La idea loca que escondí en uno de los cafés
Al principio la idea nos dio reparo, pero hoy reconozco que fue un acierto. Estábamos tan acostumbradas a vestirnos distintas, salvo cuando las dos elegíamos esos leggins negros que parecían un uniforme silencioso, que la sola posibilidad de salir iguales nos resultaba extraña. Como si nos delatara algo que preferíamos guardar para nosotras.
Fue Noelia la que rompió el hielo. Vio en el escaparate de una tienda unas mallas de un violeta intenso, las tocó, las notó suaves bajo los dedos y no se lo pensó dos veces. Compró dos. Una para ella y otra para mí.
—Te van a quedar de muerte —me dijo, tendiéndome la bolsa con esa sonrisa que siempre conseguía desarmarme.
Aquella tarde, después de comer, las estrenamos en casa. Y Marcos no tardó ni cinco minutos en empezar a sobarnos. La excusa era el tacto de la tela, lo suave que era, lo bien que nos sentaba. Pero sus manos se demoraban demasiado en sitios que no tenían nada que ver con la calidad del tejido. No me quejé. Al contrario: cada caricia me dejaba con ganas de la siguiente.
Marcos era el novio de Noelia. Y también, de un modo que tardamos en nombrar en voz alta, era algo mío. Los tres habíamos construido aquello sin manual, a base de noches largas y de mirarnos sin pedir permiso. Nadie sobraba. Esa era la regla, la única, y funcionaba.
—Me apetece un café —dijo Noelia de repente, levantándose del sofá.
Se detuvo un segundo justo delante de Marcos, que estaba sentado con la mirada a la altura exacta de su cintura. Vi cómo él tragaba saliva. Vi también, bajo la tela violeta de ella, que la cosa empezaba a tomar forma.
—Te acompaño —contestó él, casi de un salto.
Se levantó sin apartar los ojos del culo de Noelia, que se contoneaba camino de la cocina con una naturalidad que de inocente no tenía nada. Decidí ir detrás. No iba a perderme aquello.
***
En la cocina nos repartimos las tareas sin hablar, como quien ha hecho ese gesto mil veces. Saqué tres vasos del armario. Marcos puso la cafetera al fuego. Noelia metió la leche en una jarra de cristal y la encendió en el microondas. El zumbido bajo se mezcló con el primer borboteo del café y con algo más, una tensión espesa que se nos había metido entre los tres.
Apoyado en la encimera, Marcos abrazó a Noelia por detrás. Le apartó el pelo con la nariz y empezó a besarle el cuello, despacio, como si tuviéramos toda la tarde por delante. Que la teníamos. Me acerqué a ella por el otro lado, le rodeé la cintura y pegué mi cuerpo al suyo hasta que me devolvió el abrazo y quedamos las dos atrapadas en el mismo nudo de manos.
—Dime una cosa —le murmuré al oído, con la boca rozándole la mejilla—. Tú que la tienes pegada al cuerpo de Marcos, ¿cómo la notas? ¿Dura o todavía a medias?
—Bastante dura —dijo ella, conteniendo la risa.
Él la apretó más fuerte contra sí, como si quisiera confirmarle la respuesta con pruebas. Noelia soltó un suspiro corto y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Marcos. Entonces se me ocurrió.
—Tengo una idea —anuncié separándome un paso—. Una de esas ideas locas. ¿Me dejáis?
Los dos me miraron. Marcos arqueó una ceja. Noelia entornó los ojos, esa mezcla suya de curiosidad y advertencia que tan bien conocía.
Por su cara supe que diría que sí.
—Apártate un poco —le pedí a ella, y me coloqué frente a él.
Le di un beso lento mientras mis dedos buscaban a tientas el cordón de su pantalón de chándal. Lo aflojé sin prisa, disfrutando de notar cómo se le aceleraba la respiración contra mis labios. Le bajé el pantalón y la ropa interior de un solo tirón, las dos prendas a la vez, y lo dejé al aire. Estaba duro como una piedra. Noelia no había exagerado.
Me puse en cuclillas frente a él. Agradecí en silencio no llevar tanga debajo de las mallas; así, al menos, podía agacharme sin que nada me molestara. Le rodeé la base con la mano, lo acaricié un par de veces y me lo metí en la boca, despacio, ante la mirada perpleja de Noelia, que se había quedado a un paso de nosotros con la jarra de leche todavía caliente entre las manos.
No tenía ninguna prisa. Lo recorría con la lengua de arriba abajo, presionando el glande hacia atrás, deteniéndome ahí donde sabía que él perdía el aire. Su tamaño me obligaba a ir con calma de todos modos, a tomarme mi tiempo para no atragantarme, y esa lentitud lo volvía loco. Lo notaba en cómo se aferraba al borde de la encimera, en cómo se le tensaban los muslos.
—¿Te echo una mano? —preguntó Noelia.
Dejó la jarra sobre la encimera y se arrodilló a mi lado. Acercó su cara a la mía y me robó un beso justo cuando yo me apartaba unos centímetros para dejársela libre. Sentí su lengua un instante, después su risa baja, y luego la vi a ella tomar el relevo y metérsela hasta el fondo, mirando hacia arriba para buscar la cara de Marcos.
—Claro que sí —dije, recuperando el aliento—. Pero la corrida me la dejas a mí.
—Hecho —contestó ella sin sacársela del todo, con la palabra deformada y una chispa en los ojos.
Empezamos a turnarnos. Una se la metía entera mientras la otra jugaba por fuera, con la lengua, con los labios, con la punta de la nariz incluso. El glande de Marcos había pasado de un rosa pálido a un rojo encendido por la presión que hacíamos al cerrar la boca y succionar a la vez. Él ya no decía nada coherente. Soltaba el aire en jadeos cortos, miraba hacia abajo, hacia las dos, y volvía a cerrar los ojos como si la imagen fuera demasiado.
—Empieza a chispear —avisé al notar el sabor salado de las primeras gotas en la lengua.
Marcos asintió sin palabras. Apretó los dientes. Era su forma de decir que le faltaba poco.
—Toda tuya —murmuró, sujetándose la base con la mano y tirando de la piel hacia atrás para acercármela a la boca.
Noelia se retiró un par de centímetros y me cedió el sitio con una sonrisa cómplice. Intensifiqué el ritmo. Sabía que estaba al borde, no solo por los temblores ni por los gemidos que ya no podía contener, sino porque la sentía hincharse contra mi lengua, ese aviso último que conozco de memoria.
Y llegó. Llevaba un par de días sin correrse y se notó. Lo hizo dentro de mi boca, con una fuerza que casi me pilla desprevenida, y yo apreté los labios e intenté recogerlo todo sin tragar nada y sin que se me escapara una sola gota al suelo. No era fácil. Era mucho más de lo que esperaba.
***
Con la boca cerrada y el sabor todavía en la lengua, me levanté con cuidado. Sonreía por dentro de pura travesura. Me acerqué a donde habíamos dejado los tres vasos, cogí uno y volqué en él lo que guardaba en la boca.
El fondo del vaso se tiñó de blanco, mezclado con un poco de mi saliva, algo inevitable. Noelia y Marcos me observaban entre intrigados y divertidos, sin terminar de entender adónde quería llegar. Ella se había acercado de nuevo a él, quizá demasiado, porque seguro que algo le habría manchado el violeta de las mallas. Ya lo descubriría más tarde.
Cogí la cafetera y llené los tres vasos hasta la mitad. Alcancé la jarra de leche y los terminé de llenar, los tres por igual, sin marcar ninguno. A cada uno le eché una sacarina y le metí una cucharilla. Removí despacio, mirándolos de reojo, asegurándome de que ya no quedara forma alguna de distinguirlos.
—Vamos al salón y nos tomamos el café —dije, buscando una bandeja en el armario de abajo.
Marcos se subió el pantalón con una lentitud calculada, todavía recuperando el resuello, y me lanzó la pregunta que yo estaba esperando.
—Pero… ¿a quién le va a tocar el café con mi corrida?
Coloqué los tres vasos en la bandeja, todos idénticos, todos humeando con el mismo tono de leche. Removí una última vez el de en medio, solo por el placer de prolongar el suspense, y le contesté sin levantar la vista.
—No lo sé. Eso será cosa del azar.
Noelia se rio con esa carcajada suya que se le escapa cuando algo le gusta de verdad. Marcos negó con la cabeza, fingiendo escándalo, pero ya estaba mirando los tres vasos con la misma duda deliciosa que yo había sembrado a propósito.
Llevé la bandeja al salón. Nos sentamos los tres en el sofá, muy juntos, con las piernas enredadas y todavía el calor de la cocina pegado a la piel. Cada uno eligió su vaso sin que yo dijera nada. Brindamos, en broma, chocando los bordes de cristal.
—Por las ideas locas —propuso Noelia.
—Por las tardes de café —añadió Marcos.
Bebimos los tres a la vez, mirándonos por encima del borde de los vasos, conteniendo la risa. Y os juro que, hasta hoy, ninguno de los tres ha confesado a quién le tocó. A veces creo que ni siquiera importa. Lo bueno no era el final. Lo bueno era todo lo que vino antes, y el secreto que decidimos guardar juntos.
Aún hoy, cada vez que alguno propone un café a media tarde, los otros dos cambiamos una mirada y sonreímos. Esa clase de complicidad no se compra. Se construye, vaso a vaso.





