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Relatos Ardientes

El empleado más tímido no supo decirme que no

Durante casi un año fui la compañía de don Aníbal. Era un hombre mayor, de manos lentas y mirada paciente, pero sabía exactamente lo que hacía conmigo en la cama. Con los dedos, con la lengua, con cualquier cosa que se le ocurriera, conseguía desarmarme entera. Lo que más me gustaba era cuando bajaba la cabeza entre mis piernas y se tomaba su tiempo, sin prisa, como si tuviera toda la noche para eso.

No voy a fingir que era solo placer. Don Aníbal era generoso. Me llenaba de regalos: lencería que él mismo elegía, vestidos ajustados que me hacían sentir poderosa, perfumes caros. Le gustaba que me arreglara para él, que me maquillara, que me pusiera escotes que dejaran poco a la imaginación. Y le encantaba exhibirme delante de sus amigos, sentarme sobre sus piernas, presumir de la mujer que lo acompañaba.

Sus amigos se reían y me devoraban con los ojos. Más de uno me propuso, en voz baja, que lo nuestro siguiera en privado. A algunos les dije que sí. Yo era una mujer libre, dueña de mis decisiones, y nunca le prometí a don Aníbal una fidelidad que no estaba dispuesta a cumplir. Él lo sabía. O prefería no saberlo.

Fue visitando sus propiedades como conocí a todos sus empleados. Don Aníbal tenía tierras, fincas, gente trabajando para él por todas partes. Y entre toda esa gente estaba Mateo.

***

Mateo era de esos hombres que no necesitan abrir la boca para alterarte el pulso. Alto, ancho de hombros, de piel clara y cabello negro, con una barba espesa y unos ojos verdes que parecían incómodos de sostenerte la mirada. Tenía los brazos de quien trabaja la tierra y un pecho amplio que se le marcaba bajo la camisa. Estaba en plena madurez, casado, con un hijo. Nada de eso me importó. Cada vez que lo tenía cerca, sentía cómo se me humedecía la ropa interior sin poder evitarlo.

Trabajaba en una finca a las afueras del pueblo, a unos kilómetros del camino principal. Yo había pasado muchas noches ahí con don Aníbal, así que conocía bien el lugar. Y sabía que Mateo casi siempre estaba solo cuidándolo.

Una mañana, después de una de esas noches, desperté sola en la cama. Don Aníbal se había ido al pueblo a resolver algo urgente y me había dejado un recado con una de las empleadas: que lo esperara. Yo seguía desnuda, así que me puse lo primero que encontré, una camiseta blanca corta que apenas me cubría, sin nada debajo. La tela era tan fina que se me marcaba todo.

Me serví un café y, por la ventana, lo vi. Mateo estaba en el jardín, podando, concentrado, ajeno a que yo lo observaba. Me entró un calor que no tenía nada que ver con la taza que tenía en la mano. Dejé el café y salí.

Cuando me vio acercarme, se puso rígido. Bajó la vista de inmediato.

—Buenos días, Mateo —le dije, jugando con un mechón de mi cabello.

—Buenos días, señorita —contestó, sin mirarme la cara.

—¿Qué haces?

—Aquí, arreglando el jardín.

Cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos, los apartaba como si quemaran. Era tímido, y esa timidez me encendía todavía más. Me acordé de que no llevaba nada bajo la camiseta, y de que justo encima de nosotros había un árbol cargado de manzanas.

—Mateo, ¿me ayudas? —le pedí, poniéndome de puntillas y estirando los brazos hacia una rama. La camiseta subió lo suficiente.

Fingí que no alcanzaba. Estiré los brazos un poco más, dejando que se viera todo. Por el rabillo del ojo noté el instante exacto en que se dio cuenta de lo que tenía delante. Tragó saliva. Yo seguí provocándolo, riéndome, mordiéndome el labio, hasta que se decidió a estirarse y bajarme la manzana.

—¿Te gustó lo que viste? —le pregunté, sin rodeos.

Se puso colorado hasta las orejas.

—No, señorita, yo no vi nada.

—Claro que sí. ¿Te gusto?

—No… usted es la mujer de don Aníbal.

—No soy la mujer de nadie, mi amor —le dije, acercándome un paso.

Estábamos así cuando escuchamos el motor del coche de don Aníbal subiendo por el camino. Me despedí de Mateo con un beso en la mejilla, caminé unos pasos y, antes de entrar, me subí la camiseta una última vez para que me mirara y le tiré un beso al aire. Después corrí a la habitación con el corazón disparado.

***

Pasaron un par de semanas desde aquella mañana. Entonces don Aníbal anunció que se iba de viaje varios días por negocios y que Mateo se quedaría a cargo de la finca. No necesité más. Era la oportunidad que estaba esperando.

Como solía salir a andar en bicicleta los fines de semana, esa fue mi excusa perfecta. Me vestí pensando en él: una tanga blanca de encaje que casi no cubría nada, un short de ciclista blanco tan ajustado que se me marcaba todo, y un top deportivo de la misma tela fina que dejaba ver mis pezones endurecidos. Me miré al espejo y supe que ningún hombre tímido sobreviviría a eso.

Mi madre me vio salir y, como siempre, me leyó la cara antes de que yo dijera nada.

—¿A dónde vas vestida así, que casi muestras todo?

—A andar en bici, mamá.

—Sí, claro. Mejor dime con quién te vas a ver.

No pude evitar reírme. A ella nunca le mentí.

—Con un amigo.

—Ajá. Te conozco demasiado bien.

—Está bien. Con Mateo, el empleado de don Aníbal.

—¡Renata! —me reñía en broma—. ¿Ya te metiste con él? Cuidado que don Aníbal te descubra.

—No está, se fue de viaje.

—O sea que aprovechas para acostarte con su empleado.

—No puedo evitarlo, mamá. Es que Mateo está demasiado bueno.

—Para ti todos están buenos —me dijo, muerta de risa.

—Mira quién habla, la que cambia de novio cada mes.

Las dos terminamos riéndonos. Antes de que me fuera, me lanzó la frase de siempre.

—Bueno, ya. Si vas con ese hombre, cuídate.

***

Pedaleé hasta la finca con el viento metiéndoseme por todas partes. En el camino me crucé con varios tipos que no se guardaron nada: silbidos, comentarios, miradas descaradas. «Qué buena estás», me gritó uno. «Qué ganas de quitarte esa tanguita», soltó otro. Yo seguí mi camino sonriendo, con el cuerpo cada vez más caliente.

Llegué a la finca y al principio no lo encontraba. Hasta que por fin lo vi salir de una de las bodegas. Cuando me reconoció, se quedó de piedra.

—Hola, señorita Renata.

Lo recorrí de arriba abajo sin disimular, me mordí el labio y saqué pecho.

—Hola, Mateo.

Me miraba de reojo, rojo y nervioso, e hizo el gesto de marcharse. Me planté delante de él y le apoyé las manos en el pecho.

—¿Por qué te vas? ¿Acaso me tienes miedo?

—No… es que usted es la mujer del patrón.

—Ya te dije que no soy la mujer de nadie. Soy libre y puedo estar con quien quiera. ¿O no te gusto?

—No es eso.

Bajé un poco el top para que me viera mejor y, sin dejar de mirarlo a los ojos, le apreté el bulto que ya tenía duro bajo el pantalón.

—Qué rico —murmuré, acariciándolo por encima de la tela.

Me subí el top del todo y le mostré los pechos.

—¿Te gustan?

Se quedó mirándome fijo. Levantó la mano derecha, me sostuvo un pecho, y después subió los dedos hasta mi cara y apoyó el pulgar sobre mis labios. Se lo chupé despacio. Entonces algo se rompió dentro de él. Me tomó de la mano y me arrastró hasta una habitación pequeña donde solo había un colchón en el suelo.

***

Nos besamos con una urgencia que llevaba semanas conteniéndose. Le metí la lengua en la boca y él me devolvió el beso como si quisiera comerme. Me apretaba los pechos con fuerza, después bajaba a mi cuello, y con la palma de la mano me acariciaba por encima del short, justo donde la humedad ya empezaba a traspasar la tela.

Su barba me raspaba la piel y me hacía estremecer cada vez que me besaba el pecho. Me tenía temblando. Me levantó las caderas para quitarme el short y la tanga, los dos completamente empapados. Mientras lo hacía, yo no aguanté y me toqué un poco, separándome con los dedos.

Cuando me dejó desnuda, bajó la cabeza. Empezó a lamerme despacio, recorriendo la cara interna de mis muslos, succionándome con una paciencia que me hacía gemir sin control. Le agarré el cabello y lo apreté contra mí, pidiéndole más sin palabras.

Después se quitó la camisa y dejó al descubierto un pecho ancho y firme que no pude evitar acariciar. Se bajó el pantalón. Se me hacía agua la boca solo de imaginarlo. Cuando se quitó el resto, lo tuve delante: grueso, duro, listo. Pero Mateo no quería esperar más. Me dobló las piernas hacia atrás, se colocó en la entrada y me penetró de una sola vez.

—Aprietas demasiado —me dijo entre dientes.

Empezó suave, moviéndose despacio, hasta que poco a poco subió el ritmo. Le gustaba escucharme, y yo no me callaba. Cada embestida me retorcía entera. Me sostenía las piernas con mis propios brazos mientras él me marcaba un compás cada vez más profundo, hasta que se vino dentro de mí con un gruñido. Sentí el calor extenderse por todo el cuerpo mientras yo me deshacía debajo de él.

Me quedé con las piernas temblando, sin fuerza, como acalambrada. Pero ninguno de los dos había terminado. Mateo se puso de pie y yo me arrodillé frente a él. Se la tomé con la boca, mirándolo a la cara, disfrutándolo, hasta que volvió a endurecerse.

Entonces se tendió en el colchón y yo me senté encima. Lo cabalgué como una loca, sintiendo cómo latía dentro de mí, moviendo las caderas en círculos, adelante y atrás, buscando el ángulo exacto. Cuando se vino otra vez, yo me corrí con él, temblando, empapándolo entero.

Le di un descanso, lo acaricié, volví a usar la boca hasta dejarlo listo de nuevo. Me puse de rodillas, de espaldas a él, y lo dejé entrar así. Me sujetó de la cintura, otra vez empezó despacio, y otra vez me llevó al límite. Me dio una palmada en la nalga que me dejó la marca de su mano sobre la piel, y me hizo gemir hasta correrme una vez más.

Lo cabalgué una última vez. Después seguí con la boca hasta que terminó. Estaba temblando, dolorida, sin aire, deshecha de la mejor manera posible.

Lo gracioso vino al final: una de las empleadas casi nos descubre y tuvimos que escondernos los dos, completamente desnudos, conteniendo la risa, mientras yo intentaba limpiarme a toda prisa.

***

Con Mateo me vi otras tres veces. No fue fácil. La relación con don Aníbal lo complicaba todo, y la esposa de Mateo me odiaba con la mirada cada vez que me cruzaba con ella; sospechaba, aunque nunca tuvo pruebas.

Cuando me encontraba con él, no podía evitar recordar todo lo que habíamos hecho en aquel colchón viejo. Él me miraba y sonreía de medio lado. Estaba segura de que lo recordaba tan bien como yo.

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Comentarios (6)

Lorena_B

Increible relato!!! me quede sin palabras

Matias_cba

Por favor segui con esta historia, quede con ganas de saber que paso despues

Marce_L

Jajaja me recordo a una situacion que yo vivi, no tan extrema pero bastante parecida. Esas cosas pasan mas de lo que uno cree

RominaC_lec

Que valiente!! y el se resistio mucho o cayo rapido? jajaja

NicoBA_85

La descripcion del comienzo me engancho desde el primer parrafo, muy bien contado

Beto_lectura

Relato corto pero muy bien logrado. Esa tension inicial es lo mejor del cuento

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