El regalo de cumpleaños que le prometí a mi marido
Hay fantasías que un hombre repite tantas veces, de tantas formas distintas, que terminan colándose en la cabeza de su pareja sin que ella se dé cuenta. La de Martín siempre fue la misma. Nunca insistía, jamás presionaba, pero cada tanto la dejaba caer entre risas, como quien sabe que está pidiendo algo que no le van a dar. Yo lo escuchaba y cambiaba de tema. Hasta que un día, sin razón aparente, dejé de querer cambiarlo.
Su cumpleaños se acercaba y yo no tenía idea de qué regalarle. Lo tenía todo, o al menos todo lo que se compra. Y entonces pensé en aquello que tantas veces había deseado y nunca había recibido. La idea me asustó y me excitó al mismo tiempo, en esa proporción exacta que te avisa que vas a hacerlo.
Empecé a documentarme con una seriedad casi ridícula. Leí, busqué, comparé. Quería entender mi propio cuerpo antes de entregárselo de esa manera. No iba a improvisar.
***
Una tarde en que me quedé sola en casa decidí ensayar. Compré un lubricante bueno y un plug pequeño, de los que recomiendan para empezar. Me di una ducha larga, salí del baño desnuda y me metí en la cama con la laptop. Puse una película que sabía que iba a encenderme y dejé que el cuerpo se fuera soltando solo.
Me toqué con calma, sin prisa, sintiendo cómo la excitación subía despacio. Cuando estuve mojada de verdad, alcancé el lubricante de la mesita. Me puse un poco en los dedos y empecé a acariciarme por detrás, con movimientos suaves, casi tímidos. La sensación era nueva y, para mi sorpresa, agradable.
Fui entrando de a poco, escuchando lo que mi cuerpo me pedía, mientras con la otra mano seguía acariciándome los pechos. Cuando me sentí lista tomé el plug, lo lubriqué bien y lo acerqué. Hice algo de presión, respiré, y noté cómo cedía hasta quedar puesto del todo. La sensación de tenerlo ahí, llena de una forma distinta, me arrancó un gemido que no esperaba.
Seguí tocándome con más ganas. El orgasmo me llegó intenso, diferente, y me dejó temblando un rato largo sobre las sábanas. Me quedé así, quieta, pensando en una sola cosa: quería que fuera él. Estuve a punto de mandarle un mensaje para que volviera temprano, pero me contuve. Algunas cosas valen más cuando se esperan.
Va a ser tu cumpleaños, Martín. Y no te lo imaginás.
***
El día llegó. Pasamos primero por la casa de su madre para cantarle el feliz cumpleaños y dejar a nuestro hijo durmiendo allá. La excusa fue sencilla: queríamos salir a tomar algo los dos solos y volver tarde. Su madre nos despidió con una sonrisa cómplice que no sospechaba nada de lo que yo tenía en mente.
De camino a casa paramos a comprar una botella de vino tinto. En el auto, Martín tarareaba una canción y yo lo miraba de reojo, mordiéndome el labio, sabiendo lo que se venía y disfrutando del secreto.
Apenas entramos, tomé el control de la situación.
—Yo me ducho primero —le dije—. Vos esperás acá. Vas al cuarto solo cuando te llame.
—Está bien —contestó, divertido—. Andá.
Nos dimos un beso largo antes de separarnos. Mi mano bajó por encima de su pantalón y lo acaricié apenas, lo suficiente para sentir cómo empezaba a responder. Me aparté con una sonrisa y lo dejé ahí, intrigado.
Me duché con cuidado, preparándome como había aprendido. Esa misma mañana me había depilado entera, así que la piel me quedó suave por todas partes. Me puse una tanga negra de encaje, de esas que casi no son nada, y encima una batita corta y transparente que dejaba adivinar todo sin mostrarlo del todo.
Dejé el lubricante en la mesita de noche, bien a mano. Me maquillé apenas, lo justo, y terminé con un labial rojo intenso que resaltaba contra mi piel. Me miré en el espejo un segundo. Estaba nerviosa, sí, pero también más segura de lo que había estado en mucho tiempo.
Me subí a la cama, me acomodé y lo llamé.
—Ya podés venir. No te olvides del vino.
***
Entró con la botella en una mano y una copa en la otra. Llevaba apenas una toalla atada a la cintura. Se quedó parado en el umbral, mirándome como si necesitara un momento para entender lo que veía.
—Estás increíble —dijo despacio—. ¿Es nueva la lencería?
—Sí —respondí—. Serví una copa y vení.
Sirvió el vino. Me acerqué, le saqué la copa de la mano y bebí un trago, sin apurarme, mirándolo por encima del borde. Después le solté la toalla. Ya estaba duro. Lo acaricié con una mano mientras me arrodillaba frente a él.
Lo recorrí entero con la lengua, sin prisa, mientras él bebía y me observaba en silencio, disfrutando cada segundo. Lo tomé con las manos y empecé a chuparlo suave, jugando con la lengua, sintiendo cómo se estremecía.
—Si seguís así no voy a llegar ni a tocarte —murmuró con la voz rota.
Me detuve. Le besé el abdomen, el pecho, subí hasta su boca y lo besé hondo. Entonces me aparté, tomé el frasco de la mesita y se lo extendí.
—Vas a necesitar esto si querés tu regalo.
Lo agarró, leyó la etiqueta y abrió los ojos.
—¿En serio? ¿Ese es mi regalo?
—Si lo querés, claro que sí.
—Claro que lo quiero.
Se acercó y nos besamos otra vez. Sus manos bajaron a mi cintura, me acariciaron despacio. Me separé apenas, me subí a la cama y me puse en cuatro, dejándole la vista que sabía que llevaba años imaginando. Giré la cabeza y le sonreí.
—Feliz cumpleaños.
***
Se rió bajito, casi incrédulo. Se acercó, me levantó la batita y apoyó las manos en mí. Empezó a besarme la espalda, fue bajando, tomándose todo el tiempo del mundo. Me corrió la tanga a un costado y dejó que su lengua hiciera el primer trabajo, lento, paciente, preparándome para lo que venía.
Después tomó el lubricante. Dejó que un dedo entrara despacio, mientras con la otra mano me acariciaba por delante. La combinación me volvía loca. Cuando sintió que estaba lista sumó otro dedo, sin apuro, deteniéndose cada vez que yo respiraba hondo. Yo cerraba los ojos y me dejaba llevar, sorprendida de cuánto lo estaba disfrutando.
—¿Estás lista? —preguntó.
—Sí, amor.
Se puso lubricante, se acomodó y apoyó la cadera contra mí. Hizo presión, suave. Yo respiré lento, relajándome a propósito, sintiendo cómo entraba de a poco, milímetro a milímetro, llegando a lugares que jamás había sentido. Cuando su cadera por fin se pegó a la mía, me quedé quieta un segundo, asimilando esa sensación nueva de estar completamente llena.
Empezó a moverse despacio, hacia atrás y hacia adelante, marcando un ritmo cuidadoso. El dolor que tanto había temido era apenas una molestia que se disolvía en otra cosa, en una sensación que no sabía nombrar. Lo escuchaba respirar entrecortado, lo oía contener algún gemido, y saber cuánto lo estaba disfrutando me encendía todavía más.
—Quiero verte —le dije después de un rato—. Dejame darme vuelta.
Salió con cuidado. Me di vuelta y me coloqué una almohada bajo la cadera, para quedar un poco más elevada, algo que también había aprendido leyendo. Abrí las piernas y las sostuve con las manos.
—Metelo así. Quiero mirarte mientras lo hacés.
Volvió a lubricar y esta vez entró sin demora. Me devoraba con los ojos mientras se abría paso. Empecé a gemir y él subió un poco el ritmo.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Me encanta.
Siguió, rápido pero sin brusquedad, hasta que sentí cómo terminaba dentro de mí. Se quedó quieto un momento, respirando contra mi cuello, y después se acercó a besarme.
—Gracias por mi regalo —susurró.
—Me alegra que te gustara. Ahora vamos a ducharnos.
***
Bajo el agua tibia volvimos a buscarnos. Su mano encontró mi entrepierna y empezó a acariciarme de nuevo. Me besó el cuello, los hombros, los pechos. Me di vuelta, apoyé las manos en los azulejos y dejé que entrara en mí por delante esta vez, con el agua cayendo sobre los dos.
Gemí sin contenerme, algo que solo me permito cuando estamos solos en casa. Sus embestidas se volvieron más firmes, más profundas, hasta que el orgasmo me sacudió entera. Las piernas me temblaron y tuve que sostenerme de la pared para no caer.
—No pares —le pedí, y un segundo después—: metelo atrás de nuevo.
No lo pensó dos veces. Lo deseaba con una intensidad que ni yo terminaba de entender. Lo quería ahí, lo quería duro, quería sentir cada embestida y pedirle más. Y eso hice. Le pedí más y él me dio más, hasta que volvió a terminar, esta vez con un gemido ronco contra mi oído.
Salimos de la ducha agotados y felices. Nos metimos en la cama a conversar y a terminar el vino, él repitiendo lo mucho que lo había disfrutado, yo descubriendo que el regalo también había sido para mí.
***
Me desperté a la mañana siguiente con una molestia leve y una sonrisa imposible de borrar. Eran las ocho. Martín ya se había levantado, duchado y vestido para ir a buscar a nuestro hijo.
—Voy a lo de mi mamá a buscar al nene —dijo, asomándose al cuarto.
—Dale. Yo me levanto y preparo el desayuno para cuando vuelvan.
—Lo de anoche me encantó —agregó con una sonrisa enorme—. Ojalá cumpliera años todos los días.
—Tranquilo —le contesté—. No vas a tener que esperar a tu próximo cumpleaños para repetirlo.
—Me alegra escuchar eso.
—Vení un segundo —le dije, mirándolo desde la cama.
Se acercó. Le solté el cinturón y le abrí el pantalón, sin más explicaciones. Empecé a besarlo y acariciarlo hasta que volvió a responder.
—Ya le avisé a mi vieja que estaba saliendo —protestó sin demasiada convicción—. Me está esperando.
—Entonces vas a tener que apurarte —respondí—, porque lo que quiero de desayuno lo tengo justo acá.
No volvió a protestar. Lo terminé yo, sin dejar nada, hasta que se quedó sin aliento apoyado contra la pared del cuarto.
—Ya te podés ir —le dije.
—Sos insaciable —se rió.
—¿Te molesta?
—Para nada, amor. Nos vemos en un rato.
Y se fue a buscar a nuestro hijo, todavía con la sonrisa puesta. Así fue su cumpleaños. Y así fue, también, mi primera vez. Lo que había empezado como un regalo para él terminó siendo el descubrimiento de algo que ahora los dos buscamos sin esperar ninguna fecha especial.





