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Relatos Ardientes

La noche en que dejó de fingir el placer

Mara cerró la puerta del departamento y se quedó un segundo con la mano sobre el cerrojo, dudando si echar la llave. Al final no lo hizo. El manojo cayó tintineando dentro del platito de barro que usaba como portallaves, junto a la entrada.

Cruzó la sala estrecha y se giró para mirarlo. ¿Karim? ¿Karem? ¿Kamir? Nunca recordaba esa clase de nombres. Fuera cual fuera, el hombre le devolvió la mirada y ninguno de los dos dijo nada. Se quedaron así, de pie, tensos y sonrientes, midiéndose. Cada tanto, por cansancio de los ojos pero también por una impaciencia alegre, las miradas bajaban y cada uno se permitía recorrer el cuerpo del otro.

Él tenía el pelo negro y rizado, más corto sobre la frente y enroscado en remolinos sobre la nuca. Los ojos le quedaban entre el verde y el castaño, como musgo sobre piedra. Los labios eran finos, pero con un brillo que invitaba. La piel aceitunada se veía limpia, como recién salida de un baño largo. Un lunar coqueto en la mejilla izquierda le daba un aire casi tierno. Las arruguitas alrededor de la sonrisa hacían imposible pensar en él como «un chico». Le llevaba un par de años, calculó ella, pero cargaba una seguridad madura, sin prisa. Vestía un pantalón claro y un saco verde ajustado al pecho. Cuando él pidió permiso para colgar el saco en el perchero, Mara descubrió debajo un suéter negro delgado, pegado como una segunda piel, que delataba la fuerza de sus brazos y de su espalda.

Mientras lo veía acomodar el saco, Mara pensaba. Incluso al voltear a mirarla, él había evitado posar los ojos en su pecho. ¿Por qué? Esa noche se había puesto unos pantalones de vestir negros que afilaban sus piernas y, para combinarlos, una blusa azul con florecitas amarillas y blancas, de cuello en V profundo. La tela se ajustaba en la cintura, atada por detrás, y quedaba suelta arriba, en pliegues que debían disimular lo que el escote insinuaba. Solo que con ella eso no funcionaba: llenaba la blusa sin esfuerzo. Para Mara, era sencillamente una prenda ajustada.

No le gustaba exhibirse. Había elegido esa blusa por gusto y por desafío. Por gusto, porque le recordaba a un kimono de fiesta, y esa noche había luna llena. Mientras se vestía frente al espejo, le había venido a la cabeza un viejo haikú: «¿Este kimono / lo cosieron por mí? / Luna de otoño». Le gustaba sentirse parte del paisaje; o más bien, de ese paisaje imaginario que vive en nuestras expectativas.

Y sí, tenía el busto grande. A veces lo sentía desproporcionado. Eso provocaba algo raro en los hombres, o así lo percibía ella: el deseo se le antojaba más hostil, más grotesco, cuando iba dirigido a ella y no a sus amigas, más delgadas pero menos voluptuosas. «Si la belleza de una mujer le da cierta autoridad —razonaba—, mis pechos me la quitan, porque hacen que me deseen despreciándome un poco». Y enseguida se corregía: «No. El deseo siempre es el mismo. El problema es de esos imbéciles, no mío». Y, como respuesta a ese deseo torpe, se ponía justamente una blusa como esa.

El problema del desafío, pensó ahora, mientras Karim se daba la vuelta sonriendo, era precisamente una situación así. ¿Había evitado mirarle el pecho por respeto o por desdén?

¿Por qué había creído que la noche terminaría bien? Había encontrado a un hombre guapo entre los amigos de sus amigos. Se los presentaron. Él la invitó a tomar algo a solas. En el bar congeniaron rápido: escuchaban música parecida, leían a las mismas autoras y, en política, ninguno guardaba ya muchas esperanzas. Algo en sus gestos le sugería a Mara que sus padres no eran de aquí, y para ella la extranjería tenía siempre un costado sensual. En la calle se besaron. Él besaba bien: lento, atento, seco —gracias a Dios—, cambiando de ángulo cada tanto para hacerla girar la cabeza. Cuando le rozó el cuello, ella empezó a humedecerse.

Esa semana, además, tenía el departamento para ella sola. Su compañera, Renata, pasaría un tiempo cuidando a su padre enfermo. Antes de irse, le había dicho:

—Deberías traer a alguien que te haga compañía.

—Soy heterosexual, Renata —contestó Mara—. No me entusiasma la idea.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—¿Nunca oíste hablar de la brecha orgásmica?

Con paciencia, Mara le explicó que los hombres llegan al orgasmo en la enorme mayoría de sus encuentros, mientras que las mujeres apenas lo consiguen en menos de un tercio de las veces.

—¿Tú alguna vez fingiste uno? —le preguntó.

—Nunca.

—¿Estuviste con un hombre?

—Bueno… no. Solo con Carla, y con la chica con la que salía antes.

—Ahí está. El sexo con hombres es, básicamente, una ficción.

Después le explicó que la brecha se agranda en el sexo casual, porque a los hombres les interesa todavía menos complacer a una chica a la que, muy en el fondo, consideran poca cosa.

¿Por qué, entonces, había invitado a Karim? No tener una respuesta empezaba a incomodarla. Se sentaron juntos en el sillón, pero ella se levantó casi enseguida.

—¿Quieres café? —preguntó.

Él negó con la cabeza. La situación no avanzaba.

—A ver… no sé bien qué estamos haciendo.

—Lo que tú quieras —dijo él, sonriendo.

—Pues quiero que nos acostemos —soltó Mara, con una voz más cargada de impaciencia que de certeza.

Karim se echó a reír.

—Ven. Siéntate —dijo, y estiró el brazo sobre el respaldo.

Mara se sentó donde él le indicaba. Karim la tomó del hombro y le sonrió.

—¿Puedo besarte la mejilla? —preguntó.

Ella hizo un gesto difícil de descifrar, entre la sorpresa y la urgencia, y al final asintió.

Cuando él empezó a besarle la mejilla, le tomó también una mano: con una la sostenía y con la otra le acariciaba apenas el dorso. Mara se fue excitando y empezó a temblar despacio. Soltó un gemido bajito, como un arrullo, justo antes de necesitar girar el cuello para buscarle la boca. Karim lo notó y la dejó. Le dio un solo beso hondo, largo, con la mano apoyada en su nuca. Después se separó y siguió acariciándole el cuello, jugando con su cabello.

—Vamos a mi cuarto —dijo Mara.

—¿Para qué? —respondió él—. ¿No dijiste que tenías la casa sola? No te apures tanto.

Empezó a acariciarle los brazos, lento, rozando apenas la piel. Le preguntó si le molestaba y ella solo negó, porque todavía no sabía cómo reaccionar. Luego le puso la mano en la rodilla. Volvieron a besarse y la caricia subió de a poco por el muslo. Cuando Mara necesitaba aire, él le acariciaba la oreja con la nariz, conteniendo el aliento, y le dejaba besos pequeños en las sienes.

—Hace calor aquí, ¿no? —dijo ella, abanicándose con la mano.

—Un poco. ¿No quieres quitarte el pantalón? Me gustaría acariciarte las piernas.

—¿En la sala? —casi gritó, un poco ofendida.

—¿Qué tiene? —fue toda su respuesta.

Ahora era ella la que se sentía ridícula por dudar. ¿Qué había de raro en no haber tenido nunca sexo fuera de un cuarto? Se quitó el pantalón y quedó en ropa interior de encaje, azul plomo. Al hacerlo, se tocó un instante y comprobó que ya estaba mojada, así que cerró las piernas.

Ahora fue Karim quien buscó besarla. Le besó los párpados, las sienes. Cuando bajó al cuello, Mara empezó a gemir. Él seguía con los muslos. Cuanto más se excitaba ella, más abría las piernas; y él no ocupaba ese espacio de golpe, esperaba a que la guardia bajara y se iba acercando de a poco a su centro.

—Quiero que me toques —susurró ella—. Quiero que me masturbes… pero no aquí, por favor. Voy a manchar el sillón.

Karim se levantó y le tendió la mano. Ella creyó que irían al cuarto, pero él caminó hasta el perchero. Tomó su saco verde y lo extendió sobre el sillón. Después se quitó el suéter negro y lo puso encima.

Ahí quedó él, con los brazos firmes —más claros que el rostro—, el torso delgado y fuerte, y ese músculo entre el pecho y el vientre latiendo de una excitación contenida.

Mara entendió y se sentó sobre la ropa. Había algo sucio y, a la vez, algo caballeroso en que él prefiriera mancharse el saco antes que mandarla al cuarto.

Volvió a sentarse a su lado. Le acarició la rodilla, la besó, subió con calma por los muslos. Mara repitió su juego de abrir las piernas muy despacio antes de dejar que él la tocara por encima del encaje. Le gustaba mucho esa actuación de chica difícil.

Cuando él por fin apartó la tela y la tocó, ella ya estaba completamente húmeda. Se sorprendió de no tener que repartir la humedad: la encontró lista. Se dio tiempo para acariciar los pliegues, jugar con la entrada, y después presionó el clítoris desde los costados con dos dedos.

Entonces la penetró con esos dos dedos. Buscó el punto que la hacía estremecer y se quedó ahí, mientras la muñeca rozaba apenas el clítoris. Solo cuando la sintió cerrar los ojos y entregarse, subió sobre él y lo acarició con cuidado.

Mara empezó a respirar con voz, a gemir con vocales abiertas. Karim entendió que era el momento. Aceleró los dedos y, cuando ella se contrajo, presionó con firmeza desde dentro mientras la muñeca hacía vibrar el clítoris. Mara se vino con un temblor largo.

Después lo besó con fuerza, casi le muerde el labio. Él se apartó, le acomodó el pelo y ladeó la cara, como para mirarla desde otro ángulo.

—Te ves menos tensa —dijo—. Y estás preciosa.

Ella se puso colorada. Karim se arrodilló frente al sillón. Le sonrió, le miró las piernas y empezó a acariciarlas igual que al principio, acercando la cara a su sexo.

—No, espera —lo frenó ella, tratando de cerrar las piernas—. Estoy muy sensible.

—Voy a ir muy lento —contestó él—. Si no te gusta, paramos.

Karim se acercó despacio. Empezó por los labios externos, besándolos de un lado y del otro, atrapándolos apenas entre los suyos, sin prisa, dándole tiempo a recuperar la sensibilidad. Mara se contraía con cada roce. De a poco, mientras él insistía, el placer fue volviendo y creciendo.

Después fue al centro. Besó por debajo de la entrada y subió lentamente; metió la lengua un par de veces y sintió la estrechez de ella oponerle una resistencia juguetona. Mientras tanto le masajeaba las piernas, y sin que ella lo notara las manos se fueron acercando hasta que cambió la lengua por un dedo. Lo hundió mientras con el índice y el medio presionaba el clítoris desde ambos lados. Le sopló encima, le dio besitos y, al final, lo tomó entre los labios, escondiendo los dientes, y empezó a succionarlo despacio.

Mara no quería aplastarle la cara, así que mantenía las piernas bien abiertas; cuando necesitaba apretar, pasaba esa tensión a los brazos y le acariciaba la cabeza, sugiriéndole un ritmo que él seguía a medias, rompiéndolo de pronto con algún giro inesperado de la lengua. Cuando él encontró otra vez ese punto rugoso detrás del pubis y se quedó ahí, entre la succión y los dedos exactos, Mara ya no pudo más: cerró las piernas en torno a su cabeza y se vino contra su boca.

Se quedaron un momento sentados. Después ella, fingiendo fastidio, se levantó. Le temblaban las rodillas, pero no se detuvo.

—Ya fue suficiente de esto acá. Yo me voy a mi cama. Si quieres venir, bienvenido —dijo, y le dio la espalda mientras caminaba, desnuda de la cintura para abajo.

Karim rió: la imagen de ella alejándose le parecía tierna y excitante a la vez. Tomó su ropa y la siguió. Encendieron la luz. En el cuarto no había nada fuera de lugar; la cama vacía de su compañera le despertó una curiosidad morbosa, pero no dijo nada.

Cansada, Mara se sentó en la cama. Lo miró con ojos firmes y le dijo:

—Ya es hora de ver qué traes para mí.

Con toda calma, él se soltó el cinturón y lo enrolló. Se bajó el pantalón y lo dobló. Impaciente, Mara misma se agachó a bajarle la ropa interior.

Se había recortado el vello hacía tiempo, lo que hacía ver todo más grande. Era grueso y, quizá, el más largo con el que ella había estado. A Mara le parecía que eso, en general, importaba poco, pero sabía que a ciertos hombres les gusta el halago, así que jugó a compararlo con su antebrazo y con el grosor de su muñeca.

Incluso, cuando se tendió de espaldas, con los pies agarrados al borde de la cama, dijo con coquetería:

—Ay… está muy grande. No sé si me va a entrar.

Y ella misma se lo acercó a la entrada. Él se alarmó y fue a buscar un condón al bolsillo del saco. Mara rió.

Fingía, claro. Pero al fingir, recordó la última vez que de verdad había pensado eso. Fue su primera vez. El novio de entonces se llamaba Esteban.

Estaban en casa de él. Ella estaba húmeda porque quería hacerlo: quería complacerlo, saber cómo se sentía, sentirse experimentada. Durante diez minutos, Esteban le agarró el trasero y los pechos como un pulpo, le chupó los pezones e intentó, con mucha torpeza, masturbarla. Al descubrirse incapaz, dejó de intentarlo; la frustración se le volvió fastidio un momento y, enseguida, volvió a los pechos y se le olvidó. Se puso el condón. No le preguntó si quería, pero ella le aclaró que sí.

Se acomodó en misionero y se la metió. Hay que reconocerlo: fue lento, aunque más por disfrutar con calma de desvirgarla que por cuidarla. Una vez adentro, ya no salió: se frotó en círculos, hundiendo la cara en la almohada, jadeándole al oído. Cuando sintió que iba a terminar, salió de golpe, la obligó a quedarse quieta, se subió a horcajadas sobre su pecho y se masturbó entre sus senos.

—Mi amor —le dijo con voz pastosa—, tienes unas tetas de diosa.

Y terminó sobre sus clavículas. Mara se echó a llorar. Él cortó con ella poco después.

Karim, en cambio, no fue así. Después de ponerse el condón, preguntó:

—¿Los dos estamos bien con esto?

—Sí —dijo ella, ya apurada.

—¿Quieres decirme cómo te gusta?

—¡Métela, por favor! —le espetó.

Karim rió. Y ella se dio cuenta enseguida de que en realidad le encantaba que le preguntaran eso, y de que no debió contestar así. Cuando él empezaba a penetrarla, le dijo:

—Primero la punta… entra y sale despacio. Después hasta la mitad, igual de lento. Y ahí te quedas.

Él hizo exactamente eso. Ella estaba estrecha, así que él usaba la cara de Mara, su gesto, para medir el ritmo.

—Siento más en la entrada —le confesó ella de pronto—. Por eso me gusta sentir cómo el glande vuelve a entrar.

Karim empezó a jugar con la entrada: pasaba la punta por los pliegues y, al llegar, la penetraba apenas. Mara se excitaba cada vez más, hasta que cruzó las piernas para no dejarlo salir.

—Ya… ya puedes metérmela más —gimió.

Pero él se hizo desear unos segundos más. Y de pronto avanzó hasta la mitad. Conforme entraba, ella se estrechaba, y al llegar dejó escapar algo entre un gemido y un grito.

—¿Todo bien?

—Sí. Quédate ahí —dijo ella.

Se besaron. Él le acarició la cadera y, casi solo, el pene se fue colando más hondo. Mara rompió el beso para mirar. Cuando faltaban un par de centímetros, sintió que algo la tocaba en el fondo.

—Hasta ahí llego. Si entras más, me lastimas.

—Entiendo.

A partir de ahí, Karim la penetró con un ritmo cuidadoso y tierno, controlando muy bien su tamaño, besándola mientras lo hacía. Mara pensó que no la estaba pasando nada mal; que, seguramente, era el mejor sexo casual de su vida. En medio de esa idea, sonriendo satisfecha, lo escuchó decir:

—¿Empezamos?

—¿Cómo que «empezamos»? —contestó, extrañada.

Entonces él aceleró. La ternura no se fue, pero a Mara una ráfaga de excitación le tomó las piernas: sentía cómo él se adueñaba de ella al entrar y la dejaba anhelante al salir, en un ciclo que duraba menos de un segundo.

—Sí, sí, empiézame. Qué bueno que empezaste. No dejes de empezarme —gimió, riéndose de sus propias palabras.

Después de eso ya no pudo pensar en nada. Respiraba inflando las mejillas, aferrada a las sábanas. No vio de dónde le llegó el orgasmo. Y Karim no pareció notarlo. ¿Tendría que haberlo notado?

—Yo… yo… —balbuceó, pero no terminó, porque él la miraba sonriendo y, ante esa sonrisa, ya no sabía qué decir.

Así estuvieron, hasta que de pronto él detuvo la cadera y se quedó quieto, dentro de ella.

—¿Terminaste? —preguntó Mara.

—No, no. Solo necesito un segundo.

¡Un descanso! Por fin tenía la oportunidad de retomar las riendas. Le daba vergüenza haber estado tan entregada; necesitaba verse sensual, menos complacida. Deshizo la penetración, se acostó boca abajo, abrió las piernas y levantó un poco el trasero, para que él la viera bien.

—Métemela así —dijo.

Karim se olvidó del descanso, se subió a la cama de rodillas y la penetró. Mientras lo hacía, le tomó las nalgas con las manos y la atraía hacia sí. A Mara le encantaba que un hombre que se había esforzado tanto en complacerla también supiera tomarla, moverla.

Pero le faltaba algo: necesitaba sentir más. Se sostuvo con una mano y coló la otra bajo su torso, llegó al clítoris y empezó a masturbarse. Los dos sintieron cómo se estrechaba alrededor de él, que soltó un bufido.

—Perdón —dijo ella, y se detuvo.

—No, no. Sigue. Me encanta así.

Y siguió. Mientras se tocaba, sentía los testículos golpeándole los dedos. En uno de esos golpes los atrapó y se los frotó contra el sexo. La textura nueva, la sensación de estar haciendo algo sucio, la hizo contraerse de golpe, aunque esta vez sin perder la sensibilidad. ¿Eso había sido un orgasmo? Estaba confundida.

Entonces pasó lo que, en secreto, había estado esperando. Karim dejó de sostenerse en su trasero, se inclinó sobre ella y le tomó el pecho por encima de la ropa. Para ese momento, Mara estaba demasiado excitada como para pensar en quitarse el sostén; y si a él le gustaba así, ¿qué importaba?

—¿Probamos otra posición? —preguntó él.

Ella asintió con fuerza. Karim la recostó de lado, le juntó los tobillos con una mano y le dejó las piernas en vilo; así, su sexo quedaba a la vista por debajo. Se dejó caer y la penetró de golpe.

Empezó a darle justo donde a ella le gustaba, sin parar. Aprovechando el rebote de la cama y del cuerpo de Mara, encontró un ritmo casi hipnótico. Ella ni se dio cuenta de que, si al principio apenas le había entrado la mitad, ahora la tenía entera.

—Ay… ya me la metiste toda —dijo, gustándole cómo sonaba.

Karim solo le sonrió con ternura.

Cuando llegó el siguiente orgasmo, a Mara se le voltearon los ojos. Él le bajó las piernas, se las abrió y volvió al misionero. Pero ella ya no estaba ahí. Justo cuando él iba a proponer que pararan, le ganó la palabra:

—¡Ya no más, por favor! Me vine tantas veces que ya no siento nada. Creo que me voy a lastimar.

—Está bien, perdóname —dijo él, preocupado, y se detuvo.

Un impulso de ese servilismo que la costumbre les impone a las mujeres se apoderó un momento de Mara, que buscó cómo compensarlo.

—Puedes acabar en mis pechos —ofreció.

—Es una linda oferta —dijo él, sonriendo.

Sin sacar el pene todavía, Karim le subió por fin la blusa suelta. Con el movimiento, los pezones se le habían salido un poco del sostén de encaje azul. Él le acarició el costado de un pecho como quien acaricia una mejilla, bajó la cabeza y les dio a los pezones un beso tierno, igual que el primero que le había dado en la boca.

Después, con la boca sobre ellos, la embistió tres veces más y terminó.

—¿Lo puedo sacar? —preguntó.

Ella no contestó: estaba exhausta. Casi no notó cómo él tiró el condón y se limpió. Mara se había puesto el brazo sobre la cara, para taparse la luz y el mundo entero. Karim se acostó a su lado, desnudo. Por un segundo, ella imaginó que sacaría un cigarro y se pondría a hablar del amor y la vida, como en una película francesa.

Pero no. Él le acarició el hombro. Mara, entre delicada y todavía excitada, resopló como un caballo.

—¿Todo bien? —preguntó él, extrañado por el ruido.

Ella se tapó la cara con las manos. Estaba roja de vergüenza. No por los orgasmos, sino porque estaba considerando decirle a un hombre que, por fin, por primera vez en su vida, la había pasado bien. Tomó aire y preguntó:

—¿Has oído hablar de la brecha orgásmica?

Karim se echó a reír.

—Y la he saboreado también —dijo, mientras ponía la mano, cariñosa, sobre el sexo desnudo de ella.

Mara rió, molesta y enternecida a la vez.

—Eres un tonto.

Apoyó la cabeza sobre su pecho y se fue quedando dormida.

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Comentarios (4)

SoledadRivera

Que relato tan bueno!!! me quede pegada hasta el final.

Anahi77

Muy bien escrito, se nota que tiene algo de real. Esperando mas :)

CuriosaEnBA

Me hizo acordar de una noche parecida que tuve hace años... esas situaciones que te cambian la cabeza aunque no lo planifiques. Gracias por contarlo.

Nico_lect

eso de fingir es demasiado real jaja buenisimo

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