La nadadora que conocí en los juegos universitarios
Todavía conservo las fotos de aquel torneo, y cada vez que las miro me detengo en la misma cara. Han pasado muchos años, pero hay cosas que uno nunca cuenta a nadie y que, sin embargo, no se borran. Esta es una de ellas.
Cuando cursaba el tercer año de la carrera, organizaron unos juegos interuniversitarios en una ciudad del norte, en un campus enorme con residencias propias. Durante diez días se reunieron equipos de media docena de universidades para competir en fútbol, básquet, natación, atletismo y voleibol. Las residencias eran amplias pero estaban divididas por edificios: los hombres dormíamos en un ala y las mujeres en otra, separados por un patio y por la mirada atenta de los entrenadores.
Yo competía en atletismo y en el equipo de fútbol. Ella nadaba y hacía gimnasia para su facultad. Se llamaba Carolina, tenía el pelo negro y largo, los ojos claros y una manera de reírse que me desarmó desde la primera tarde. Los dos rondábamos los veintidós años y congeniamos casi sin proponérnoslo.
Nos animábamos desde las gradas cada vez que el otro saltaba a competir. Yo gritaba su nombre cuando se subía al trampolín; ella se ponía de pie en la tribuna cuando yo entraba a la pista. Entre carrera y carrera buscábamos cualquier excusa para sentarnos juntos, y los entrenadores no nos quitaban el ojo de encima, lo que volvía cada roce un pequeño desafío.
Para tener un rato a solas empezamos a entrenar muy temprano, cuando el campus todavía dormía. Ella me tomaba los tiempos en la pista; yo la acompañaba a la alberca y le corregía la entrada de brazos en el estilo mariposa, que también yo nadaba. El agua fría, el eco del recinto vacío y nadie más alrededor: ese era nuestro territorio.
Una de esas mañanas, mientras le mostraba cómo girar en la vuelta de campana, mis manos resbalaron y terminaron sobre sus caderas, sobre sus nalgas, muy cerca de su entrepierna. Nos quedamos mirando un instante, suspendidos en el agua, y la besé. Ella respondió sin pensarlo, y la atraje contra mi cuerpo.
Se separó de golpe al sentir mi erección contra su vientre. Se le encendieron las mejillas.
—Perdona —dije—. Me gustas mucho, es una reacción que no puedo controlar.
—No, está bien —contestó, y tomó mi mano—. Es que nunca me habían besado así, y sentirte tan cerca me puso nerviosa.
Nunca la había visto tan hermosa como en ese momento, mojada y desconcertada.
—Iremos despacio —le dije, y la ayudé a salir del agua. No se me escapó que miraba de reojo mi entrepierna, que todavía no se calmaba del todo.
Nos secamos y nos sentamos en el césped, todavía con el corazón acelerado. Me preguntó si había tenido muchas novias. Le dije la verdad: pocas, y que con ella no necesitaba palabras, que a nuestra edad lo natural era experimentar y dejarse llevar. Acaricié su brazo y le pregunté si le había molestado el beso.
—No, para nada —admitió—. También lo deseaba. Solo que tengo poca experiencia, casi ninguna.
—Entonces tendremos que practicar más seguido —bromeé.
Se rió, recogió su toalla y se despidió con un beso más suave, mientras yo deslizaba la mano por la curva de su cadera. La vi alejarse con el traje de baño azul ciñéndole el cuerpo y supe que esos diez días iban a ser largos.
***
Los días siguientes fuimos encendiéndonos poco a poco. Cualquier pretexto servía para apartarnos del grupo y besarnos detrás de una pared, en un pasillo, entre dos canchas. Al principio eran roces tímidos; después, caricias más francas. Yo le besaba el cuello, los hombros, el interior de los muslos, muy cerca de donde se contraía cuando mis dedos la rozaban por encima de la tela.
El día que rompió el récord de su prueba la besé delante de todo el equipo, pegado a ella dentro del agua, y tuve que esperar un buen rato antes de salir de la alberca. Ella sintió mi erección entre sus piernas y abrió los ojos, sorprendida, separando un poco los muslos para sostenerse en el agua.
Más tarde la seguí hasta un jardín apartado, detrás de su edificio, donde la encontré sentada en una banca con cara de preocupación. Me senté a su lado.
—Deberías estar feliz, ganaste —le dije.
—Y lo estoy. Pero la entrenadora me vio cuando me besaste y seguro va a decirme algo. Antes del torneo nos advirtió que no nos distrajéramos, que después cada uno vuelve a lo suyo.
—Nosotros somos de la misma ciudad —le recordé, rodeándole los hombros—. No tiene por qué terminar acá. Relájate y disfruta.
La besé y, al girarme, su mano rozó mi erección por encima del traje de baño. La acarició apenas, como tratando de reconocer lo que tocaba, y la retiró rápido. Metí la mano bajo su bata, le acaricié la cintura, la cadera, el muslo, hasta llegar a su entrepierna.
Ella detuvo mi avance, entrelazando sus dedos con los míos.
—Es que siento cosas —murmuró—. Y no sé si está bien.
—Es la manera de demostrarnos que nos gustamos —le dije al oído, respirándole en la nuca—. ¿O a ti no te dan ganas de tocarme?
Llevé su mano hasta mi erección y la hice acariciarme por encima de la tela. Solté su muñeca y deslicé la mía hacia su sexo, hablándole bajito mientras le besaba el lóbulo de la oreja, la mejilla, el cuello, hasta que nos fundimos en un beso largo y profundo. Ella apretó mi miembro, lo recorrió de arriba abajo con la palma, y cuando quiso apartar la mano se lo impedí.
—¿Quieres tocarlo de verdad? —pregunté.
Sin esperar respuesta lo liberé de la tela y volví a poner su mano sobre él. Lo miró, después me miró a mí.
—Nunca había visto uno así —dijo, apretándolo—. Está muy duro… y caliente.
Puse mi mano sobre la suya y la guié de arriba abajo, enseñándole el ritmo, mientras con la otra le acariciaba el sexo por encima del traje. Su respiración se aceleró. La tela se le incrustaba entre los labios, empapada, y yo le susurraba que se dejara ir, que disfrutara.
—¿Te gusta? —pregunté—. ¿Quieres que siga?
—Sí —jadeó, mientras su mano marcaba el mismo compás que la mía.
Llegamos juntos por primera vez, casi sin darnos cuenta, ahogando los gemidos en la boca del otro. Aparté la tela y le acaricié el clítoris directamente; ella siguió moviendo la mano hasta que sintió mi humedad mojarle los dedos. Después se quedó mirándose la palma, hipnotizada, y yo me llevé los dedos a la boca con una sonrisa que la hizo reír y ruborizarse a la vez.
Nos limpiamos con un pañuelo, nos arreglamos la ropa y volvimos al grupo tomados de la mano, como si nada hubiera pasado.
***
A partir de esa tarde, lo que había entre nosotros subió de tono. Una noche organizaron una fogata; alguien tocaba la guitarra y todos cantábamos alrededor del fuego. En un momento dado dos parejas nos separamos del grupo y nos fuimos hacia unos arbustos alejados de las instalaciones, donde la oscuridad nos protegía.
Nos sentamos en el pasto. Carolina llevaba una falda azul marino plisada y una blusa clara. La abracé, la besé y deslicé la mano por su pierna hasta perderla bajo la falda. Junto los muslos, pero seguí besándola, acariciándole un seno, recostándola con suavidad sobre el césped hasta que sintió mi erección contra su cadera.
Separó las piernas apenas lo justo para que mi mano alcanzara su sexo. Se retorció y gimió cuando hice a un lado la ropa interior y la acaricié directamente. Me besó con tanta ansiedad que me mordió el labio. Yo seguía, lento, sintiendo cómo se humedecía.
Ella buscó mi cierre, lo bajó y liberó mi erección. Le tomé la mano y la llevé primero a mis testículos; los acarició despacio, reconociendo su forma, y después me masturbó tal como le había enseñado. Mientras tanto, yo le estimulaba el clítoris y deslizaba apenas un dedo en su interior. Se alarmó.
—Con cuidado —pidió.
—Tranquila, sé lo que hago —le dije, y volví a concentrarme en su clítoris.
Apretó mi brazo con fuerza y estalló en un orgasmo largo, retorciéndose en el pasto. Aproveché para bajarle la ropa interior. Ella la sujetó.
—Todavía no estoy lista para eso —dijo, cerrando las piernas.
—No haré nada que no quieras —le aseguré, besándole el cuello y los senos—. Solo relájate.
Fue aflojando, y cuando dejó de resistirse me coloqué entre sus piernas y empecé a recorrerla con la lengua, de abajo a arriba, atrapando su clítoris entre los labios. Puso una mano en mi cabeza.
—¿Qué haces? —preguntó, con un hilo de voz.
—Darte placer. Disfruta.
Le metía un dedo sin profundizar, moviéndolo en círculos, sin dejar de lamerla. Ella se mordía el puño para no gritar, alzaba la cadera hacia mi boca y, cuando ya no pudo contenerse, gimió tan fuerte que tuvo que taparse la boca con la mano. Su cuerpo entero se sacudió y luego se desplomó, agitada, con los senos subiendo y bajando.
Me incorporé, le bajé los tirantes de la blusa y junté sus pechos alrededor de mi miembro hasta terminar entre ellos. Ella solo miraba, sintiendo el calor sobre su cuello y su barbilla. Le di un beso en la frente.
—¿Te gustó? —pregunté.
Asintió, todavía sin aliento, mientras se limpiaba con el dorso de la mano. Nos arreglamos y cada uno volvió a su edificio sin decir mucho más. No hacía falta.
***
El torneo terminó con la ceremonia de premiación de atletismo, muy bonita, donde las nadadoras entregaron las medallas a los ganadores. Al día siguiente cada universidad volvía a su ciudad, así que nos dieron la tarde libre para armar el equipaje y despedirnos. Por los jardines y junto a la alberca se veían parejas diciéndose adiós.
La busqué después de su exhibición de nado sincronizado. Salió del edificio con una amiga que, al verme, sonrió y le dijo algo al oído antes de dejarnos solos. Nos tomamos de la mano y caminamos sin rumbo. Estaba seria, un poco melancólica.
—Fue lindo conocerte —dijo—. Y ahora cada uno a lo suyo, ¿no?
—Tendremos que vernos para intercambiar las fotos —contesté, mostrándole la cámara y rodeándole la cintura.
Se rió, me miró a los ojos y nos besamos. Caminamos hasta la parte de atrás del frontón, el rincón más apartado y silencioso a esa hora, y ahí nos dejamos caer sobre el césped sin despegar los labios. Mis manos recorrían su cuerpo bajo el vestido abotonado; le solté los botones, le levanté el sostén y le besé los pezones, ya duros, mientras bajaba lentamente hacia su vientre.
Le quité la ropa interior besándole el camino entero, de las pantorrillas al pubis, y volví a recorrerla a la inversa. Ella hurgaba en mi pantalón, lo desabrochaba, me lo bajaba junto con la ropa interior. El aire fresco sobre la piel me hizo acercarme más a ella, hasta que mi erección quedó junto a su mejilla. La tomó con la mano y besó la punta.
—Sabe raro… distinto —dijo.
—Usa la lengua, como yo en ti —le indiqué.
Pasó la lengua por todo el tronco hasta el glande, una vez, y otra. Yo separé sus labios y la lamí despacio, absorbiendo su humedad, mientras ella se animaba a tomarme en la boca.
—Solo con los labios, sin dientes —le pedí con suavidad.
Aprendía rápido. Mi lengua entraba y salía de ella; mi pulgar le acariciaba el clítoris en círculos. Carolina empezó a gemir contra mi piel, a temblarle las piernas, a tensarse entera, hasta que un nuevo orgasmo la sacudió y apartó la boca para respirar, aferrándome con la mano mientras yo seguía lamiéndola.
Cuando se relajó, volvió a tomarme con la boca. Le sostuve la cabeza con cuidado y terminé, y ella tragó, apretándome con los labios y sin dejar que entrara más profundo. Después nos tendimos boca arriba sobre el césped, mirando el cielo, recuperando el aliento.
—Gracias —dije, todavía agitado—. Fue increíble.
Se limpió la comisura con los dedos, nos sentamos y nos abrazamos entre risas. Buscó su ropa interior en el pasto y, antes de que la encontrara, se la mostré, me la acerqué a la nariz y se la guardé.
—Esta es mía —bromeé, y la besé otra vez.
Esa noche hubo otra fogata, con malvaviscos y guitarras, y cantamos todos juntos hasta tarde. A la mañana siguiente salimos muy temprano de regreso, antes de que el campus despertara, y ya no volví a verla por allí.
Intercambiamos las fotos, sí, un par de meses después, en un café de nuestra ciudad. Pero esa ya es otra historia. De aquellos diez días me quedó esto: la certeza de que las primeras veces, las de verdad, no se eligen ni se planean. Simplemente ocurren, en el agua fría de una alberca o detrás de un frontón, y se quedan contigo para siempre.