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Relatos Ardientes

Lo que pasó en casa de mi amiga china esa noche

Lo escribo ahora, varios días después, y todavía me cuesta creer que fui yo la que vivió aquello. Tengo el cuerpo marcado, dos moretones cerca de la entrepierna que no se borran, y cada vez que los miro vuelvo a esa casa, a esa noche, a ese hombre del que ni siquiera recuerdo bien el nombre. También tengo, si soy honesta, la sensación fantasma de su verga todavía abriéndome por dentro, y a veces, sola en la cama, me meto los dedos y vuelvo a correrme pensando en él.

Había viajado al puerto por trabajo. Administro hoteles para la empresa y me tocaba inspeccionar dos de ellos en aquella ciudad pequeña, perdida entre la playa y los cerros. Mi marido, Andrés, llevaba casi un año en Canadá preparando el terreno para que yo me fuera con él. Como no quería pasar esos dos días sola, me llevé a Lucía, mi mejor amiga, esa con la que comparto absolutamente todo, hasta lo que no se cuenta.

El primer día lo dedicamos a buscar ropa. En el pueblo hay pocas tiendas decentes, así que se me ocurrió visitar a una vieja amiga que tiene allí una boutique. Se llama Mei. La conocí en un viaje anterior y le tengo un cariño raro, de esos que no necesitan demasiadas palabras para sostenerse.

—Vamos a ver a una amiga china —le dije a Lucía—. Te va a encantar lo que tiene, y ella es una persona preciosa.

Entramos y la dependienta me reconoció enseguida. Nos llevó a la oficina del fondo y Mei corrió a abrazarme. La estreché fuerte y la besé en la mejilla.

—Ya sé que esto no se acostumbra entre ustedes —le dije—, pero te quiero mucho.

Se rió y completó el abrazo. Casi se le salían las lágrimas.

—¿Vienes sola? —preguntó.

—Me acompaña Lucía. La quiero como a una hermana. Vine por dos días de negocios y ella aceptó venir conmigo. Quería que te conociera, y de paso aprovechar para comprar algo de ropa, ¿y con quién mejor que contigo?

Encontramos varias prendas, casi todas para Lucía. Nos las probamos, elegimos unas cuantas, incluida ropa interior. Entonces Mei sacó dos vestidos que le habían llegado de su tierra: rojos, con aplicaciones doradas, distintos entre sí. Entallados arriba, con una falda holgada encima. Uno cubría el pecho por completo; el otro era tan escotado que dejaba adivinarlo todo. Ese se lo cedí a Lucía, que tiene un cuerpo para presumir.

—Vienen con ropa interior a juego, también roja —insistió, y no paró hasta que nos los probamos. Nos quedaron perfectos.

—¿Y qué planes tienen? —preguntó.

—Mañana trabajo desde temprano. Quizá termine a las dos o tres de la tarde. El día siguiente volvemos a casa.

Mei se quedó pensando un segundo y le brillaron los ojos.

—Tengo una idea. ¿Por qué no vienen mañana a cenar a mi casa, como aquella otra vez?

Me pareció una idea fabulosa. Yo quería justo eso: que Lucía la conociera más a fondo, que la quisiera tanto como yo.

—Lucía, ¿qué dices? ¿Te animas a comparar la comida china de verdad con la que conoces?

—Me parece estupendo, y lo agradezco desde ya —respondió ella.

—Va a ser muy a la usanza de mi tierra —avisó Mei—. Irán con estos vestidos, con la ropa interior incluida, y todo lo que lleven encima tiene que ser rojo. Es costumbre nuestra para año nuevo. Ya pasó hace un mes, pero dicen que trae suerte y felicidad. Voy a invitar a mi hermano, para que estés otra vez con él, Renata. Y a un par de conocidos suyos, marineros chinos que están aquí reparando un barco. Gente buena.

—No, eso no es necesario —saltó Lucía, aunque con una sonrisa que la traicionaba—. La verdad, quiero conocer gente distinta, interesante. De ustedes sabemos tan poco.

—Pues entonces vamos a darle ese gusto —rió Mei—. Que sepan cómo son las verdaderas chicas mexicanas.

Pagué la ropa, pero los vestidos de la noche no me los quiso cobrar. Nos despedimos con un par de sombreros de regalo y la promesa de llegar a su casa entre las cuatro y media y las cinco.

***

El día de trabajo salió bien. Terminé las inspecciones, comí en uno de los hoteles con Paola, la chica de contabilidad que me acompañaba, y a media tarde quedé libre. Volvimos al departamento. Lucía se probó un bikini que le quedaba de escándalo y bajamos un rato a la playa, lo justo para mojarnos los pies.

—Este bikini está fácil. A Marcos le basta con jalar el nudo y se desarma —dijo, riéndose de su propio chiste.

—Muchachita, dicen que el que tiene hambre solo piensa en pan —le contesté.

Nos arreglamos, nos enfundamos en el rojo y nos miramos en el espejo. Ella estaba radiante.

—Te queda increíble ese color —me dijo—, sobre todo atrás. Pero no dejes que se te meta.

Tenía razón. Lo acomodé, terminamos de vestirnos y pedimos un taxi. El chofer nos miró sorprendido, primero la cara, después el escote, donde se transparentaba el rojo de la ropa interior. Antes de llegar pasamos por una tienda de regalos y un señor nos recomendó llevarle a Mei una flor de plata y un mantel rojo con una inscripción bordada.

—Va con el mismo mensaje que dicen sus vestidos —explicó.

Mei nos recibió ella misma. Nos quitamos los zapatos, aunque insistió en que no hacía falta. La casa era preciosa, amueblada con un gusto que no me esperaba.

—Ahora me toca a mí transformarlas en chinas de verdad —dijo.

Nos pidió que nos quitáramos los vestidos. En ropa interior nos cubrió con unas batas blancas, nos sentó frente a un espejo y nos maquilló con una paciencia minuciosa. Mientras lo hacía, hablamos de aquel otro viaje, y salió a relucir una vez que fuimos juntas a un campo nudista de la zona.

—¿Un campo nudista, aquí? —preguntó Lucía, con los ojos muy abiertos.

—Sí, y es fascinante —dije.

Mei se entusiasmó describiendo los detalles. Lucía despertó de golpe, pidiendo más, y entre las dos le contamos hasta lo que ni se imaginaba, incluso aquella tarde que Mei y yo terminamos en su tienda con las bragas por los tobillos, ella lamiéndome el coño encima del mostrador mientras yo le apretaba las tetitas duras.

***

Llegaron los invitados. Tao, el hermano de Mei, acompañado de dos hombres con uniforme de marino. Tras los saludos de rigor, nos presentaron al resto: Kang, el más bajo, un capitán de unos cincuenta años, y Lin, un poco más alto, de unos treinta y cinco o cuarenta. Los tres me parecieron muy guapos. A Lucía y a Mei también.

Mei nos sentó con cuidado, repartiendo los lugares para que cada quien tuviera con quién conversar. A Tao lo puso entre Lucía y yo, porque con él ya nos conocíamos de la otra vez. Frente a cada asiento había un sobre rojo de seda.

—Es un presente que desea felicidad —explicó Mei—. Lo abren en casa, no aquí.

Tao me besó. Lo hizo a nuestra manera, ese beso que él mismo aprendió de nosotras la vez pasada, y se le notaba feliz.

—Ya hablas mejor el español —le dije en inglés, para que todos entendieran.

—Bastante bien —respondió él, en un castellano impecable.

—Vas a poder practicar con Lucía. Ella estará encantada de enseñarte cosas nuestras, y no solo del idioma.

Se rieron las dos. Mientras tanto, yo empezaba a notar algo. Mei se mostraba especialmente dulce con Lin, el más joven. A mí, sin saber muy bien por qué, se me antojaba el capitán. Lo tomé del brazo, y cuando pasamos a la mesa redonda me senté a su lado. Sentí, casi enseguida, su mano callosa apoyarse en mi muslo por debajo del mantel, subir despacio hasta el borde de la braga roja y quedarse ahí, midiéndome, mientras él seguía la conversación como si nada. Yo abrí un poco las piernas, para que entendiera que podía seguir.

Hubo varios brindis antes de la cena. Demasiados, para ser sincera. Estallábamos de risa por cualquier cosa. Lucía le contó a Tao lo que yo le había adelantado de él, y él insistió en demostrarle lo aprendido: besos, caricias, las manos por todas partes. Ya ni comían. En un descuido le manchó el vestido a Lucía. Mei, previsora, trajo servilletas, la limpió por encima y, de paso, le quitó el chaleco y la blusa. Lucía quedó en sostén, ese rojo.

La reacción de los tres hombres fue para verla. La miraban como si nunca hubieran visto a una mujer en paños menores. Con la piel blanca y aquel rojo encendido, se veía espectacular. Lucía, que sabe enloquecer a un hombre como nadie, amagó con quitarse también la falda, pero la frené. Alguien tenía que mantener la cabeza fría, y esa noche, todavía, era yo. Mei, en cambio, abogaba a gritos por que Lucía siguiera. Estaba caliente, se le notaba en los ojos y en la forma en que se restregaba disimuladamente contra el brazo de Lin.

—Espérate al final —le susurré a Lucía al oído—. Ya verás.

Mientras tanto, la mano de Kang ya no medía nada: dos dedos gruesos me habían corrido la braga a un lado y me acariciaban el coño despacio, resbalando en lo mojado que estaba. Aguanté la respiración cuando me metió el dedo del corazón entero, hasta el nudillo. Sonreí para el otro lado de la mesa, como si estuviera oyendo un chiste de Tao, y por dentro me apretaba contra ese dedo, cabalgándolo en silencio.

***

Terminamos la cena casi sin tocarla. Tao le pidió a su hermana que encendiera el karaoke y que cantara algo de amor. Mei, que parece tímida, se soltó con un sentimiento que nos dejó a todos en silencio. Cantó acompañándose de movimientos lentos, seductores, que solo entonces entendí del todo. Le pidieron más, y el alcohol hacía bien su trabajo.

Después cantamos nosotras, cada una su canción, con los movimientos que el estado nos permitía. Los hombres también cantaron. Cuando le tocó a Lin, su canción debía venir muy cargada, porque al terminar Mei le abrazó las piernas desde el suelo, jalándolo de los pantalones. Él hizo como que se resistía, pero el mensaje era claro. Soltó el micrófono, le abrió el vestido rojo y la atrajo contra su pecho. Mei, arrodillada, le abrió la bragueta con los dientes y le sacó la verga afuera. La tenía gruesa, oscura, con la punta ya brillante. Se la metió entera en la boca de una vez, ahogándose un poco, y empezó a mamársela con un ruido húmedo que se oyó por encima de la música. Lin le agarró la cabeza con las dos manos y la empezó a follar en la boca, empujando hasta el fondo. Nos quedamos todos mirando, callados, con las bocas abiertas.

La comida quedó abandonada sobre la mesa giratoria. Así se acostumbra allá, me había explicado Mei: la abundancia se deja ver, no se termina.

Mei y Lucía se ayudaron a llegar al sillón grande, arrastrando a Lin de la verga como si fuera una correa. Lucía le pidió a Mei que se dejara quitar el vestido.

—No, mejor te lo quito yo —respondió Mei, y así lo hizo.

—Es que yo soy la única casi desnuda —protestó Lucía, animada—. Tú también, igual que Renata. Como si estuviéramos en ese campo nudista que prometiste llevarme.

Por arte de magia, todos entendieron el español. Pero yo todavía les llevaba ventaja y propuse que los hombres también se desnudaran. Protestaron, claro. Entre las tres nos encargamos, a jalones, entre carcajadas y vivas. Les bajamos los pantalones, los calzoncillos, y de golpe teníamos tres vergas al aire, distintas y todas duras. Tao la tenía larga y curva, con las venas marcadas. Lin la tenía gruesa como el brazo de un niño. Y el capitán, Kang, aunque era el más bajo, tenía la más impresionante: no tan larga, pero de un grosor que me hizo tragar saliva de solo verla. Le colgaban dos huevos pesados, oscuros, y la punta ya le lloraba una gota gorda de precorrida.

El capitán fue el que más se resistió, hasta que se entregó. Y cuando lo hizo, fue él quien me desnudó a mí, con una fuerza que ya no sabía medir. Creo que hasta me rasgó parte del vestido. Me arrancó el sostén rojo tirando de él hasta que reventó el broche, y las tetas me saltaron afuera. Me las agarró con las dos manos, apretándomelas casi hasta hacerme daño, y me mordió un pezón mientras con la otra mano me bajaba la braga por las piernas. Me quedé desnuda del todo delante de los demás, con el coño mojado y brillando bajo la luz.

Lo que vino después lo recuerdo en pedazos. Sé que me tiró boca arriba sobre la orilla del colchón grande, me abrió las piernas de par en par y se me metió entre ellas con la cabeza. El cabrón sabía lamer. Me chupó el coño entero, de abajo hacia arriba, con la lengua ancha y plana, hasta que llegó al clítoris y ahí se quedó, chupándomelo como quien chupa un dulce, mientras dos dedos me la abrían por dentro. Me corrí sobre su cara en menos de dos minutos, jalándole el pelo con las dos manos, gritando cosas que ni yo entendía. Y él no se paró, siguió lamiéndome mientras yo temblaba, alargándome el orgasmo hasta que casi me dolía.

Después se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano y me agarró de los tobillos. Me dobló en dos, con las rodillas contra los hombros, y me presentó esa verga gruesa en la entrada. La punta era casi tan ancha como su puño. Empujó, y yo sentí que me abría de una manera que no había sentido nunca. Grité. Él aguantó, dejando que me acostumbrara, y después empezó a metérmela de a poco, centímetro a centímetro, hasta que la sentí golpearme por dentro con un ruido sordo. Me la tenía toda adentro. Me quedé quieta, con los ojos cerrados, sintiendo cómo me llenaba entera.

Entonces empezó a follarme. En serio a follarme, no como Andrés, con ese vaivén cortés de marido bueno, sino como un animal. Sacaba la verga hasta la punta y me la clavaba entera de un golpe, haciendo temblar todo el sillón. Yo le rodeé la cintura con las piernas y me colgué de su cuello, mordiéndole el hombro para no gritar demasiado. Él me besó el cuello, los hombros, el pecho, como un hombre que llevaba demasiado tiempo en alta mar. Yo me desquitaba con sus manos, con su cuerpo, resistiéndome a propósito, como había visto hacer a las mujeres de su tierra. Estábamos los dos tan tomados y tan excitados que ninguno medía nada. Él me sujetaba, yo lo apretaba con las piernas contra mí, él me forzaba a aflojar y volvía a empezar.

—Puta mexicana —me decía en su español roto, apretándome la garganta con la mano abierta—. Aprieta ese coño, aprieta.

Y yo lo apretaba, con todas las ganas, porque quería que se corriera dentro, quería sentírselo. Me giró de golpe, me puso boca abajo, me levantó el culo con una mano y me la volvió a meter por atrás, sin sacármela del todo. Así, en cuatro, empujaba tan fuerte que me deslizaba sobre el colchón, y tenía que agarrarme del borde para que no me tirara de bruces. Me daba palmadas en las nalgas con la mano abierta, unas palmadas que sonaban en toda la sala, y yo le respondía echando el culo para atrás, empalándome sola en él.

Me dejó marcas por todas partes. Mordiscos que no sentí en el momento, que solo descubrí al día siguiente convertidos en moretones. Lo raro es que no me dolió nada entonces; al contrario, me gustaba que me mordiera. En algún punto le arañé la espalda y un costado, devolviéndole con uñas lo que él me daba con dientes. En una vuelta más me sentó sobre él, con la verga clavada de abajo hacia arriba, y me hizo cabalgarlo despacio, con las manos apretándome las tetas. Me miraba mientras yo subía y bajaba, y me obligaba a mirarlo a los ojos.

—Córrete, mexicana —me ordenó—. Córrete en mi verga.

Y me corrí otra vez, la segunda, temblando como una loca sobre él, sintiendo cómo el coño se me apretaba en espasmos alrededor de su polla. Él aguantó un poco más, gruñendo, y de repente me levantó, me tiró de espaldas de nuevo, se sacó la verga hinchada y me acabó encima. Un chorro largo y espeso me cayó sobre las tetas, otro en el cuello, otro en la boca, que abrí sin pensarlo para recibírselo. Me dejó embadurnada de semen tibio, y el muy hijo de puta me pasó la punta por los labios, obligándome a chuparle la última gota. Necesitaba a una mujer después de tanto tiempo navegando, y esa noche esa mujer fui yo. Pobre hombre. Gozó conmigo, y yo se lo di completo, me entregué sin reservas. Siempre lo diré: es un gran hombre, fuerte y cariñoso.

Mientras tanto, Mei y Lin estaban encaramados sobre los cojines de la cabecera, y Lucía y Tao habían quedado en el centro. El capitán y yo nos conformamos con la orilla. Desde donde yo estaba veía perfectamente a Lucía, boca arriba, con Tao entre las piernas metiéndosela con un ritmo constante mientras le chupaba una teta. Ella lo tenía agarrado del culo con las dos manos, empujándolo hacia adentro, y le gritaba en español cosas que él probablemente entendía perfectamente ahora: «así, hijo de puta, más adentro, rómpeme el coño». Cuando se corrió, arqueó la espalda entera y le clavó las uñas en las nalgas, y Tao se le corrió adentro con un rugido, empujando hasta el fondo tres, cuatro veces más, vaciándose.

En algún momento vi que a Mei la tenían de pie contra la pared, con las piernas abiertas y Lin metido entre ellas por detrás, sosteniéndola en el aire con las manos bajo los muslos. Le follaba el culo, no el coño, y la tenía largo rato así, empalada, y nos dejaba escuchar sus quejidos cada vez que un orgasmo la traicionaba con un gritito apagado. Cuando la bajó, se dio la vuelta y se arrodilló delante de él, y le chupó la verga sacada del culo hasta hacerlo acabar en su boca, tragándoselo todo sin quejarse.

Aquella cama, que ya había sido testigo de un encuentro nuestro tiempo atrás, volvía a serlo. Solo que entonces éramos dos parejas y ahora tres, y mucho más salvajes. En algún momento, ya sin dueños fijos, nos mezclamos. Recuerdo la boca de Mei en mi coño, limpiándome la corrida del capitán, mientras yo le agarraba a Tao la verga otra vez dura y se la guiaba hacia dentro de ella por detrás. Recuerdo a Lucía sentada en la cara de Kang, restregándole el coño en la boca, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Recuerdo besar a Lin en la boca con sabor a semen todavía y no importarme, ni un poco.

***

Después llegó la calma. Dejamos que los cuerpos se recuperaran, en silencio, hasta que entendimos que era hora de irnos. Mei y el capitán me vistieron, riéndose de cómo me chorreaba todavía la corrida por los muslos, que ni siquiera intenté limpiarme del todo. Ella me escribió en un papelito el nombre de mi marinero, el de Lin y el de Tao, porque yo no recordaba ninguno.

—Gracias, Mei, por darme la oportunidad de conocer a ese capitán —le dije—. No lo voy a olvidar. Tiene una fuerza que a cada rato me levantaba en el aire. Qué hombre. Y qué verga, madre mía.

—¿Y a ti cómo te fue, cómplice? —le pregunté.

—También con un hombre cargado de energía —contestó ella, todavía sonrojada—. Aunque venía muy pasado de copas, supo darme todo lo que tenía. Se esmeró como pocos en mi país. Me folló el culo como si fuera lo único que existiera en el mundo, y me hizo correrme tres veces así.

Lucía estaba feliz. Le había tocado el que la vez anterior había sido mío, y se notaba que no le había ido nada mal. Todavía tenía las piernas manchadas y el pelo hecho un desastre.

—Gracias por todo —dijo Lucía—, los vestidos, la cena, este maquillaje precioso que ya casi se me cae, y todo lo de después. Eres maravillosa, Mei. Pero te recuerdo que aún no nos dijiste a qué hora vamos mañana al campo nudista.

—Qué bueno que lo dices —rió Mei—. La lancha sale a las nueve. Desayunen con calma y pasen por mí antes.

—Antes de las nueve estamos en tu casa —prometió Lucía, emocionada como una niña.

Volvimos al departamento. Nos aseamos y caímos dormidas casi sin hablar, aunque Lucía moría por contarme su aventura con Tao, y en la cama, antes de dormirnos, terminó metiéndome dos dedos entre las piernas mientras me contaba cómo se la había metido él por detrás la primera vez. Me corrí callada, mordiéndome el labio, mientras ella me susurraba al oído. Al despertar, ya curadas del exceso de bebida, nos miramos a la cara y soltamos una carcajada de complicidad.

—¿Tienes muchos pendientes en casa? —me preguntó—. Porque lo del campo nudista es una oportunidad única. ¿Y si posponemos el regreso un día más?

Nos volvimos a reír. La verdad, en ese momento, no había nada más importante en el mundo. Todavía hoy, cuando me toco esos moretones que insisten en quedarse, vuelvo a esa casa, a ese rojo, a ese capitán sin nombre, a esa verga gruesa abriéndome en dos, y entiendo que hay placeres que el cuerpo recuerda mucho después de que la mente los da por terminados.

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Comentarios(5)

visitante_nocturno

Increible!!! me dejo con ganas de saber mas

SantiPBA

Por favor seguí escribiendo, eso no puede quedar sin continuacion

VivianaC_91

Me recordó a un viaje que hice con una amiga hace unos años. Esas noches que uno no planea son siempre las que mas quedan.

MarceloCba

Eso realmente paso o es ficcion? porque se siente muy autentico, muy detallado

PabloSCba

me enganche desde el titulo, tremendo relato

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