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Relatos Ardientes

La cajera me citó a las diez para cobrarse algo

Fue durante la pandemia, una de esas tardes en las que cualquier excusa servía para salir de casa. Iba camino del piso de Lucía y paré en un supermercado pequeño cuyo nombre no voy a decir, porque la ciudad es chica y aquí todo el mundo se conoce. Entré por cuatro tonterías y salí con una historia que todavía me cuesta creer que me pasara a mí.

En la caja había una mujer a la que terminé llamando Mara. No sé muy bien cómo empezó, pero entre el cobro y la vuelta me metió mano por encima del mostrador, me palpó el bulto del pantalón con un descaro que me dejó sin palabras y, antes de que pudiera reaccionar, me dijo al oído que volviera otro día a las diez de la noche, cuando le tocara el cierre. Que me la iba a chupar mejor que ninguna cría de las que yo conociera.

Me lo dijo así, sin pestañear, mientras me devolvía las monedas como si me estuviera contando el cambio.

Tardé cuatro noches en volver a coincidir con ella.

Iba todos los días a las diez menos cuarto a comprobar si era ella la que hacía el cierre. Llegaba cachondo y ansioso, y la verdad es que tenía motivos. Aquella mujer prometía algo serio. Por la manera en que me había agarrado, por la seguridad de sus dedos, supe enseguida que sabía perfectamente lo que hacía. Su actitud tenía una mezcla de fastidio, rabia y desafío que me ponía más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Pasé un lunes, un martes, un miércoles. El jueves, por fin, la vi tras la caja, con su cara de aburrimiento y de turno largo.

Un cosquilleo me recorrió de arriba abajo en cuanto la reconocí.

Entré en el local. No había casi nadie.

—Cerramos en diez minutos —dijo sin levantar la vista.

—Tranquila, que seré rápido.

Entonces sí me miró, y se le escapó media sonrisa mientras seguía pasando productos por el lector. Cogí cuatro cosas que me hacían falta para casa, aunque la anticipación no me dejaba pensar con claridad y ya empezaba a notarme apretado dentro del pantalón. Sabía lo que venía, o al menos creía saberlo.

Me metí en un pasillo a hacer tiempo. Cuando dieron las diez, yo era el único cliente que quedaba. Ella apagó todas las luces menos las de la entrada, y yo me acerqué despacio a la caja.

—Hola, guapo —dijo.

Bajó la mirada hacia mi entrepierna, que para entonces ya no disimulaba nada.

—¿Has vuelto a robar? —preguntó.

—Pues no estoy seguro, la verdad.

—¿No? Mira, tenemos dos opciones. O te cacheo, o llamo a la policía.

—No, por dios, no llames a nadie. Cachéame si hace falta.

No me cobró nada. Me miró por encima de unas gafas de lo más normales con unos ojos que de normales no tenían nada.

—Acompáñame, ladrón.

—Haré lo que sea para probar mi inocencia.

***

La seguí hasta una pequeña oficina al fondo del local. Entré y me quedé de pie en el centro mientras ella cerraba la puerta a mi espalda. Sus manos empezaron a recorrerme la espalda y el pecho mientras daba una vuelta lenta a mi alrededor, como quien estudia lo que va a comprar.

—Eres un bombón. ¿De verdad te crees que puedes robarme en la cara solo porque eres guapo?

Su mano fue directa a mi entrepierna y apretó con ganas. Me hablaba con la boca pegada a la mandíbula. Imagino que le hubiera gustado decírmelo al oído, pero era bastante más baja que yo y no llegaba.

No aflojó la presión mientras me lamía el cuello despacio.

—Mmm… ¿pensabas irte sin pagar lo que te llevas?

—Es que no llevo dinero encima. Pensé que igual podía pagarte de otra forma.

Decidí seguirle el juego, porque la fantasía que se había montado me estaba volviendo loco. Su manera de agarrarme la había terminado de poner dura del todo. Me encantaba que me la tocara con esa especie de rencor.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te crees? ¿Que por estar bueno puedes entrar aquí y pagarme con esto?

Me soltó un momento y enseguida volvió a meterme la mano dentro, apretando y soltando, bajando luego hacia los testículos, que palpó con una suavidad que contrastaba con todo lo demás. Se me escapó un quejido sin querer.

—Qué suaves. Esto lo tenías pensado de antemano, ¿eh? «Me arreglo bien y a ver si la idiota de la cajera me deja irme sin pagar».

—Pensé que te gustaría —dije.

—Estás de suerte. Me encanta. Y tienes más suerte todavía, porque me vuelven loca los tíos buenos.

Su mano dejó los testículos y volvió a la polla, que empezó a masturbar despacio con un agarre muy firme. Miré hacia abajo y vi su mano pequeña intentando abarcar algo que se le escapaba, pero ella insistía.

—No tienes dinero, así que vas a pagar con esto.

—Si no hay otro remedio…

—No, no lo hay.

El corazón me iba a mil. Normalmente soy yo el que lleva las riendas, pero aquella mujer tenía tanta hambre que me desarmaba. No paraba de morderse el labio y de gemir bajito mientras me apretaba.

—Es enorme… me voy a poner morada.

***

Se puso de rodillas y, sin dejar de mirarme a los ojos, sacó la lengua entera para recorrerme de abajo arriba muy despacio. Su otra mano subió a mis nalgas y empezó a acariciarlas y apretarlas.

—Me encanta. Tienes el culo también muy duro. Mmm…

Y por fin se la metió en la boca.

No sé qué demonios hacía con la lengua, pero la sensación era brutal. La boca se movía despacio, adelante y atrás, mientras la punta de la lengua me acariciaba justo donde tenía que acariciar.

—Joder, Mara…

Mi mano fue por instinto a su cabeza, pero ella me la apartó de un manotazo.

—No soy una cualquiera a la que puedas agarrar del pelo para usarla. Aquí mando yo, y esta polla es mía.

Se la volvió a meter, esta vez con violencia, y empezó a mamar con más intensidad. Aquella mujer desafiante chupaba como si llevara toda la vida ensayándolo. Sabía exactamente lo que se hacía.

Su otra mano dejó de apretarme las nalgas para sumarse al trabajo, como si quisiera arrancarme la polla del cuerpo. Me la chupaba con las dos manos sin dejar de mirarme. Mi pelvis acompañaba el vaivén mientras yo apoyaba una mano en la puerta y la otra sobre un archivador. Con aquella intensidad necesitaba sujetarme a algo o me iba al suelo. Me la habían chupado muchas veces con ganas, pero ganas y rabia juntas, nunca.

Se la sacó y se puso a golpeársela contra la lengua. Disfrutaba como una loca.

—¿Te gusta, eh?

Yo no decía nada. Solo la miraba y jadeaba con la boca abierta mientras se oía el chasquido de la carne contra su lengua. Escupió un par de veces y siguió, ahora con esa mezcla de saliva, boca y mano que sonaba casi como música.

Aguanta. Que se gane bien lo que se está cobrando.

Respiré hondo un par de veces mientras ella me observaba. Paró de golpe.

—¿Ya está? No te irás a correr tan pronto…

—No, no, estoy bien. Tú sigue cobrándote lo que tengas que cobrar.

—Buen chico.

***

Me guiñó un ojo y volvió a la carga, ahora con unos ruidos de succión exagerados, sacándomela y metiéndomela más despacio. Se la sacaba para respirar y jadeaba mientras me la sacudía con fuerza.

—Es la más grande que he tenido en la boca. Pero conmigo no puede.

—Demuéstralo, entonces.

Escupió otra vez mientras me masturbaba, la saliva goteando al suelo. Concentró la mano en la punta. Tuve que respirar muy hondo para no acabar ahí mismo, porque me la trabajaba de una manera que rozaba lo insoportable.

Me vio aguantar, conteniendo lo que ella me hacía, y se le encendió todavía más la mirada. Mi resistencia le tocaba el orgullo.

—A ver si aguantas esto, guapo.

Abrió un cajón y sacó un bote de lubricante y un preservativo. Me pregunté qué clase de persona guarda eso en la oficina de un supermercado. La respuesta era evidente: alguien que ya había hecho aquello más veces. Soltó la polla pero siguió chupando, sin dejar de mirarme.

—Uf, qué bien lo haces.

Gemía mientras me la mamaba con una cadencia tranquila, metiéndomela cada vez más al fondo. Le costaba, pero insistía.

Entonces entendí para qué era el preservativo.

Se cubrió un dedo con él y echó lubricante sin medida. Despacio, lo llevó hacia atrás. Nunca me habían hecho algo así, y en cualquier otra situación me habría negado en redondo, pero aquella mujer tenía algo que me desactivaba toda defensa.

Sus dedos empapados rozaron mi entrada. No pude disimular la sorpresa.

—Relájate, bombón. De esta te enamoras de mí.

Siguió mamando con una mano mientras la otra se abría camino muy despacio. Mi primer reflejo fue cerrarme entero, pero me acordé de algo que me había contado una vez un compañero de trabajo: que una novia suya le había hecho lo mismo y se había corrido al instante, que la sensación había sido increíble.

De las peores decisiones salen las mejores historias.

Me encomendé a todos los santos que conocía y me relajé. Su dedo entró sin esfuerzo y tocó algo, no tengo ni idea de qué. De repente una descarga absolutamente fuera de lo normal me recorrió el cuerpo entero. Sin pensarlo la agarré de la nuca y le grité.

—¡Joder, me corro, me corro!

***

Sentí cómo todo se iba directo a la garganta de aquella cajera, que se había metido más de la mitad en la boca. Ella tragaba sin dejar de mover la cabeza, despacio, adelante y atrás. Juro que nunca me había corrido tantísimo. Ni siquiera me di cuenta de en qué momento sacó el dedo.

Cuando terminó, me lamió de arriba abajo para no dejar ni rastro.

Yo seguía intentando entender qué había sido aquello, pero abajo la cosa no cedía. Seguía dura, negándose a rendirse, y ella no paraba de chupar.

—No se te baja —dijo—. ¿Quieres más?

Me sentía vacío, pero era verdad.

—Me has dejado seco y aun así no se me baja.

—Pues fóllame un poco, que estoy empapada.

Se levantó, le di la vuelta y la empujé contra la mesa. Le bajé el pantalón y apareció un culo respingón con un tanga negro.

—Métemela y no te preocupes, que estoy cubierta.

La tenía dura, así que se la metí. Entró sin problema, estaba completamente mojada. La agarré del cuello y empecé a embestir como un animal.

Ella se aferraba a la mesa con las dos manos mientras se le escapaban unos jadeos seguidos. Le di un azote y gimió más fuerte. Seguí embistiendo, ahora con ganas de devolverle algo de todo lo que me había hecho aguantar. El sonido de la carne contra la carne se volvía cada vez más fuerte en aquella oficina vacía.

Veía mi polla entrar y salir, preguntándome cuánto aguantaría yo a ese ritmo. Pero la que aguantó poco fue ella. A los pocos minutos empezó a gritar de una forma que rebotaba en las paredes. Cuando su orgasmo, largo, terminó, me puso la mano en la cadera para apartarme.

—Para, para —jadeó.

Me separé y me limpié con unos pañuelos que había por allí. Mientras me vestía, vi la cámara que había en una esquina de la oficina.

***

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Una cámara.

—No me jodas. ¿Esto está grabado?

—Sí, pero tranquilo. Las grabaciones no las revisa nadie salvo que haya algún problema.

—Joder, eso espero.

—Aunque seguramente mañana las revisen.

La idea me heló la sangre, pero justo después sentí ese cosquilleo morboso otra vez.

—¿Van a verte chupándomela?

—Esa es la idea. El gerente es mi marido.

Ahí sí que me asusté de verdad. La ciudad es pequeña, y tarde o temprano me cruzaría con ese hombre.

—¿Estás loca?

—No te preocupes. Es mi venganza. Sé que el muy cabrón se está acostando con la chica que nos cuida a los niños.

—Ya, pero el que sale perjudicado soy yo.

—Para nada. Le voy a destrozar el orgullo, pero no es algo que ninguno de los dos vayamos a ir contando por ahí.

Me quedé pensando. Como venganza no estaba mal, la verdad. Mi única preocupación, ridícula visto lo visto, era que no me la volviera a chupar.

—De acuerdo. Yo no protesto, no digo nada y no monto ningún número. Pero quiero una copia de ese vídeo.

Levantó una ceja.

—¿Para qué?

—Porque me voy a acordar de esto durante mucho tiempo. Nunca me la habían chupado así.

Se echó a reír.

—Gracias, bombón. Ojalá el imbécil de mi marido me hubiera dicho algo parecido alguna de las veces que se la chupé. Mañana te lo paso antes de enseñárselo a mi futuro ex.

—Gracias.

Le di mi correo. Cuando fui a despedirme, me dio un beso en los labios.

—¿Sabes una cosa? Es la mejor que me he encontrado en la vida. Si quieres, otro día repetimos.

—Te tomo la palabra.

Le devolví el beso, le di una palmada en el culo y me marché.

***

Repetimos un par de veces más. Disfruté de lo mejor que me ha pasado en ese terreno y, por motivos que todavía no entiendo, aquellos dos terminaron reconciliándose. Aunque, si te soy sincero, yo en su lugar también me habría reconciliado. Hay cosas que te hacen replanteártelo todo.

De vez en cuando, los días en que ando de bajón, me acuerdo de aquellas noches en la oficina del súper. Siempre me suben el ánimo. El problema es que el de abajo también tiene buena memoria, y se viene arriba enseguida.

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Comentarios(5)

Luna87

buenisimoo!!! me encanto

Ricky_CBA

Por favor segunda parte, quede con ganas de mas jeje

NickVidal

Me encanto como lo narraste, se siente autentico. Segui subiendo cosas asi!

Lola_Noche

Jajaja me recordo una situacion parecida que me paso pero no llego a nada, suerte la tuya

MarianoVP

Y volviste a encontrarla despues? espero que si jeje, que historia

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