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Relatos Ardientes

Mi marido me dio permiso y llamé a su amigo esa tarde

Llevaba semanas dándole vueltas a la misma conversación. Diego me lo había dicho una noche, casi como si nada, mientras apagaba la luz de la mesita: que si yo quería estar con Andrés no le importaba, que solo le pidiera una cosa, que no le ocultara nada. Desde entonces no podía sacármelo de la cabeza. Cada vez que lo pensaba me humedecía sola, y lo que más morbo me daba no era Andrés, sino la actitud de mi marido al decirlo, esa calma suya que parecía un permiso y un desafío al mismo tiempo.

Un viernes me llamó a media mañana.

—No voy a ir a comer, amor. De la oficina me voy directo al partido. ¿Necesitas algo?

Apreté el teléfono. Era ahora o nunca.

—Oye… lo que me dijiste el otro día. ¿De verdad quieres que esté con Andrés?

Hubo un silencio corto, de los que dicen más que las palabras.

—La pregunta es si quieres tú, nena. Yo ya te lo dije: por mí no hay problema. Si de verdad tienes ganas de experimentar lo que te cuenta tu comadre, adelante. Solo no me escondas nada.

Por eso te lo pregunto. Lo pensé, pero no lo dije.

—Le voy a llamar con el pretexto del avalúo que quiere mi hermano para la casa —contesté, y me reí de mi propia excusa.

—Me avisas si lo ves —dijo él, tranquilo—. Te dejo, tengo trabajo. Te amo.

—Yo también. Si quedo en algo, te aviso.

Colgué y me quedé un momento mirando la pantalla. El corazón me iba rápido, como si acabara de hacer algo prohibido cuando todavía no había hecho nada. Me metí a bañar despacio, me arreglé con más cuidado del que admitiría en voz alta, elegí ropa interior que no me ponía para cualquiera, y entonces marqué.

—Hola —dijo Andrés, y solo con eso ya supe que iba a ceder.

—Diego no viene a comer hoy. Si quieres, podríamos vernos antes.

No tardó ni un segundo en proponerme una comida. Pasó por mí media hora después, con un ramo de flores en una mano y una cajita de bombones en la otra, como un adolescente que se esfuerza demasiado. Me hizo gracia y me gustó, las dos cosas a la vez.

***

El restaurante era de manteles largos y luz baja. Nos sentaron al fondo, en una mesa medio escondida detrás de una columna, y creo que él lo había pedido así. No habíamos terminado el primer plato cuando su mano ya estaba debajo de la mesa, sobre mi rodilla primero, subiendo después por el interior del muslo con una lentitud que me cortaba la respiración. Yo intentaba seguir la conversación, asentir, sonreírle al mesero, mientras sus dedos apartaban la tela de mi ropa interior lo justo para dejarme casi expuesta bajo el mantel.

—Estate quieto —le susurré, aunque abrí un poco más las piernas.

—Tú dime que pare —contestó, y no se lo dije.

Salimos de ahí con la comida a medias y una urgencia que me daba vergüenza y me encendía por igual. Su departamento estaba a diez minutos. No los recuerdo bien; recuerdo su mano en mi pierna todo el camino y el modo en que yo miraba por la ventanilla fingiendo una calma que no tenía.

***

Adentro me sirvió una crema de coco y él se preparó un brandy, pero ninguno de los dos tocó su copa más de un sorbo. Nos sentamos en el sofá, me abrazó, y el primer beso borró el resto. Nos fuimos desnudando despacio, botón por botón, como si tuviéramos toda la tarde, que la teníamos. Cuando ya no quedaba nada entre nosotros, se acomodó sobre mí y lo recibí con la boca, lo lamí entero, lo mojé con calma hasta que él soltó un gemido ronco y echó la cabeza hacia atrás.

Lo apreté entre mis pechos y me moví debajo de él hasta que su respiración cambió. Después giramos. Él entre mis piernas, yo sobre él, los dos buscándonos con la boca al mismo tiempo. Sentía su lengua en mi clítoris y sus dedos entrando en mí, curvándose para tocar ese punto exacto que me hacía perder el hilo de todo. Aceleré, lo chupé con más ganas, y cuando llegué tuve que sacármelo de la boca para poder gritar a gusto. Lo seguí acariciando con la mano mientras temblaba, apretándolo fuerte, y apenas pasó el último estremecimiento lo volví a meter en mi boca y no paré hasta que terminó al fondo de mi garganta. Me lo tragué casi sin pensar, los dos sin aire, riéndonos de lo poco que habíamos durado y de lo mucho que nos faltaba.

Reposamos unos segundos. Mi corazón seguía latiendo como si corriera, y él, increíblemente, seguía duro.

—Ven —dijo, y me llevó de la mano a la habitación.

Me recostó, me levantó las piernas y las apoyó sobre sus hombros, y entró de una sola embestida que me sacó el aire. La cabecera empezó a golpear contra la pared con cada movimiento, un ritmo que yo sentía hasta los dientes. Me acariciaba los pechos, me miraba a los ojos, cambiaba de postura cada vez que yo creía que no podía gozar más. Como ya había terminado en mi boca, esta vez aguantó muchísimo, y eso me deshizo: primero con las piernas en sus hombros, después en la orilla de la cama con mis tobillos cruzados en su espalda, de lado luego, y al final lo monté yo y cabalgué hasta caer rendida sobre su pecho, exhausta y más satisfecha de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo.

Lo oí levantarse e ir al baño. Hasta el sonido de él aliviándose me pareció íntimo, y me reí de mí misma por volver a sentir un cosquilleo sin ningún motivo.

***

Se hicieron las ocho. Tomé el teléfono y llamé a Diego.

—¿Qué pasó? —preguntó de inmediato.

—Estoy en el departamento de Andrés. Salió a comprar la cena.

—¿Ya pasó algo? ¿A qué hora llegas?

Respiré hondo.

—Por eso te llamo. Me quedaría con él y nos vemos mañana, ¿sí, mi amor?

—¿Entonces sí intentó algo contigo?

—Es un seductor —contesté en voz baja, mirando hacia la puerta—. Y la verdad estoy bastante prendida.

—Está bien, cariño. Nos vemos mañana. No le digas que hablamos.

—No. Le voy a decir que saliste de la ciudad, ¿te parece?

—Perfecto. Después me cuentas todo.

Colgué con una mezcla rara de culpa y excitación que, lejos de frenarme, me empujaba. Andrés volvió con la cena y nos metimos a la regadera antes de tocarla. No hicimos nada apurado ahí, solo enjabonarnos el uno al otro, sus manos recorriéndome la espalda, las mías su pecho. Después no me dejó vestirme. Me pasó una bata suya de seda, una de esas cortas con grecas rojas y negras que apenas me cubría, y nos sentamos a escuchar música mientras esperábamos la comida.

Recibió la cena en short y sin camisa. Cenamos hablando de cualquier cosa, y luego pusimos algo lento y bailamos pegados, su mano bajando hasta mis nalgas por debajo de la bata.

—¿Te tienes que ir? —murmuró contra mi oído.

—No tengo prisa. Diego no está.

Sonrió, me apretó más contra él, y nos fuimos bailando hasta la habitación sin separar los labios.

***

Volvió a empezar con la boca, paciente, hasta que tuve otro orgasmo que me dejó pidiendo clemencia entre jadeos.

—Ya, para, me vas a dejar sin aire —le dije riéndome, sin poder estarme quieta.

Él se rió también, me besó los pechos, el cuello, la boca, y sin necesidad de nada más entró en mí de un solo empuje que me arqueó la espalda. Esta vez alternó los ritmos, duro y profundo un rato, suave y largo después, dejándome sentir cada centímetro. Me levantó una pierna, me acarició mientras se movía, ahogaba mis gemidos con besos. Lo abracé fuerte y volví a terminar.

Entonces me giró. Puso una almohada bajo mi vientre, me separó las nalgas con las manos y, con su miembro empapado de mí, empezó a entrar despacio por detrás. Mi cuerpo opuso una resistencia al principio, pero él esperó, quieto, besándome la espalda hasta que cedí. Avanzó de a poco, milímetro a milímetro, hasta que lo sentí entero contra mí, y solo entonces empezó a moverse, cada vez con más facilidad, cada vez más hondo. Terminó así, abrazándome desde atrás, y nos quedamos en cucharita, pegados, hasta que me dormí sin darme cuenta.

***

Me despertó al amanecer la fricción de su cuerpo contra el mío. Lo sentí crecer entre mis nalgas y abrí los ojos justo cuando me besaba el hombro.

—Buenos días, preciosa.

—Buenos —dije, todavía medio dormida, ya buscándolo con la mano—. ¿Qué haces?

Me besó en la boca, me acarició un pecho, bajó la mano hasta abrirme con los dedos. Me puso boca arriba mientras yo seguía sosteniéndolo, lo guié hacia mí encogiendo las piernas, y entró de nuevo. Esta vez terminó dentro, despacio, mirándome, y yo lo abracé como si no quisiera que se fuera.

Nos metimos a bañar y ahí, apoyada contra los azulejos fríos e inclinada de espaldas a él, me tomó otra vez por detrás mientras su mano libre me acariciaba por delante. Llegué retorciéndome, con el clítoris tan sensible que tuve que pedirle que parara entre carcajadas y gemidos.

—Ya, ya, para —le dije, sin saber si lo decía en serio.

Siguió unos minutos más, pero esa vez ya no terminó. Cerramos la llave, nos secamos, me arreglé con la misma ropa del día anterior y él me llevó a casa sin prisa, con la radio puesta y su mano otra vez en mi pierna.

En el camino pensé en lo que le iba a contar a Diego. Todo, le había prometido. Y por primera vez no me daba miedo: me daba ganas de volver a empezar.

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Comentarios (5)

MartinaBaires

increible!!! lo lei dos veces seguidas jajaja. Se nota la emoción en cada frase.

Facundo_bsas

Por favor una segunda parte!! me quede con ganas de saber como terminó todo después con él

CintiaRN

No sé si admirarte o envidiarte, en serio. Hay mucha gente que piensa en estas cosas pero casi nadie se anima a dar el paso. El detalle de marcar el número antes de arrepentirse lo entiendo perfectamente. Muy valiente.

Curioso_Noc

Una pregunta: el amigo ya sabia que tu marido te habia dado el ok, o fue todo una sorpresa para él tambien?

LectoraNoc

La categoría confesiones tiene de todo pero pocos se sienten tan auténticos como este. Muy bien escrito.

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