?

—Obvio. Por favor.

Se paró detrás de mí, me dio un par de cachetadas que me hicieron arder, y un segundo después, ya con otro preservativo puesto, me apoyó una rodilla sobre el escritorio, me agarró de la cintura y me la volvió a meter. Estaba tan mojada que entró sin esfuerzo. Tocó fondo y salió. Empezó lento y duro, subiendo el ritmo de a poco, sin apuro, hasta llegar a un punto frenético. Se oían mis nalgas chocando contra él, me apretaba los pechos y caía leche entre sus dedos.

Yo gemía sin parar, agitada como si hubiera corrido una maratón. Ese chico era un diamante en bruto. Tenía una fuerza en las manos que no se correspondía con su cuerpo flaco, no llegaba al metro setenta y los brazos, eso sí, los tenía sorprendentemente marcados. Me besaba el cuello, me lamía la oreja, me decía cosas entre dientes que prefiero guardarme, todas pensadas para encenderme más.

Me puse en cuatro, cansada de la postura anterior, y él subió conmigo al escritorio para seguir. Mi culo seguía sonando en cada embestida. Varios minutos así, hasta que me pegó a su pecho, me rodeó la cintura, me agarró las tetas y me cogió duro, los dos arrodillados encima de la melamina negra. Estaba transpirada de pies a cabeza, el pelo pegado a la cara, los pechos llenos de marcas hechas con su boca. Ahí me apretó los dos pechos con fuerza, sacando leche, y acabó por segunda vez.

Se acomodó sentado, con las piernas abiertas, y me recibió entre sus brazos. Me abrazó la cintura, me besó el cuello, los labios, me acarició todo lo que pudo, y nos quedamos un buen rato sin hacer nada más que sonreír y comentar lo que acababa de pasar.

—No doy crédito a las horas que aguantaste sin bajar el ritmo —le dije—. No sos real.

—Es todo por vos. No podía parar, te quería escuchar pidiendo más.

—Lo conseguiste con creces. Me hiciste pelota. —Lo miré seria por un segundo—. Quiero que el viernes vengas acá a la misma hora. Nos vemos a las nueve en la entrada del edificio. ¿Te parece?

—Obvio que voy a estar, morocha. Ese culo merece todo lo que pidas.

Nos besamos unos minutos más, nos vestimos, y salimos a la calle cuando ya no quedaba nadie en el lugar. Parecía mentira haber vivido algo así, de una manera tan azarosa y que saliera tan bien. Nos despedimos y fui a buscar a mi hija. Obviamente me cambié de ropa, y me puse encima una remera para que no se me vieran las marcas que el vestido dejaba al descubierto.

Espero que lo hayan disfrutado y se hayan podido meter en el relato. Cualquier consulta o comentario me lo dejan acá abajo o por privado. Besos enormes para todas.

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Comentarios (5)

Pachi_Rdg

Genial relato!!! Me quede con ganas de mas, definitivamente

RosarioSur

Ese giro de que el desconocido apareció después en la oficina... tremendo. Por favor seguí contando, no puede quedar así

MarianoCba

excelente!!! sigue asi

GaboAres22

Me recordó a una situacion que me paso hace unos meses, esas casualidades de la vida terminan siendo las mejores historias. Muy bien contado

SusanaRP

Qué forma de contar tan natural. Se lee de corrido sin que se haga pesado y te deja con ganas de saber como siguio todo. Muy buen relato.

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