Lo que viví bajo el trono aquel miércoles santo
Nunca le he contado esto a nadie. Ni a mis amigas, que estuvieron a un metro de mí y no se enteraron de nada. Ni a las mujeres con las que comparto banco en la parroquia. Lo guardo desde hace años como se guarda un pecado dulce, de esos que una sabe que no va a confesar jamás.
Pero si ese hombre llegara a leer esto, sé que recordaría aquellos cinco minutos en los que el mundo entero se detuvo para los dos. Y recordaría, sobre todo, lo que vino después, cuando ya no fueron cinco minutos, sino toda una noche follando como si el mundo se fuera a acabar al amanecer.
Era abril. En mi ciudad, una de esas capitales pequeñas del sur, abril significa una sola cosa: la Semana Santa. No hay nada que se le compare por aquí. Mis abuelos y mis padres se encargaron de enseñarme las tradiciones desde niña, no solo para que las conociera, sino para vivirlas, para sentirlas en la piel.
Yo, como cada año, esperaba esos días con una ilusión que no había perdido con la edad. Salía con mis amigas, criadas todas en la misma educación de barrio y de costumbre. Recorríamos casas de hermandad, capillas y cofradías, agotando las jornadas previas a las grandes procesiones.
Cuando empezaba lo bueno, allí estábamos nosotras.
Arregladas con nuestras mejores prendas, porque había que verse bien por encima de todo, pero sin tacones. Tantas horas de pie y tantas carreras de una calle a otra no se hacían con aguja fina. Para la ocasión, unas Converse cómodas resolvían el problema sin afear el conjunto.
Aquella noche era Miércoles Santo.
Desde temprano andábamos por las calles del casco antiguo. Había mucho que ver y, si queríamos abarcarlo todo, teníamos que empezar pronto. Fuimos al encuentro de las primeras hermandades, en primera fila, viendo el cortejo entero desde la cruz de guía hasta la última promesa que caminaba detrás del trono.
Siempre me había impresionado el paso de los tronos por las callejuelas estrechas. Mi devoción venía de lejos, de mi abuela, de cuando, siendo una cría, esperábamos en su barrio el regreso de la cofradía. Todavía recuerdo el retumbar de los tambores en el estómago, ese cosquilleo que me dejaba inquieta.
Con los años, las inquietudes cambiaron de naturaleza. Ya no era un cosquilleo en el estómago. Era otra cosa, más abajo, más húmeda, más difícil de disimular bajo el vestido.
No podía evitarlo. Esos hombres de trono, perfectamente afeitados, con la camisa blanca asomando bajo la túnica, los brazos cruzados sobre el pecho y las marcas del esfuerzo en el cuello, tan masculinos, conseguían mojarme las bragas pese a todo lo que tenía delante. Los miraba y me imaginaba lo que tendrían debajo del faldón, la polla dura de un tío así de fuerte, las manos grandes agarrándome del culo. No es que no admirara a las mujeres que cargaban bajo el varal, todo mi respeto era para ellas, sino que no despertaban en mí lo que despertaban ellos.
Que Dios me perdone, pensaba, pero no rezaba precisamente por contención. Rezaba porque alguno se fijara en mí y me follara contra una pared en el primer callejón oscuro.
Aquel miércoles le puso por fin un rostro y unos ojos a ese deseo.
Estábamos viendo el cortejo del Cristo del Perdón, una de las hermandades más antiguas de la ciudad. Avanzaba por una calle tan angosta que la gente apenas cabía en fila de a uno. Mis amigas y yo nos pegamos a la pared para dejar pasar la procesión.
Desfilaban los nazarenos ante nosotras, repartiendo cera a los chiquillos que se la pedían a gritos. Me hizo gracia una niña rubia, de ojos claros, que se quedaba retraída del grupo y, sin moverse, era a la que más cera le daban. Los demás protestaban, quedándose, como decimos aquí, a dos velas.
Detrás de las dalmáticas venía el trono, y yo no me había dado cuenta hasta que Marta, una de mis amigas, me dio un codazo.
—Niña, ponte derecha, que este por aquí pasa rozando.
Sonó el toque de campana. El olor a incienso y la música envolvieron el momento. Los costaleros hacían un esfuerzo casi inhumano por mantener la mecida corta y no golpear las paredes. El trono avanzaba despacio, con un vaivén firme, y la calle se rendía en aplausos.
A mí el corazón me latía con fuerza. Era uno de esos instantes que la ciudad te regala sin avisar.
Entonces el capataz dio dos campanadas y detuvo el trono justo a nuestra altura. La tercera indicó que lo bajaban para que los hombres descansaran antes de encarar la curva.
Con lo estrecho del sitio, era fácil adivinar lo que iba a pasar: al detenerse, quedaríamos atrapadas entre la pared y los hombres de trono. Aquello me puso nerviosa. Sentí cómo el pulso se me disparaba, anticipando algo que todavía no sabía nombrar.
Sonó la última campana y el trono descendió.
No me había fijado en el hombre que tenía justo delante. Cuando salieron del varal, un aroma me envolvió de golpe, una mezcla de romero y madera, un perfume caro que no supe identificar. Lo que sí supe fue que aquella presencia me estaba desarmando, provocándome cosas que nada tenían que ver con la imagen sagrada que tenía detrás. Se me endurecieron los pezones bajo el vestido de golpe, y noté cómo un tirón caliente me bajaba directo al coño.
Intenté apartarme para hacerle hueco, pero él no parecía necesitarlo. Apoyó las dos manos en la pared, una a cada lado de mi cabeza, por encima de mis hombros, dejándome encerrada entre su cuerpo y la piedra fría. Y sonrió.
No quería mirarlo a los ojos, así que clavé la vista en el suelo. Él, con un gesto que tenía más de caballero que de atrevido, me sujetó la barbilla y me levantó la cara hacia la suya.
—Déjame ver esos ojos.
Sabía lo que me pedía. Y cuando le sostuve la mirada, sentí que el mundo se paraba.
Unos ojos verdes, hondos como un pozo, me atraparon más que el aroma, más que la música, más que toda la noche. Me perdí en ellos. Dejé de oír la banda, dejé de notar cualquier olor que no fuera el suyo. Me olvidé de dónde estaba, del Cristo, de mis amigas. Solo existía él.
A él le pasaba lo mismo. Tenía los ojos fijos en mi boca, como si llevara horas con hambre de comérmela entera, de metérmela hasta la garganta.
Tragué saliva, deseando que lo hiciera. Deseando que el tiempo y el espacio se borraran y no fuera allí, en plena procesión, donde estábamos. Lo deseábamos los dos. Pero no podía ser.
Su mano bajó por mi costado y me rozó la cintura, justo en la parte baja, acercándome a él. Sentí perfectamente, a través del vestido, cómo se le marcaba la polla dura contra mi vientre. Dura, gruesa, apretada dentro del pantalón oscuro. Casi se me escapa un gemido. A escasos centímetros de mi oído, susurró:
—Por el Cristo que tienes detrás… no te muevas, que no respondo. Te juro que te la meto aquí mismo si te mueves un centímetro.
Yo aguanté la respiración. Y contra todo lo que la sensatez me pedía, moví la cadera un poco, apenas nada, lo justo para restregarme contra esa polla dura. Él cerró los ojos un segundo, como si le hubiera dado una descarga.
—Puta —susurró, con una sonrisa medio rota—, vas a hacer que me corra en el pantalón delante del Cristo.
Cuando sonó la primera campana de salida, mi cuerpo se aferró al suyo sin permiso, adivinando que se marchaba. Sentí su mano deslizarse por la curva de mis nalgas, siguiendo la línea que el tanga me marcaba bajo el vestido. Me apretó el culo con la mano abierta, sin pudor, y me sujetó ahí un instante largo, marcándome. No fue un roce casual. Fue una advertencia, y una promesa. Antes de soltarme, sus dedos bajaron un poco más, encontraron la tela mojada del tanga entre mis piernas y la rozaron por encima del vestido.
—Estás empapada —susurró.
—Cállate —le contesté con la voz temblando.
Él se rió bajito, muy cerca de mi oreja, y me mordió el lóbulo un instante antes de apartarse.
Fueron cinco minutos. Cinco minutos que pararon el tiempo solo para nosotros.
Después, el trono se levantó y se lo llevó calle arriba, y yo me quedé temblando contra la pared con el corazón a punto de salírseme y el tanga tan mojado que lo notaba pegado a la piel. Marta me preguntó si me encontraba bien. Le mentí. Le dije que era la emoción del momento.
El resto de la noche ya no fue igual. Terminamos de ver las procesiones, pero en cada trono que pasaba lo buscaba a él. Ya no me emocionaban aquellos hombres de varal. Lo necesitaba a él, al desconocido de ojos verdes que me había embrujado en cinco minutos, que me había dejado sintiéndome el coño palpitar bajo el vestido con cada paso que daba.
***
Al acabar la procesión del Perdón, allí estaba yo. En una esquina frente a la casa de hermandad, apartada del bullicio, esperando con la tonta esperanza de que aquello hubiera sido algo más que una casualidad.
Esperé a que la multitud se disipara. Cuando las puertas del salón de trono se cerraron, sentí cómo mis ilusiones se apagaban con los farolillos de la fachada.
—No seas tonta, Lucía —me dije a mí misma—. Aquello solo fue un coqueteo, producto de la situación.
Y entonces, al girarme tras una última mirada, lo vi.
Estaba frente a mí, vestido ya de calle, con la sonrisa exacta de cuando el destino paró aquel trono. Llevaba una flor en la mano. Me la dio justo antes de besarme.
—Te esperaba —le dije, acariciándole la mejilla.
—Te habría buscado toda la noche —respondió, rozándome los labios con los suyos.
El beso no fue tímido. Fue de los que empiezan despacio y terminan dejándote sin aire, con la lengua metida hasta el fondo y saboreándome la boca como si le perteneciera. Me sujetó la nuca con una mano mientras la otra volvía a mi cintura, bajó otra vez al culo y me apretó contra él para que sintiera bien lo que tenía dura entre las piernas. Yo me dejé llevar contra él, ajena a quién pudiera vernos en aquella calle vacía.
—No me has dicho tu nombre —murmuré contra su boca.
—Daniel —dijo—. Y vivo aquí al lado. Ven conmigo. Si no te llevo a la cama ahora mismo me vuelvo loco.
No lo pensé. No quería pensarlo. Le di la mano y dejé que me llevara.
***
El piso estaba a dos calles, en un edificio antiguo de balcones de hierro. Subimos en silencio, con esa tensión que se masca cuando los dos saben perfectamente lo que va a pasar y ninguno se atreve a decirlo en voz alta. En el rellano me besó otra vez, empujándome con suavidad contra la puerta mientras buscaba las llaves a ciegas. Su mano se coló bajo el vestido, me apretó un muslo, subió sin pedir permiso hasta la tela del tanga y pasó los dedos por encima.
—Sigues empapada —murmuró contra mi cuello—. Llevas empapada desde la procesión, ¿verdad, guarra?
—Sí —admití, sin voz apenas—. Abre la puta puerta.
Dentro olía a la misma madera que él. No encendió todas las luces, solo una lámpara baja que dejaba media habitación en penumbra.
—Llevo toda la noche pensando en esto —confesó, quitándose la chaqueta—. En cómo te ibas a correr para mí.
—Y yo —admití, y me sorprendió lo poco que me costó decirlo—. He pensado en tu polla desde que sentí lo dura que la tenías contra mi vientre.
Se le oscurecieron los ojos. Me acercó a él por la cintura y volvió a besarme, esta vez sin prisa, tomándose su tiempo. Sus manos bajaron por mi espalda hasta el borde del vestido y empezaron a subirlo despacio, rozándome los muslos con las yemas. Yo levanté los brazos y dejé que me lo quitara por la cabeza.
Se quedó mirándome un momento, en ropa interior, con esa misma hambre de los ojos verdes que había visto en la calle. Yo llevaba un sujetador negro de encaje y el tanga a juego, ridículamente pequeño, empapado en la entrepierna, con la mancha oscura marcándose sin remedio.
—Eres preciosa —dijo, y no sonó a frase hecha—. Y estás calentísima. Mira cómo has puesto ese tanga.
Pasó dos dedos por encima de la tela, apretando justo donde le necesitaba, y yo empujé la cadera hacia él sin darme cuenta.
—No aguanto más, Daniel.
—Aguantas —contestó—. Vas a aguantar todo lo que yo quiera.
Le desabroché la camisa botón a botón, con dedos torpes. Debajo estaba el cuerpo que había imaginado bajo el varal: los hombros anchos, el pecho firme, las marcas del esfuerzo de cargar el trono. Le pasé las manos por encima, sintiendo cómo respiraba más hondo bajo mi tacto. Bajé una hasta el cinturón, se lo desabroché y le solté el botón del pantalón. Cuando le metí la mano dentro del calzoncillo y le agarré la polla, gruesa, dura, caliente, palpitándome en la palma, se le escapó un jadeo.
—Joder, Lucía…
Me arrodillé sin pensarlo. Le bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón y me quedé mirándola un segundo, gorda, empinada, con el glande brillante de la gota que ya se le había escapado. Se la agarré por la base y me la metí en la boca hasta donde pude, chupándosela entera, ahuecando los cachetes, y él soltó una palabrota que rebotó en las paredes.
—Ah… así, así… métetela más…
Se la mamé sin prisa, deslizándola por la lengua, sacándola para lamerle el glande en círculos, para pasarla por debajo con la punta de la lengua, para volver a tragármela hasta que se me clavaba en la garganta y se me saltaban las lágrimas. Le miré desde abajo con la boca llena y él se agarró a mi pelo con las dos manos, marcándome el ritmo, follándome la boca despacio.
—Qué bien la mamas, joder, qué bien la mamas… pero para, para o me corro y no quiero correrme aún.
Me sacó la polla de la boca casi a la fuerza, con un ruido húmedo. Me levantó del pelo, me besó como un animal, saboreándose a él mismo en mi lengua, y me llevó hasta la cama y me tendió sobre ella. Empezó por el cuello, bajando con la boca por la clavícula, por el centro del pecho, deteniéndose a desabrocharme el sujetador con una sola mano. Cuando su lengua encontró un pezón, arqueé la espalda y se me escapó un sonido que no reconocí como mío.
Me chupó los pezones uno detrás del otro, los mordió justo lo suficiente para hacerme retorcer, los tiró entre los dientes hasta que me oí gemir su nombre a media voz. Siguió bajando. Me besó el vientre, las caderas, el interior de los muslos, tomándose la molestia de hacerme esperar. Me retiró el tanga, el mismo que había rozado en plena procesión, tirando de él por las piernas, y lo dejó caer al suelo.
Me abrió los muslos con las dos manos, sin delicadeza, mirándome el coño abierto en la penumbra.
—Estás chorreando, Lucía. Se te ha bajado hasta el culo.
Pasó un dedo por toda la raja, de abajo hacia arriba, recogiéndome el flujo, y se lo llevó a la boca sin dejar de mirarme.
—Dios mío —murmuré.
—Dios no tiene nada que hacer aquí.
Y hundió la cara entre mis piernas.
Cuando su boca llegó adonde yo necesitaba, dejé de pensar del todo. Tenía paciencia, sabía lo que hacía, y leía en mi cuerpo cada reacción para insistir justo donde tocaba. Me chupaba el clítoris con los labios, lo rodeaba con la lengua, lo dejaba respirar un instante y volvía a atacarlo. Me metió dos dedos en el coño y empezó a moverlos dentro, curvados, buscando ese punto que me hacía subir la cadera de la cama sola. Me agarré a la sábana con las dos manos. Le pedí que no parara, y no paró. Me lamió, me chupó, me follaba con los dedos mientras me devoraba, hasta que el placer me recorrió entera como una descarga y tuve que morderme el labio para no despertar a todo el edificio. Me corrí en su boca temblando, apretándole la cabeza entre los muslos, y él siguió chupándome despacito hasta el último espasmo.
—Ahora tú —le dije, todavía sin aliento, tirando de él hacia arriba—. Ahora quiero esa polla dentro.
Le terminé de quitar la ropa. Lo empujé de espaldas contra el colchón y me coloqué encima, a horcajadas, sintiéndolo duro contra mí. Me tomé un instante, mirándolo a esos ojos verdes que llevaban toda la noche persiguiéndome. Me agarré la polla en la mano, la froté un momento contra mi coño empapado, la pasé por el clítoris haciéndole gemir, y por fin la coloqué en la entrada y bajé despacio, dejando que entrara centímetro a centímetro.
Los dos contuvimos la respiración a la vez. Estaba tan gorda que me dolía un poco al principio, en el mejor de los sentidos, abriéndome, llenándome hasta el fondo. Cuando me quedé sentada del todo sobre él, con toda la polla dentro, se me escapó un gemido largo.
—Joder… qué grande la tienes…
—Muévete —jadeó él—. Móntamela.
Me moví sin prisa al principio, marcando yo el ritmo, subiendo y bajando despacio para sentirla salir y volver a entrar entera. Le miraba la cara, cómo se le tensaba la mandíbula cada vez que bajaba del todo, cómo apretaba los dientes cuando le apretaba el coño alrededor de la polla a propósito. Me eché hacia delante, con las manos apoyadas en su pecho, y empecé a rebotar más fuerte, más rápido, con las tetas saltando delante de su cara. Se me quedó mirando las tetas y estiró la lengua para lamerme un pezón mientras yo lo cabalgaba.
—Así, así, no pares, guarra, cabálgame esa polla —gruñía él—. Qué bien follas, joder, qué bien follas.
Él me sujetaba las caderas, guiándome, clavándome los dedos en la piel, hasta que no pudo más y nos giró para quedar encima. Me abrió las piernas de par en par, me las echó a los hombros y se hundió entero de una sola embestida.
—Aaah, Daniel… —grité.
Entonces el ritmo cambió, se hizo profundo y firme, como la mecida de aquel trono que nos había juntado. Me follaba con embestidas largas, sacándomela casi entera y volviendo a meterla hasta el fondo, con la pelvis chocando contra la mía en cada empujón. La cama protestaba contra la pared y a ninguno de los dos nos importó. Se agachó, me besó mientras se movía, ahogando mis jadeos en su boca. Le clavé las uñas en la espalda hasta hacerle marcas.
—Ponte a cuatro patas —me ordenó de pronto, sacándola.
Le obedecí sin pensar. Me giré, me apoyé en las manos, arqueé el culo hacia él. Le sentí ponerse detrás, agarrarme las caderas y volver a metérmela de un empujón. Desde ahí llegaba más adentro, más brutal. Le oí escupir y sentí el escupitajo caer donde nos juntábamos, y luego un dedo suyo tanteándome el culo, apretándolo justo cuando entraba la polla.
—Me estás matando —gemí, con la cara contra la almohada.
—Todavía no —dijo él, dándome una palmada en el culo que me hizo apretar la polla dentro sin querer—. Todavía te queda mucha para esta noche.
Me la clavó así, dura, seca, con los dedos apretándome el culo y sin dejar de follarme como si me odiara, hasta que me arrancó el segundo orgasmo con la cara enterrada en la almohada. Grité contra la tela, temblándole entera alrededor de la polla, apretándosela con espasmos.
—Ahora tú, córrete tú —le supliqué cuando pude hablar—. Córrete dentro, Daniel, quiero sentirlo.
Me giró otra vez, me volvió a colocar boca arriba, se metió entre mis piernas y siguió, más rápido, más desesperado, embistiéndome sin ritmo, buscando el final. Le rodeé con las piernas la espalda, le clavé los talones en el culo para atraerlo del todo, para que se quedara enterrado hasta el fondo cuando reventara.
—Córrete, mi amor, córrete —le decía al oído—. Llename entera.
Y él se dejó ir conmigo, con un gruñido ronco contra mi cuello, abrazándome tan fuerte que por un momento volví a sentir que el mundo se paraba, igual que en la calle. Sentí perfectamente cómo la polla le palpitaba dentro, chorro a chorro, cómo me llenaba de semen caliente hasta desbordarme.
Después nos quedamos quietos, enredados, recuperando el aire en la penumbra, con él todavía dentro y su corrida escurriéndoseme por los muslos.
—¿Y si no me hubiera parado el trono justo ahí? —pregunté, trazándole una línea en el pecho con el dedo.
—Te habría encontrado igual —dijo—. Te vi desde el varal mucho antes de la campana. Y te juro que iba a arrastrarme detrás de ti aunque tuviera que dejar el trono tirado.
Me reí contra su hombro. Fuera seguían sonando, lejanas, las marchas de otras hermandades que cruzaban la ciudad. Aquella noche yo ya no las escuchaba igual. La verdad es que apenas las escuchaba, porque él ya se estaba poniendo duro otra vez dentro de mí, empezando a moverse muy despacio, y yo estaba abriendo las piernas otra vez, sin ninguna intención de dormir.
De eso hace años. Daniel y yo no acabamos juntos, las cosas de la vida, pero cada Miércoles Santo, cuando el Cristo del Perdón pasa por aquella calle estrecha y un trono se detiene a tomar aire, me pego a la pared y cierro los ojos.
Y por cinco minutos, el tiempo vuelve a pararse solo para nosotros.