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Relatos Ardientes

La noche que reté a un desconocido y casi pierdo

Mi marido y yo llevábamos un par de años entrando al ambiente de las fiestas de parejas, sin prisa, eligiendo con quién y cuándo. Aquella noche en el club no buscábamos nada en concreto: buena música, unos tragos y conversación. Pero a eso de la medianoche se sentó en nuestra mesa una pareja que era imposible no mirar.

Ella se llamaba Noelia, o al menos así se presentó. Pelirroja de verdad, de esas que no salen de un frasco, altísima y tan delgada que parecía que el viento se la iba a llevar. Él era Bruno, más bajo que ella, atlético, bien vestido, de buen rostro y de una piel oscurísima, mate, sin un solo brillo, como si la hubieran pulido. Juntos eran un contraste raro que llamaba la atención de toda la sala.

Conversamos y bailamos con ellos durante horas. A mí, sinceramente, ninguno me movía nada por dentro. Eran agradables, eran llamativos, pero no me hacían fantasear. Mi marido, en cambio, se obsesionó con Noelia desde el primer minuto.

—Esa flaca tiene que tener un coño de otro planeta —me decía al oído, riéndose—. Mirale las piernas, imaginate cómo debe apretar.

Para mí la pobre era hasta sosa, pero fea no era, y mi marido estaba insoportable. Tanto insistió que terminé acercándome a ella para tantear el terreno. A la una de la mañana ya nos estábamos besando en la mesa, primero ella y yo, con las lenguas jugando despacio, después se sumó Bruno metiéndome la mano bajo la falda, y al rato mi marido tenía la boca pegada al cuello de Noelia. No pasó mucho hasta que los cuatro nos estábamos abrigando para irnos a un hotel a dos cuadras del club.

***

No salimos borrachos, apenas alegres. Llegamos a la habitación, servimos unos tragos y empezamos a desvestirnos entre besos, con la idea de meternos al jacuzzi. Noelia era blanca como la leche, de pechos pequeños, piernas finas pero torneadas, poca cola pero bien puesta. Lo que no esperábamos era lo demás. Cuando se sacó la ropa interior, mi marido y yo nos quedamos mirándola con una mezcla de sorpresa y descaro que ella notó enseguida. Tenía el coño completamente depilado, los labios internos hinchados y salidos, con la entrada visiblemente más ancha de lo normal, como si algo la hubiera estirado de más.

—Estoy así por culpa de él —dijo, soltando una carcajada y señalando a Bruno—. Miren al culpable.

Los dos giramos al mismo tiempo hacia el chico, que recién se estaba bajando el pantalón. Queridos lectores, no sé cómo describir esto sin que parezca exageración. Aun sin estar erecto, a ese hombre le colgaba una verga que no parecía de este mundo, una polla gruesa, oscura, venosa, con la cabeza como un puño, mucho más grande que lo de mi marido en su mejor momento. Nos quedamos sin habla.

Yo me reí con nervios. Mi marido, en cambio, levantó las manos y dijo en voz alta:

—Si quieren me visto, porque acá nadie va a querer la mía al lado de eso. —Y nos reímos los cuatro.

Esa presentación de partes íntimas rompió el hielo de la mejor manera. Nos metimos al jacuzzi y, entre risas y charla, las manos empezaron a navegar bajo la espuma. Los tres me tocaban las tetas, me pellizcaban los pezones, me acariciaban entre las piernas, me metían dedos, nos besábamos sin orden. Noelia me chupaba una teta mientras Bruno me abría el coño con dos dedos y mi marido me mordía el cuello. Yo intentaba abarcar la verga de Bruno con una mano y no llegaba a cerrarla. Se la agarré por debajo del agua, la sentí crecer y endurecerse en mi puño, gruesa, caliente, latiendo. Esto no entra en ningún lado, pensé, y la sola idea me dio un cosquilleo de miedo en el estómago y una humedad nueva entre los muslos.

En algún momento él se puso de pie, chorreando agua, y me ofreció la polla a la altura de la boca. Empecé despacio, lamiéndole la punta enorme, recorriéndosela a lo largo con la lengua, besando cada vena, abriendo la boca todo lo que podía hasta que me dolía la mandíbula. Lo tomaba con las dos manos, una detrás de la otra, desde la base, y lo que sobraba todavía me tocaba la garganta. Escupía sobre la cabeza para que resbalara mejor, chupaba con fuerza, sacaba la lengua para lamerle los huevos pesados que le colgaban debajo. Cada vez que intentaba metérmelo entero me atragantaba y me daban arcadas, pero él me miraba desde arriba, con una sonrisa tranquila, y me acariciaba el pelo como si fuera un premio. Mi marido, mientras tanto, se había quedado con Noelia en el borde del jacuzzi, en lo suyo: la tenía sentada con las piernas abiertas y le comía el coño con hambre, mientras ella le apretaba la cabeza y gemía bajito.

***

Bruno me llevó a la cama. Me acostó boca arriba, con la cabeza colgando hacia afuera del colchón, y volvió a metérmela en la boca desde ese ángulo. Voy a tratar de contar lo que viví, aunque me cuesta.

Desde ese ángulo la garganta se me abría en línea recta y él lo sabía. Empujó despacio la primera vez, y sentí la cabeza gruesa forzando el fondo de la boca, abriéndose paso hasta la garganta. Se afincaba centímetro a centímetro, con los huevos pegándome en la cara, hasta que sentí que me tapaba el aire. Estaba ahogada. Lloraba sin querer, intentaba gritar y no me salía nada, se me caían las lágrimas por los costados de la cara hasta el pelo, soltaba saliva espesa y babosa que ya no sabía si era saliva o algo peor, colgándome de la boca en hilos. Era una sensación horrible y excitante al mismo tiempo, demasiado intensa para mi cabeza. El tipo se afincaba con una maldad tranquila, cambiando el ritmo de golpe: se quedaba clavado hasta el fondo cinco, seis segundos, la sacaba entera para dejarme respirar dos veces, y volvía a hundírmela de un solo golpe brutal hasta la base, porque sabía perfectamente lo que tenía entre las piernas y lo que podía hacer con eso. Cada embestida me hacía chorrear más saliva, más lágrimas, más mocos. Yo tenía el coño empapado sin que nadie me tocara.

De fondo escuchaba gemidos y palmadas que venían del jacuzzi. Alcancé a girar la cara un segundo entre embestida y embestida: mi marido tenía a Noelia en cuatro patas sobre el borde, cogiéndosela con fuerza, dándole nalgadas que sonaban secas, y ella pedía más con la voz rota. Yo, mientras tanto, le daba golpes a Bruno en los muslos duros, le subía las piernas para empujarlo, le clavaba las uñas en la cadera, porque de verdad me estaba destrozando la garganta. No servía de nada. El hombre disfrutaba cada uno de mis intentos por escapar, se reía por lo bajo y me la metía más fuerte todavía, como si mis manotazos le pusieran la polla más dura.

Mi marido y Noelia se acercaron a la cama, mojados, calientes. Entre los dos me sujetaron las piernas para que dejara de patear. Ella se acomodó y empezó a lamerme el coño con la lengua plana, larga, chupándome el clítoris, metiéndome dos dedos, y él me abría las piernas por las rodillas. Me decían al oído que aguantara, que me veía hermosa así, deshecha, con la boca llena y el coño chorreando. Mi marido me penetró de una sola vez, hasta el fondo, y empezó a moverse rápido, sacudiendo la cama entera, pero yo ya casi no lo registraba. Sentía su polla entrando y saliendo, sí, pero era una sensación lejana. Toda mi atención estaba puesta en sobrevivir a la verga monstruosa que me hundía la garganta.

Se movían entre ellos, cambiaban de lugar, metían manos por todos lados. Noelia se subió encima de mí y me refregaba el coño empapado contra la boca de mi marido mientras se inclinaba a chuparle los huevos a Bruno. Yo no veía nada, solo escuchaba y adivinaba por los movimientos del colchón, por los gemidos, por el olor a sexo que llenaba la habitación. Cada vez que podía, golpeaba a Bruno, y cada golpe parecía darle más ganas. Me sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a follarme la garganta a un ritmo constante, sin frenar, como si fuera un coño más. Hasta que cedí. Dejé caer cada músculo, abrí la boca del todo, aflojé la mandíbula, la lengua, la garganta, y me entregué a una especie de muerte tranquila, convencida de que ya no había salida. Creo que me fui de este mundo unos minutos, no sé si desmayada o en trance, sintiendo apenas cómo esa verga entraba y salía de mí sin parar.

Volví cuando sentí algo caliente y espeso chorreando entre las piernas. Supuse que era mi marido acabándose adentro. Bruno seguía, con más fuerza, y por cómo se le tensaban los muslos y cómo empujaba más profundo entendí que él también estaba por acabar. Mientras Noelia se ocupaba de lo que su marido había dejado en mi vientre, lamiéndome el coño para chupar el semen que se me salía en hilos, Bruno tuvo unos espasmos profundos, gruñó grave, y descargó directo en mi garganta, sin que pudiera siquiera saborear nada. Sentí los chorros gruesos, calientes, uno detrás de otro, bajándome por la garganta hasta el estómago. Fue todo de una vez, junto con la saliva y todo lo demás que tenía guardado en la boca. Cuando por fin sacó la polla, un hilo largo de semen y baba me colgó desde los labios hasta la frente.

***

Se levantaron todos y yo quedé tirada unos segundos, mareada, con el coño lleno del semen de mi marido, la garganta ardida y la boca inundada. Noelia, muy atenta, me acompañó al baño. Me lavé la cara y, cuando me vi en el espejo, estaba colorada, con los labios secos e hinchados, el rímel corrido en dos ríos negros, restos blancos en el mentón. Me dieron náuseas y vomité una mezcla espesa de semen, saliva y trago. Ella me sostuvo el pelo, me metió bajo la ducha y, de a poco, fui volviendo a mi cuerpo. Me peiné, respiré hondo y traté de salir como si nada hubiera pasado. Pero al ver a Bruno me dio una rabia que no esperaba.

—Tu novio es un salvaje —le dije a Noelia.

—Esto es lo que sufro todos los días —contestó riéndose—. Pero no es malo. Es morboso, nada más.

Él se reía, y eso me daba todavía más bronca.

—Qué vergüenza que me vean así —dije—. Parezco una principiante.

—Para nada —dijo ella—. No es la primera vez que vivimos algo así. Además tu marido es un encanto, y coge muy bien.

—Por favor —solté, ya riéndome yo también—. Mi marido no es nadie al lado de la verga de este animal.

Nos reímos los cuatro. No sé qué me pasó, pero perdí el control: fui hasta Bruno y le di unos golpes en el pecho, llorando de rabia, hasta que la rabia se me transformó en risa. Él me abrazó con una ternura que no encajaba con lo que acababa de hacerme, y me calmé. Nos sentamos a tomar algo y la tensión bajó.

Noelia contó que la polla de Bruno medía casi treinta centímetros, que siempre le dolía aunque ya estaba acostumbrada, que ya no podía cerrar bien el coño después de tantos años, y que esa intensidad que había vivido yo a él no se la hacía nunca, porque ella ya había sufrido bastante. Por eso, cuando estaba con otra mujer, aprovechaba para descansar.

Mi marido, curioso, preguntó por el sexo anal.

—No, no, no —dijo ella—. Una sola vez, y nunca más. —Me miró seria—. En serio, no lo intentes. Te destroza el culo. Sangré tres días.

Vi la cara de mi marido. Le había dado morbo, aunque no dijo nada.

***

A ver. Yo venía de perder una batalla. Había sido la protagonista de una humillación vergonzosa, dominada por un desconocido hasta el punto de desmayarme y vomitar solo con una mamada. Nadie me reprochaba nada, pero por dentro me sentía una perdedora. Respiré, me hice la fuerte y dije lo que no debía:

—Mi culo sí aguanta esa verga. Perdí una batalla, pero no voy a perder la guerra.

Mi marido me clavó la mirada. Hubo un silencio largo. Bruno, riéndose, lanzó el desafío:

—Si no querés, no hay problema. Pero si me dejás metértela en el culo, te aviso una cosa: no la saco hasta acabar adentro.

—Ya te dije que mi culo aguanta —contesté—. Eso sí, dejame prepararme. Me la metés solo cuando yo te diga.

Era una locura y lo sabía. No entendía por qué lo estaba haciendo ni cómo iba a terminar, pero sentía que tenía que hacerlo. Invité a mi marido y a Noelia a la cama, con la idea de avisarle a Bruno cuando estuviera lista. Yo tampoco era una principiante: conocía mi cuerpo y había pasado por bastante. Es una verga más del montón, me mentí a mí misma.

Empezamos los tres con sexo oral, en varias posiciones. Nos armamos en una cadena: yo chupándole la polla a mi marido mientras Noelia me comía el coño por atrás. Después cambiamos, y yo le devolví el favor a Noelia, hundiéndole la lengua entre esos labios internos que le sobresalían, chupándole el clítoris chiquito y duro, mientras ella gemía y arqueaba la espalda. Mi marido nos atendía a las dos, chupándole las tetas a ella y metiéndome dos dedos en el coño para que yo me fuera dilatando de a poco. En un momento, sentada sobre él de frente, con su polla enterrada hasta el fondo, le pedí a Noelia que me ayudara por detrás. Ella me abrió las nalgas con las dos manos, escupió sobre el agujero, y empezó a lamerme el culo con la lengua puntiaguda, mojándomelo entero. Primero un dedo, después dos, tres, cuatro, entrando y saliendo con mucho lubricante, girando, abriéndome como un túnel. Yo cabalgaba a mi marido cada vez más rápido, con Noelia hundiéndome cuatro dedos en el culo hasta los nudillos, y sentía que me abrían por los dos lados. Llegué a un orgasmo larguísimo, chillando, apretando todo, justo cuando mi marido terminaba adentro mío con dos empujones profundos. Les pedí a los dos que se retiraran.

Quedé en cuatro patas, mirando a Bruno, sentado frente a mí con su enorme verga erecta, dura como un fierro, la cabeza morada, esperando. Le hice un gesto con la cabeza: era el momento.

Se puso el preservativo, que le quedó tirante, lo cubrió de lubricante hasta que chorreaba, me puso bastante también en el agujero abierto y se ubicó detrás. Sentí cómo apoyaba la punta gorda contra el ojete, cómo empujaba con una suavidad que no le conocía, hasta que solo la cabeza estaba dentro, ensanchándome la entrada como nunca la había sentido. Con eso nada más ya sentía una presión imposible, como si me estuvieran metiendo un puño. Respiré hondo, apreté las sábanas.

Y entonces, sin la menor piedad, empujó con todas sus fuerzas hasta enterrármela entera.

Grité de una manera que no me salía de la garganta, sino de mucho más adentro, de las tripas. Me caí hacia adelante, boca abajo, y él cayó conmigo, con todo el peso de su cuerpo encima y su verga clavada hasta el fondo, tan adentro que sentía la cabeza pegándome contra algo que no debía estar ahí. Empezó a moverse, sacándola casi entera y volviéndomela a enterrar de golpe, y yo a gritar en cada entrada y en cada salida. Sentía el culo abriéndose y cerrándose alrededor de esa polla gruesa, con un ardor que subía por toda la espalda. Era un dolor que no se puede controlar, que me hacía llorar y aullar a la vez. Hacía fuerza para sacarlo, arqueaba la espalda para escapar, le pegaba manotazos ciegos hacia atrás, golpeaba el colchón con los puños, y él seguía y seguía, agarrándome de la cadera con las dos manos, sin aflojar el ritmo.

Ya no era dolor. Era una tortura. Cada embestida me subía al fondo del vientre, me hacía perder el aire. Grité que parara, que por favor parara, que ya no quería.

—¡Sacalo! ¡Sacalo! ¡Perdí, perdí, por favor sacalo! —lloraba de verdad, con la cara aplastada contra la almohada.

El tipo seguía. Aceleró, incluso, gruñendo, con los muslos golpeándome las nalgas. Hasta que mi marido le puso una mano en el hombro y le dijo, con voz firme pero tranquila:

—Dejala.

Bruno se retiró despacio, y sentí cada centímetro de esa verga saliendo de mí, dejando el culo ardiendo, abierto, palpitando. Se puso frente a mí, que seguía tumbada boca abajo, llorando como una nena, me apoyó una mano en la cabeza con una ternura rara y me pidió disculpas. Quedé un rato así, con el dolor latiendo entre las nalgas, pero ya más calmada. En vez de tensarse, el clima se relajó. Los cuatro nos quedamos charlando, sin reproches, sin críticas, en buena onda, como si no acabara de pasar lo que pasó.

Antes de irnos fui a lavarme y me di cuenta de que me había lastimado de verdad. Tenía una mancha de sangre en el papel al limpiarme, el ojete hinchado, y me ardía sentarme. Por dentro estaba furiosa conmigo misma. Furiosa por querer aparentar algo que no podía, por no lograrlo, por el papelón, y porque al final el hombre me había hecho lo que me advirtieron que me iba a hacer. Lo único que agradecí, mientras me miraba en el espejo de ese baño, fue haber estado con mi marido. Si me hubiera quedado a solas con Bruno en esa habitación, con esa verga y esa maldad tranquila, no quiero ni pensar cómo habría terminado.

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Comentarios(8)

Renzo_BA

increible!! quede sin palabras, de los mejores que lei en confesiones

NochedeVerano

Por favor necesito la segunda parte, no podes dejarnos asi con ese final!

CarlaM_92

me recorde de un reto parecido que perdi en una fiesta jaja aunque el mio fue mucho mas inocente. Muy bueno

motero1978

Buenisimo, uno de los mejores de la categoria sin duda

Karlita_88

y al final... aguantaste o no? jajaja tremendo relato, me engancho desde el primer parrafo

MilenaBsAs

Lo que mas me gusto fue la tension que se arma desde el principio. Esa sensacion de ya no poder echarse atras es lo que te mantiene leyendo. Ojalá haya continuacion!

Turco_Bs

jajaja las apuestas que se pierden son las mejores. buen relato

Confesor22

Muy bien narrado, se siente autentico. Sigue escribiendo!

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