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Relatos Ardientes

Esposa y madre de día, prostituta de noche

Todo empezó con un mensaje del jefe de mi marido. Llevábamos meses con un coqueteo a distancia, puro texto, pura provocación, y esa tarde se animó a contarme con detalle todas las cosas que haría conmigo. Algunas me dieron risa, otras me incomodaron. Pero una me dejó pensando el resto del día, con el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si así pudiera apagar lo que me había despertado.

Me escribió que, debajo de las oficinas de la compañía de teléfonos, cerca del viejo monumento, se juntaba un grupo de mujeres que trabajaban la calle. Decía que algunas eran guapísimas y otras simplemente sabrosas. Su fantasía era comprarme un atuendo, pararme ahí entre ellas y que todos me miraran con ganas. Que me morbosearan, escribió. Y yo me quedé intrigada.

Esa misma noche, después de recoger a mis hijos, di una vuelta por la zona solo para ver. Pasé despacio y no vi nada. Me estacioné un momento, observé. Nada. Entré a la gasolinera que está más adelante y le pregunté al muchacho del turno si sabía de las chicas que trabajaban por ahí. Sonrió. Me dijo que las cariñosas se ponían más noche, como dos o tres horas después. Le di las gracias y me fui a casa con la cabeza zumbando.

No me lo podía quitar de encima. Una hora más tarde le escribí al jefe de mi marido. Le pregunté, medio en broma, si lo de su propuesta iba en serio.

—¿Lo de ir a vender tus nalgas? —me contestó.

—Tengo curiosidad —le escribí.

—La curiosidad mató al gato. En tu caso, peor: te lo cogen.

Me reí sola en la cocina. Quedamos en que había que planearlo, en que algún día iríamos juntos. Le dije que sí. Pero yo ya sabía que no iba a esperar a nadie.

***

Le escribí a mi marido para saber a qué hora volvía. Me dijo que tarde, que aún no terminaban un cierre en la oficina. En cuanto leí eso, algo se decidió solo dentro de mí. Voy a darme otra vuelta. Solo a ver.

Bañé a mis hijos, les di de cenar, los acosté. Después me metí a la ducha yo. Me puse una minifalda negra, una blusa blanca transparente sin sostén, una camisa fajada encima y unas zapatillas altas. El pelo suelto. Parecía una secretaria saliendo tarde de la oficina, y esa era exactamente la idea.

Me miré al espejo y me mojé de solo imaginar la escena: yo, en plena calle, esperando que alguien parara. Bajé al estacionamiento casi corriendo. Al subir a la camioneta me di cuenta de que me faltaba el aire. Me revisé la tanga: ya estaba húmeda.

Manejé hacia la zona buscando dónde dejar el coche. Di vueltas por las calles de alrededor hasta que me estacioné y esperé. Vi llegar un auto del que bajaron dos mujeres, una joven y otra de unos cincuenta, muy bien conservada. El coche se fue y ellas entraron a un local. Decidí bajarme, pero pensé que ahí me verían demasiado. Rodeé una cuadra, me estacioné de nuevo y me bajé.

Salió una señora de una casa. Me miró de arriba abajo, con mis zapatillas y mi falda corta.

—¿No le estorbo aquí? —pregunté.

—No, linda. Déjala ahí y ve a trabajar tranquila.

—No, señora, soy secretaria, acabo de salir de las oficinas —mentí.

—No tienes por qué mentirme —dijo sonriendo—. Se ve que eres de las chicas lindas de la esquina.

Me sorprendió que lo notara tan rápido. Terminé confesándole a medias que necesitaba completar la quincena. Ella me palmeó el brazo.

—Si yo tuviera tu edad y tu cuerpo, también lo haría. Ve sin problema. Si necesitas algo, toca mi puerta. Yo duermo tarde.

—Gracias —murmuré.

—Ve con cuidado y exprímelos —dijo, y se metió.

***

Caminé con miedo hacia la esquina. Pasaban autos despacio, me tocaban el claxon, me gritaban cosas. Yo trataba de no voltear. El parque de enfrente tenía zonas oscuras y zonas iluminadas, igual que la calle. Llegué hasta donde estaban las chicas y me saludaron como si nada.

—Hola, ¿cómo te va?

—Bien, aquí —dije.

—Mira, no te conozco, así que tienes que ir con la señora Nora.

Una de ellas le marcó por teléfono y, casi enseguida, apareció la mujer guapa de unos cincuenta. Me revisó de pies a cabeza.

—Ven para acá, nueva.

Caminamos hasta dar la vuelta a la esquina. Se paró, se cruzó de brazos y me encaró.

—A ver, mujer. ¿Qué buscas? ¿Traes cámara, micrófono?

—No, nada de eso. Mi marido va a salir tarde y…

—Ya te entendí —me cortó—. Quieres sentir la adrenalina de ser cariñosa.

—Es una de mis fantasías.

—Linda, esa es la fantasía de todas. No hay problema, pero vas a hacer todo lo que yo te diga. ¿Eres secretaria?

—Sí.

—Quítate esa camisa, déjate ver bien.

Me desabroché. Ella me miró el escote y soltó un silbido bajo.

—Madre santa, estás bien tetona. ¿Son naturales?

—Sí.

—Vas a ir así, enseñando, y te haces una cola. ¿Usas lentes? —Asentí—. Están en mi camioneta. —Sonrió con algo parecido al cariño—. O sea, casada, con hijos pequeños, con tu trabajo, tu camioneta, y aun así vienes aquí a esto.

—Exacto —dije.

—Muy bien, nueva. Vas a gozar esta noche. Vamos por tus lentes.

Caminamos hasta mi camioneta hablando de mi familia, de mi trabajo. Me hizo una lista: preservativos, lubricante, pastilla del día después, alcohol en gel. Le dije que también quería una cerveza.

—Nada de eso. Tómate un cooler, eso te relaja.

Entramos a la tienda de la esquina y compré casi todo. Al salir me tomó una foto.

—Para que los muchachos sepan que estás conmigo.

Volvimos a la avenida y ya había muchas más chicas. Todas saludaban a Nora con respeto. Ella me presentaba como la nueva, y me decían cosas amables, medio en broma. Nora me puso al principio de la fila.

—Ahí sale menos trabajo, pero es para lucirte como nuestra flor nueva. Yo me quedo atrás de ti. Tú párate ahí y veamos.

***

Me dejó sola a unos diez metros de las demás. Llegó el primer auto. El conductor venía masturbándose, con una cerveza en la otra mano.

—¿Cuánto, mamacita? ¿Cuánto por que me la jales?

Volteé hacia Nora. Me hizo una seña con la cabeza. Le dije el precio.

—Ven, pues.

Cometí el error de cruzar por delante del coche y acercarme por la ventanilla del conductor. Metí la mano, lo agarré, le di unos cuantos tirones y se vino enseguida. Cuando me quejé de que me había manchado, arrancó riéndose. Regresé a la banqueta y Nora negaba con la cabeza.

—Sí que eres nueva. No seas tonta: nunca te cruces por delante de un auto, ni te pongas del lado del conductor. Abres la puerta del copiloto y punto. —Me miró la mano llena—. Cuando se vengan, te limpias con la ropa de ellos, no con la tuya. Y lo más importante, nueva: ¿dónde está el dinero?

—Ay… no me pagó.

—Ay, niña. Vas aprendiendo. Vuelve a tu lugar. Quítate la camisa, deja solo la blusa transparente y súbete la falda. Ten un pañuelo.

***

El siguiente auto traía un par de chicos de unos veinte años. Pidieron una rusa. Nora se acercó, negoció por los dos, les sacó un buen billete e incluyó algo de oral. Les dijo que pararan en el parque y a mí me mandó subir.

Avanzaron una cuadra y se detuvieron. El del copiloto se bajó, me abrió la puerta y me la metió en la boca de un tirón, jalándome el pelo hasta hacerme lagrimear. El otro entró por el lado contrario y me fue quitando la blusa, dejándome los pechos al aire, apretándolos y diciéndome cosas. Cuando el primero estuvo a punto, me lo puse entre los senos y terminó ahí, sobre mi cara. Al otro le hice lo mismo. Salí del coche acomodándome la ropa, con la cara hecha un desastre.

A lo lejos, Nora me llamaba con la mano.

—¿Traes otras prendas? Ve a tu camioneta, cámbiate y límpiate ese semen. Compra los pañuelos. Aquí te espero.

***

Fui a la camioneta, me puse un conjunto blanco de encaje y volví. Estuve una hora parada, hablando con desconocidos que se acercaban, haciéndoles sexo oral, dejando que me tocaran. Después regresé a buscar otra muda y descubrí que ya no traía ropa de calle, solo unas mallas del gimnasio y unas tangas que me habían regalado. Me puse las mallas y una camisa blanca anudada, bien escotada.

Fui a la tienda por más pañuelos. Detrás de mí, una voz:

—Linda, ¿cuánto por un rapidín?

Tardé unos segundos en caer en cuenta de que esa pregunta era para mí, que de verdad estaba trabajando de prostituta en la calle. Le dije el precio. Volví a la camioneta a guardar mis cosas y el mismo hombre me siguió.

—Va, te doy el rapidín aquí mismo. Anal.

Le pedí el dinero por adelantado. Sacó un billete grande de su cartera, lo guardé, le saqué el miembro y se lo dejé listo en dos tirones. Le puse el preservativo.

—Voltéate —dijo.

Abrí los ojos enormes, sin terminar de creer lo que hacía. Me volteé, cerré los ojos y me puse en cuatro mirando hacia adentro de la camioneta. Sentí cómo me bajaba las mallas, el lubricante frío, y después su empuje entrando poco a poco. Me daba nalgadas, me decía cosas. Terminó en unos cinco minutos.

—Eres increíble —dijo mientras se quitaba el preservativo. Sacó una tarjeta—. Escríbeme, en otra ocasión te pago mejor.

Se fue. En ese momento salió la señora de la casa.

—Aquí no, niña, por favor.

—Perdón —dije, y le ofrecí el billete que acababa de cobrar—. Por la molestia.

Lo tomó.

—Ninguna molestia. Aquí te cuido.

***

La avenida era un caos de autos, gente caminando y chicas en poca ropa. Nora me gritó desde lejos.

—¿Qué atuendo es ese? Quítate esa ropa y ponte este vestido. Pero me lo vas a pagar.

—¿Aquí me cambio?

—Ay, no chingues, ¿tienes pudor? Apúrate y vuelve al principio.

Me cambié en plena calle. El vestido era de tela finísima, casi transparente. Volví a mi lugar. Las chicas ya sabían que era la nueva; se reía hasta de lo rápido que terminaban los clientes. Entonces llegó un auto con un hombre mayor.

—Tú, ven. Súbete.

—¿No quiere algo en particular? —pregunté el precio.

—No me importa el precio. Súbete.

Dudé. Las chicas me hicieron seña de que no. Una se acercó a averiguar qué quería: llevarme a su hotel. Nora intervino, le cobró por adelantado, agarró el dinero y me dijo:

—Súbete, nueva. Te van a seguir. Tú haz lo que te pida.

***

El hombre arrancó. Mientras manejaba me pidió que se lo sacara y se lo chupara. Lo hice hasta que estuvo duro. Llegamos a su hotel, dejó el coche con el valet y subimos. En la habitación me entregó una bolsa de una tienda erótica: un disfraz, un vestido azul con olanes blancos, medias y zapatillas, todo de niña traviesa. Me lo puse en el baño.

Cuando salí, su cara era pura lujuria. Sacó el teléfono y empezó a tomarme fotos y videos. Me hizo ponerme en cuclillas, me jaló, me volteó. Le dije que se pusiera el preservativo.

—Sin. Te doy más.

Lo pensé un momento y acepté. A pesar de su edad era bueno, paciente, me fue cambiando de posición. Cuando estuvo cerca le pedí que no terminara dentro de mí por delante.

—Claro que no. A las chicas como tú es por detrás.

Me puso en cuatro y terminó así, fuerte, dejándolo todo dentro. Después me pidió el disfraz de vuelta y me pagó el extra. Antes de irme me dijo algo que no esperaba.

—Vuelvo en un mes y quiero que vengas a cenar conmigo. ¿Puedes?

—Soy casada.

—No te pregunté eso. Te pregunté si puedes. Te doy el doble.

—Sí —dije—. Sí puedo.

Me dio su número y salí.

***

Abajo se me acercó un hombre joven.

—Nueva, venimos por ti. Te veníamos siguiendo. Súbete a esa camioneta negra.

Dudé, pero Nora me había dicho que esa parte la manejaban ellos. Me subí. Adentro había más hombres que no contestaron mi saludo. Apenas dejamos el hotel, una mano me agarró del cuello desde atrás.

—A ver, putita, no hagas desmadre.

Intenté zafarme y desistí. Les dije que estaba bien, que solo quería volver con Nora. Me dijeron que era mi novatada. Me jalaron el pelo, me sacaron los pechos, me abrieron las piernas. Yo no veía nada, sometida del cuello, las manos ocupadas en que no me apretaran demasiado. Me usaron entre todos, uno tras otro, hasta terminar cada uno. Pellizcos, nalgadas, manos por todos lados.

Cuando acabaron, el que venía hasta atrás me jaló.

—Súbete encima.

Me rompió el vestido de un tirón y me miró con cara de loco. Me subí, me senté sobre él y, no sé cómo, en medio del descontrol me vino tan fuerte que tuve mi primer squirt de la noche. Cabalgué desesperada hasta que terminó dentro. Me dio un beso que no le devolví.

—Me encantas. Ya lárgate. Y espero verte de nuevo.

***

Me bajé como pude, casi desnuda, con el vestido roto, la mente en blanco. Caminé sin saber bien hacia dónde, adolorida, sintiendo el calor latirme entre las piernas. Entonces escuché otra vez:

—¡Nueva!

Era Nora. Me miró y suspiró.

—Ay, niña, mira cómo te dejaron. Pero lo disfrutaste, me dijeron.

—Sí. Era otra de mis fantasías.

—¿Cuál? ¿Que te tomaran a la fuerza? —Asentí—. Pero al final te le montaste.

—Ya no aguantaba.

Se rió.

—Naciste para esto. ¿Te escapaste de tu casa para venir? —Le dije que sí, que mi marido no sabía nada. Se quedó callada, sonriendo—. ¿Vas a seguir?

—No. Ya me voy. Tengo que llegar a mi casa.

Me dio mi parte del dinero. Recuperé mis mallas y mi camisa, me las puse y caminé hasta la camioneta bamboleándome, abierta, agotada.

***

En el estacionamiento de mi edificio me bajé descalza. El vigilante se acercó.

—Mamacita, no has venido a verme. Vienes bien servida, ¿verdad? Hasta acá huele.

—Hoy no —dije—. ¿Ya llegó mi marido?

—Todavía no.

Me agarró las nalgas al pasar y me dijo que esta vez venía bien mojada. Solo sonreí y corrí a casa a bañarme y ponerme la pijama. Ya acostada, agotada, llegó mi marido.

—¿Por qué tan tarde? —pregunté.

—El cierre, ya sabes.

—Estoy en mis días. Hoy y mañana no voy a poder.

—Está bien —dijo—. Será el fin de semana.

Me di la vuelta en la cama y cerré los ojos, todavía sintiendo el eco de la noche en cada parte de mi cuerpo. Mañana volvería a ser solo esposa y madre. Pero ya sabía que esa puerta, una vez abierta, no iba a cerrarse del todo.

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Comentarios (6)

ValePorras

Tremendo relato!!! me dejo pegada a la pantalla de principio a fin, no pude parar de leer

nacho_bsas

Por favor segui con esto, quede con las ganas de saber que paso despues. Uno de los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria

Marce_lect

Lo que mas me gusto es la forma de contarlo. Se siente genuino, con ese peso que solo tienen las confesiones reales. Felicitaciones

SoloLector88

Fue solo esa noche o siguio? pregunto con curiosidad porque quede muy intrigado con el final

TuristaAtrevido77

Esa tension del comienzo esta muy bien captada. Me engancho desde la primera oracion y no pude soltar el celular

NochesFrias

jajaja me puse nervioso leyendo la parte del estacionamiento, que buena pluma

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