La arquitecta dejó de ser intocable en la obra
El teléfono sonó dos veces antes de que ella atendiera. Reconocí su voz al instante, esa mezcla de profesionalismo y cansancio que me había empezado a gustar más de lo que debía.
—Hola, Mariana. ¿Cómo está hoy mi arquitecta favorita?
—Bien, Andrés, todo bien. Me pasás a buscar, ¿no? Mirá que hoy tenemos que ir a la obra y pagarle al personal.
—Tranquila. En una hora estoy en tu casa. De camino quiero parar a comprarte algo. Estoy seguro de que te va a gustar.
—¿Es para la obra?
—No, hermosa. Es para vos.
—No seas tonto, no necesito nada. Además no tenemos mucho tiempo, hay un montón de cosas que quiero mostrarte.
—No te preocupes, nos vamos a hacer tiempo para todo. Y yo también tengo algunas ideas que te van a volar la cabeza.
—Contame algo.
—No. En el auto te cuento.
Toqué bocina frente a su casa y ella salió impecable, como siempre: pantalón blanco de corte amplio, camisa azul, saco al tono. La imagen perfecta de la mujer que dirige sin levantar la voz.
—Siempre tan formal —le dije.
—Necesito guardar mi imagen frente a los obreros.
***
De camino frené en una tienda de ropa que ella no conocía. La hice bajar.
—¿Qué hacemos acá, Andrés?
—Ya vas a ver. Quiero que hoy te cambies el look. Para mí. Y para que sepan todos que sos mía.
—¿Te molesta? —preguntó, y noté que la voz le temblaba apenas.
—Si es para vos, no me molesta nada. Pero vamos a la obra. No te zarpes, que tengo que hablar con la cuadrilla y ellos me conocen formal. Necesito autoridad.
—La autoridad la voy a imponer yo —respondí—. No temas. Se van a sorprender, sí, pero no te van a discutir nada. Vas a ver cómo te dicen que sí a todo. Y no te van a sacar los ojos de encima.
—Me calienta lo que me decís. Pero por dentro me muero de miedo.
Salió de la tienda transformada. Minifalda negra, una musculosa blanca casi transparente, sin nada debajo, que dejaba adivinar sus pezones endurecidos por el aire acondicionado. Medias de red y botines de plataforma. La mujer intocable de la camisa azul había quedado colgada en un probador.
Retomamos el camino. Ella se recostó sobre mi hombro y yo aproveché.
—¿Cómo dormiste? ¿Estaba tu novio anoche? Me pareció ver su auto.
—Dormimos juntos, sí. Pero me dejó más caliente que satisfecha.
—Esa calentura te la saco yo.
Metí la mano bajo la falda. Encontré la tela de la tanga, la corrí a un costado y la acaricié despacio. Ya estaba húmeda. Mojé dos dedos en ella y me los llevé a la boca sin apartar los ojos del semáforo.
—Deliciosa. Ahora vos.
Ella entendió. Bajó el cierre de mi pantalón, me sacó la verga y se inclinó sobre mi regazo. La sentí entrar en su boca, crecer contra su lengua. Manejé así varias cuadras, con una mano en el volante y la otra en su nuca, marcándole el ritmo, obligándola a tragarme entera cada vez que me agarraba la cabeza. Acabé en su boca sin avisar.
—Tragá todo —le dije—. No quiero que se ensucie nada.
Obedeció. No se le escapó una gota.
***
Cuando llegamos a la obra, ella bajó primero y saludó a los obreros. Yo tardé a propósito. Apenas la vieron, a la cuadrilla entera se le fueron los ojos.
—¡Arquitecta! —gritó uno desde el andamio—. Venga, que la necesitamos.
Bajó del auto colorada hasta las orejas. Yo me bajé despacio, me hice el desentendido y marqué territorio.
—La arquitecta había venido muy abrigada para el calor que hace. La hice cambiar. Está mucho mejor así, ¿no, muchachos?
Todos entendieron en el acto quién mandaba.
—Sí, jefe. Mucho mejor así —dijo el más joven, sin disimular.
Ella no dijo nada y miró al piso.
—Vení, Mariana. Quiero que todos vean bien los cambios. Y que les quede claro quién manda y quién es la segunda al mando. De ahora en más venís siempre conmigo, ¿está claro?
—Sí, Andrés.
—Bien. Primero revisamos los avances. Después ustedes siguen trabajando, la arquitecta y yo hablamos en el obrador, y al final ella les paga a cada uno la semana.
***
La escalera interna todavía no estaba terminada, así que para subir al primer piso había que trepar por una de pintor.
—Primero las damas —le dije.
—¿Así?
Hizo el amago de protestar. La miré firme.
—Así. ¿O te da vergüenza?
—Un poco. Pero como vos digas.
Al cuarto escalón ya se le veía la tanga, todavía húmeda del viaje. Cinco pares de ojos la seguían desde abajo. El más joven se apuró a subir detrás para no perderse el espectáculo, y yo lo dejé. Por ahora ella era solo mía.
Arriba la tomé de la cintura y le di un chupón en el cuello, lo bastante fuerte como para que quedara la marca. Que no quedaran dudas de a quién pertenecía.
Hasta esa mañana, los obreros la trataban con un respeto distante, casi con recelo. Ella era lejana, seca, inalcanzable. Pero esa pantalla se había caído. Ahora sabían que debajo del saco al tono había otra cosa, y más de uno ya calculaba en silencio cómo y cuándo.
La idea la abrumaba y al mismo tiempo la encendía. Lo vi en su cara. Poco a poco la actitud miedosa se le iba transformando en otra cosa, en la conciencia repentina de que la exhibición también le daba poder sobre ellos. No la iba a tener el que quisiera. Solo el que ella quisiera, y siempre con mi permiso. Eso se lo dejé claro al oído.
—Mirala a la arqui —murmuró uno, sin saber que lo escuchaba—. Tan modosita que parecía.
—Está fuerte —contestó el de al lado—. Yo le entraría sin pensarlo.
Recorrimos la planta comparando los planos con lo que se iba levantando. Ella no se movió de mi lado.
—Agachate y traeme ese metro —le pedí.
Se agachó de cuclillas, recatada.
—No. Así no. Ya sabés cómo.
Se enderezó y volvió a bajar, esta vez doblando la cintura, con el culo a la vista de todos los que miraban desde el piso de abajo.
—Así, arquitecta. El paisaje por esa ventana es mucho mejor de este lado.
Algunos ya se reían abiertamente. Me acerqué por detrás antes de que se enderezara, me apoyé contra ella y la tomé de las caderas para que sintiera que ya estaba dura otra vez. Al separarme, deslicé la mano entre sus piernas y un dedo rozó la tela mojada y la línea entre sus nalgas.
Ella no pudo más. La vergüenza del principio se había convertido en otra cosa. Estaba empapada de nuevo y empezaba a aceptar, sin decirlo, que exhibirse le gustaba. Un suspiro se le escapó al sentir mi dedo.
—Te calienta, mi putita —le dije al oído—. Te gusta el manoseo y que te miren, ¿no?
Giró apenas la cabeza.
—Sí. ¿Me vas a coger hoy? Quiero que me cojas acá.
Me enderecé y subí la voz para el resto.
—Bueno, muchachos, a trabajar. La arquitecta y yo vamos al obrador a terminar de discutir unos detalles. Después ella les paga a cada uno.
***
Entramos al obrador, una casilla de chapa con una mesa larga y los planos clavados en la pared. La atraje de la cintura y la besé. Le subí la musculosa, se la saqué por la cabeza y empecé a morderle los pechos, despacio primero, después con más ganas. El izquierdo era más sensible: lo sentí endurecerse contra mi lengua y ella arqueó la espalda.
—Estoy que ardo, Andrés. Acá, en tetas, donde todos nos pueden escuchar.
La levanté y la senté sobre la mesa. Le abrí las piernas, le saqué la tanga y me agaché entre sus muslos. Jugué con la lengua sobre su clítoris, lento, hasta que dejó de poder controlar la respiración.
—Soy tuya. Soy tu puta, Andrés.
—Decilo más fuerte. Que te escuchen.
—Soy tu puta —dijo, todavía bajito.
—No. Fuerte. Sos mi puta y lo vas a ser hasta que yo lo decida.
—¡Soy tu puta! —gritó al fin, y la chapa devolvió el eco.
Seguí con la lengua hasta que la sentí inundarme la boca con el primer orgasmo. Le temblaban las piernas a los costados de mi cabeza.
—Parate y agachate sobre la mesa.
Me bajé el pantalón y apoyé la punta contra ella. Apenas la rocé, volvió a subirle esa urgencia. Ya no le importaba lo que pensaran afuera. Solo estábamos ella, yo y las ganas.
—Cogeme. ¡Cogeme!
—Tomala, puta —dije en voz alta, para que ninguno tuviera dudas de lo que estaba pasando.
Entré de un solo empellón, hasta el fondo. Con cada embestida le bajaba una palmada en las nalgas que resonaba dentro y fuera de la casilla. Un gemido de dolor, otro de placer, y el culo poniéndosele rojo.
—¡Ay, sí! ¡Ahí!
Cuando la noté cerca, me frené. Se dio vuelta con los ojos brillantes, entre el placer y la rabia.
—No pares ahora. Seguí. ¡Seguí!
—¿Querés acabar? Entonces moveté. Si querés acabar, te lo ganás.
Le seguí dando palmadas mientras ella se movía contra mí con una intensidad que no le conocía. La sentí latir por dentro, contraerse, y un segundo orgasmo la sacudió entera, más fuerte que el primero.
—Ahora me toca a mí.
Junté su humedad con los dedos, le escupí entre las nalgas y le metí uno, después dos, abriéndola despacio.
—Estoy tan caliente, Andrés. Quiero tu leche. Lléname el culo, por favor.
—Tomá, puta. Gritá.
Empujé despacio y la sentí ceder. Ella gritó, mitad placer mitad ardor.
—¡Así! ¡Así, rompeme el culo!
Se masturbaba sola mientras yo entraba y salía, y acabó otra vez sin dejar de repetir que era mía. La agarré más fuerte de las caderas y empujé hasta el final, hasta vaciarme dentro de ella en una última estocada larga.
—Así quería que me dejaras —murmuró, todavía temblando—. Llena.
Salí despacio. Le pasé un dedo por los dos orificios, mezclando todo, y ella se estremeció una vez más. Después se arrodilló, me limpió con la boca, despacio, mirándome a los ojos, y me sonrió.
—¿Así te gusta, Andrés?
—Así me gusta, arquitecta.
Me besó.
***
Salí del obrador con su tanga en la mano. Ninguno estaba trabajando de verdad; todos habían estado pendientes de los ruidos que salían de la casilla, fingiendo medir paredes.
—Pasen, muchachos. La arquitecta les va a pagar la semana.
Colgué la tanga del clavo de la puerta, a la vista de todos, y ahí la dejé. Atrás, ella terminaba de acomodarse la minifalda con una sonrisa que ya no tenía nada de la mujer intocable de esa mañana.