Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez con él fue la noche de Reyes

Esto que voy a contar es real, aunque todavía me cuesta creer que fuera yo la que hizo todo lo que hice esa noche. Fue mi primer encuentro de verdad con Andrés, el hombre con el que sigo hasta hoy. Lo escribo porque hay recuerdos que, cuanto más los guardas, más fuerte queman entre las piernas.

Era noche de Reyes. Habíamos pasado la tarde dando vueltas por la ciudad, mirando luces, comiendo cosas dulces en la calle, riéndonos de tonterías. Cuando él se ofreció a llevarme a casa ya era tardísimo y las calles estaban imposibles, llenas de coches, de gente que volvía de las cabalgatas.

Tardamos casi una hora en un trayecto que normalmente eran quince minutos. Yo lo miraba de reojo mientras conducía, con esa mezcla de nervios y deseo que llevaba semanas acumulando sin atreverme a hacer nada. Cada vez que cambiaba de marcha se le marcaban los tendones del antebrazo y yo pensaba en esas manos agarrándome del pelo, apretándome las tetas, metiéndome los dedos hasta el fondo.

Llevábamos saliendo poco más de un mes. Habíamos hecho de todo menos follar: cenas, paseos, besos larguísimos en la puerta de mi casa que terminaban siempre con él yéndose y conmigo subiendo a mi cuarto con las bragas empapadas y la mano metida entre las piernas antes de cerrar la puerta. Era considerado, nunca presionaba, y eso me gustaba y me desesperaba a partes iguales. Yo quería que dejara de ser un caballero de una puta vez.

Esa tarde, en algún semáforo eterno, su mano había buscado la mía sobre la palanca de cambios y se había quedado ahí. Un gesto pequeño. Pero yo sentí que algo se decidía sin necesidad de hablarlo, como si los dos supiéramos que la noche no iba a terminar como las otras.

Cuando por fin llegamos a mi portal, noté algo raro. Las luces de casa estaban apagadas, el coche de mis padres no estaba.

—Espera —le dije, y los llamé por teléfono.

Mi madre me contó, entre el ruido de fondo de una sobremesa ajena, que se habían quedado en casa de mis tíos y que no volverían hasta el día siguiente. Colgué despacio. El corazón me latía de una forma que no tenía nada que ver con la conversación. Se me apretó el coño de solo pensar en lo que iba a hacer.

Andrés ya se estaba despidiendo, con esa caballerosidad suya que me desarmaba.

—Bueno, entonces te dejo, que descanses.

—No te vayas —solté, demasiado rápido—. Es muy tarde y hay un tráfico horrible. Es peligroso.

Ninguna de esas dos cosas era la verdadera razón. La verdadera razón era que quería su polla dentro de mí esa misma noche.

Él se quedó un segundo mirándome, como midiendo si yo decía lo que parecía estar diciendo. Después asintió y apagó el motor.

***

Lo hice pasar al salón y lo senté en el sofá. Le puse algo de beber, encendí solo una lámpara de la esquina, esa que deja la habitación en penumbra cálida. Las luces del árbol todavía parpadeaban en un rincón.

—Espérame aquí —le dije—. Voy a ponerme cómoda.

Subí a mi cuarto con las piernas temblándome. Tenía guardado, desde hacía semanas, un conjunto de encaje negro que había comprado pensando en una noche así sin reconocérmelo del todo a mí misma. Sujetador que me subía las tetas hasta casi salírseme, bragas mínimas, medias con liguero. Me lo puse delante del espejo, me solté el pelo, respiré hondo. Me miré y por una vez no me critiqué nada. Solo pensé: esta noche soy yo la que decide. Esta noche me lo follo.

Me retoqué los labios, me eché un poco de perfume en las muñecas, en el cuello y entre las tetas, ese que él me había dicho una vez que le volvía loco. Mientras me miraba en el espejo me metí la mano entre las piernas para comprobarlo y ya estaba chorreando, el encaje pegado al coño, los pezones duros contra la tela. Tenía veintitantos años y sentía que recién empezaba a entender lo cachonda que podía llegar a estar.

Bajé las escaleras despacio. Cuando entré en el salón, Andrés levantó la vista y se quedó completamente quieto, con el vaso a medio camino de la boca.

—Madre mía —murmuró—. Estás para comerte.

No dije nada. Me acerqué, le quité el vaso de la mano y lo dejé sobre la mesa. Después me senté encima de él, a horcajadas, sintiendo el bulto duro de su polla apretándose contra mi coño a través de la tela del pantalón. Me moví despacio, restregándome, y él soltó un gemido ronco que me puso todavía más caliente.

Sus manos subieron de inmediato a mi cintura, y de ahí, sin prisa pero sin dudar, a mis tetas. Me las acarició por encima del encaje primero, despacio, y me pellizcó los pezones a través de la tela hasta arrancarme un jadeo. Me encantó esa delicadeza inicial. Me encantó todavía más cuando dejó de ser delicado y me bajó el sujetador de un tirón para dejarme las tetas al aire.

—Joder, qué tetas —murmuró antes de metérselas en la boca.

Me chupó los pezones uno detrás del otro, mordiéndolos con cuidado, lamiéndolos hasta dejármelos duros y brillantes. Yo eché la cabeza hacia atrás y le agarré del pelo para pegarlo más contra mí. Cada vez que su lengua me rozaba, sentía una descarga que me bajaba directa al coño, y no paraba de moverme encima de su polla, buscando fricción a través de la ropa.

—No tienes idea de cuánto llevaba imaginando esto —dijo contra mi piel—. La de veces que me he hecho una paja pensando en ti.

—Yo también me he tocado por ti —confesé, y era verdad—. Muchas noches. Pensando exactamente en esto.

Una de sus manos empezó a descender por mi vientre, lento, dibujando el camino. Cuando llegó por fin entre mis piernas y sintió lo empapadas que estaban las bragas, lo oí soltar el aire de golpe.

—Dios, estás chorreando —susurró.

Apartó el encaje de un lado y hundió dos dedos en mi coño de una vez. Yo gemí fuerte, sin poder contenerme, y me clavé las uñas en sus hombros. Empezó a moverlos dentro de mí, curvándolos hacia arriba, mientras con el pulgar me frotaba el clítoris con una precisión que me hacía perder la cabeza. Me estaba follando con la mano y yo cabalgaba encima de sus dedos, montándolos como una desesperada.

—Así, así, no pares —jadeaba yo—. Métemelos más adentro.

Metió un tercer dedo y aceleró el ritmo. Yo tenía la boca abierta contra su cuello, mordiéndole, dejándole marcas. Era demasiado. Demasiado bueno, demasiado nuevo, demasiado todo.

Me sorprendió lo distinto que era sentirlo de verdad, después de tantas noches imaginándolo. La realidad tenía textura, temperatura, una respiración que se aceleraba contra mi cuello. Tenía el detalle de su barba rozándome la piel y el peso de sus manos abriéndome, invadiéndome, follándome con los dedos como si supiera exactamente cómo funcionaba mi cuerpo.

—Mírame —le pedí, agarrándole la cara.

Levantó la cabeza y me sostuvo la mirada mientras seguía metiéndome los dedos hasta el fondo. Yo no la aparté. Quería que viera exactamente lo puta que me ponía por él, hasta dónde me llevaba con cada embestida de su mano. Creo que esa fue la primera vez en mi vida que no sentí ni una pizca de pudor frente a alguien. Le dejé ver todo: la boca abierta, los ojos idos, los gemidos que ya no intentaba disimular.

***

—Vamos a mi cuarto —le dije al oído, con una voz ronca que no reconocí como mía—. Quiero que me folles en mi cama.

Lo tomé de la mano y lo guié escaleras arriba con las bragas empapadas y él detrás, desabrochándose la camisa por el camino. En mi habitación todo se volvió más íntimo, más callado. Me tumbé en la cama y él se inclinó sobre mí. Me terminó de quitar el sujetador, me bajó las bragas por las piernas con una lentitud que me ponía la piel de gallina, y se quedó mirándome desnuda, abierta, con las medias y el liguero todavía puestos.

Sentí un pinchazo de vergüenza tonta cuando me abrió del todo las piernas y se quedó ahí, mirándome el coño de cerca.

—No me dio tiempo de arreglarme —dije, tapándome a medias con la mano.

Él me apartó la mano con suavidad y me besó el interior del muslo, muy cerca del coño, tanto que sentí su aliento caliente contra los labios mojados.

—A mí me gustas así —dijo, mirándome desde abajo—. Natural. Y toda mojada por mí.

Y entonces me abrió las piernas del todo y bajó la cabeza. Su lengua me recorrió entera, de abajo arriba, desde la entrada del coño hasta el clítoris, sin prisa, y yo me agarré a las sábanas con las dos manos. No sabía que algo pudiera sentirse así. Empezó a lamerme despacio, describiendo círculos con la punta de la lengua alrededor del clítoris, subiendo y bajando, chupándome los labios uno por uno, metiéndome la lengua dentro y sacándola para volver a subir. Cada movimiento suyo me arrancaba un sonido que intentaba contener y no podía.

—No pares —le pedí, casi sin voz—. Cómeme el coño así, no pares.

No paró. Me metió dos dedos otra vez mientras me chupaba el clítoris, follándome con la mano y con la boca al mismo tiempo. Encontró un ritmo, lo sostuvo, y yo sentí cómo todo se me iba acumulando dentro, una tensión que crecía y crecía hasta volverse insoportable. Le agarré del pelo y le pegué la cara contra mi coño, moviendo las caderas contra su boca, follándome su lengua sin ninguna vergüenza.

—Me corro, me corro, joder —gemí.

Aguanté todo lo que pude. Cuando ya no pude más, me dejé ir con un grito que apagué contra la almohada, corriéndome en su boca, temblando de pies a cabeza, con las piernas cerrándose alrededor de su cabeza sin que yo pudiera evitarlo. Él siguió lamiéndome despacio hasta el último espasmo, chupándome hasta la última gota, prolongándomelo hasta que ya no pude soportar el contacto.

Subió por mi cuerpo, besándome el camino, y me miró con una sonrisa de orgullo, la barbilla brillante de mi corrida. Me besó en la boca y me hizo probarme entera. Me dio ternura y ganas a partes iguales.

***

Me quedé unos segundos recuperando el aliento, pero no quería parar ahí. Quería devolverle aunque fuera la mitad de lo que me había hecho sentir. Lo empujé con suavidad hasta dejarlo de espaldas en la cama.

Le desabroché el pantalón sin dejar de mirarlo a los ojos y se lo bajé junto con los calzoncillos. La polla se le salió de golpe, dura, gorda, apuntándome directamente. Llevaba semanas con curiosidad, imaginándomela, y cuando por fin la tuve delante pensé que tenía exactamente el tamaño que me gustaba: gruesa, larga sin exagerar, con la punta hinchada y una gota transparente asomando ya. Ni de más ni de menos. Perfecta.

No dudé. La agarré con la mano por la base, la lamí de abajo arriba como un helado, desde los huevos hasta la punta, y luego me la metí en la boca despacio, marcando un ritmo de arriba abajo que lo hizo cerrar los ojos y apretar la mandíbula. Me gustaba el control que sentía teniéndola así. La chupaba mirándolo a los ojos, con los labios estirados alrededor, la lengua girando en la punta cada vez que subía. Respiré hondo y me la tragué entera hasta el fondo de la garganta, ayudándome con la mano en la base, atenta a cada reacción suya.

—Así, justo así, joder, qué bien la mamas —murmuraba él, con la mano enredada en mi pelo—. Sigue, no pares.

Lo volví loco. Lo supe por cómo se le tensaba el cuerpo debajo del mío, por cómo se le escapaba el aire entre los dientes, por cómo se le contraían los muslos cada vez que le lamía los huevos y volvía a subir. Le escupí encima de la punta y usé la saliva para masturbarlo con la mano mientras le chupaba solo la cabeza. Al cabo de un rato me incorporé un momento, me limpié la barbilla con el dorso de la mano, lo miré, y volví a bajar.

Él me sujetó la cabeza con las dos manos y marcó el ritmo, follándome la boca despacio primero y más rápido después, y yo se lo permití, dejándome llevar por la urgencia que crecía en él. Sentía la polla golpeándome el fondo de la garganta y a mí me chorreaba el coño otra vez de puro morbo. Apenas unos minutos después lo sentí tensarse del todo, agarrarme más fuerte del pelo.

—No aguanto más, me corro —jadeó.

Terminó así, conmigo sin apartarme, corriéndose a chorros en mi boca. Sentí los latigazos calientes de su semen contra el paladar, uno detrás de otro, y me lo tragué entero mientras seguía chupándole la punta para sacarle hasta la última gota, sosteniéndole la mirada hasta el último temblor. Cuando terminé, saqué la lengua para enseñarle que me lo había tragado todo, y él soltó un gemido ronco que me hizo reír. Después me dejé caer a su lado, los dos sin aire, los dos riéndonos de pura felicidad estúpida.

***

Esa fue nuestra primera vez. La noche en que dejamos de ser dos personas que se gustaban demasiado y se daban demasiada vuelta, y nos convertimos en lo que somos ahora.

Nos quedamos despiertos hasta que clareó, hablando bajito, contándonos cosas que nunca le había contado a nadie, con su mano perezosa dibujándome círculos en la cadera desnuda. En algún momento él me abrazó por la espalda, me apretó las tetas con una mano y me dijo al oído que ese había sido el mejor regalo de Reyes de su vida. Me reí, sintiendo su polla despertándose otra vez contra mi culo, y por dentro pensé exactamente lo mismo.

De eso hace ya bastante tiempo, y seguimos juntos. A veces, cuando llega enero y se encienden otra vez las luces en la calle, me lo quedo mirando desde el otro lado de la mesa y los dos sabemos en qué estamos pensando. No hace falta decirlo. Esa misma noche, cuando llegamos a casa, va a acabar comiéndome el coño encima de la mesa del salón.

Hay primeras veces que se olvidan. Esta no. Esta la llevo conmigo entera, y cada vez que la recuerdo se me moja el coño como aquella noche de Reyes en la que me atreví a bajar las escaleras en encaje negro y decidir por mí misma.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(5)

CelesteNocturna

que noche tan especial... me dejo con ganas de mas!

juanchi87

Tremendo!! La tension que se siente desde el principio es increible. Por favor seguí contando, quede completamente enganchado.

NocheBonaerense

Me recordo a una noche de reyes que tuve hace unos años... esas fechas tienen algo que las hace distintas. Muy bueno el relato.

Tere_Mdz

Dios mio, que bien escrito. Siga asi!!!

FanaticoDeHistorias

El detalle del conjunto escondido durante semanas lo dice todo sin necesitar explicar nada. Se nota que sabes contar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.