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Relatos Ardientes

Esposa y madre de día, prostituta de noche

Todo empezó con un mensaje del jefe de mi marido. Llevábamos meses con un coqueteo a distancia, puro texto, pura provocación, y esa tarde se animó a contarme con detalle todas las cosas que haría conmigo. Algunas me dieron risa, otras me incomodaron. Pero una me dejó pensando el resto del día, con el teléfono boca abajo sobre la mesa, como si así pudiera apagar lo que me había despertado.

Me escribió que, debajo de las oficinas de la compañía de teléfonos, cerca del viejo monumento, se juntaba un grupo de mujeres que trabajaban la calle. Decía que algunas eran guapísimas y otras simplemente sabrosas. Su fantasía era comprarme un atuendo, pararme ahí entre ellas y que todos me miraran con ganas. Que me morbosearan, que se hicieran pajas mirándote, que quisieran pagarte por meterte la verga, escribió. Y yo me quedé intrigada, con el coño ya latiendo debajo de la ropa interior.

Esa misma noche, después de recoger a mis hijos, di una vuelta por la zona solo para ver. Pasé despacio y no vi nada. Me estacioné un momento, observé. Nada. Entré a la gasolinera que está más adelante y le pregunté al muchacho del turno si sabía de las chicas que trabajaban por ahí. Sonrió, me miró las tetas sin disimulo. Me dijo que las cariñosas se ponían más noche, como dos o tres horas después. Le di las gracias y me fui a casa con la cabeza zumbando y la tanga pegada.

No me lo podía quitar de encima. Una hora más tarde le escribí al jefe de mi marido. Le pregunté, medio en broma, si lo de su propuesta iba en serio.

—¿Lo de ir a vender tus nalgas? —me contestó.

—Tengo curiosidad —le escribí.

—La curiosidad mató al gato. En tu caso, peor: te lo cogen. Te van a partir ese coño de casada aburrida y vas a volver caminando chueca.

Me reí sola en la cocina, apretando los muslos. Quedamos en que había que planearlo, en que algún día iríamos juntos. Le dije que sí. Pero yo ya sabía que no iba a esperar a nadie.

***

Le escribí a mi marido para saber a qué hora volvía. Me dijo que tarde, que aún no terminaban un cierre en la oficina. En cuanto leí eso, algo se decidió solo dentro de mí. Voy a darme otra vuelta. Solo a ver.

Bañé a mis hijos, les di de cenar, los acosté. Después me metí a la ducha yo. Me lavé despacio, y sin querer me quedé con dos dedos entre las piernas, jugando con el clítoris hinchado, imaginando manos desconocidas encima de mí. Salí antes de correrme; quería llegar al parque con la calentura entera. Me puse una minifalda negra, una blusa blanca transparente sin sostén —los pezones se marcaban duros contra la tela—, una camisa fajada encima y unas zapatillas altas. El pelo suelto. Parecía una secretaria saliendo tarde de la oficina, y esa era exactamente la idea.

Me miré al espejo y me mojé de solo imaginar la escena: yo, en plena calle, esperando que alguien parara. Bajé al estacionamiento casi corriendo. Al subir a la camioneta me di cuenta de que me faltaba el aire. Me revisé la tanga: ya estaba empapada, un hilo pegajoso me unía el encaje al coño.

Manejé hacia la zona buscando dónde dejar el coche. Di vueltas por las calles de alrededor hasta que me estacioné y esperé. Vi llegar un auto del que bajaron dos mujeres, una joven y otra de unos cincuenta, muy bien conservada. El coche se fue y ellas entraron a un local. Decidí bajarme, pero pensé que ahí me verían demasiado. Rodeé una cuadra, me estacioné de nuevo y me bajé.

Salió una señora de una casa. Me miró de arriba abajo, con mis zapatillas y mi falda corta.

—¿No le estorbo aquí? —pregunté.

—No, linda. Déjala ahí y ve a trabajar tranquila.

—No, señora, soy secretaria, acabo de salir de las oficinas —mentí.

—No tienes por qué mentirme —dijo sonriendo—. Se ve que eres de las chicas lindas de la esquina.

Me sorprendió que lo notara tan rápido. Terminé confesándole a medias que necesitaba completar la quincena. Ella me palmeó el brazo.

—Si yo tuviera tu edad y tu cuerpo, también lo haría. Ve sin problema. Si necesitas algo, toca mi puerta. Yo duermo tarde.

—Gracias —murmuré.

—Ve con cuidado y exprímelos —dijo, y se metió.

***

Caminé con miedo hacia la esquina. Pasaban autos despacio, me tocaban el claxon, me gritaban cosas. Uno frenó al lado y el conductor me sacó la lengua, otro me gritó que quería mamarme el coño. Yo trataba de no voltear. El parque de enfrente tenía zonas oscuras y zonas iluminadas, igual que la calle. Llegué hasta donde estaban las chicas y me saludaron como si nada.

—Hola, ¿cómo te va?

—Bien, aquí —dije.

—Mira, no te conozco, así que tienes que ir con la señora Nora.

Una de ellas le marcó por teléfono y, casi enseguida, apareció la mujer guapa de unos cincuenta. Me revisó de pies a cabeza.

—Ven para acá, nueva.

Caminamos hasta dar la vuelta a la esquina. Se paró, se cruzó de brazos y me encaró.

—A ver, mujer. ¿Qué buscas? ¿Traes cámara, micrófono?

—No, nada de eso. Mi marido va a salir tarde y…

—Ya te entendí —me cortó—. Quieres sentir la adrenalina de ser cariñosa. Quieres que te cojan bien cogida.

—Es una de mis fantasías.

—Linda, esa es la fantasía de todas. No hay problema, pero vas a hacer todo lo que yo te diga. ¿Eres secretaria?

—Sí.

—Quítate esa camisa, déjate ver bien.

Me desabroché. Ella me miró el escote, me abrió un poco más la blusa con dos dedos, me pellizcó ligero un pezón por encima de la tela y soltó un silbido bajo.

—Madre santa, estás bien tetona. ¿Son naturales?

—Sí.

—Vas a ir así, enseñando, y te haces una cola. ¿Usas lentes? —Asentí—. Están en mi camioneta. —Sonrió con algo parecido al cariño—. O sea, casada, con hijos pequeños, con tu trabajo, tu camioneta, y aun así vienes aquí a que te llenen la boca de vergas.

—Exacto —dije.

—Muy bien, nueva. Vas a gozar esta noche. Vamos por tus lentes.

Caminamos hasta mi camioneta hablando de mi familia, de mi trabajo. Me hizo una lista: preservativos, lubricante, pastilla del día después, alcohol en gel. Le dije que también quería una cerveza.

—Nada de eso. Tómate un cooler, eso te relaja.

Entramos a la tienda de la esquina y compré casi todo. Al salir me tomó una foto.

—Para que los muchachos sepan que estás conmigo.

Volvimos a la avenida y ya había muchas más chicas. Todas saludaban a Nora con respeto. Ella me presentaba como la nueva, y me decían cosas amables, medio en broma. Nora me puso al principio de la fila.

—Ahí sale menos trabajo, pero es para lucirte como nuestra flor nueva. Yo me quedo atrás de ti. Tú párate ahí y veamos.

***

Me dejó sola a unos diez metros de las demás. Llegó el primer auto. El conductor venía masturbándose, con una cerveza en la otra mano, la verga gorda y roja asomándole por encima del volante.

—¿Cuánto, mamacita? ¿Cuánto por que me la jales?

Volteé hacia Nora. Me hizo una seña con la cabeza. Le dije el precio.

—Ven, pues.

Cometí el error de cruzar por delante del coche y acercarme por la ventanilla del conductor. Metí la mano por la ventanilla, se la agarré caliente y resbalosa, la tenía llena de saliva. Empecé a jalársela subiendo y bajando el puño, apretando arriba en el glande cada vez que llegaba a la punta. Él pujaba, se retorcía en el asiento, me miraba las tetas colgar por la ventanilla. En pocos segundos gruñó y se vino, unos chorros gruesos que me salpicaron el antebrazo, la muñeca, hasta el cuello de la blusa. Cuando me quejé de que me había manchado, arrancó riéndose. Regresé a la banqueta y Nora negaba con la cabeza.

—Sí que eres nueva. No seas tonta: nunca te cruces por delante de un auto, ni te pongas del lado del conductor. Abres la puerta del copiloto y punto. —Me miró la mano llena de semen—. Cuando se vengan, te limpias con la ropa de ellos, no con la tuya. Y lo más importante, nueva: ¿dónde está el dinero?

—Ay… no me pagó.

—Ay, niña. Vas aprendiendo. Vuelve a tu lugar. Quítate la camisa, deja solo la blusa transparente y súbete la falda. Ten un pañuelo.

***

El siguiente auto traía un par de chicos de unos veinte años. Pidieron una rusa. Nora se acercó, negoció por los dos, les sacó un buen billete e incluyó algo de oral. Les dijo que pararan en el parque y a mí me mandó subir.

Avanzaron una cuadra y se detuvieron. El del copiloto se bajó, me abrió la puerta y me la sacó ahí mismo, en la calle: una verga larga, curva, con la vena marcada. Me agarró de la nuca y me la metió en la boca de un tirón, jalándome el pelo hasta hacerme lagrimear. Me la clavó hasta el fondo de la garganta, arcadeé, me atraganté, la saliva me chorreaba por las comisuras hasta el escote. Él me follaba la boca sin piedad, embistiéndome la cara contra su pelvis.

—Así, putita, tráguesela toda —jadeaba.

El otro entró por el lado contrario y me fue quitando la blusa, dejándome los pechos al aire, apretándolos con las dos manos, aplastándomelos, chupándome un pezón mientras me estrujaba el otro entre los dedos hasta hacerme gritar contra la verga que tenía en la boca. Me metió una mano bajo la falda, me hizo a un lado la tanga y me clavó dos dedos en el coño empapado. Me los hundió duro, sacándolos y metiéndolos con ruido de agua.

—Está goteando la cabrona —le dijo al otro—. Está más mojada que una regadera.

Sacó los dedos y me los pasó por la lengua sin soltarme el pelo. Yo chupaba a uno y me dejaba dedeaer por el otro, con las tetas afuera botándome al ritmo. Cuando el primero estuvo a punto, me lo puse entre los senos, se los junté con las manos y él me la cogió a las tetas, con la puntita asomando cada vez, hasta que gruñó y me descargó una lluvia caliente sobre la barbilla, la boca abierta, la mejilla. Un chorro me cayó en la nariz. El otro no se aguantó viéndome así de sucia; se sacó la verga y en tres tirones me pintó la otra mitad de la cara, chorros gruesos que me quedaron colgando del mentón, del pelo, mezclados con la saliva y el rímel corrido. Salí del coche acomodándome la ropa, con la cara hecha un desastre y el coño palpitándome de ganas.

A lo lejos, Nora me llamaba con la mano.

—¿Traes otras prendas? Ve a tu camioneta, cámbiate y límpiate ese semen. Compra los pañuelos. Aquí te espero.

***

Fui a la camioneta, me puse un conjunto blanco de encaje —un babydoll cortito, tanga a juego— y volví. Estuve una hora parada, hablando con desconocidos que se acercaban, haciéndoles sexo oral en la puerta abierta del copiloto, uno tras otro. Aprendí rápido: agarrarles la verga por la base con una mano, mamársela subiendo despacio, chupar la punta como si fuera una paleta, meterla toda hasta la garganta cuando ya estaban a punto, ahogarme un poco, tragar o dejarme la boca llena y escupir hacia afuera. Uno me pidió un beso negro; me arrodillé en el asfalto sucio y le mamé el culo hasta que se corrió solo, sin tocarse, con mi lengua metida dentro. Otro me sacó las tetas por encima del babydoll y las escupió antes de cogérselas, terminando entre ellas. Otro me pagó extra por hacerme abrir de piernas y comerme el coño sentado en la banqueta, con la cara pegada a mi tanga húmeda, mientras yo temblaba y me mordía el labio para no gritar. Me hizo venir en cuestión de minutos, con la lengua clavada dentro y un pulgar en el clítoris; me convulsioné agarrándole el pelo, aplastándole la cara contra mí. Cuando terminó, me lamió los muslos y se fue sin decir palabra.

Después regresé a buscar otra muda y descubrí que ya no traía ropa de calle, solo unas mallas del gimnasio y unas tangas que me habían regalado. Me puse las mallas y una camisa blanca anudada, bien escotada.

Fui a la tienda por más pañuelos. Detrás de mí, una voz:

—Linda, ¿cuánto por un rapidín?

Tardé unos segundos en caer en cuenta de que esa pregunta era para mí, que de verdad estaba trabajando de prostituta en la calle. Le dije el precio. Volví a la camioneta a guardar mis cosas y el mismo hombre me siguió.

—Va, te doy el rapidín aquí mismo. Anal.

Le pedí el dinero por adelantado. Sacó un billete grande de su cartera, lo guardé, le abrí el pantalón, le saqué el miembro —una verga gorda, más ancha que larga, con la punta violeta— y se la dejé lista en dos tirones con la boca, escupiendo saliva encima para dejársela chorreando. Le puse el preservativo con los labios, deslizándolo hasta la base.

—Voltéate —dijo.

Abrí los ojos enormes, sin terminar de creer lo que hacía. Me volteé, me bajé las mallas hasta las rodillas, cerré los ojos y me puse en cuatro apoyada contra el asiento trasero, mirando hacia adentro de la camioneta con el culo al aire, ofrecido. Sentí cómo me hacía a un lado la tanga con dos dedos, cómo me chorreaba el lubricante frío entre las nalgas, cómo me abría el culo con los pulgares para meterme la punta. Presionó despacio y luego empujó de golpe, hundiéndome media verga. Grité contra el asiento; la sensación de llenura, de ardor, de estirarme, me cortó la respiración. Empujó otra vez, otra, y a la cuarta ya me la tenía toda dentro.

—Qué culo tan apretado, hija de puta —jadeó agarrándome la cadera.

Empezó a moverse, primero lento para acomodarse, después duro, chocando la pelvis contra mis nalgas, sacándomela casi entera y clavándomela de nuevo. Me daba nalgadas fuertes, una y otra, que me dejaban la piel ardiendo. Me estiraba de la cola de caballo, me tiraba la cabeza hacia atrás y me decía cosas al oído.

—Así te gusta, ¿verdad, putita casada? Con la verga en el culo. Vas a llegar a tu casa con el culo abierto y tu marido no se va a enterar.

Yo gemía contra el asiento, la boca abierta, la baba cayéndome. Me metí una mano entre las piernas y me froté el coño mientras él me embestía por atrás. Me apreté el clítoris entre dos dedos y en pocos segundos sentí el orgasmo trepándome por dentro. Me sacudí, apreté el culo alrededor de su verga y él gruñó al sentirme cerrar. Se vino con dos empujones más, clavado hasta el fondo, y se quedó ahí, temblando encima de mí. Terminó en unos cinco minutos, pero fueron los cinco minutos más intensos de mi vida.

—Eres increíble —dijo mientras se quitaba el preservativo, anudándolo y tirándolo debajo de un auto. Sacó una tarjeta—. Escríbeme, en otra ocasión te pago mejor.

Se fue. En ese momento salió la señora de la casa.

—Aquí no, niña, por favor.

—Perdón —dije, y le ofrecí el billete que acababa de cobrar—. Por la molestia.

Lo tomó.

—Ninguna molestia. Aquí te cuido.

***

La avenida era un caos de autos, gente caminando y chicas en poca ropa. Nora me gritó desde lejos.

—¿Qué atuendo es ese? Quítate esa ropa y ponte este vestido. Pero me lo vas a pagar.

—¿Aquí me cambio?

—Ay, no chingues, ¿tienes pudor? Apúrate y vuelve al principio.

Me cambié en plena calle, en medio de la banqueta, quedándome un momento solo con la tanga puesta, las tetas al aire para quien quisiera mirar. Y miraron: dos hombres que pasaban se quedaron plantados, uno se agarró el bulto por encima del pantalón. El vestido era de tela finísima, casi transparente, tan corto que apenas me tapaba las nalgas. Volví a mi lugar. Las chicas ya sabían que era la nueva; se reían hasta de lo rápido que terminaban los clientes. Entonces llegó un auto con un hombre mayor.

—Tú, ven. Súbete.

—¿No quiere algo en particular? —pregunté el precio.

—No me importa el precio. Súbete.

Dudé. Las chicas me hicieron seña de que no. Una se acercó a averiguar qué quería: llevarme a su hotel. Nora intervino, le cobró por adelantado, agarró el dinero y me dijo:

—Súbete, nueva. Te van a seguir. Tú haz lo que te pida.

***

El hombre arrancó. Mientras manejaba me pidió que se lo sacara y se lo chupara. Le abrí la bragueta, le busqué la verga entre los pantalones y me la llevé a la boca ahí mismo, doblada sobre la palanca, con el cinturón clavándoseme en el costado. Se la mamé despacio, chupando, lamiéndole la punta, apretándole los huevos con la otra mano. Él conducía con la mano izquierda y con la derecha me apretaba la nuca, guiándome el ritmo. La saliva se me escurría por el mentón y le caía en el muslo. Lo hice hasta que estuvo duro, hasta que me la sentí latir en la lengua. Llegamos a su hotel, dejó el coche con el valet y subimos. En el ascensor me metió una mano bajo el vestido y me toqueteó el coño mojado; el botones vio todo y bajó la vista sonriendo. En la habitación me entregó una bolsa de una tienda erótica: un disfraz, un vestido azul con olanes blancos, medias y zapatillas, todo de niña traviesa. Me lo puse en el baño.

Cuando salí, su cara era pura lujuria. Sacó el teléfono y empezó a tomarme fotos y videos. Me hizo ponerme en cuclillas, abrirme de piernas, mostrarle la tanga apartada con dos dedos. Me jaló al borde de la cama, me hizo arrodillarme y me metió la verga en la boca de nuevo, esta vez grabando de cerca cómo se me deformaba la mejilla, cómo se me caía la saliva en hilos gruesos entre sus huevos y mi mentón. Después me tiró boca arriba, me subió las medias, me abrió las piernas y me clavó la lengua en el coño por encima de la tela de la tanga, húmeda, mordiéndome por encima. Me arrancó la tanga de un tirón y me lamió sin descanso, chupándome los labios, penetrándome con la lengua, comiéndome el clítoris hasta que le clavé las uñas en la calva y me vine gritando en su cara.

Le dije que se pusiera el preservativo.

—Sin. Te doy más.

Lo pensé un momento y acepté. Se me montó encima, me abrió las piernas hasta atrás, casi tocándome las orejas con las rodillas, y me la metió de un solo empujón. Grité: era gorda, y el coño se me apretó de golpe. A pesar de su edad era bueno, paciente, me fue cambiando de posición. Me montó en misionero embistiéndome despacio, chupándome las tetas, mordiéndome los pezones. Después me puso de costado y me la metió por detrás, levantándome una pierna, jugándome con el clítoris con dos dedos mientras me susurraba guarradas al oído. Me sentó encima de él, cara a cara, y me hizo cabalgarlo con las tetas rebotándole en la boca; él me apretaba las nalgas, me abría el culo, me metía un dedo mojado ahí mientras yo subía y bajaba sobre su verga. Me vine dos veces más, temblando, chorreándole encima. Cuando estuvo cerca le pedí que no terminara dentro de mí por delante.

—Claro que no. A las chicas como tú es por detrás.

Me puso en cuatro, se sacó la verga chorreando de jugos míos, me escupió en el culo y me la metió por atrás sin más lubricante que mi propia saliva y lo que le había goteado del coño. Ardió, pero él iba lento, hundiéndomela poco a poco hasta el fondo. Después aceleró, me agarró de los hombros y me embistió duro, la cama chocando contra la pared, mis tetas azotándome debajo. Terminó así, fuerte, gritando, dejándolo todo dentro. Sentí los chorros calientes llenarme el culo, uno tras otro. Se quedó unos segundos ahí, adentro, latiendo, hasta que se salió despacio y el semen empezó a escurrírseme por las nalgas hasta las medias blancas.

Después me pidió el disfraz de vuelta y me pagó el extra. Antes de irme me dijo algo que no esperaba.

—Vuelvo en un mes y quiero que vengas a cenar conmigo. ¿Puedes?

—Soy casada.

—No te pregunté eso. Te pregunté si puedes. Te doy el doble.

—Sí —dije—. Sí puedo.

Me dio su número y salí, todavía con su semen resbalándome por dentro del muslo.

***

Abajo se me acercó un hombre joven.

—Nueva, venimos por ti. Te veníamos siguiendo. Súbete a esa camioneta negra.

Dudé, pero Nora me había dicho que esa parte la manejaban ellos. Me subí. Adentro había más hombres que no contestaron mi saludo. Apenas dejamos el hotel, una mano me agarró del cuello desde atrás.

—A ver, putita, no hagas desmadre.

Intenté zafarme y desistí. Les dije que estaba bien, que solo quería volver con Nora. Me dijeron que era mi novatada. Me jalaron el pelo, me arrancaron el vestido de los hombros y me sacaron las tetas de un tirón, apretándomelas con manos grandes y callosas. Me abrieron las piernas a la fuerza, me hicieron a un lado la tanga y sentí varios dedos metiéndoseme al coño al mismo tiempo, escarbándome, abriéndomelo. Yo no veía nada, sometida del cuello, las manos ocupadas en que no me apretaran demasiado.

—Chúpala, puta —me dijo el de al lado, y me estampó la verga contra los labios.

Abrí la boca y me la clavó hasta la garganta, me la cogió sin dejarme respirar, con las lágrimas y la baba escurriéndome por los cachetes. Otro me metió la mano por atrás y empezó a dedearme el culo. El del cuello me soltó un segundo para desabrocharse, me giró la cara y me metió la otra verga en la boca; me obligaron a chuparlas por turnos, una y otra, embarrándomelas por toda la cara, dándome cachetadas con ellas.

Me subieron al asiento de en medio boca abajo, me arrancaron la tanga y el primero me montó por atrás, clavándomela en el coño de un solo empujón hasta el fondo. Me cogió duro, cortito, la mano apretándome la nuca contra el asiento, mientras el otro me seguía metiendo la verga en la boca. Cambiaron: el que estaba dentro se salió, el de la boca me montó, y así fueron pasando, uno tras otro, sin pausa, sin darme respiro. Me llenaron el coño de semen, me lo dejaron chorreando sobre el asiento. Uno se vino en mis tetas, me las embarró con la punta. Otro me terminó en la boca y me obligó a tragar, apretándome la mandíbula. Pellizcos, nalgadas duras que me dejaban las marcas de sus manos, manos por todos lados, dedos hurgándome en el culo, en el coño, en la boca al mismo tiempo. Sentí un cuerpo detrás y un ardor: uno me metió la verga en el culo, chorreando de todo el semen de los otros, sin lubricante, y me la clavó dando embestidas cortas y crueles hasta correrse dentro con un rugido.

Cuando acabaron, el que venía hasta atrás me jaló.

—Súbete encima.

Me rompió lo poco que me quedaba de vestido de un tirón y me miró con cara de loco. Me subí a horcajadas encima de él, me abrí el coño con dos dedos y me guie su verga adentro, la más gorda de todas. Me dejé caer de golpe y grité: me llenaba entera. Y, no sé cómo, en medio del descontrol, con los otros mirándome, tocándome las tetas desde los asientos, susurrándome cochinadas, se me disparó el placer de forma brutal. Empecé a cabalgar frenéticamente, arriba y abajo, apretándole la verga con el coño empapado. Me apreté los pezones, me eché el pelo hacia atrás. Sentí el orgasmo subiéndome desde los pies, incontrolable, y de golpe se me escapó: eyaculé encima de él, un chorro caliente que le empapó el vientre y los muslos, mi primer squirt de la noche. Grité, temblé, seguí cabalgando desesperada, con las piernas convulsionándome, hasta que él se agarró de mis caderas, me clavó desde abajo y terminó dentro con tres embestidas violentas. Me dio un beso que no le devolví.

—Me encantas. Ya lárgate. Y espero verte de nuevo.

***

Me bajé como pude, casi desnuda, con el vestido roto colgándome del cuello, la mente en blanco, el semen chorreándome por dentro de los muslos hasta las rodillas. Caminé sin saber bien hacia dónde, adolorida, sintiendo el calor latirme entre las piernas, el culo abierto, los pezones ardidos. Entonces escuché otra vez:

—¡Nueva!

Era Nora. Me miró y suspiró.

—Ay, niña, mira cómo te dejaron. Pero lo disfrutaste, me dijeron.

—Sí. Era otra de mis fantasías.

—¿Cuál? ¿Que te tomaran a la fuerza? —Asentí—. Pero al final te le montaste.

—Ya no aguantaba.

Se rió.

—Naciste para esto. ¿Te escapaste de tu casa para venir? —Le dije que sí, que mi marido no sabía nada. Se quedó callada, sonriendo—. ¿Vas a seguir?

—No. Ya me voy. Tengo que llegar a mi casa.

Me dio mi parte del dinero. Recuperé mis mallas y mi camisa, me las puse encima del cuerpo pegajoso, y caminé hasta la camioneta bamboleándome, abierta, agotada, el semen ajeno todavía escurriéndoseme por dentro.

***

En el estacionamiento de mi edificio me bajé descalza. El vigilante se acercó.

—Mamacita, no has venido a verme. Vienes bien servida, ¿verdad? Hasta acá huele.

—Hoy no —dije—. ¿Ya llegó mi marido?

—Todavía no.

Me agarró las nalgas al pasar, me metió la mano entre ellas por encima de las mallas, sintió lo mojado, lo pegajoso, y sonrió.

—Vienes bien cogida. Otro día me toca a mí.

Solo sonreí y corrí a casa a bañarme y ponerme la pijama. Bajo el agua caliente vi el semen bajarme por las piernas hasta el desagüe, sentí los moretones de los dedos en las caderas, los mordiscos en las tetas. Me metí dos dedos y me limpié por dentro lo mejor que pude. Ya acostada, agotada, llegó mi marido.

—¿Por qué tan tarde? —pregunté.

—El cierre, ya sabes.

—Estoy en mis días. Hoy y mañana no voy a poder.

—Está bien —dijo—. Será el fin de semana.

Me di la vuelta en la cama y cerré los ojos, todavía sintiendo el eco de la noche en cada parte de mi cuerpo: el ardor del culo, la carne inflamada del coño, el sabor amargo del semen en el fondo de la garganta. Mañana volvería a ser solo esposa y madre. Pero ya sabía que esa puerta, una vez abierta, no iba a cerrarse del todo.

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Comentarios(8)

ValePorras

Tremendo relato!!! me dejo pegada a la pantalla de principio a fin, no pude parar de leer

nacho_bsas

Por favor segui con esto, quede con las ganas de saber que paso despues. Uno de los mejores que lei en mucho tiempo en esta categoria

Marce_lect

Lo que mas me gusto es la forma de contarlo. Se siente genuino, con ese peso que solo tienen las confesiones reales. Felicitaciones

SoloLector88

Fue solo esa noche o siguio? pregunto con curiosidad porque quede muy intrigado con el final

TuristaAtrevido77

Esa tension del comienzo esta muy bien captada. Me engancho desde la primera oracion y no pude soltar el celular

NochesFrias

jajaja me puse nervioso leyendo la parte del estacionamiento, que buena pluma

CabaLector22

Me recordo a una historia que me conto una amiga hace años. Increible como la vida supera a la ficcion a veces. Muy buen relato

Pilarin77

Esperando la segunda parte con ansias!!

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