El fan de mi webcam apareció un lunes en mi oficina
Mariela había crecido en un barrio de las afueras, de esos donde las casas se parecen tanto que de niña tardaba en reconocer la suya. Sus padres se habían dejado la espalda en mil negocios y, aun así, una adolescencia complicada estuvo a punto de torcerle el futuro. Acababa de cumplir los veintidós y ya era madre soltera.
Durante años había trabajado como camarera. El oficio lo llevaba mamado desde pequeña, porque sus padres habían ido de bar en bar, de traspaso en traspaso, hasta que la suerte les sonrió con un local pegado a la nueva estación de autobuses. El sitio no paraba quieto ni un minuto.
Pero Mariela no había nacido para la hostelería. Por mucho que sus padres acabaran de firmar la hipoteca de un piso en la costa, ella no pensaba pasarse la vida «encerrada entre dos cocinas», como rezongaba su madre cada dos por tres.
La voz de su madre y, sobre todo, el llanto de su hija le sirvieron de combustible para robarle horas al sueño y estudiar. Estaba decidida a sacarse el título de gestión administrativa, y solo ella sabía lo que costaba dejar a la pequeña Lucía en brazos de su prima Noelia cada mañana para ir a clase.
Bruno, el padre de la niña, sí había seguido los pasos del suyo: era carpintero. Se negaba a vivir con ella, pero le había prometido cumplir como padre si decidía seguir adelante con el embarazo, y lo cumplía. Casi todos los meses le pasaba más dinero del acordado y jamás le había dicho que no podía quedarse con Lucía un fin de semana.
A veces Mariela deseaba que Bruno fuese un canalla, que no quisiera saber nada de ellas. Habría sido más fácil. Aquel hombre seguía siendo, sin proponérselo, el tipo perfecto a sus ojos, y su bondad no la ayudaba a pasar página. Al menos ya había asumido que él sería solo eso: el padre de su hija.
Cuando alguien se esfuerza de verdad, la suerte termina asomando la cabeza. Una distribuidora de cosmética donde había hecho las prácticas le ofreció un contrato de verano. Mariela entró como auxiliar administrativa en el turno de tarde, aunque la mandaban rotar por los distintos departamentos para que aprendiera el funcionamiento de cada uno.
Le habían puesto una condición al contratarla: debía conocer todas las áreas por si un día tenían que mandarla a sustituir a alguien sin previo aviso. No quería hacerse ilusiones, pero lo cierto era que allí estaba a gusto, con el trabajo y con las compañeras.
Encontrar un apartamento de alquiler cerca del de sus padres le costó un mundo. Lo consiguió por un cliente habitual del bar y, aunque era algo caro, estaba en buen estado. Mariela jamás se habría planteado independizarse de no ser por su otra fuente de ingresos. Ese era su gran secreto.
Nadie sabía que, al terminar la jornada en la oficina, la nueva empleada se encerraba una hora al día delante de una cámara. Trabajaba como webcamer.
Todo había empezado por accidente. Bruno le pidió que subieran a una página conocida un vídeo casero que habían grabado juntos. Ella aceptó con una condición: ocultaría el rostro tras un antifaz negro, fino y elegante, que le daba un aire de gata callejera. Nadie la reconocería.
La grabación les quedó sorprendentemente bien, con estilo y buen gusto. Habían cuidado cada detalle: el maquillaje, la luz cálida y lateral, incluso la tela de fondo, un terciopelo de un rojo tan oscuro que de ahí sacaron el seudónimo. La llamaron Carmesí.
Eran imágenes muy explícitas —en ellas le hacía a Bruno una felación interminable—, y aun así el conjunto resultaba refinado, casi una pieza de orfebrería.
***
Durante los primeros segundos solo aparecía ella de perfil, sentada sobre los talones en el centro de la habitación. La melena rubia le caía suelta por la espalda y, como único adorno, llevaba una cadenita de oro con un colgante en forma de luna que él le había regalado de novios.
Habían decidido jugar con los tópicos de la sumisión. Por eso Mariela tenía las muñecas atadas a la espalda con una cinta de raso negro y mantenía la mirada clavada en el suelo.
Bruno entraba en escena con unos vaqueros ajustados y nada más. No le hacía falta camisa: su torso valía por cualquier prenda. Se acercaba despacio, sin prisa, y cuando la tenía delante le acariciaba la mandíbula, la mejilla, hundía los dedos en su pelo. Con un leve gesto le alzaba el mentón para obligarla a mirarlo.
Le pasaba el pulgar por los labios y ella los entreabría, lamiéndoselo despacio mientras él se desabrochaba el pantalón con la otra mano. Sacaba el miembro sin terminar de quitarse los vaqueros, dejando que la cámara apreciara la diferencia de tamaño entre el dedo y lo que venía después.
Mariela empezaba con la lengua, recorriendo el tronco de arriba abajo y rematando siempre con un beso en la punta. Cuando por fin se lo metía en la boca tenía que abrirla del todo. No intentaba tragárselo entero, no habría sido elegante; bastaba con dejar claro que ya no le cabía más.
Cabeceaba despacio, midiéndose para que él aguantara los diez minutos que se habían propuesto. Bruno guardaba silencio absoluto, para que la cámara registrara nítido cada lametón, cada succión, aunque a ella le costaba un mundo no reírse al ver las muecas que ponía.
Cuando notó que él ya no podía más, lo soltó un instante para comprobar cómo brillaba con su saliva, y luego volvió a la carga con decisión hasta el final. Bruno se vació sin un solo gemido. Mariela hizo entonces algo que había visto en otro vídeo: acumuló todo lo que pudo en la boca y, mirando a la cámara, lo dejó caer de golpe en un plano que cerraba la pieza con un efecto rotundo.
***
Apenas dos semanas más tarde, casi sin saber cómo, Carmesí tenía su propio espectáculo en directo, disponible en cualquier rincón del planeta con conexión.
Aquel show era mucho más sencillo. Mariela no le contó a Bruno que había aceptado la propuesta que les llegó por correo, ni a él ni a nadie. Seguía usando el mismo antifaz con el que había saltado a la fama. En el escenario, Carmesí siempre aparecía sola.
Una hora de emisión en la que su único cometido era lograr que los espectadores hicieran donaciones generosas. Para eso tenía que echarle imaginación, entretener y excitar a una audiencia ávida de juegos picantes y emociones fuertes.
Además de una pequeña colección de juguetes de toda forma y tamaño, Carmesí guardaba unos cuantos accesorios para sus números: una mordaza, un antifaz para los ojos, un collar con su correa, unas esposas, una pluma, un látigo de tiras de cuero y, cómo no, una fusta. Le faltaba, eso sí, un compañero de confianza con quien usarlos.
A falta de él, jugaba sola con todo aquel arsenal. Sola, sí, aunque observada por cientos de miradas atentas al otro lado de la pantalla. Ella misma se azotaba el trasero hasta dejarlo encendido. Carmesí no era ninguna mojigata: si no se castigaba un poco no lograba excitarse, y si ella no se encendía, menos lo harían los que pagaban por verla.
Tener un cuerpo joven y firme la había ayudado a destacar, pero su fama no se sostenía en la forma de sus pechos ni en la curva de su trasero. Mariela triunfaba porque tenía talento.
Desde niña la habían fascinado las actrices de las series, las cantantes de moda, hasta las presentadoras de la tele. Era natural que Carmesí sacara a relucir sus dotes de actriz y una capacidad asombrosa para transmitir emoción a flor de piel.
Como los viejos cuentacuentos, tenía un don para narrar e interpretar. Parodiaba con maestría las historias de siempre: la esposa madura que seducía al vecino tímido, la inocente que se dejaba engatusar por el médico de turno, la universitaria que mejoraba sus notas tras una larga charla en el despacho del profesor… No se le resistía ni una.
Había copiado, además, la fórmula del programa de más éxito de la televisión: variedad, ritmo y, por encima de todo, sorpresa. Al principio de cada emisión, antes de la ficción que tuviera preparada, Carmesí hacía alguna de las cosas que sus fans habían pedido por votación la noche anterior.
Había barbaridades que no haría ni por todo el oro del mundo. Por lo demás, se atrevía con casi todo: anunciaba novedades, presentaba juguetes, hacía desfiles de ropa, comentaba vídeos que le sugerían, proponía relatos eróticos para debatirlos al día siguiente, montaba concursos y apuestas. Cualquier cosa que se le ocurriera y diera dinero.
Entre los espectadores había de todo, desde tipos ingeniosos y divertidos hasta auténticos cretinos. Mariela los dividía en dos clases: los que le ofrecían propinas a cambio de cumplir cada capricho al instante, y los que esperaban al final para donar según lo mucho que les hubiera gustado la función. Estos últimos eran sus preferidos, y no solo por generosos: solían ser más agudos y simpáticos.
Carmesí tenía sus incondicionales: MarcoV, DiegoR, ElLobo, Khan y un puñado más que casi nunca fallaban. Luego estaban los otros cien o doscientos que cambiaban cada noche.
Una de sus actividades favoritas eran las entrevistas, porque subastaba el turno de pregunta. Sin embargo, aquella tarde Khan hizo una donación considerable antes incluso de que empezara la puja.
—Te has adelantado… Es una buena oferta, pero tendrás que esperar a ver si alguien la supera —escribió ella, desafiante.
—Tienes razón —reconoció él al instante—. Si no quieres, no respondas.
—¿Qué quieres saber? —cedió Carmesí, tomando en cuenta lo generoso de la donación.
—¿Cuántos años tiene el hombre mayor con el que te has acostado?
—Cuarenta y tantos —mintió ella con descaro.
Hasta entonces Mariela solo se había acostado con tres chicos, y ninguno le sacaba demasiados años. Aun así, Khan no dudó de su palabra. Es fácil sonreír y mentir a alguien que no te mira a los ojos.
—Ahora pregúntame tú algo, por favor —tecleó él enseguida.
—¿De dónde sale tu nombre? —quiso saber ella, con curiosidad sincera.
—Esa es muy fácil. Búscalo en internet.
Mariela lo buscó esa misma noche. Khan era el villano de una película de culto de ciencia ficción estrenada en 1982, años antes de que ella naciera. Un superhombre carismático y vengativo, de porte imponente y una mirada que hipnotizaba, capaz de doblegar a cualquiera solo con la voz.
—Imperdonable que no la haya visto —se disculpó al día siguiente, juntando las palmas como en una súplica—. Este fin de semana la veo, prometido.
Aquella tarde, al cerrar el programa desde el ordenador de la oficina —emitía desde allí cuando ya no quedaba nadie—, Mariela se quedó pensando en aquel hombre de la pantalla. El personaje rondaba los cuarenta y cinco: rasgos duros, labios apetecibles y unos ojos tan intensos que derretirían a cualquier mujer. Dedujo que su fan tendría una edad parecida.
No conocía en persona a ninguno de sus fans, pero sabía que Khan era de los frikis. Cómo olvidar aquella vez en que había pagado una fortuna por decidir qué obscenidad cerraría el espectáculo.
—Túmbate y hazte la dormida, por favor —fue, sin embargo, todo lo que le pidió.
Mariela tuvo que disimular el asombro. Con el tiempo que llevaba en antena, creía que ya nada podía sorprenderla. Khan lo había conseguido.
No supo qué decir. Los pensamientos se daban codazos en su cabeza. La idea, en el fondo, le encantaba. Nunca había hecho nada parecido; los hombres siempre querían verla en plena faena, no dormir. Aquello le pareció hasta bonito. Por otro lado, no sabía cómo se tomaría el resto del público algo tan tranquilo.
Entonces recordó una frase manida de un programa del corazón: «No importa que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de ti». En ese instante decidió que lo haría. Cogió la chaqueta del respaldo de la silla, la dobló sobre la mesa a modo de almohada, cerró los ojos y se dispuso a fingir que dormía.
Antes, se acordó de que no se había despedido. Sonrió con picardía, volvió a abrir los ojos y tecleó.
Carmesí: Buenas noches, Khan.
Khan: Hasta mañana, preciosa.
Mariela se recostó de nuevo frente a la cámara para hacerse la dormida. Tuvo que esforzarse para no sonreír; no entendía por qué estaba tan contenta. Durante aquel rato de sueño fingido, sintió que la felicidad se le metía en el pecho y casi la dejaba sin aire. Sin darse cuenta, ya estaba imaginando quién sería Khan, qué clase de hombre, en qué rincón lejano del mundo viviría. Y eso, precisamente eso, la preocupó.
***
El lunes siguiente, Mariela dejó a Lucía en la puerta del colegio con una sonrisa enorme. Aunque su supervisora le había mandado un mensaje a primera hora pidiéndole que se pasara por la oficina en cuanto pudiera, no estaba dispuesta a que nada le amargara el día.
Había dormido del tirón como no lo hacía en meses. La luz tibia de la mañana, la música de la radio, el aire fresco por la ventanilla del coche, hasta los demás conductores le parecían agradables. Todo encajaba.
Al llegar saludó a unos y a otros con un gesto amable y se sentó a ordenar la montaña de asuntos pendientes. Siempre andaba con mil preocupaciones, pero ese día se había prometido tomárselo con calma.
Y entonces toda aquella paz se evaporó de golpe. Poco antes del mediodía, Mariela oyó a su supervisora dar la bienvenida a un ejecutivo alto y elegante, un hombre de mediana edad recién llegado a la empresa.
—¡Khan! ¡Dichosos los ojos! —exclamó la mujer.
Mariela se quedó helada frente a la pantalla, con los dedos suspendidos sobre el teclado. Aquel nombre imposible acababa de cruzar la puerta de su oficina con traje oscuro y una sonrisa que ella ya conocía sin haberla visto nunca.





