Subí al piso del vendedor solo por un favor
Hola otra vez. Como sé que os gusta cómo cuento estas cosas, vengo con otra confesión que tenía guardada y que nunca me había atrevido a poner por escrito. Aviso desde ya: no sigo ningún orden, voy soltando lo que me pide el cuerpo recordar. Y este, de todos, es uno de los que más me cuesta contar sin que me suban los colores.
Tenía veintinueve años cuando ocurrió. Llevaba una época rara, de esas en las que sales mucho pero vuelves a casa con más vacío que ganas. Mi historia con Daniel hacía tiempo que se había apagado y, aunque seguía viendo a Tomás de cuando en cuando, él vivía a cientos de kilómetros y nuestros encuentros eran maratones de fin de semana cada dos o tres meses. El resto del tiempo, los sábados con mis amigas eran lo único que me sacaba de la rutina. Salía por salir, sin esperar gran cosa.
Por aquellos meses abrió un restaurante nuevo en el centro que nos enamoró a todas. Se convirtió en nuestro punto de partida: cenábamos allí y luego nos íbamos de fiesta. La noche siempre empezaba bien, aunque después se torciera por cualquier tontería. Una de esas cenas, mientras andábamos con los postres, entró en el local un chico con un carrito cargado de bolsos, cinturones, camisetas. Nos vio —seis mujeres en una mesa— y se acercó directo, ofreciéndonos cosas en un castellano torpe mientras sacaba género del carro.
Mientras mis amigas bromeaban y revolvían el material, yo me había quedado embobada. Era altísimo, ancho de hombros, la cabeza rapada y un brillo en la mirada que me removió algo por dentro. Tenía unas manos enormes, igual que todo lo demás. Fue simpático, nos hizo reír, y entre la gracia y un poco de pena le compramos un par de cosas.
Como le fue bien, empezó a aparecer cada sábado. Así fuimos conociéndolo. Se llamaba Bakary, tenía veinticinco años y venía de muy lejos. Compartía piso con otros tres compatriotas suyos en la ciudad. Decía que le gustaba España, que quería traer a su familia, que se dedicaba a esto porque el campo le parecía demasiado duro. Cada vez que llegaba era un momento divertido de la cena. Pero no para todas igual. A mis amigas les hacía gracia; a mí me tenía cada día más perdida.
No es algo de lo que me sienta orgullosa, pero es la verdad.
Empecé a notar que su olor me llenaba en cuanto lo veía. Me fijaba en cada detalle de él: atlético, fuerte, la piel oscura brillante bajo las luces del restaurante, esa sonrisa. Me quedaba mirándolo más de la cuenta y, cuando él me pillaba, apartaba la vista como una cría.
Un sábado, una de mis amigas le preguntó si podía conseguirle una imitación de un bolso de marca que le encantaba. Le enseñó una foto y Bakary le dijo que tardaría unas semanas. La verdad es que yo andaba en otras cosas y ni me enteré bien de la conversación. Pasaron dos semanas y cada sábado mi amiga preguntaba, y él, casi avergonzado de que sus contactos tardaran tanto, le decía que ya estaba encargado.
El miércoles siguiente caía un diluvio. Había salido a hacer unos recados y volvía a casa bajo el paraguas cuando escuché una voz que decía mi nombre. No reconocí el tono. Al girarme vi a un chico con la capucha puesta llamándome desde un portal. Cuando me acerqué me di cuenta de que era él. Me disculpé por no haberlo reconocido; siempre lo veíamos de vaqueros y camiseta, y ese día llevaba un chándal con capucha.
—¿Qué haces por aquí? —me preguntó.
—Recados —le dije, encogiéndome bajo el paraguas—. Este tiempo es horrible.
Yo llevaba unos vaqueros ceñidos, una sudadera y unos botines de tacón, y aun así, con mi metro y medio escaso, me sentía minúscula a su lado. Bakary me contó que ya tenía el bolso de mi amiga, pero que ese sábado trabajaba de seguridad en una fiesta y no podría pasarse por el restaurante. Se sentía mal por el retraso. Vivía cerca, me dijo, y si no me importaba le gustaría dármelo a mí para que se lo hiciera llegar.
No sé si fue por hacerle el favor a mi amiga o por la cara de pena que ponía, pero le dije que no había problema. Nos pusimos en camino, yo bajo mi paraguas y él refugiado en su capucha. Le ofrecí cobijo, pero el paraguas era tan pequeño que se rio y me dijo que no hacía falta.
***
Llegamos al portal de un edificio viejo. Le dije que esperaba abajo, que no quería molestar, pero insistió en que subiera, que no podía dejarme en la entrada con el frío que hacía. Tanto insistió que acabé siguiéndolo escaleras arriba por aquel edificio sin ascensor. Cuarto piso. Abrió la puerta de un piso oscuro y algo desordenado y me invitó a pasar. Me señaló el camino al salón y me dijo que volvía enseguida con el bolso.
Nada más entrar, un olor particular me sacudió. Olía a hombre, a piel, a algo que no sabría nombrar pero que me trajo recuerdos de otras veces, de otras tardes. Y mi cuerpo, traidor, empezó a reaccionar antes de que yo pudiera decirle nada.
Estaba en mis pensamientos cuando volvió. Apareció por mi espalda hablándome y me dio un pequeño susto. Al girarme, el susto se convirtió en otra cosa. Allí estaba Bakary, tendiéndome el bolso con una mano mientras con la otra se pasaba una toalla pequeña por el torso desnudo. Me quedé clavada en el sitio.
Aquel cuerpo parecía esculpido. Se le marcaba cada músculo del abdomen, los pectorales, los brazos. Me había quitado la sudadera mojada y se secaba con una tranquilidad que me ponía nerviosa. Como no reaccionaba —su brazo me acercaba el bolso y yo no lo cogía—, me preguntó si pasaba algo.
—No, no… nada —tartamudeé, agarrando el bolso como pude.
—Ya arreglo cuentas con tu amiga otro día —dijo, encogiéndose de hombros.
Pero yo seguía recorriéndolo con la mirada, sin disimulo ya. Y entonces, al bajar la vista, me fijé en cómo se le marcaba el bulto bajo el pantalón del chándal. Algo se rompió del todo dentro de mí. Creo que hasta abrí los ojos sin querer, porque él se dio cuenta de lo que miraba. Lejos de cortarse, empezó a pasarse la toalla por la parte baja del abdomen, empujando hacia abajo la cintura del pantalón. El corazón me iba a mil. Sentí la humedad creciendo entre mis piernas, una respiración que no controlaba.
Bakary me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta. Luego me tendió la toalla.
—Sécame tú —dijo, en ese castellano tosco, y no era una pregunta.
No me lo esperaba y me pilló desprevenida. Pero cogí la toalla y, casi sin pensarlo, me arrodillé y empecé a pasarla despacio por sus muslos. Tenerlo tan cerca, a la altura de la cara, me estaba volviendo loca. Solté la toalla. Lo busqué con las dos manos y empecé a acariciarlo, a recorrerlo con la lengua, mientras notaba cómo respondía a cada roce. Alcé la vista y me encontré con su cara, esa mezcla de deseo y de aplomo, mirándome desde arriba como si supiera perfectamente lo que iba a pasar.
Me cogió del pelo y me hizo levantarme. Se agachó para besarme y su boca casi me come entera. Fue el beso más salvaje que me han dado nunca, y no fue el único. Yo ya estaba completamente a su merced y los dos lo sabíamos.
—Vamos a estar más cómodos —murmuró, y me guio hacia su habitación con una mano firme en la cintura.
***
Cerró la puerta con un pestillo rudimentario y volvió a besarme con esa furia que me hacía temblar. Mientras me besaba, empezó a quitarme el pantalón con prisa, con rabia casi. Al estar ceñido y húmedo se me pegaba a las piernas, y entre los dos, medio riéndonos, logramos sacármelo. Me quité los botines a toda velocidad. Cuando me quedé en ropa interior, me dio una palmada en el muslo que me arrancó un gemido que ni yo me esperaba.
Vi en su cara una sonrisa de saberse ganador, y entendí que estaba perdida del todo. Me sacó la sudadera y la camiseta de un tirón. Me quedé delante de él medio desnuda mientras me devoraba con los ojos. Me cogió en volandas, como si no pesara nada, y empezó a besarme el cuello, el pecho, recorriéndome la piel con una boca que parecía no tener fin.
Colgada de su cuello, con sus manos enormes sujetándome y mis piernas rodeándole la espalda, sentí cómo me buscaba. Su boca jugaba con mi piel —los dientes, la lengua, los labios— y eso me llevaba a otro mundo. Solté una mano de su cuello y la bajé hasta él. En ese instante dejó de hacer lo que hacía para mirarme y clavarme un beso que me atravesó entero.
Lo guie despacio. Cuando por fin nos encontramos, todo mi cuerpo se tensó de golpe. Bakary seguía devorándome la boca y, de pronto, con un movimiento de cadera, me embistió. Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta el último rincón, convertido en un orgasmo brutal que me hizo retorcerme sobre él. Tal y como había empezado, salió casi del todo y volvió a entrar, una y otra vez, sin tregua.
Me faltaba el aire. Gemía, gritaba, perdía la noción del tiempo y del lugar. Él me follaba con una intensidad que me destrozaba y me encantaba a partes iguales, y eso pareció animarlo más. Aceleró. Yo ya no sabía dónde estaba ni cuánto rato llevábamos así, hecha una muñeca en sus manos.
Después de un buen rato, decidió tumbarme en la cama. Durante unos segundos conseguí recuperar la respiración, boca abajo sobre las sábanas que olían a él. Lo sentí colocarse sobre mí.
—Ahora eres mía —me susurró al oído, en ese castellano roto que me ponía aún más.
Sentí sus manos abrirme camino y cómo volvía a hundirse en mí con la misma furia. Lo notaba más adentro de lo que jamás había sentido a nadie. De vez en cuando una palmada, un mordisco en el cuello, su peso entero sobre mi espalda. Yo solo podía gemir y correrme como una loca. Hubo momentos en que me pareció oír golpes en la puerta, pero no sabía si era la puerta, el cabecero o mi propia cabeza dando vueltas.
Cuando empezó a respirar entrecortado y a apretar el ritmo, supe que se acercaba el final. Sus embestidas se hicieron más profundas, casi insoportables entre el placer y el límite, hasta que se derrumbó sobre mí con un gruñido ronco. Un último orgasmo me sacudió con tanta fuerza que empecé a marearme y a verlo todo borroso. Bakary se quedó jadeando encima, empapándome de sudor, y yo completamente inmóvil, sin poder mover un músculo.
A mi lado, miraba el techo con cara de satisfacción. Me dolía todo. Tardé un rato en poder siquiera intentar sentarme.
***
Cuando le pedí que me ayudara a levantarme, en vez de eso recogió mi ropa interior del suelo y me miró con una sonrisa torcida.
—Esto me lo quedo yo —dijo, y se fue al baño.
Como pude, me incorporé y empecé a vestirme sin ella. Aún recuerdo lo que me costó ponerme de pie y caminar derecha. Bakary volvió y me pidió el teléfono. Se lo di. Cuando iba a salir, se acercó, me besó con fuerza otra vez y me dijo al oído que esto no se quedaba aquí. Salí tambaleándome de la habitación y, según avanzaba por el pasillo, las puertas de las otras tres habitaciones se fueron entreabriendo, y tres cabezas se asomaron en silencio para verme llegar hasta la salida.
Bajar aquellas escaleras fue una odisea. Llegar al taxi, un triunfo. Seguía lloviendo a cántaros. En el asiento de atrás, con el olor de él todavía pegado a la piel y el pelo hecho un desastre, no me importaba absolutamente nada. Llegué a casa, me tiré en la cama con la ropa puesta y me quedé dormida en el acto.
Al día siguiente me sentía rota: cansada, dolorida, con agujetas en sitios que ni sabía. Tenía mensajes y llamadas de medio mundo que no contesté. Tardé días en volver a sentirme yo. Y cuando por fin salí de la ducha, recién recuperada, encontré un mensaje suyo esperándome en el móvil.
«Tengo que verte hoy.»
Y os juro que, con todo el sentido común gritándome que no, lo único que pensé fue dónde había dejado las llaves.
Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo disfruté contándolo. Muchos besos, vuestra Lucía.





