El chico del autobús me siguió hasta la playa
Iba a la costa a pasar unos días con mi familia, y la única manera barata de llegar era ese autobús de línea que paraba en cada pueblo del camino. Un trayecto que en coche se hacía en cuatro horas se convertía en diez largas horas de asientos pegajosos y aire acondicionado que nunca terminaba de funcionar. Ese día apretaba el calor, así que me había puesto lo más fresco que encontré: una minifalda de tablas y un top de tirantes finos. Un conjunto un poco atrevido, sí, pero era lo último que me había quedado fuera de la maleta. Si alguno se ponía nervioso al mirarme, allá él.
En una parada a las afueras de Sevilla subió un chico de mi edad, con pinta de universitario por la mochila y las gafas. Le dejé el asiento de la ventanilla y nos pusimos a hablar casi sin darnos cuenta. Se llamaba Adrián, era majo, un poco tímido, pero tenía los brazos firmes y se le marcaba el pecho bajo la camiseta. Eso me gustó más de lo que quise admitir en ese momento.
—¿Hasta dónde vas? —me preguntó.
—Hasta el final de la línea —dije.
—No me lo puedo creer. Yo también.
Resultó que íbamos al mismo pueblo y que conocía a un par de personas de mi pandilla. Me miraba a los ojos sin disimulo, con una insistencia que me ponía la piel de gallina. Y de repente, sin más rodeos, me preguntó si tenía novio.
—No —respondí.
—Entonces, ¿podríamos vernos? —Bajó la voz—. Desde que te vi buscando sitio para sentarte estoy como flotando. Tu olor me tiene atontado.
Mientras lo decía, apoyó la mano en mi muslo. No la movió, solo la dejó ahí, como si midiera mi reacción. Sonreí. ¿Qué iba a hacer, apartarlo? Tampoco quería. Sus yemas empezaron a acariciarme la piel con un roce tan sutil que casi tuve que mirar para confirmar que de verdad estaba pasando. Me gustaba. Sentí que me humedecía, ese calor familiar entre las piernas que llevaba meses sin notar con tanta fuerza.
—Me encanta cómo hueles —susurró pegado a mi oído—. Si no hubiera nadie, te comería a besos.
No supe si lo decía por el perfume o por algo más íntimo, pero me imaginé sus labios bajando por mi cuerpo y se me cortó la respiración un segundo.
***
Adrián estaba decidido a aprovechar las horas que nos quedaban. Me pasó un brazo por la espalda y, con el otro, recogió mis piernas y las apoyó entre las suyas. Me dejé hacer como una muñeca, medio rendida al juego. Me besó el cuello despacio y, entre beso y beso, me preguntaba por mis estudios, por lo que me gustaba, por mi vida. Y yo se lo contaba todo, embobada por su atención.
Paramos en un área de servicio para estirar las piernas y tomar algo. Mientras esperábamos los cafés, se acercó a mi oído y me propuso ir al baño con él, decirme al detalle todo lo que quería hacerme. Me sentí un poco acorralada, así que dije que no y volví a subir al autobús yo sola. Él tardó un rato en aparecer. Cuando se sentó de nuevo a mi lado, se disculpó.
—Perdona. Es que estoy tan excitado que me dolía. Ya estoy más tranquilo.
Me imaginé lo que había ido a hacer al baño y, en lugar de molestarme, la idea me devolvió el cosquilleo entre las piernas. Vaya, mira cómo estoy. Pensar en él aliviándose por mi culpa me ponía más de lo que estaba dispuesta a confesarle.
***
Cuando cayó la noche, el cansancio me venció. Adrián se ofreció a hacerme de almohada y yo, sin pensarlo demasiado, recosté la cabeza en su regazo. Cerré los ojos. A veces notaba sus manos moverse despacio sobre mi cadera, o deslizarse entre su cuerpo y el mío, pero eran movimientos tan lentos que no me importaron. En un momento sentí algo muy caliente presionarme contra el pecho, ahí donde quedaba apoyado entre sus piernas. Me hice la dormida. Pensé que tampoco era para tanto dejar que se rozara conmigo.
Un frenazo brusco me despertó y casi salgo despedida del asiento. Él me sujetó rodeándome con los dos brazos, pero, como por casualidad, una de sus manos quedó cerrada sobre uno de mis pechos. Y no la apartó. La acarició mientras me buscaba los ojos en la penumbra. No me pareció mala idea besarle y meterle mano yo también. Me incorporé, me senté a horcajadas sobre sus caderas en la oscuridad del autobús dormido y nos besamos despacio, conteniendo los jadeos para no despertar a nadie.
De lo que no me di cuenta hasta más tarde fue de que debía de tener el pene fuera del pantalón, porque al acomodarme sobre él noté su miembro resbalar entre mis muslos. No estaba seco, sino húmedo, caliente. No me importó. Me encantaba cómo me besaba, cómo me acariciaba las nalgas por debajo de la falda. Pensé en quitarme las bragas y dejarme ir ahí mismo, pero hacerlo con un desconocido y sin protección me pareció una locura. De alguna forma terminé dormida de nuevo, abrazada a él.
***
Al despertar volví a mi asiento. Sentí los muslos pegajosos. Me toqué y encontré un pequeño charco, no supe si de saliva o de algo más. Mi vida sexual era bastante pobre, más por vergüenza que por falta de ganas, así que aquello me desconcertó. Supuse que no debía extrañarme que se hubiera corrido con su miembro rozándome la piel, total, se lo había consentido.
Pero tenía algo raro en la boca, un sabor a almendras que no reconocía. Escupí un poco en la mano y olía igual que lo que tenía en el muslo. Miré su bragueta: ni rastro de manchas. No sabía qué pensar. Si era semen, el muy descarado se había pasado tres pueblos; y si era saliva, entonces la babosa era yo. Al final me tragué la duda y, con disimulo, recogí el resto del muslo con un dedo y me lo llevé a los labios. No sabía mal. Almendras dulces. Adrián me miraba de reojo con cara de auténtico interés.
Entonces lo besé en la boca. Si era suyo, que se llevara su parte. No noté ninguna resistencia. Cerré los ojos y lo besé con ganas, lamiéndole y succionándole la lengua despacio, como si fuera otra cosa. Si hubiera puesto un solo gesto de asco, habría sabido la verdad; pero me devolvió el beso con la misma intensidad, y eso me bastó.
***
Llegamos por fin a nuestro destino. Fuimos caminando hasta mi casa y, por el camino, me propuso bajar luego a la playa a darnos un baño. Pensé que iría a más, pero no, fue de lo más caballeroso. Además, mis padres estaban en casa. Quedamos junto al chiringuito al caer la tarde.
Me puse un biquini rojo y llegué antes que él. Lo vi acercarse a lo lejos por la arena, así que extendí la toalla y me tumbé boca abajo, dejando bien a la vista el culo. Cuando se quitó la camiseta confirmé lo que me había imaginado en el autobús: estaba en forma, con el abdomen marcado. Me pasa siempre que veo a un tipo así, la cabeza se me llena de ideas.
Entramos al agua. Me dijo que estaba preciosa, que era la chica más guapa que había visto nunca, que me deseaba desde el primer instante. Me sonrojé y me dejé abrazar. Nos besamos entre las olas y me pidió que le comiera la lengua como en el autobús, confesándome que aquella vez había estado a punto de correrse solo con eso. Le acerqué la lengua y se la succioné despacio, como un helado que se derrite. Tenía los pezones tan duros que me dolía el roce del biquini. No aguantaba más. Le tomé de la mano y le pregunté dónde vivía.
***
No quedaba lejos. Vivía solo; sus padres pasaban el verano fuera y tenía la casa para él. Subí a su habitación y me senté en su cama, mirándolo con una sonrisa que lo decía todo. Pero, en lugar de lanzarse, me invitó a darme una ducha para quitarme la sal y la arena. Fui hacia el baño y él vino detrás.
Me metí en el plato de la ducha y se coló conmigo. Me desabrochó la parte de arriba del biquini y mis pechos quedaron a un milímetro de su cuerpo. Se agachó y me bajó la braguita con una lentitud deliberada. Me dijo que le encantaba verme depilada, y es verdad que cuido mucho esa zona. Se incorporó, abrió el grifo y dejó que el agua tibia cayera sobre los dos. Yo le bajé el bañador hasta por debajo del culo. No quise mirar todavía; quería alargar la espera.
Tomó una esponja y empezó a enjabonarme con calma, deslizándola por el cuello, los pechos, el vientre. Luego me la puso en las manos para que hiciera lo mismo con él. Esta vez sí miré. Su miembro era de un tamaño normal, pero con ganas. A medida que lo frotaba con la esponja, se fue endureciendo entre mis dedos. Nos abrazamos, los dos cubiertos de jabón, y noté su erección apretada contra mi vientre, latiendo. Abrí el agua para aclararnos. Nos separamos un poco, aunque él seguía apoyado en mi barriga. Me tomó los pechos, me los acarició, me los apretó y terminó atrapándome un pezón con la boca. Sentí que me derretía por dentro.
***
Salimos de la ducha y me llevó de la mano a la cama grande del dormitorio principal. Se colocó sobre mí y entró despacio hasta el fondo. Levanté las piernas y le rodeé la cintura con ellas, atrayéndolo. Pensé que aguantaría poco, pero no; después de un buen rato de embestidas, me pidió cambiar de postura y ponerse él debajo.
Me subí encima con las piernas todavía temblando. Se sujetó el miembro vertical y, con la otra mano, me guio hasta colocarlo justo a la entrada. Me dejé caer poco a poco, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. Cuando lo tuve entero dentro, me incliné sobre él y le acerqué los pechos a la cara. Mientras me movía sobre sus caderas, él me lamía y me los apretaba, y me agarraba las nalgas con las dos manos marcando el ritmo.
Ya no podía más. Tenía los muslos agotados de cabalgar y el cuerpo deshecho por todos los calentones acumulados durante el viaje. De pronto sentí un calor intenso muy adentro y, casi a la vez, un latigazo de placer me recorrió de la cabeza a los pies. Él se quedó como suspendido, con los ojos cerrados. Tuve que dejarme caer encima porque los brazos no me sostenían. Al rato noté resbalar por mis muslos un fluido espeso, mezcla de los dos. Y olía a almendras, claro.
Lo besé y me metí a darme otra ducha. Adrián se quedó tumbado, sin disimular que me miraba el culo mientras cruzaba la puerta del baño.
Ese verano no llegué a ponerme morena. Pero hice tanto ejercicio de cintura para abajo que volví con las piernas y el abdomen más marcados que nunca. No me quejo.