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Relatos Ardientes

Mi ex apareció en la cabina mientras yo pilotaba

Lo cuento ahora porque hace tiempo que dejé de pertenecer a los Jóvenes Vigías, y porque hay cosas que uno solo se atreve a confesar cuando ya nadie puede pedirte cuentas. Aquella tarde volábamos sobre el Atlántico rumbo a la isla de Colmenar, donde vivía el Sabio, el único capaz de hacer algo por mi hermana Mara. La habíamos sedado y la llevábamos dormida en una cápsula, en la zona de carga, después de que su lado más oscuro casi nos arrasara a todos.

En la cabina de pasajeros viajaban Ondina y Lucía. Yo iba al frente, a los mandos de la Carabela, nuestro jet. No era una nave enorme, pero tenía todo lo que cuatro fugitivos podían necesitar para cruzar un océano sin que nadie supiera que existíamos.

—Estamos a cinco horas de Colmenar. Poneos cómodas —dije por el telefonillo, y corté la comunicación.

Sin mi armadura, que viajaba desmontada en un cofre junto a mi asiento, había tenido que conformarme con un pantalón de chándal y una camiseta gris. Los sistemas estaban perfectos, el piloto automático calculaba el rumbo y a mí solo me tocaba vigilar las pantallas. Pan comido, pensé. Me duró poco la tranquilidad.

La primera señal fue el vello de los brazos erizándose. La cabina empezó a llenarse de electricidad estática, suaves chispas que recorrían los paneles. Los rayos se concentraron en un punto y, tras un fogonazo, ella se materializó a mi lado.

Nadia.

El pelo rubio le había crecido hasta media espalda y ya no lo llevaba en trenzas. Reconocí esos ojos verde turquesa pese a las gafas tintadas de amarillo, de las que usan los esquiadores. Vestía la malla azul de cuerpo entero que había elegido desde que decidió hacerse llamar Voltia, porque su nombre real aparecía en demasiados registros policiales. Yo había intentado olvidarla cuando enderecé mi vida.

—¿Qué haces aquí, Nadia? —pregunté, mirando de reojo el cofre, mi única defensa.

—Oh… Hola. Qué casualidad encontrarte —dijo, divertida—. Iba de aquí para allá y, plas, aparezco justo en el jet que conduce mi ex.

Hacía más de siete años que no la veía, y lo último que supe de ella no era nada bueno. Algunos informes la situaban dentro de la Cofradía del Eclipse, si es que ese grupo tan hermético existía de verdad.

—Ya que estoy aquí, podríamos retomar viejas costumbres —dijo, pasándome un dedo por el mentón.

—Lo siento, Nadia. Ahora todo es distinto.

—¿Distinto cómo, corazón?

—Estoy… con alguien.

—Eso nunca nos importó a ninguno de los dos.

Se acercó y empezó a enredar los dedos en mi pelo negro, haciendo remolinos, hasta que la aparté de un manotazo.

—Jo, qué malo eres conmigo —dijo con voz aguda, antes de bajarla hasta un susurro—. Me encanta.

Cruzó los brazos a la espalda y empezó a contonear la cintura, recorriendo con la mirada cada control y cada pantalla de la cabina.

—Custodio —sonó de pronto la voz de Ondina por el telefonillo, sobresaltándonos a los dos—. Calandria se durmió y yo voy a echar una cabezada. No nos molestes hasta que lleguemos.

—Entendido —contesté, sin dejar de vigilar la reacción de Nadia.

—Vaya… —dijo ella, pensativa, recorriéndose los labios con el dedo—. ¿Esa es tu nueva chica? Suena un poco joven para ti.

—Es mi compañera. Y solo tiene cinco años menos que nosotros.

—¿Es ese tal Calandria del que habla? Creía que era un hombre. ¿Tanto has cambiado, corazón?

—Lo que yo haga ya no es asunto tuyo. ¿A qué has venido?

—La verdad es que te echo de menos.

Pasó la mano cerca de mi pelo y la estática nos lo puso de punta unos segundos.

—Tanto que haría cualquier cosa por recuperarte —dijo, y se dejó caer sobre mi regazo, interponiéndose entre los mandos y yo.

—Apártate. Necesito tener fijos los mandos.

—No mientas, conozco los planos de esta nave. Vuestro piloto automático es magnífico. Ahora bien… ¿y si yo hiciera esto?

Acercó un puño al techo y lanzó un rayo que recorrió la cabina hasta los mandos. Un pitido de alerta anunció que el piloto automático estaba frito. Tuve que apartarla y aferrar el timón con tanta fuerza que los nudillos se me quedaron blancos.

—¿Sabes? Podría dejar la Cofradía y unirme a los Vigías.

—Jamás aceptaríamos a alguien con tu pasado.

—Eso también es mentira, a ti te aceptaron. Oh, espera… —una sonrisa pícara le cruzó la cara—. ¿No le has contado a nadie todo lo que hicimos juntos?

—No te atrevas.

—Corazón —se colocó detrás del respaldo y me rodeó el cuello con los brazos—. Yo me atrevo a todo por un chico como tú. Podría desclasificar tu expediente del juzgado de menores con un chasquido. ¿Cómo le sentaría a tu calandria saber lo de aquella bomba en el zoológico?

—Vete. Ya me has complicado bastante la vida como para meter a Lucía en esto.

—¿Lucía? Bonito nombre. Dime… ¿te quiere más que yo?

—Ella no es como tú. Sí, me quiere.

Me besó la sien con una ternura fingida.

—¿Y te la chupa mejor que yo? —susurró, muy cerca de mi oído.

Un escalofrío me recorrió entero, pero conseguí mantener la calma.

—Como no bajes ahora mismo de este jet, te juro que…

—¿Que qué? —sonrió—. Si sueltas el timón, estrellas el avión y matas a tu novia mientras yo me esfumo por donde vine. No puedes amenazarme con nada.

Me tiró del pelo hasta obligarme a levantar la cabeza y mirarla a los ojos.

—Aquí la que amenaza soy yo. O me respondes con la verdad, o te juro que hago pedazos este avión.

—¿La verdad?

—¿Lucía te la chupa mejor que yo?

Ignoré la pregunta y volví la vista al frente.

Nadia empezó a acariciarme el pecho por encima de la ropa, bajando la mano hasta el ombligo, con la cara apoyada en mi hombro.

—¿No? —ronroneó, apartándome el pelo para besarme el lóbulo de la oreja—. Qué pena, con lo que tienes ahí abajo.

—Para, Nadia. Te lo pido.

Me besó la oreja varias veces seguidas, obligándome a apartar la cabeza y a torcer el timón un poco a la izquierda.

—Cuidado, conductor. No pierdas la calma —dijo, mordiéndose los labios.

Se retiró, no sin acariciarme el estómago una última vez. Dejó el índice apoyado en mi hombro, se agachó por debajo de mis brazos estirados y se colocó justo frente a mis rodillas.

—¿Qué haces?

—Recordar viejos tiempos —respondió, recorriéndome con el dedo la pierna derecha hasta el elástico del pantalón.

—Voltia, o te marchas o llamo a mis compañeras y se ocupan de ti —amenacé, moviendo las piernas para esquivar su mano, sabiendo que no podía cumplirlo sin soltar los mandos.

—Hazlo. La verdad es que me pondría muchísimo que nos vieran.

Con una sola mano desató el cordón del pantalón, mientras yo intentaba en vano cerrar las piernas sin perder el rumbo. Muy despacio, por las dificultades que le ponían mis movimientos, fue bajando el elástico hasta dejar a la vista la ropa interior. Acercó la cara al bóxer azul marino, ajena por completo a los rodillazos que yo trataba de darle.

—Mmm… Deberías cambiarte los calzoncillos, todavía huelen a ti —dijo, aspirando con fuerza—. Déjame ayudarte.

Coló las manos por debajo de la tela y empezó a acariciar. Noté un cosquilleo traidor mientras la cara se me encendía y una gota de sudor me bajaba por la frente.

—No pareces muy contento de verme… —dijo, rodeando con el pulgar y el índice algo todavía flácido—. ¿Voy a tener que recordarte también a ti los viejos tiempos?

No respondí. Apreté el timón, cada vez más preocupado. Intenté cruzar las piernas otra vez, pero ella volvió a separármelas sin esfuerzo.

Peleando con la goma elástica, consiguió liberar mi miembro aún en reposo y, sin decir palabra, posó los labios en la punta y la besó varios segundos. Algo palpitó breve, y ella sonrió, satisfecha.

—Parece que tu amigo sí se acuerda.

Levantó la cabeza para mirarme la cara. Entre mis brazos rígidos por la tensión comprobó que yo había entornado los párpados y ladeado la cabeza.

—Por favor, no hagas esto.

—¿Por qué no? Tengo que demostrar mi valía para entrar en el grupo —dio un lengüetazo rápido—. Tengo que demostrar que soy muy buena.

Volví a intentar cruzar las piernas, esta vez con menos fuerza, y acabé tamborileando nervioso con los talones contra el suelo.

—Lucía no te conoce como yo, corazón. No sabe lo que de verdad te pone.

Metió de nuevo la mano y empezó a masajear con destreza, sin perder detalle de mi cara. Recorría la zona muy despacio, rozando, generando una corriente estática que me hacía estremecer cada pocos segundos. Sonrió al verme cerrar los ojos y hundir la barbilla en el pecho, intentando dominarme.

—Vista al frente, no querrás estrellar la Carabela… aunque sin el indicador de altitud ya estás jodido.

Puso el puño contra el suelo y, con una pequeña descarga, hizo estallar la pantalla de altitud.

Siguió acariciándome, viendo cómo respondía mi cuerpo a su pesar. Volvió a recorrerme con la lengua, más lento y más extenso esta vez, presionando varios segundos contra la punta.

—Tal y como lo recordaba —dijo, bajándome los calzoncillos hasta media pierna.

Con ambas manos empezó a moverlas muy despacio, relamiéndose al notar la humedad. Se llevó una a la boca y se la lamió sin apartar la mirada de mi cara.

—Sí… lo echaba de menos —dijo, pasándose otra vez la lengua entre los dedos.

Lamió en grandes círculos, deslizando luego la lengua a lo largo de todo el tronco, frenando el ritmo de las manos. Yo, con los ojos entrecerrados, me concentré en mantener la nave recta, intentando evadirme de lo que ocurría más abajo mientras la excitación crecía sin permiso.

Nadia soltó una risita por lo bajo y finalmente se lo metió en la boca. Sin dejar de vigilar mi reacción, usó la lengua una y otra vez. Volvió a acariciar con la mano libre, enviando descargas mínimas que solo dejaban un cosquilleo. Con un sonido húmedo se lo sacó y empezó a pasárselo por los labios de lado a lado.

—Te está encantando lo que te hago.

—No —dije, tajante, con la cara descompuesta y las manos subiendo y bajando sobre el timón sin soltarlo jamás.

—Mentiroso.

Volvió a metérselo deprisa, lo rozó con los dientes y un pinchazo de dolor me hizo dar un respingo. Murmuró algo parecido a una disculpa. Luego, sujetándolo con una mano, lo recorrió de arriba abajo con los labios, cerrando los ojos, disfrutando del sabor como si no hubiera nada más en el mundo.

Sin darme cuenta desvié el rumbo hacia el norte; al volver en mí lo corregí. Los brazos empezaban a dolerme por el esfuerzo de pilotar sin instrumentos.

Cabeceó cada vez más profundo y más rápido, sus gemidos apagados creciendo en intensidad. Sentí en sus labios cómo todo volvía a tensarse.

Un escalofrío me recorrió la espalda segundos antes de no poder aguantar más. Terminé casi pillándola por sorpresa.

Tosió con fuerza, se apartó deprisa y se limpió la cara con el dorso de la mano, relamiéndose lo que arrastraba.

—Has perdido aguante, corazón.

Al bajar la vista vi que tenía las gafas y la comisura derecha de la boca manchadas, sin que pareciera molestarle lo más mínimo. Tragó, me subió la ropa interior y el pantalón, y siguió hablando como si nada.

—Ahora sí que deberías cambiarte… o no. Si quieres, dentro de un rato termino de limpiarte —acarició por encima de la tela, todavía húmeda.

Miré la última pantalla encendida. Quedaban dos horas y media para Colmenar. Mi única esperanza era resistir los calambres hasta entonces, o amerizar y rezar para que mi señal de socorro atrajera ayuda a tiempo.

—Dime… ¿esa Lucía es capaz de provocarte esto? —preguntó, todavía frente a mis rodillas.

—Te he dicho que no la metas en esto. Ella no es como tú.

—Ya me imagino —dijo con desdén, apoyándose en mi muslo para levantarse y aprovechando para sobármelo unos segundos—. Seguro que es una mojigata niña de papá incapaz de preguntarle a su chico qué le gusta. ¿Eh?

Me enfurecí, e incapaz de soltar el timón, solo pude apretar los dedos sin perder de vista el horizonte.

—¡Eres una zorra y siempre lo serás! ¡Vete a que te follen esos lunáticos con los que andas!

—Tss, tss, tss… Esa boquita —dijo, posándome el índice en la barbilla y soltando una descarga que me hizo verdadero daño—. No finjas que no te ha gustado. Y cuidado: si mis amigos quisieran, podrían haceros mucho daño, a ti y a tu hermanita. Por cierto… ¿cómo está ese pequeño demonio?

Sonrió con perversidad, jugando con un mechón de mi pelo.

—Lo cierto es que en la Cofradía del Eclipse hay mucho interés en Mara. Saltó una alarma en la base y están como locos por conocerla.

—¿Por eso has venido? ¿A secuestrarla? —escupí.

—Te lo he dicho. He venido a recordar viejos tiempos —miró por la ventanilla, de pronto inquieta—. Si supieran que he estado aquí…

Le noté miedo en la voz por primera vez. Pero, rápida como un rayo, volvió a sonreír con aquel gesto siniestro.

Me abrazó por la espalda, hundiendo la cara en mi pelo, aspirando.

—Tienes que tener los brazos doloridos… Yo podría ayudarte a relajarlos.

Estiró sus brazos largos sobre los míos, recorriéndolos de un modo parecido a como había hecho antes más abajo, y dejó escapar un gemido provocador.

—Solo deja a Lucía y yo te ayudo a llevar este avión adonde sea —empezó a fantasear, con una voz tan sensual que me arrancó otro escalofrío—. Podríamos irnos los dos solos a una isla perdida y disfrutar día y noche. Recuperaríamos poco a poco tu resistencia, ya has visto que…

—Para, Nadia —la corté—. Nunca vamos a estar juntos. Acéptalo o huye adonde quieras, tú sola. Me da igual lo que hagas. Me da igual lo que te hagan esos a los que ahora les lames las botas. Me da igual todo de ti.

Me agarró del pelo, furiosa, y tiró con fuerza mientras la estática de la cabina subía a una velocidad imposible.

—Eres gilipollas, Custodio. Te ofrezco una salida de tu vida de mierda y de una mujer que no te merece, y tú me insultas. Tu problema es que tu polla es más sincera que tú.

Varios rayos brotaron de su cuerpo y recorrieron la cabina, reventando luces y testigos. Tras las gafas, sus pupilas echaban chispas.

—Pues muérete con tu novia y con tu maldita hermana. Que os jodan a todos. Yo me largo lejos.

Un estallido sónico reverberó en toda la cabina y arrancó de cuajo los mandos y la última pantalla. Todas las alarmas chillaron a la vez y, cuando recuperé la visión, Nadia había desaparecido igual que llegó. Intenté retomar el control, pero el timón no respondía y la Carabela empezó a caer en picado hacia el océano. Lo último que hice fue golpear una y otra vez el botón de socorro, cruzando los dedos para que aún funcionara.

Antes de perder del todo la consciencia, como en mitad de un sueño, vi varias figuras parecidas a sirenas, sin traje de buceo ni nada, deslizándose hacia las ventanillas rotas de la cabina. Venían a salvarme. Esa es la parte que nadie me cree cuando la cuento. Lo demás, lo de Nadia, no se lo he contado nunca a nadie. Hasta ahora.

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Comentarios(5)

JuanP22

tremendo relato, no pude parar de leerlo!!

RocioViajera

Por favor seguí con esta historia, quedé con ganas de saber que paso después!

Piloto_MX

Juro que me puse nervioso solo de imaginar esa situación jajaja. Excelente.

ClaraVidal

¿Eso es real o inventado? Porque se siente muy autentico, como vivido de verdad.

GaboLect

increible!!! de los mejores de la categoría

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