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Relatos Ardientes

Mi mejor amigo pagó mi cirugía y cobró el favor

Me llamo Marina y durante veintiséis años cargué con una inseguridad que nadie veía pero que a mí me ocupaba la cabeza entera. Tenía el pecho pequeño, casi plano, y cada verano, cada probador, cada noche con alguien nuevo se convertía en una pequeña tortura. Aprendí a vestirme para esconderlo, a cruzar los brazos sin darme cuenta, a apagar la luz antes de que nadie mirara demasiado.

Por mi cumpleaños junté el valor para pedirle a mi madre lo único que llevaba años deseando: que me ayudara a pagar una operación de aumento. Se lo dije en la cocina, casi sin mirarla, removiendo un café que ya estaba frío. Su respuesta fue un no rotundo, de esos que no admiten una segunda conversación. Estás perfecta como estás, dijo, sin entender que el problema nunca había sido cómo me veía ella.

Lo que no sabía es que Bruno lo había escuchado todo desde el salón.

Bruno era mi mejor amigo desde la universidad. De esos amigos a los que les cuentas cosas que no le cuentas a nadie, con los que te quedas hasta las cuatro de la mañana hablando de tonterías y de miedos. Habíamos coqueteado mil veces, siempre en broma, siempre con esa línea invisible que ninguno de los dos se atrevía a cruzar. Yo había decidido hacía tiempo que era mejor tenerlo de amigo que arriesgarlo todo por una noche.

Esa tarde, cuando mi madre se fue, él se sentó a mi lado en el sofá y me dijo, sin dramatismo, como quien comenta el tiempo:

—Yo te la pago.

—¿Qué? —Pensé que era una de sus bromas.

—La operación. Tengo los ahorros parados y tú llevas años con esto metido en la cabeza. Considéralo mi regalo de cumpleaños.

Le dije que ni hablar, que era demasiado dinero, que no podía aceptarlo. Discutimos durante una hora. Al final me agarró de las manos, me miró a los ojos con esa seriedad rara en él y me dijo que lo hacía porque quería verme feliz, sin condiciones. Lo creí. O quise creerlo.

Diez días después entraba al quirófano con él esperándome en la sala. Cuando desperté, mareada y dolorida, lo primero que vi fue su cara. Me había traído un ramo ridículo de flores de gasolinera y una bolsa de mis gominolas favoritas. Me reí entre lágrimas y un pinchazo de dolor en el pecho.

***

Una semana más tarde, ya recuperada, quise agradecérselo como se merecía. Lo invité a cenar a un restaurante del centro, de esos a los que él nunca iría por su cuenta. Y mentiría si dijera que no me arreglé pensando en cómo me miraría.

Elegí un vestido rojo de encaje que me había comprado para la ocasión, ceñido, con un escote que por primera vez en mi vida me atrevía a lucir. Me miré al espejo y casi no me reconocí. La mujer que me devolvía la mirada estaba segura de sí misma, encendida. Decidí no ponerme nada debajo, ni sujetador ni bragas. Me dije que era por comodidad, por las cicatrices que aún molestaban. No era del todo verdad.

Cuando Bruno tocó el timbre y me vio en el umbral, se quedó callado un segundo de más. Lo conozco demasiado bien: vi cómo bajaba la mirada y volvía a subirla, cómo tragaba saliva.

—Estás… —empezó, y no terminó la frase.

—Lo sé —dije, y le guiñé un ojo para romper la tensión.

En el restaurante intentamos comportarnos como siempre. Hablamos, nos reímos, brindamos. Pero algo había cambiado en el aire entre nosotros, una corriente que ninguno de los dos mencionaba. Y por mucho que él lo intentara, su mirada volvía una y otra vez a mi escote, como atraída por un imán. Cada vez que lo pillaba sentía un calor subiéndome desde el estómago, una mezcla de poder y de vértigo.

Le gusta lo que ve. Le gusta de verdad.

La cena se me hizo a la vez eterna y demasiado corta. Apenas probé el postre. Cuando salimos al frío de la calle, me di cuenta de que llevaba toda la noche cruzando y descruzando las piernas debajo de la mesa, inquieta, mojada sin remedio.

Nos subimos a su coche. Él no arrancó. Se quedó con las manos en el volante, mirando al frente, y luego se giró hacia mí.

—Marina, ¿puedo preguntarte algo y no te enfadas?

—Depende —dije, aunque ya sabía por dónde iba.

—¿Puedo tocártelas?

El corazón me dio un vuelco. Podría haberme reído, haberlo convertido en broma, haber salido del coche. En lugar de eso, me oí decir que sí con una calma que no sentía. Me parecía justo, me dije, casi como una excusa que necesitaba para soltarme. Pero la verdad era otra: llevaba años queriendo que me tocara.

Su mano se movió despacio, como pidiendo permiso a cada centímetro. Bajó el tirante del vestido y dejó al descubierto un pecho. La piel se me erizó con el aire y con su mirada. Me rozó con la yema de los dedos, primero la curva, después el pezón, que se endureció al instante. Solté el aire que ni sabía que estaba aguantando.

—Son preciosas —murmuró, y su voz sonaba distinta, más ronca—. ¿Me dejas…?

No hizo falta que terminara. Yo misma le acerqué el pecho a la boca.

***

El interior del coche se llenó de respiraciones. Bruno me lamió despacio, trazando círculos, y yo le hundí los dedos en el pelo y lo apreté contra mí, buscando más. Cada caricia me bajaba directa al vientre. Cuando su mano libre empezó a deslizarse por mi muslo, por debajo del vestido, abrí las piernas sin pensarlo. Encontró que no llevaba nada y se detuvo medio segundo, como si no se lo creyera.

—¿Has venido así toda la noche? —preguntó contra mi piel.

—Toda la noche —admití.

Sus dedos me acariciaron justo donde lo necesitaba y un gemido se me escapó de la garganta. La ventanilla empezaba a empañarse. Me removí en el asiento, atrapada entre el placer y la incomodidad del espacio. Él lo notó.

—Vamos a mi casa —dijo, separándose con esfuerzo—. Aquí no.

Arrancó con las manos todavía temblando. El trayecto fue corto pero se me hizo larguísimo, con su mano apoyada en mi muslo y la mía sobre la suya, sintiendo a través de la tela lo duro que estaba.

En cuanto cruzamos la puerta de su piso, todo el control que habíamos fingido durante la cena se vino abajo. Me apoyó contra la pared del recibidor y me besó por primera vez, un beso largo, hambriento, que sabía a vino y a todos los años que llevábamos esquivándonos. Me bajó la cremallera del vestido y la prenda cayó al suelo. Quedé desnuda frente a él, y por una vez no sentí el impulso de taparme.

—No sabes la de veces que imaginé esto —dijo, recorriéndome con la mirada.

—Yo también —confesé.

Me llevó hasta el dormitorio. Mientras él se quitaba la camisa, yo le desabroché el cinturón y le bajé los pantalones de un tirón. Cuando lo tuve frente a mí, lo agarré con la mano y lo guié entre mis pechos, esos pechos nuevos que en cierto modo eran suyos también. Me incliné y empecé a moverme despacio, mirándolo a los ojos. Él echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido grave, mi nombre apenas reconocible entre los labios.

Fui subiendo el ritmo, alternando el movimiento con la lengua, hasta que lo sentí tensarse entero. Me avisó con un susurro entrecortado. No me aparté. Lo dejé terminar sobre mí y, sin dejar de mirarlo, recogí lo que cayó, disfrutando del modo en que se le descomponía la cara de placer.

—Eres increíble —jadeó, dejándose caer de rodillas a mi altura.

***

Pensé que ya estaba, pero Bruno tenía otros planes. Me besó el cuello, los pechos, el vientre, bajando sin prisa, y cuando llegó entre mis piernas y empezó a usar la lengua creí que me derretía. Me agarré a las sábanas. Llevaba toda la noche al borde y no tardé en sentir que el orgasmo se me acumulaba, denso, inevitable. Justo cuando estaba a punto, se detuvo.

—Date la vuelta —me pidió en voz baja.

Le hice caso sin rechistar. Me puse a cuatro patas sobre la cama, temblando de pura anticipación. Lo sentí colocarse detrás, sus manos firmes en mis caderas. La primera embestida me arrancó un grito que intenté ahogar contra la almohada. Me llenó entero, despacio al principio y luego con un ritmo que fue creciendo, una de sus manos subiendo para sostenerme el pecho mientras la otra me sujetaba.

Con cada movimiento gemía más alto, sin importarme ya nada, ni los vecinos ni la cordura ni los años de amistad que estábamos quemando en esa cama. Él pronunciaba mi nombre como un rezo, una y otra vez. Sentí cómo el placer volvía a juntarse, cómo me trepaba por dentro hasta un punto del que ya no había vuelta.

—Me voy a correr —dije, casi sin aire.

—Yo también —respondió, apretándome más fuerte.

Una última embestida nos deshizo a los dos a la vez. Me corrí con un temblor que me recorrió de la nuca a los pies, y lo sentí llegar al mismo tiempo, derramándose con un gemido que se le quedó atascado en la garganta. Nos quedamos quietos un instante, encajados, antes de desplomarnos sobre el colchón, jadeando, sudados, riéndonos sin saber muy bien de qué.

***

Más tarde, los dos boca arriba mirando el techo, le pregunté si esto cambiaba las cosas. Él se giró, me apartó un mechón de la cara y me dijo que esperaba que sí, que llevaba demasiado tiempo fingiendo que solo éramos amigos.

Todavía me cuesta creer cómo terminó aquella cena de agradecimiento. Empecé la noche convencida de que iba a darle las gracias por un regalo. Acabé descubriendo que el regalo de verdad no había sido la operación, sino atreverme por fin a dejar de esconderme. De él, y de mí misma.

De eso hace ya unos meses. Bruno sigue siendo mi mejor amigo. Solo que ahora, además, duerme de mi lado de la cama.

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Comentarios (4)

Ro_cba

que bueno!! me encanto desde el primer parrafo, sigue escribiendo!!!

SilvinaCordobesa

Ay dios, el titulo ya te engancha y el relato no defrauda para nada. Mas asi por favor!

LectorVeloz

Se hizo cortisimo, justo cuando estaba llegando a lo mejor. Esperando la segunda parte ya!

Fer_84

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace años con un amigo cercano... no llegue a tanto pero casi jaja. Muy bien narrado, se siente autentico.

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