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Relatos Ardientes

Lo que mi marido me pidió ese fin de semana

Planeamos un fin de semana en una casa de campo a las afueras de la ciudad, una de esas rentadas con alberca compartida entre varias casitas. Mi hijo mayor se quedó con sus abuelos porque justo esa noche tenía pijamada con sus primos. De hecho, por eso aceptamos el viaje. Lo que no entendía era por qué mi marido insistía tanto en que también dejáramos a la bebé.

—Está muy chiquita, Marcos —le dije—. Va a ser su primera vez en una alberca, se va a divertir. Se viene.

Me extrañó lo terco que se puso. Esa insistencia tenía una explicación que recién entendí después: había invitado a su compadre Rubén, a la comadre Marina y al hijo de ellos, Diego, un muchacho de veintidós años que estudiaba en la capital.

El camino fue de hora y media larga. Yo me senté atrás con Marina y con la niña en brazos, y Diego quedó a mi lado contra la ventanilla. Desde que arrancamos sentí su pierna pegada a la mía. Cada vez que lo empujaba con disimulo, él volvía a invadir el espacio como si nada. No es mi imaginación, pensé, pero con la bebé encima preferí no armar un escándalo.

Llegamos por la tarde. Marcos le cedió nuestra recámara a sus compadres, Diego se acomodó en un cuartito al fondo y nosotros dormimos en el cuarto pensado para los niños. Esa primera tarde fue tranquila. Acomodé un poco la casa, di de cenar a la niña y me fui a dormir temprano. Los hombres se quedaron tomando en la sala con Marina hasta tarde.

***

El problema empezó al día siguiente. Me levanté con calor, me puse una playera holgada y un short, y salí a recoger las botellas y las colillas que habían dejado tiradas. Me crucé con una vecina y nos pusimos a platicar un rato bajo la sombra del porche. Cuando volví a entrar, Diego ya estaba en la sala. Lo saludé con un movimiento de cabeza y me metí a ver a la bebé.

Marcos se despertó y propuso ir a desayunar barbacoa a un puesto del pueblo. Ahí empecé a notarlo de verdad: Diego me miraba demasiado. No la mirada de quien observa de pasada, sino una fija, insistente, que me recorría las tetas y bajaba hasta el short cuando creía que yo no me daba cuenta. Le resté importancia. Pensé que eran ideas mías.

De regreso me cambié para la alberca. Le inflé a la niña una alberquita aparte, porque el agua de la grande estaba helada, y yo me puse un traje completo con un pareo encima. Cuando la bebé se quedó dormida en la sombra, me metí al agua. Mi error fue dejar el pareo en la orilla.

No supe ni de dónde salió. Diego nadó hacia mí por debajo del agua y sentí clarísimo cómo su mano me agarraba una nalga y me apretaba fuerte, con los dedos metidos entre la tela del traje. No fue un accidente del agua, fue una mano con voluntad. Me aparté de golpe y desde ese momento evité estar a menos de tres metros de él. Por suerte la niña despertó con hambre y tuve la excusa perfecta para salir.

—Marcos, el muchacho me está incomodando —le dije en voz baja mientras me enjuagaba—. No deja de mirarme el culo y me acaba de manosear en el agua.

—Estás inventando, Carla. Es un chamaco, no le hagas caso.

Me tragué el coraje. No me metí más al agua el resto de la mañana.

***

Antes de comer regresamos todos a bañarnos por turnos. Mientras ellos se duchaban, yo bañé a la bebé y la dormí para alistarme yo después. Cuando me tocó mi turno escuché que alguien abría la puerta del baño. Siempre la dejo entreabierta por si la niña llora.

—¿Marcos, eres tú? —pregunté, asomándome con la toalla.

No había nadie. Me apuré. Fui a la recámara grande, donde dormían los compadres, a vestirme. Apenas me había puesto la ropa interior cuando Diego entró de golpe, sin tocar. Alcancé a ver cómo se le clavaban los ojos en mis tetas antes de que yo cruzara los brazos.

—¡Oye! ¿Qué te pasa? —le grité, cubriéndome.

—Perdón, perdón. Creí que era el cuarto de mis papás.

—Pues sálete.

No se movió al instante. Se quedó un segundo de más, mirándome el bulto del calzón y las bragas, y hasta le vi el bulto en el short. El muchacho estaba empalmado, con la polla marcada bajo la tela. Marcos llegó atraído por el grito y, en lugar de defenderme, me pidió que lo disculpara, que había sido un error y que el muchacho ya se había disculpado. Yo ya no sabía si estaba más enojada con Diego o con mi marido.

En la comida, Diego se sentó justo a mi lado. Para entonces esa familia me tenía harta. Rubén y Marcos ya estaban con las cervezas; a eso habían venido, en el fondo. Estiró el brazo para alcanzar la sal y, al hacerlo, me rozó una teta entera con el antebrazo, aplastándola sin ningún disimulo. Estaba a nada de explotar cuando Marina lo regañó.

—Hijo, ya pásate para acá —y le cambió el lugar.

Creo que ella sí se dio cuenta de todo.

***

Después de comer, los demás salieron a seguir tomando al patio. Yo lavé los platos, preparé café y me fui a recostar con la bebé, que duerme pegada a mí. Llámenme paranoica, pero algo me despertó. Sentí una presencia, una mirada. Me levanté a cerrar la puerta con seguro y ya no pude volver a dormir.

Salí al patio. Ya estaban bastante tomados. Marina andaba muy alegre y Diego se reía de cada cosa que decían los grandes. Yo tomaba agua, jugo, lo que hubiera sin alcohol.

Pasadas las dos de la mañana, los temas empezaron a subir de tono. Le pregunté a Marina si su hijo no se iba a ir a dormir, porque la plática ya era muy de adultos.

—Él ya sabe de estos temas —soltó Rubén, orgulloso—. Si hasta lo llevamos al table hace poco. Le mamaron la verga por primera vez y salió feliz.

Me incomodó el comentario. Estaban hablando de sexo abiertamente delante de él. Entonces Marina lanzó la frase que cambió la noche.

—Nosotros somos pareja liberal —dijo, y miró a mi marido—. ¿Verdad, compadre?

El silencio cayó como una piedra. Volteé a ver a Marcos. Él tardó en hablar.

—Amor, eso fue antes de conocerte —dijo por fin.

Miré a Marina, que se sonrojó y bajó la voz.

—No pasa nada, manita. Pensé que ya te había contado. Nosotros cogemos con quien se preste, y a mi marido le encanta ver cómo me follan otros. A veces dos a la vez.

—Pues no —contesté seca.

Conforme avanzaba la madrugada, la conversación se puso más densa. Y llegó la pregunta directa, esta vez de boca de Marina:

—¿Ustedes se animarían a intercambiar parejas? Yo le mamo la polla a tu marido, y Rubén te coge a ti como Dios manda.

Vi la cara morbosa de Diego, que se relamía los labios y tenía otra vez el bulto marcado en el pantalón, y me quedé callada. Marcos, para mi sorpresa, fue el que respondió que no. Marina mandó a su hijo a dormir; el muchacho se levantó haciendo berrinche y se metió a la casa, y ella fue detrás para asegurarse de que de verdad se encerrara en su cuarto.

—¿Y tú sabías de todas las travesuras de tu marido? —me preguntó Rubén.

—Creía que sabía todas. Por lo visto me ocultó algunas —respondí.

Cuando Marina volvió, se sentó muy cerca de mí. Sentí su muslo pegado al mío, caliente, y su mano apoyada en mi rodilla.

—¿Te puedo dar un beso? —preguntó.

Me sorprendió, aunque ya intuía hacia dónde iba todo. La verdad es que ninguno de los dos era mi tipo.

—No —dije—. Respeto a mi marido.

—Qué lástima, eres muy hermosa. Con esas tetas y ese culo yo te comía enterita.

***

Ya amanecía cuando Marina volvió a insistir con el beso. Estaban muy tomados, pensé que no llegaría más lejos. Cedí, pero puse condición.

—Uno corto. Y no me toques.

Fue un beso breve. Olía a cigarro y a alcohol, nada agradable. Ella quiso uno más largo, se me pegó a la boca y trató de meterme la lengua; le sentí la punta caliente empujando entre mis labios y la aparté con la mano en el pecho. Le recordé que solo había pedido uno. Volteé a ver a Marcos para medir su reacción, y lo que vi me dejó helada: estaba excitado, sin disimulo, con la verga marcadísima bajo el pantalón deportivo. Se la estaba acomodando con la mano y ni se molestó en esconderlo.

Esa noche, ya en el cuarto, le pedí explicaciones.

—¿Qué pasó con ellos antes?

—Fue hace mucho. Empezaban a experimentar con otras parejas y, como nos tenían confianza, yo acepté un par de veces. Le cogí a Marina un par de noches mientras Rubén miraba. Ya, eso es todo.

—¿Y qué pretenden ahora? —insistí.

—Nada. Tranquila, no te enojes.

—Te conozco, Marcos. De momento te va a parecer riquísimo, y después me lo vas a echar en cara.

—No pretendo nada —repitió, y empezó a besarme. Me metió la lengua hasta el fondo y me apretó una nalga con la mano abierta, apretándome contra su bulto.

—Ahorita no. El muchacho nos va a escuchar.

—La niña está bien dormida —murmuró, y me convenció a medias.

Me tiró en la cama y me bajó el short de dormir de un tirón. Ni siquiera me quitó las bragas, las hizo a un lado con dos dedos y me metió uno de golpe. Estaba mojada, no lo puedo negar. Toda la escena de Marina, del beso, del bulto de mi marido delante de todos, me había prendido más de lo que quería admitir. Me abrió las piernas con la rodilla y se hundió de una sola estocada. Le tapé la boca con la mano para que no se oyera.

—Cállate, imbécil —le susurré—, si nos escucha ese pendejo mañana no lo aguanto.

Él me embestía despacio pero hondo, buscando no hacer ruido con la cama. Me chupaba el cuello y me apretaba las tetas por encima de la playera. Le clavé las uñas en la espalda cuando sentí que se me venía. Terminó adentro, mordiéndome el hombro para no gemir, y se quedó un rato encima de mí, respirando fuerte en mi oreja. No dijimos nada. Yo miraba el techo pensando en la mirada de Marina, y en el bulto que Diego traía marcado toda la tarde, y me odiaba un poco por sentir todavía el cosquilleo entre las piernas.

***

Desperté como a las diez. Diego ya estaba en la sala con su cara de siempre. Como ese día regresábamos, me puse una falda larga y una playera tipo polo, mucho más tapada. Estaba preparando el desayuno cuando Marina se acercó.

—Oye, manita, ¿te enojaste por lo de anoche?

—No. Lo hablé con mi marido, todo normal.

Salimos al patio a tomar café. Más tarde, mientras dormía a la bebé y aprovechaba para descansar yo también, Marina entró muy discreta y se sentó en el borde de la cama. Me lo propuso de frente.

—Un intercambio, manita. Algo suave. Yo le mamo la verga a tu marido y tú a Rubén. Solo bocas, sin coger, si tú no quieres. Pero déjame verte esa boquita chupando una polla, que se me antoja desde ayer.

—Déjame hablarlo con mi marido —fue lo único que atiné a decir.

Al rato entró Marcos.

—¿Ya te dijeron? Me comentaron, pero les dije que decidías tú.

—O sea que me pasas la bolita. Que yo no diga que no para que cuente como un sí.

—No es así.

—Mira, primero: ¿lo vas a aguantar? Porque no pienso soportar un solo reproche después. Y segundo: ¿de verdad lo quieres? ¿De verdad quieres ver cómo otra tipa te mama la polla enfrente de mí?

—Me parece excitante —admitió, y le vi otra vez el bulto marcándose en el pantalón—. Y también me prende ver cómo tú se la chupas a él. Es mi fantasía desde hace años.

Después de darle muchas vueltas, accedí. Pero con reglas. Llegamos a la sala y las puse sobre la mesa.

—Uno: a tu hijo lo mandas a la alberca o a donde sea, no lo quiero en la casa. Dos: solo oral, yo a tu marido y tú al mío. Tres: que por nada me toque tu marido, ni una mano encima. Cuatro: no me quito la ropa. Y cinco: nadie se acaba en mi boca. Me avisan y se la agarran ellos mismos.

Marina prácticamente corrió a su hijo. Diego salió rumbo a la alberca con cara de fastidio, no sin antes lanzarme una mirada de rencor puro, como si le estuvieran quitando el juguete. Luego ella se acercó a mí.

—¿Y para mí no hay premio?

La tomé a mitad de la sala y la besé. Esta vez fue un poco más largo. Le sentí la lengua, el sabor a café con cigarro, y los pezones parados marcándose contra los míos por encima de la blusa. Me metió la mano por debajo de la playera buscándome el vientre y se la aparté de un manotazo.

—Dije que nada de manos.

***

Fui hacia Marcos y empecé a besarlo. No me fijé en lo que hacían Rubén y Marina. Bajé despacio, chupándole el cuello, mordiéndole el pecho por encima de la playera, hasta hincarme frente a él, entre sus piernas abiertas. Le bajé el short y la ropa interior de un tirón y la polla le saltó dura, hinchada, con la punta ya brillando. Conozco esa verga como conozco mi propia mano.

La agarré por la base y saqué la lengua. La recorrí despacio de abajo hacia arriba, siguiendo la vena gruesa, y cuando llegué a la punta le di una lamida circular al glande, mirándolo a los ojos. Le arranqué un gemido que trató de tragarse. Me la metí en la boca hasta la mitad, sacándola con los labios apretados, chupando fuerte al salir, para que se oyera el ruido. Volví a bajar, esta vez más hondo, hasta que sentí la punta rozándome la garganta. Marcos me puso la mano en la nuca, no para forzarme, para acariciarme el pelo mientras yo le comía la polla entera.

Giré un instante: Marina ya hacía lo suyo con Rubén, que estaba sentado en el otro sillón con el pantalón por los tobillos. Le tenía la verga entera dentro de la boca, tragándola con hambre, mientras Rubén le agarraba el pelo. La sala tenía forma de ele, así que cada pareja ocupó su rincón. Marcos lo disfrutaba tanto que por un momento me olvidé de que había alguien más en la habitación. Le chupé los huevos, uno y después el otro, mientras le corría la mano de arriba abajo por la polla mojada de saliva. Me la volví a meter, esta vez con la mano ayudando, cerrándole los labios como un anillo apretado alrededor de la base.

—¿Estás completamente seguro? —le pregunté, levantando la cara, con un hilo de baba colgando del labio.

—Es mi fantasía —dijo, ronco—. Ver cómo se la chupas a otro. Ve, ve con él. Que te vea acabársela.

—Bueno —contesté.

Marina se hincó a mi lado. Le pasé a Marcos escupiéndole un poco de saliva en la punta para que ella siguiera y, en cuanto la vi metérsela, la agarré del pelo un segundo y la obligué a bajar más, hasta el fondo. Ella gimió con la boca llena. Marcos me miraba a mí, no a ella. Me puse de pie. Caminé hacia Rubén, me hice una colita de caballo apurada y le repetí las reglas.

—Solo oral y sin tocarme, por favor. Y me avisas cuando vayas a terminar, porque no pienso tragar nada.

Lo tomé con la mano y, la verdad, me dio cosa. La tenía más gorda que Marcos pero más corta, con la piel oscura y venas gruesas. Me costó concentrarme. Me la metí a la boca haciendo el esfuerzo, chupando con los cachetes hundidos, moviendo la cabeza de arriba abajo con el ritmo lento que me sale sin pensar. Rubén soltó un gruñido y en varias ocasiones sentí que me sujetaba la cabeza con las dos manos, empujándome para meterla hasta el fondo. Cada vez yo se la apartaba con firmeza, sacándomela de la boca y mirándolo a los ojos.

—Sin manos, cabrón. La próxima me paro.

—Perdón, perdón —murmuraba, pero a los treinta segundos volvía a apretarme el cráneo.

Le pasé la lengua plana por toda la vara, desde los huevos hasta la punta, chupándole el glande como si fuera una paleta y luego enterrándomela otra vez hasta la mitad. Se le hinchaba en la boca. La sentía latirme contra la lengua. Escuché a Marcos decir que ya iba a acabar; Marina lo animaba a soltarse sin pena y le decía que se la acabara en la cara, en las tetas, donde quisiera. Yo apuré un poco el ritmo con Rubén, chupando duro, moviendo la mano al mismo tiempo que la boca, y pese a que me retiré a tiempo cuando lo sentí endurecerse todavía más, Rubén no avisó. Un chorro caliente y espeso me golpeó dentro de la boca, en la lengua, y otro me alcanzó el labio de abajo antes de que yo alcanzara a girar la cara. Lo escupí en la alfombra, molesta, limpiándome con el dorso de la mano.

—Te dije que avisaras, imbécil.

—¿No me das un beso? —tuvo el descaro de preguntar, con la polla todavía babeando semen entre las piernas.

—No.

—Yo te lo doy, amor —intervino Marina, riéndose, con la boca embarrada de la corrida de Marcos, que le chorreaba por la barbilla hasta el escote. Se la había tragado casi toda.

Volví con Marcos y me senté en sus piernas. Todavía tenía la polla mojada, semi dura, apoyada contra mi muslo. Lo besé fuerte, metiéndole la lengua para que sintiera el sabor del otro en mi boca, para que se acordara bien de lo que había pedido. Cuando quiso meterme mano por debajo de la falda, subiéndomela por el muslo, me paré.

—Me voy a bañar. Ya nos vamos.

Más tarde entró al baño detrás de mí.

—¿Estás enojada?

—Me molestó que no cumplieran su parte. Que terminara en mi boca, y que el tipo no parara de agarrarme la cabeza como si fuera una puta.

—Te prometo que es la última vez que te pido algo así.

—Está bien —le dije—. Métete a bañar conmigo.

Se desnudó y se metió atrás de mí bajo el chorro. La tenía dura otra vez. Me la sentí clavarse entre las nalgas apenas se acomodó pegado a mi espalda. Me pasó las manos por delante y me agarró las tetas, apretándome los pezones entre los dedos. Me besó el cuello, la nuca, el hombro.

—Perdóname, mi amor —me murmuró al oído, moviendo la cadera lento, restregándomela entre las nalgas mojadas.

Apoyé las manos en los azulejos y arqueé la espalda. Él me tomó por la cintura y me la fue metiendo despacio por atrás, empujando de a poco hasta que estuvo dentro toda. Me embistió sin prisa, con las manos ocupadas en mis tetas, mordiéndome el hombro donde ya me había mordido la noche anterior. El agua nos caía por la cara. Yo apretaba los dientes para no gemir, sintiéndolo entrar y salir hondo, con los muslos temblando cada vez que me tocaba el punto justo. Se acabó adentro por segunda vez en menos de doce horas, apretándome contra su pecho, gruñéndome en la oreja mientras se vaciaba entero.

Y mientras el agua caía, mientras él me abrazaba por la espalda todavía metido dentro de mí y me pedía perdón al oído, yo pensaba que lo conocía menos de lo que creía. Esa duda fue lo único que me llevé de aquel fin de semana, y todavía no termina de irse.

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Comentarios(5)

NachoPunta7

increible!!! que relato mas bueno

LuzDeNoche22

Buenisimo!!!

MilaRosario

Por favor seguí contando, quede con las ganas de saber como termino todo. Se corto justo cuando mas queria leer!

curiosaBA

Las tres condiciones me dejaron intrigada, eso fue lo que mas me engancho del relato. Esperamos saber como siguio despues.

Lola_cba

Dios, que nervios me genero leerlo jajaja. Tremendo.

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