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Relatos Ardientes

Lo que me pasó en el crucero tras firmar el divorcio

Me recosté en la tumbona de la cubierta superior y dejé que el sol del Adriático me cayera encima sin pedir permiso. Hacía tres semanas que había firmado los papeles del divorcio, y todavía sentía aquel matrimonio vacío apretándome el pecho, como una correa que no termina de soltarse. Pero ahí, rodeada de agua por todas partes, algo empezaba a aflojarse dentro de mí.

El viento salado me subía por los muslos. Me había comprado un bikini negro la semana anterior, en un arranque de rabia y de coraje, algo más atrevido de lo que jamás me habría puesto delante de mi exmarido. Resaltaba todo lo que él había dejado de mirar hacía años: los pechos llenos, la curva de la cintura, las caderas que ahora se movían con una libertad que ni yo me reconocía.

Por fin soy mía otra vez.

Cerré los ojos y dejé que el calor me entrara hasta los huesos. No imaginaba que esa misma noche todo iba a cambiar.

***

El salón principal tenía las luces bajas y un pianista tocando algo lento que nadie escuchaba del todo. Yo había pedido una copa de vino tinto y la sostenía más por tener las manos ocupadas que por ganas de beber. Entonces lo vi, apoyado en la barra, al otro lado.

Alto, de hombros anchos, con una barba de varios días que le daba un aire de hombre que no le rinde cuentas a nadie. Tenía los ojos oscuros y me los clavó sin disimulo, como si llevara un rato esperando que yo levantara la vista. Viajaba solo, eso se notaba enseguida. Hay una forma de estar solo que se reconoce de lejos.

Se acercó despacio, con una sonrisa que tardaba en formarse.

—¿Huyendo de algo? —preguntó. Tenía la voz grave, de las que se sienten más que se oyen.

—De casi todo —contesté, y crucé las piernas para que no notara que me había temblado la mano—. De un divorcio que me dejó hueca. ¿Y tú? ¿Qué se te perdió en este barco?

—Hasta hace un minuto, nada —dijo, y se sentó en el taburete de al lado sin preguntar—. Me llamo Marco.

—Carla.

El nombre me sonó raro en mi propia boca, como si lo estrenara. Hablamos un rato, de esas cosas que se dicen cuando en realidad uno está pensando en otra. Yo le miraba los antebrazos, las manos grandes alrededor del vaso. Él me miraba la boca cada vez que yo hablaba.

—¿Bailas? —preguntó al fin.

No bailaba desde hacía siglos. Le dije que sí.

***

En la pista no había casi nadie. Marco me puso una mano en la cintura y me atrajo más de lo que exige cualquier baile. Yo apoyé la frente en su cuello y sentí su olor, una mezcla de sal y de algo cálido por debajo. Sus manos bajaron por mi espalda hasta detenerse justo en el final, sobre la curva, y ahí se quedaron.

Sentí su erección presionándome el vientre, dura, sin pudor.

Hace tanto que no provoco esto en nadie.

Me besó en el cuello, despacio, y un sonido se me escapó sin que pudiera evitarlo. Fue ese ruido pequeño el que lo decidió todo. Me tomó de la mano y, sin una palabra, caminamos hacia los ascensores. El pasillo hasta su camarote se me hizo eterno.

La puerta se cerró con un golpe seco y ya no hubo más prólogo.

Me empujó contra la pared y nos besamos como si nos hubieran prohibido hacerlo. Sus manos me bajaron los tirantes del vestido de un tirón impaciente, y cuando mis pechos quedaron al descubierto agachó la cabeza y atrapó uno con la boca. Lo succionó con una hambre que me arqueó la espalda, mientras su otra mano se colaba entre mis muslos.

Yo ya estaba empapada. Lo notó al instante.

—Estás lista —murmuró contra mi piel, separándome con dos dedos y deslizando uno dentro—. Llevas mucho tiempo guardando esto, ¿verdad?

—Demasiado —conseguí decir, clavándole las uñas en los hombros—. No pares.

Me levantó en brazos como si yo no pesara nada y me llevó a la cama. Por el ventanal entraba la luna partida sobre el mar. Me tumbó boca arriba y se arrodilló entre mis piernas, y su lengua trazó un camino lento desde la cara interna del muslo hasta el centro. Lo recorrió en círculos, apretando, soltando, jugando conmigo con una paciencia que me desesperaba.

—Por favor —supliqué, enredándole los dedos en el pelo—. Así, justo así.

Metió dos dedos y los curvó hasta encontrar ese punto que me hacía ver luces detrás de los párpados. Subió la presión de la lengua al mismo tiempo, y el primer orgasmo me llegó como una ola que no avisa.

—Me corro —jadeé, con las caderas moviéndose solas contra su boca—. No pares, que me corro otra vez.

No paró. Me sostuvo abierta y siguió hasta que el placer se volvió casi insoportable, hasta que tuve que tirar de su pelo para que subiera.

***

Se incorporó y se quitó la camisa. Debajo había un torso firme, de hombre que se cuida sin obsesión, con una línea de vello que bajaba y se perdía. Se desabrochó el pantalón y se liberó, grueso, la punta brillante. Me incorporé sobre los codos y lo miré.

—Ven aquí —le dije.

Lo tomé en la boca despacio, bajando todo lo que pude, sintiendo cómo se le tensaba el cuerpo. Marco gimió y me apoyó la mano en la nuca, sin forzar, solo acompañando. Yo lo miraba hacia arriba mientras lo hacía, y verlo perder el control me encendía más que cualquier caricia.

—Para —pidió con la voz rota—, o esto termina antes de empezar.

Me aparté, jadeando, con una sonrisa que no me conocía.

—Entonces fóllame —dije—. Ahora.

Me puso de rodillas sobre la cama y se colocó detrás. Rozó la punta contra mí, provocándome, haciéndome esperar.

—Dímelo —murmuró.

—Te deseo tanto que me duele —contesté, y era verdad—. Entra de una vez.

Entró de un solo empuje y me llenó por completo. Solté un grito ahogado, ese placer con un filo de dolor que llevaba años sin sentir. Empezó despacio, profundo, saliendo casi del todo para volver a hundirse. El golpe de su piel contra la mía se mezclaba con el rumor del mar al otro lado del cristal.

—Apriétame así —gruñó, acelerando—. Justo así.

Yo empujaba hacia atrás, buscando cada embestida. Me sujetó del pelo con suavidad para arquearme un poco más, y el ritmo se volvió salvaje. El sudor nos corría por la espalda. Sentía cada movimiento llevándome al borde y retirándome, una y otra vez, hasta que dejé de pensar.

—Mírame —ordenó, y me giró de costado, una pierna sobre su hombro, para entrar más hondo—. Quiero verte la cara cuando te corras.

El segundo orgasmo me atravesó entero.

—Me corro —chillé, contrayéndome alrededor de él en espasmos que no podía contener.

Marco aguantó un poco más, las caderas como un pistón, y al final se hundió hasta el fondo con un sonido ronco y se quedó ahí, temblando, dejándose ir dentro de mí. Nos quedamos un momento unidos, respirando como dos náufragos, los cuerpos pegados por el sudor.

***

Creí que habíamos terminado. Me equivoqué.

Se tumbó de espaldas y yo, todavía sensible, sentí que el deseo volvía a encenderse, lento, como una brasa que alguien sopla. Me subí encima y lo guié de nuevo a mi interior. Empecé a moverme despacio, girando las caderas en círculos, sintiendo cada centímetro como si fuera la primera vez.

—Eres insaciable —dijo, sonriendo, y me agarró los pechos, jugando con los pezones entre los dedos.

—Tú me pusiste así —contesté.

Aceleré, apoyando las manos en su pecho, dejando que él me sujetara las caderas y me ayudara a bajar con fuerza. Me toqué mientras lo cabalgaba, y él empujaba desde abajo al encuentro de cada movimiento. El placer fue creciendo entre los dos hasta que ya no hubo manera de pararlo.

—Ven conmigo —le pedí, inclinándome para besarlo—. Quiero correrme contigo.

El tercero nos pilló al mismo tiempo. Yo me derrumbé sobre su pecho, deshecha, y él me rodeó con los brazos y me dejó quedarme ahí, escuchando cómo se le calmaba el corazón poco a poco.

***

La noche se alargó con caricias más lentas, con palabras dichas al oído que de día me habrían dado vergüenza. En algún momento me tomó de pie contra el ventanal, con el océano negro de fondo y un puñado de estrellas que parecían inventadas. Yo le pedía que no parara y él no paraba.

Cuando el cielo empezó a teñirse de rosa por el este, los dos estábamos agotados y despiertos, mirando el amanecer sin hablar. Apoyé la cabeza en su hombro.

—Mañana el barco atraca —dije—. Y cada uno vuelve a su vida.

—Lo sé —respondió.

No prometimos nada. No hacía falta. Algunas cosas valen justo porque tienen fecha de caducidad, porque no van a estropearse con la costumbre como se estropeó lo otro.

Esa mañana bajé sola a desayunar y me serví un café mirando el puerto que se acercaba. Me sentía distinta. No por Marco, aunque también. Era otra cosa. Había subido a ese crucero convencida de que el divorcio me había dejado hueca, incapaz de desear o de ser deseada otra vez. Y bajaba sabiendo que esa mujer apagada que había sido durante años no era yo de verdad. Solo estaba esperando que alguien le abriera la puerta.

Confieso que volví a casa con el cuerpo dolorido y una sonrisa tonta que no se me iba. Confieso que pensé en él durante semanas. Pero, sobre todo, confieso esto: aquella noche en alta mar no me la dio Marco. Me la di yo. Él solo fue el desconocido que me recordó que todavía estaba viva, y que lo mejor de mí no se había firmado en ningún papel.

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Comentarios (4)

DeliaBA

Muy bueno!! justo lo que necesitaba leer hoy

LauraVeron

Ay por favor una segunda parte! me quede con ganas de saber como siguio todo en el crucero, no puede terminar ahi jaja

curiosa_porteña

Me hizo acordar a unas vacaciones que tuve sola hace algunos años... a veces los desconocidos te sorprenden mas que los que ya conoces. Muy lindo relato

MarisolNoche

Que bien narrado! y siguieron viendose el resto del viaje o fue solo esa noche? me quede con esa duda

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