Lo que pasó en la cabina con mi última clienta del día
Reconozco que apenas la miré cuando entró en la cabina. Llevaba todo el día de pie y solo pensaba en cerrar. Preparé la camilla, comprobé que el aceite estuviera a la temperatura justa y le indiqué que se tumbara boca abajo, desnuda salvo por las ridículas bragas de papel que ofrecemos, la cara encajada en el hueco y una toalla cubriéndole el trasero. No era la primera vez que pasaba por el centro, pero sí la primera que la atendía yo.
Me acerqué. Le calculé unos cuarenta años, aunque el cuerpo no los aparentaba. Delgada, morena, cintura estrecha y un culo grande y firme que la toalla apenas contenía. Pecho mediano, aplastado contra la camilla. Media melena oscura. La cara no llegué a vérsela. El ambiente era inmejorable: luz baja, velas de vainilla y sándalo, la temperatura ideal para estar desnudo. Ella casi lo estaba. Yo conservaba mi uniforme blanco de manga corta.
Tenía veintinueve años y unas ganas enormes de llegar a casa, cenar y olvidarme de todo. Aquel trabajo era mucho más físico de lo que la gente imaginaba, y aquella mujer madura era mi última clienta de la jornada.
Empecé como siempre, por la zona media de la espalda, apretando fuerte. Estaba muy tensa. Seguí por los hombros y la nuca, donde tuve que ser generoso con el aceite. Le trabajé los brazos y volví a la espalda.
—¿Notas el cuello cargado? —pregunté.
—Mucho. Y las piernas. Paso el día entero de pie.
Bajé a los gemelos y fui subiendo por los muslos. Se quejó, pero no de que me propasara —solo pensaba en músculos y tendones—, sino de dolor real, de cansancio acumulado. Tenía la piel cálida y firme, y bajo mis pulgares notaba los nudos endurecidos de quien aguanta jornadas interminables sin sentarse.
Amasé los gemelos y los muslos hasta el borde de la toalla y cambié de zona. Eché más aceite y le trabajé la planta de los pies, deteniéndome en el arco con movimientos lentos y profundos. No pudo evitar un suspiro largo, señal de que había acertado. Después regresé a los muslos, me detuve unos minutos en las escápulas, deshaciendo cada tensión con el canto de la mano. El hilo musical sonaba muy bajo, las velas perfumaban la sala y, por un momento, todo aquello fue solo un buen masaje.
—Tengo que masajearte bastante arriba, casi en los glúteos —le advertí—. ¿Te puedo retirar la toalla? Para esa sobrecarga me viene mejor.
—Sí, claro.
Creo que me comporté como un profesional perfecto hasta que aparté la toalla. Apareció ante mí un culo redondo, grande, nada blando. La espalda morena le brillaba por el aceite, igual que los muslos ligeramente separados. Habría sido una visión perfecta si no fuera por aquellas bragas de papel. Concentrándome, bajaba con las dos manos desde el nacimiento de las nalgas hasta la cara interna del muslo, firme pero sin pasarme, porque esa maniobra podía doler.
Le hice un movimiento rotatorio a lo ancho del muslo derecho. Pasé al izquierdo y repetí la operación, bien fuerte. La oí gemir. Paré en seco.
Una de mis manos estaba muy cerca de su entrepierna. No me di cuenta hasta que la escuché. Seguí rotando el muslo para disimular; no podía cortar el masaje de golpe.
—¿Todo bien? —pregunté, por si acaso.
Ella hizo un sonido que se parecía a un sí.
No sé por qué —sí que lo sé— eché más aceite y empecé a recorrerle los dos muslos desde el hueco de las rodillas hacia arriba, cada vez más arriba. Debería haber parado, o ni siquiera haber empezado. Pero gemía bajito, de forma persistente, y aquello disipaba mis miedos.
Si no se da la vuelta ahora, no lo va a hacer nunca.
Y cuando digo que llegaba cada vez más arriba, quiero decir que terminé tocándole el culo por debajo de aquellas bragas absurdas. Soy masajista y no es raro trabajar los glúteos de un cliente, siempre avisando antes para evitar situaciones incómodas. Esta vez no avisé. No quería romper el hechizo, no quería oír su voz ni verle la cara, solo mirar su espalda respirando entrecortada mientras le acariciaba aquel culo perfecto.
Pensé que todo aquello podía salir muy mal: despedido, frente a un juez, con mi nombre arrastrado por el barro. Bastaba con que ella tensara la espalda, se incorporara y dijera una sola palabra. Pero no la dijo. Solo seguía respirando hondo, y ese culo divino me anulaba por completo el sentido común.
Las dichosas bragas se enredaban, transparentaban la carne, perdían toda consistencia. Así que las rompí. Ella levantó la pelvis para que yo retirase los jirones. Mientras una mano le recorría los muslos brillantes, la otra se entretenía con sus nalgas y bajaba más. Empecé a acariciarle el sexo, ni depilado ni cubierto del todo, por fuera de los labios. Deslicé el dedo corazón por la abertura hasta encontrar su humedad y su clítoris, despacio. Ella subió un poco el volumen de sus gemidos.
Visto desde hoy, me resulta extraño que no se girase para que termináramos de una vez sobre la camilla. No: prefirió seguir boca abajo, a merced de mis manos, con la cara escondida en el hueco.
Alternaba caricias en el clítoris con un dedo dentro, luego dos, mientras la mano derecha jugaba con sus nalgas y su zona lumbar. Entonces noté algo encima del pantalón: su mano buscándome, acariciándome por fuera de la tela. Así estuvimos un rato. Ella empapada de aceite y de deseo, yo cada vez más duro. Me bajé el pantalón, ella encontró a ciegas mi polla y la apretó. Yo volví a su sexo, y no solo a su sexo: gracias al aceite, le entró sin esfuerzo un dedo por el ano mientras seguía acariciándola por delante. No es que le gustara la combinación; es que la estaba volviendo loca. Y aun así no movió la cabeza ni un centímetro.
Se me ocurrió una locura. Detuve el masaje y rodeé la camilla hasta colocarme frente a ella. A tientas, sin verle el rostro, busqué el hueco donde tenía la cara y le acerqué la polla a la boca. Me recibió despacio. Estuve así un rato, en una postura bastante incómoda, mientras con las manos libres le amasaba los hombros. No era cómodo, pero me gustaba sentir cómo su saliva me resbalaba.
Estaba dejando desatendido el resto de su cuerpo, así que al cabo de unos minutos regresé al sur, con la polla reluciente. Tomé uno de esos cojines cilíndricos que usamos para elevar la pelvis del cliente y se lo coloqué debajo de las caderas, dejándole el culo en pompa. Estaba al límite. Tras acariciarle un poco más el clítoris, no dudé en entrar de nuevo: el índice en el ano, ya rendido; el corazón y el anular dentro de ella; el meñique rozándole el botón, aunque fuera de forma torpe.
La trabajé con una sola mano, cada vez más rápido. Dejó de gemir para casi gritar. Le saqué los dedos, se los cambié de orificio, volví a entrar, y ella no pudo hacer otra cosa que apretarse alrededor de mi mano y correrse. Se corrió como si llevara años esperando ese momento.
Retiré los dedos y le acaricié las nalgas mientras jadeaba y se recuperaba. Yo estaba eufórico y durísimo, sin plan ninguno. Si en ese instante se hubiera levantado, se hubiera vestido y se hubiera marchado, dejándome a mí correr al baño, habría seguido siendo el mejor día de mi vida.
Pero se llevó las manos atrás y se separó las nalgas, ofreciéndome su culo, aceitoso y palpitante. No hice preguntas. Me subí a la camilla, me unté bien y entré despacio. La estuve penetrando durante minutos, ardiendo, pero sin querer terminar nunca. Quería hacerle de todo: su sexo, su boca, correrme en su lengua. Pero qué más podía pedir si aquella mujer maravillosa me pedía justo eso. Me mataba la presión de su anillo apretándome, el aceite deslizando cada embestida. No aguanté demasiado. Salí a tiempo y me corrí sobre sus nalgas y su espalda.
Aun así no me iba a quedar con hambre. Hundí la cara entre sus piernas y le comí el sexo en esa misma postura, mientras volvía a colarle un dedo por el ano dilatado. No tardó en correrse de nuevo, esta vez con un orgasmo más suave que el anterior.
Sacó el rostro del hueco, pero ni siquiera entonces llegué a vérselo. Murmuró algo cariñoso e ininteligible y apoyó la cara sobre sus brazos, relajada. Con una toalla húmeda y caliente la limpié de aceite y de mí, del cuello a los pies. Me subí el pantalón de espaldas a ella. Se incorporó, se puso en pie, alcanzó su albornoz y caminó hacia las duchas.
—Gracias —dijo, en un tono casi inaudible.
De reojo, apenas un segundo, la vi cruzar la puerta y desaparecer. Nunca le vi la cara. Ella tampoco vio la mía. Y todavía hoy, cada vez que preparo la última camilla del día, me pregunto si volverá.