El video con mi ex que guardé sin saberlo
Me desperté antes de que sonara el despertador, con la cabeza llena de un recuerdo que no había tocado en años. Mi ex mujer. Bárbara. Y mi cuerpo respondiendo como si todavía la tuviera al lado, como si su olor estuviera impregnado en la almohada. Me quedé un par de minutos boca arriba, respirando despacio, intentando empujar la imagen lejos. No funcionó. La sábana me marcaba la erección durísima, la punta ya húmeda contra la tela, y me acuerdo de que apreté los dientes y me mordí el labio para no bajarme la mano ahí mismo.
Llevábamos más de seis años separados. Seis años en los que ella se había mudado a otro país, había rehecho su vida, y yo había rehecho la mía. Tengo una pareja estable ahora, Daniela, una mujer dulce y paciente que no merece que yo amanezca con la polla dura pensando en otra. Y sin embargo ahí estaba, recordando a Bárbara como si la hubiera cogido anoche.
Me metí a la ducha. Abrí el agua fría primero, a propósito. El golpe me sacudió y me devolvió a la mañana, pero la verga seguía tercamente parada, latiendo contra mi mano cuando me enjabonaba. Bárbara era una mujer hermosa, no voy a mentir. Ojos verdes, cabello castaño claro, piel muy blanca, esas caderas que parecían dibujadas para volver loco a cualquier hombre, unas tetas medianas con los pezones rosados que se le ponían durísimos apenas la rozaba. Pero no era el cuerpo lo que me había marcado. Era la manera en que vivía el sexo, como si fuera una urgencia, una necesidad tan natural como respirar. Follaba con hambre. Se corría fuerte, gritando, sin acordarse de los vecinos. Y le encantaba tragar.
Salí, me vestí y aproveché para hacer un par de diligencias. Pasar por el banco, dejar unos papeles en la notaría, comprar algo que necesitaba para el escritorio. Caminaba sin pensar, con los audífonos puestos, cuando me detuve frente al escaparate de una tienda de lencería en la avenida Bellavista. No fue una decisión. Fue el cuerpo el que paró.
En el maniquí había un baby doll negro, con encaje en el escote y un detalle de cinta en la cintura. Igualito al que tenía Bárbara. El mismo color, el mismo corte, hasta el lacito atrás. Me quedé un par de segundos mirando, y juro que pude sentirla detrás de mí, oler su perfume, esa mezcla rara de vainilla con algo más oscuro que nunca supe identificar. Ese baby doll me lo había puesto una noche sin nada abajo, sin bragas, y me había hecho arrodillarme en el piso para comérselo. Se lo levantaba con dos dedos y me empujaba la cara contra el coño mojado hasta que se venía en mi boca.
Sacudí la cabeza y seguí caminando. Pero ya no podía quitármela de adentro.
Volví a casa pasado el mediodía. Daniela tenía turno largo en el hospital y no llegaba hasta la noche. Me serví un café, me senté frente al computador y empecé a revisar correos del trabajo. Tenía que mandar un presupuesto a un cliente y no encontraba el archivo. Empecé a buscar carpeta por carpeta, esas carpetas viejas que uno hereda de computadores anteriores y nunca termina de organizar. Y entonces apareció una que no recordaba haber guardado. «Personal_2017». Sin más nombre que ese.
La abrí casi por curiosidad. Adentro había fotos. Muchas fotos.
La primera me detuvo el corazón. Bárbara en cuatro patas sobre la cama de nuestra casa vieja, mirando a la cámara con esa sonrisa que solo me hacía a mí, con un sombrero de ala ancha y unas botas largas. Solo eso. La luz amarilla de la lámpara de noche le caía sobre la espalda y le dibujaba la curva de la cintura hasta las caderas. El culo levantado, redondo, con la raja del coño abierta y brillante entre los muslos, todavía mojada de lo que acabábamos de hacer. Recuerdo exactamente la noche en que tomé esa foto. Habíamos vuelto de una fiesta temática y ella no quiso quitarse el sombrero. La había follado dos veces, una contra la puerta apenas entramos y otra en esa cama, y en la foto se le veía la corrida mía escurriéndosele por el interior del muslo.
***
Pasé las fotos despacio, una por una. Bárbara en la regadera con la espuma corriéndole por el pecho, agarrándose las tetas y sacando la lengua a cámara. Bárbara en lencería blanca sentada al borde de la cama, con las bragas corridas a un lado y dos dedos metidos en el coño. Bárbara dormida desnuda con un brazo cruzado sobre el vientre, las piernas ligeramente abiertas y el pubis depilado brillando bajo la luz de la mesa de noche, una foto que tomé sin que se diera cuenta y que ella nunca supo que existía. Y otra, más abajo, ella de rodillas en el piso del baño mirando hacia arriba, con la boca abierta y la lengua afuera, esperando. Yo mismo me había hecho esa foto, sosteniendo el celular con una mano y la verga con la otra, un segundo antes de venirme en su cara.
Mi cuerpo ya había respondido antes de que yo lo decidiera. Sentí el calor subir, la respiración cambiar, la polla otra vez apretada contra la bragueta. Pensé en cerrar la carpeta. No la cerré.
Al fondo había videos. Cuatro o cinco, con fechas del 2016 y 2017. Hice clic en el primero, casi al azar.
Tardé dos segundos en darme cuenta de qué era. Yo entrando al apartamento con la mochila del gimnasio al hombro, todavía sudado, la camiseta pegada al cuerpo. La cámara me seguía. Bárbara reía detrás del lente.
—Quítate la ropa ahí mismo —decía su voz fuera de cuadro—. No te muevas. Quiero verte la verga dura antes de que te bañes.
Yo me reí, le pedí que dejara de grabar, y ella no me hizo caso. Se acercó, se arrodilló frente a mí en el pasillo, y empezó a bajarme el short sin prisa. Me acuerdo de la sensación exacta, de la mezcla rara de pudor y excitación al estar tan sudado y que a ella no le importara. Al contrario. Le gustaba. Decía que el olor a hombre recién entrenado le ponía la cabeza a mil, que se le mojaban las bragas de golpe.
En el video, ella me sacó la verga del bóxer con una mano, la sopesó, se la pasó por la mejilla, por los labios, restregándosela sobre la cara como si la estuviera oliendo. Después abrió la boca y se la tragó entera de una, hasta el fondo, atragantándose a propósito, sin soltarme los ojos. La cámara seguía prendida, apoyada en el mueble del pasillo, grabándolo todo. Se veía cómo movía la cabeza, cómo se le hinchaban las mejillas, cómo los hilos de saliva le caían por el mentón hasta las tetas. Yo apoyado contra la pared, los ojos cerrados, ella debajo comiéndomela como si tuviera hambre, sacándomela solo para lamerme los huevos y volver a metérsela hasta el fondo. Un sonido líquido, obsceno, mezclado con mi voz tratando de mantener el control y el zumbido lejano del ascensor del edificio.
—Vente en mi boca —le oía decir cuando me la sacaba un segundo—. Todo. No quiero perder ni una gota.
No pude más. Eché la silla hacia atrás, me desabroché el cinturón, me bajé los pantalones hasta los tobillos junto con el bóxer. La verga me saltó afuera durísima, la punta ya babeando. Me la agarré con la mano derecha, escupí en la palma, y empecé despacio, mirando la pantalla, con el corazón latiendo en lugares que ya no eran solo el pecho. Subía y bajaba el puño desde la base hasta el glande, apretando arriba, como sabía que me gustaba, como me lo había hecho ella tantas veces.
***
Bárbara tenía esa cosa. La tenía clavada en la cabeza, en la piel, en una zona del cerebro donde uno no quiere admitir que guarda cosas. Me desvelaba a las dos, a las tres de la mañana, con la polla dura tocándole la espalda, y ella dormía profundamente del otro lado de la cama. Bastaba que yo le tocara la cadera. Bastaba que le bajara despacio las bragas hasta las rodillas. Sin abrir los ojos, ella se giraba boca arriba, abría las piernas, se humedecía los dedos con la lengua y se frotaba el clítoris un par de veces, despacio, hasta que yo veía el coño abrirse rosado y brillante, y entonces me tiraba del cuello de la camiseta hacia ella. Nunca decía nada. No hacía falta. Yo me la metía de una, hasta el fondo, y ella soltaba un gemido ronco todavía medio dormida, apretándome con las piernas alrededor de la cintura. Cogíamos así, en silencio, escuchando solo el sonido húmedo del coño chupándome la verga cada vez que embestía, sus manos en mi culo empujándome más adentro. Y no me soltaba hasta que terminaba dentro, hasta que yo sentía cómo se me vaciaban los huevos y le llenaba el coño de leche. Después me daba un beso largo, lento, con sabor a sueño, con la lengua adormilada buscándome la mía, y se volteaba contra la pared con la corrida escurriéndosele por el muslo. Al otro día ni mencionábamos lo que había pasado, como si fuera un acuerdo secreto entre ella dormida y yo despierto.
El video del pasillo continuaba. Después de comérmela un rato largo, ella se paraba, se daba vuelta, se levantaba la falda hasta la cintura y se apoyaba con las manos contra la pared del corredor. No llevaba bragas. Me miraba por encima del hombro, se abría una nalga con una mano, y me decía «cógeme aquí, así, sudado». Yo me le metía de un solo empujón, hasta el fondo, y ella gritaba mordiéndose el brazo. La cámara, apoyada en el mueble, grababa todo de lado: mis nalgas apretándose con cada estocada, el sonido de los muslos chocando contra los suyos, sus tetas rebotando debajo de la blusa que no había alcanzado a quitarse. Me acuerdo de haberla agarrado del pelo y haberle tirado la cabeza hacia atrás mientras se lo metía sin piedad, y ella pidiendo más fuerte, más adentro, que le partiera el coño. Terminaba a los cinco minutos, sacándomela justo antes de venirme y corriéndome sobre sus nalgas blancas, mientras ella me miraba con esa sonrisa ida, con la lengua afuera, esperando también que le cayera algo en la boca.
Lo reproduje tres veces. Cuatro. A la quinta ya me estaba masturbando duro, escupiéndome en la mano, apretando la base de la polla para no venirme antes de tiempo. Sentí el cosquilleo subir desde los huevos y supe que no iba a aguantar. Volví exactamente al mismo segundo, ese segundo donde ella mira a la cámara y se muerde el labio con la verga hasta la garganta, y dejé que pasara. Apreté los dientes para no hacer ruido en un apartamento donde no había nadie. Me corrí en chorros largos, gruesos, sobre la mano, sobre el vientre, algunos hasta el pecho. Llegué con una fuerza que me dejó respirando en cortas durante un minuto largo, con la mano llena de semen tibio, el corazón saltándome, los ojos clavados en una imagen congelada de una vida que ya no era la mía.
***
Me quedé sentado un buen rato. No me movía. Tampoco pensaba en nada concreto. Solo escuchaba la nevera zumbando en la cocina y los carros pasando en la calle, intentando volver al mundo donde Daniela iba a llegar en un par de horas y yo tenía que tener cara de marido normal, no de tipo que acababa de correrse mirando a su ex.
Cerré el video. Me limpié con servilletas que tenía en el escritorio, pasándomelas por el vientre, por la mano, por la verga todavía sensible. Fui al baño, me lavé las manos, la cara, me cambié la camiseta que había quedado manchada. Me senté otra vez frente al computador y miré la carpeta «Personal_2017» todavía abierta en la pantalla. Mi dedo flotó sobre la opción de borrar.
No lo hice.
La cerré simplemente, la dejé donde estaba, en un disco externo que casi nunca conectaba. Y volví a abrir el correo del cliente para terminar el presupuesto que en realidad nadie me había pedido con urgencia.
Daniela llegó a las ocho. Traía pan caliente de la panadería de abajo y una sonrisa cansada. Me dio un beso en la mejilla. Yo le di otro en la frente. Le pregunté cómo había estado el turno y ella me contó de una paciente difícil, de un médico que la había hecho enojar. Yo escuchaba, asentía, sonreía donde tenía que sonreír.
Cocinamos juntos. Una pasta cualquiera, con verduras de la nevera y queso rallado encima. Comimos en el sofá viendo una serie que ya habíamos visto. En algún momento ella se quedó dormida con la cabeza apoyada en mi hombro, y yo le acomodé un mechón detrás de la oreja, despacio, con la misma mano con la que dos horas antes había estado apretándome la polla mirando a otra mujer chupármela.
***
No sé exactamente qué voy a hacer con esa carpeta. Borrarla sería lo correcto, pero llevo años evitando lo correcto en esa parte específica de mi cabeza. También sé que volver a abrirla es una trampa, una pendiente fácil de bajar y muy difícil de subir. Pero ahí está, en el disco externo, esperándome, con las fotos de Bárbara abriéndose el coño para la cámara y los videos de ella tragándome entera.
Hay cosas que uno guarda sin saber para qué. Fotos, mensajes viejos, perfumes que dejó alguien en una bufanda olvidada. Bárbara era todo eso para mí. Una carpeta sin nombre claro, una marca que no se borra con seis años ni con una pareja nueva ni con tres mudanzas. Una mujer que me enseñó, sin querer enseñarme, que el deseo no se va. Solo se esconde, se acomoda en un rincón, y un día cualquiera vuelve a salir disfrazado de baby doll en una vitrina o de carpeta perdida en un computador, con la verga otra vez dura y la mano otra vez sucia.
Esta noche, mientras Daniela duerme contra mi pecho y respira despacio, yo estoy escribiendo esto. Confesándolo, supongo. No para limpiarme la conciencia, porque eso no se limpia. Sino para entender lo que pasó hoy. Para nombrarlo. Para que no se quede atorado en la garganta como un secreto que después se pudre.
Quizá mañana borre la carpeta. Quizá no.
Por ahora, escribo. Y respiro despacio. Y miro a Daniela dormida, y le acaricio el pelo, y trato de no pensar en otra mujer que está a miles de kilómetros y que probablemente, justo ahora, no se acuerda ni un poco de mí, ni de cómo gritaba cuando se venía con mi verga hasta el fondo.