La amiga de Daniela me buscó en el asiento de atrás
Para entender bien lo que pasó esa madrugada, conviene haber leído antes «Daniela y la tienda de mascotas». Esto vino después, cuando ella ya era apenas un número guardado en mi teléfono y una cara bonita en una foto de perfil.
Mi sábado había sido tranquilo. Tenía planeado pasar la tarde con una amiga, Valeria, ver alguna serie en su casa y dejar que el día se gastara solo. Pero a media mañana me llegó un mensaje suyo: estaba indispuesta, tenía «bandera roja» y mejor lo dejábamos para otro día.
Sin plan, me dediqué a ordenar papeles. A la hora de darle de comer a Rocco, mi perro, encontré entre los pendientes el ticket de la tienda con un número de celular anotado en una esquina con letra apurada. Era el de Daniela. Tomé el teléfono y lo guardé casi sin pensarlo.
Apenas lo agregué, su foto de perfil apareció sola. Era su carita: piel muy blanca, cabello largo castaño, ojos grandes color miel claro y la lengua afuera en ese gesto de niña traviesa que tanto usan. La curiosidad me ganó y me puse a mirar sus estados. Una fila larga de fotos, casi todas memes y frases cursis sobre el amor. La última me detuvo: ella en un short diminuto de mezclilla, un top negro que dejaba ver su abdomen plano, la gorra con la visera hacia atrás y las manos en pose de chica mala. Debajo, una leyenda: «Soy la envidia de muchas».
Abrí el chat y la vi en línea. Decidí escribirle.
—Buenas noches —puse, sin más.
—Creo que se enojó tu novio —agregué enseguida.
En mi foto de perfil tengo a Ezrael, el ángel de la muerte, y mis iniciales pegadas al nombre. Para alguien que no me tiene agregado, la reacción era previsible.
—Oye, no te tengo agregado. ¿Quién eres? —respondió, con una hilera interminable de signos.
—Eso es lo malo de pasar desapercibido en tu vida.
—Ya en serio, ¿quién eres o te bloqueo?
—Qué rápido la violencia. Soy aquel a quien le anotaste tu número en el ticket esta mañana.
—¡Don Bruno! ¿Cómo está usted? —contestó, y casi pude escuchar la risa.
—Con ese «don» y ese «usted» terminaste de matarme mis cuarenta primaveras.
—Jajajajaja, como cree. Yo siempre le calculé menos. Como setenta u ochenta.
—¿Tan acabado me veo?
—¡Nooo! De verdad pensé que tenías treinta, treinta y tres.
—Es que me conservo en alcohol del bueno, etiqueta azul.
—Ese está carísimo. Un día vamos al antro con mis amigas y los chavos, hacemos vaquita y caemos.
—Es que no te juntas con los buenos. Yo tomo nacional, tequila —le escribí, muerto de risa.
—Ya cálmate, Bruno.
—Por cierto, sí se enojó tu novio.
—Es un niñato. Se fue apenas usted salió. Digo, apenas saliste con tu pedido. Me ando arreglando para irme al antro con mis amigas, luego nos escribimos. Besos, besos.
—Diviértete. Y no hagas nada malo.
—¿Qué no hiciera yo? Si ya estás viejito —remató, y se desconectó.
Después de esa charla empezamos una amistad rara, hecha de mensajes y horarios cruzados. Disfrutaba ver sus fotos, algunas en poses sugerentes, casi siempre con ropa pensada para que la miraran. Me agregó a todas sus redes. Yo le seguía la corriente sin esperar nada, divertido con esa energía suya de los veintipocos que no se preocupaba por mañana.
***
Pasaron dos meses. Un domingo, a las tres de la madrugada, sonó el teléfono. Era Daniela, llorando sin consuelo. Decía que yo era el único amigo capaz de ir por ellas hasta San Joaquín, un pueblo a una hora de la ciudad. Se había peleado con Kevin y el muy cobarde las había dejado tiradas. Le dije que me vestía y salía en ese instante.
Antes de subir a la camioneta miré sus estados, porque uno es curioso hasta en la urgencia. Llevaba una coleta alta tirante, poco maquillaje, un top de vinipiel con la espalda descubierta, un pantalón blanco acampanado de tela ligera y unos tacones de tiras. Dentro de mis fantasías, lo único que quería era acercar la mano al borde de esa ropa, meterla por debajo del pantalón blanco y descubrir qué tanga llevaba, si es que llevaba alguna, y encontrar ese coño rasurado y húmedo esperándome. Me imaginé bajándole el pantalón hasta los tobillos, sentándola sobre el capó de la camioneta y hundiéndole la lengua entre los labios hasta hacerla temblar. Pero eran fantasías, y yo iba a hacer de chofer responsable.
El camino se hizo eterno. La carretera vacía, los faros abriendo un túnel en la oscuridad, y yo pensando en lo absurdo de la situación: cuarenta años y manejando de madrugada para rescatar a una muchacha que ni mi número se sabía de memoria.
Al llegar a San Joaquín, Daniela se subió adelante y su amiga atrás. La amiga se llamaba Carla. Era de esas chicas bajitas con un trasero prominente, pechos enormes, cara redonda, piel morena y cabello largo rizado. No iba arreglada para impresionar: unos jeans, una blusa escotada con estampado de flores, tenis y una chamarra de mezclilla. Pero tenía algo, una manera de mirar de frente que no dejaba dudas de quién mandaba en esa amistad.
Nada de lo que imaginé pudo pasar. Daniela me dio un beso enorme en los labios y me abrazó fuerte; ahí distinguí el sabor a alcohol y a cigarro barato. Se puso el cinturón y se quedó dormida antes de salir del pueblo.
Solo me quedó la carretera y el retrovisor. Por el espejo veía a Carla, que se había corrido al centro del asiento trasero y se inclinaba hacia adelante cada dos por tres, dejando que esas tetas enormes colgaran y se bambolearan a la altura de mi nuca. En una de esas se abrió otro botón de la blusa, y las vi caer casi por completo, dos pechos morenos, redondos, con los pezones oscuros marcándose contra la tela ya sin sostén.
—Tú eres el sugar de Dani —soltó, con media sonrisa.
—No. Soy su amigo. Y los amigos no se dejan tirados.
—Mírala, viene bien dormida. A poco no te la cogerías.
Carla era directísima. El alcohol y lo que sea que hubieran fumado la traían sin freno, midiéndome, provocando a ver hasta dónde llegaba yo.
—Está bien rica mi Dani —siguió—. Si yo fuera hombre, ya me la habría cogido bien duro por todos lados. Mira qué bien formados tiene los pechos, y ese coñito apretado que ha de tener, todavía sin estrenar.
Y, sin pedir permiso, metió la mano dentro del top de su amiga dormida. Le sacó una teta redonda y blanca, con el pezón rosado y erguido, y se puso a pellizcarlo despacio, girándolo entre el pulgar y el índice. Daniela soltó un quejido suave, entre sueños, y arqueó apenas la espalda. Yo apreté el volante con más fuerza de la necesaria, mirando la carretera como si en ella estuviera la respuesta a algo, sintiendo la polla dura como piedra dentro del pantalón.
—A mí me encanta cuando la tengo entre mis piernas —dijo Carla, bajando la voz como si me contara un secreto—. La pongo a lamberme el coño hasta que me corro en su boca. Le agarro la cabeza de las coletas y la aplasto contra mí, y ella saca la lengüita como perrita y me chupa el clítoris y me mete los dedos y no para hasta que le lleno la cara. Pero ella conmigo no se anima del todo. Sigue siendo virgen, ¿lo sabías? Nadie le ha metido nada por delante todavía. Ni una polla, ni un dedo. Nadita.
No contesté. No hacía falta. Por el espejo la vi bajarse un tirante de la blusa, sacarse una teta y empezar a chuparse ella misma el pezón, mirándome fijo.
—Hace unos meses se la chupó a Kevin y tú los interrumpiste sin querer —siguió, con la teta afuera y el pezón brillando de saliva—. El pobre se tuvo que ir con la verga tiesa y los huevos doliéndole, y arreglárselas solo, hacerse una paja en el baño de la tienda por tu culpa —se rió—. Dani me contó que se la estaba mamando bien rico. Que se la metía hasta la garganta y que Kevin le agarraba la cabeza y se la empujaba. Y que estaba a punto de correrse en su boca cuando entraste tú.
Todo el viaje fue así, un rosario de groserías y confesiones que no le pedí. Yo iba con dos preocupaciones encima: que Daniela despertara y pensara que era yo quien le manoseaba las tetas, o que a Carla se le ocurriera trepar al asiento delantero y sacármela ahí mismo mientras manejaba a cien por hora. Y con una tercera, silenciosa: que la polla no se me bajaba, y cada vez que Carla se inclinaba y me rozaba el cuello con esos pezones duros me daban ganas de parar la camioneta en el arcén y follármela sobre el cofre.
—¿Dónde las dejo, Carla? —pregunté, cuando ya entrábamos a la ciudad, con la voz ronca de aguantarme.
—En casa de Dani. Sus papás no están y su hermana menor ha de estar dormida. Su hermana es mayor, no te preocupes, tiene veinticuatro. Duerme como piedra.
***
Conocía la casa de Daniela porque un par de veces había pasado a deshoras a recoger alimento para Rocco. Estacioné afuera. Carla se bajó de un salto del asiento trasero y, antes de que yo entendiera qué hacía, abrió de un tirón la puerta del conductor.
—Hola, sugar —dijo, plantada frente a mí, con la blusa abierta hasta el ombligo y las dos tetas casi afuera.
—¿Qué haces, Carla?
—Es que tengo un poco de hambre —contestó, y se agachó.
Lo siguiente ocurrió tan rápido que casi no lo proceso ni ahora. Me desabrochó el cinturón, bajó el cierre de mi pantalón de un jalón y metió la mano dentro del bóxer sin titubear. Me sacó la polla, ya durísima de todo el viaje, y se le escapó una risita al verla.
—Mira nomás la verga que se cargaba el sugar —murmuró—. Y Dani ni enterada.
Se la metió a la boca de una sola vez, hasta el fondo, y sentí la garganta cerrándose alrededor de la punta. Me arqueé en el asiento, con una mano en el volante y la otra en su cabello rizado, mientras ella empezaba a chuparme despacio, subiendo y bajando con la lengua pegada por debajo. Cerraba los labios apretados en la base y arrastraba hacia arriba, y en la punta hacía un giro con la lengua que me hizo cerrar los ojos. Escuchaba el ruido húmedo de su boca y la respiración pesada suya cada vez que la sacaba para tomar aire y volvía a tragársela entera.
—Qué rica polla tienes, sugar —jadeó, subiendo un segundo la cara, con hilos de saliva colgando de la barbilla al glande—. Si Dani no estuviera en la camioneta, me sentabas ahí atrás y me la metías toda. Me la metías por el coño y por el culo. Me tienes empapada, mira.
Se agarró una teta con la mano libre, se la sacó de la blusa y se la escupió en el pezón, mientras con la otra mano me hacía una paja lenta y cerrada. Después volvió a bajar la cabeza y me la tragó otra vez, hasta que la nariz le tocó mi vientre. Me la mamó con hambre, escupiendo saliva encima, chupándome también los huevos, lamiéndome desde la base hasta la punta como si fuera una paleta. Sentí que se me juntaba todo en la panza y le apreté más fuerte la cabeza contra mí.
Fue corto porque no aguanté más. Daniela empezó a removerse en el asiento del copiloto y Carla lo sintió también. Se metió la polla hasta el fondo una vez más, apretó los labios y chupó fuerte al sacarla, y yo me vine ahí mismo, dentro de su boca, con un espasmo que me dobló contra el volante. Sentí cómo me tragaba de a golpes, sin soltar la punta, hasta ordeñarme la última gota. Se incorporó de golpe, limpiándose la comisura con el dorso de la mano, y se pasó la lengua por los labios como saboreando.
—Rico, sugar. Sabes rico.
Yo apenas tuve tiempo de guardarme la polla todavía goteando, subirme el cierre y acomodarme, con un dolor sordo en la entrepierna y el corazón a mil. Daniela abrió la puerta, dio dos pasos y vomitó en la banqueta. La tomé de la cintura para sostenerla; sentí su piel suave bajo la tela mientras la encaminaba hacia la puerta de su casa, y sin querer le rocé una teta al agarrarla, la misma teta que Carla le había estado toqueteando media carretera.
Entró medio sonámbula, sin enterarse de nada. Carla se acercó entonces y me dio un beso con lengua, despacio, largo, hundiéndomela hasta el fondo de la boca. Sentí el sabor salado de mi propia corrida todavía en su lengua, mezclado con el alcohol y el cigarro. Me mordió el labio al soltarme.
—Tenemos algo pendiente, sugar —dijo, riéndose, y me metió la mano por encima del pantalón, apretándome la polla otra vez blanda—. La próxima vez me la metes toda. Por el coño primero y por el culo después. Y me la vas a llenar dos veces, ¿oíste? Una para mí y otra para Dani, para que se la pases con la boca cuando esté dormida. Se lo debes.
Se rió, me apretó una última vez y se metió a la casa contoneándose, sin cerrarse la blusa.
***
Por mi trabajo, esa madrugada apenas llegué a dormitar a mi casa. A las diez de la mañana ya tenía las cosas listas para quince días en la sierra alta. Subí a Rocco a la camioneta y tomamos camino. Como a las cuatro de la tarde empezó a sonar el celular con un número desconocido. Como buen desconfiado, no contesté, hasta que llegué a un pueblo antes de la entrada a la sierra, justo donde se pierde la señal.
Me detuve y encontré varios mensajes:
—¡Hola, Bruno! Gracias por lo de anoche. Oyeee, ¿no habré dejado olvidado mi celular en tu camioneta? —decía Daniela, otra vez con su hilera de letras estiradas.
En ese punto del viaje yo dejaba la camioneta en casa de Rosa, la enfermera del pueblo, y de ahí me subía a la única troca que entra a la sierra. Tuve tiempo de buscar y, en efecto, ahí estaba el teléfono de Daniela, deslizado entre los asientos. Para mi suerte —o mi desgracia—, la pantalla apagada conservaba marcado, en la grasa y la mugre de esa noche de fiesta, el patrón de desbloqueo.
Me quedé mirándolo más de la cuenta. Quince días sin señal por delante, ese teléfono en la mano y la voz de Carla todavía dándome vueltas en la cabeza: «tenemos algo pendiente, me la metes toda». Se me puso dura otra vez, ahí solo en la camioneta, imaginando a Carla montada encima con esas tetas enormes botando en mi cara, y a Daniela en la cama dormida a la que llegar con la boca llena. Lo guardé en la guantera sin desbloquearlo. Por ahora.
Continuará…





