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Relatos Ardientes

La confesión que nos cambió aquel verano

Aquella tarde pasé a buscar a Damián a la salida de su trabajo y nos fuimos a tomar algo a un bar frente al mar, uno de esos sitios donde la gente no va solo a beber, sino a dejarse ver. Desde la terraza, con la luz baja del atardecer y las copas tintineando por todas partes, me di cuenta de algo que siempre había estado ahí: hombres y mujeres mirándose como mercancía fina, sonriendo, midiéndose, tanteando si esa noche podían acabar en una cama ajena.

Damián llevaba raro varios días. Más callado, más pendiente del vaso que de mí. Lo conocía demasiado bien como para no notar que estaba dándole vueltas a algo serio.

—Tengo que hablar contigo, Vera —soltó al fin, sin mirarme.

—Entonces habla. Y empieza por el principio.

Me sostuvo la mirada solo un instante, tragó saliva y me lo contó todo. Hacía tiempo que se veía a escondidas con Elisa, la hija de Nadia. Me explicó cómo habían empezado a hablar, cómo la tensión fue creciendo y cómo, antes de dar un paso de verdad, él había preferido sincerarse conmigo. No intentó maquillarlo. Me habló claro, como si supiera que una mentira torpe me ofendería mucho más que una verdad incómoda.

Cuando terminó, apoyó los codos sobre la mesa y exhaló como quien espera una condena.

—Lo siento. No quería ocultártelo más.

Yo sonreí despacio.

—Lo sabía. O, al menos, lo olía. Y no me molesta.

Levantó la cabeza de golpe.

—¿No?

—No. Me importa una mierda la pose de pareja perfecta. Si tú la deseas y ella te desea, prefiero saberlo y jugar con eso antes que hacerme la ciega.

Entonces me contó algo más. Elisa sabía de mí. Sabía que Damián y yo no éramos una pareja convencional y que entre nosotros había más verdad que en muchos matrimonios limpios de fachada y sucios por debajo. Lo que me terminó de excitar no fue eso, sino la respuesta de ella: había dicho que no le asustaba compartir el corazón de un hombre si no tenía que compartirlo con mentiras.

—Quiero que las conozcas a las dos juntas —dijo él.

—Pues hagámoslo bien —respondí—. Llámalas. Invítalas a cenar mañana. Yo me encargo del resto.

Reservé un salón privado en un restaurante discreto, un sitio elegante, lejos del ruido, donde nadie interrumpiera. Quería verles la cara a las dos cuando me encontraran allí sentada, esperándolas con una copa en la mano.

***

La noche siguiente, Nadia llegó deslumbrante. No era una mujer joven, pero eso solo la volvía más peligrosa. Tenía esa seguridad de las mujeres que ya no piden permiso para entrar en una habitación y convertirla en su escenario. Elisa apareció a su lado con un vestido sencillo y una sonrisa imposible de descifrar. Las dos se quedaron quietas cuando me vieron.

—Sorpresa —dije, levantando la copa.

Damián improvisó una explicación torpe.

—Como Vera y yo íbamos a vernos después, pensé que sería mejor cenar los cuatro y hablar tranquilos.

Nadia arqueó una ceja, pero aceptó el juego. Nos sentamos. Pedimos vino, picamos algo, hablamos de tonterías al principio. El ambiente fue soltándose poco a poco, aunque debajo de la conversación ligera había una tensión tan evidente que casi se podía tocar.

Fue Damián quien abrió fuego en los postres.

—Quiero decir algo importante.

Elisa dejó la cuchara. Nadia lo miró muy seria.

—Estoy enamorándome de tu hija —dijo él a Nadia—. Y antes de que imagines cualquier cosa, quiero que sepas que la he respetado. No he hecho nada a escondidas que ella no quisiera ni nada que tú pudieras llamar abuso de confianza.

Nadia se llevó una mano al pecho. Durante un segundo pensé que iba a estallar. Pero no. Sus ojos se humedecieron y respiró hondo.

—Si ella está bien… yo no voy a impedírselo.

Elisa le apretó la mano.

—Hay más, mamá.

Y entonces la cena dejó de ser una cena.

Elisa confesó que sabía desde hacía tiempo que su padre llevaba una doble vida. Sabía de otra mujer, de engaños repetidos, de silencios comprados con rutina. Y sabía también que Nadia llevaba meses buscándose oxígeno fuera de ese matrimonio muerto. No dijo nombres, no necesitó hacerlo. Bastó con la forma en que miró a Damián para que Nadia comprendiera que su secreto ya no era secreto.

—No te juzgo —dijo Elisa—. Al contrario. Me alegra que hayas dejado de aguantar por costumbre.

Nadia se echó a llorar en silencio. No de vergüenza, sino de alivio.

Yo las observaba sintiendo cómo algo muy caliente se iba acomodando en mi vientre. No era solo el morbo de la situación. Era ver a una mujer romper por fin la máscara que llevaba años pegada a la cara.

Cuando Damián confesó que la otra mujer importante de su vida era yo, Elisa soltó una carcajada y dio un golpe en la mesa.

—Lo sabía. Tenía que ser ella.

Nadia se tapó la cara un instante, roja hasta las orejas.

—Dios mío. Qué vergüenza.

—De vergüenza nada —le dije—. Eres una mujer adulta. Deseas, te equivocas, disfrutas. Como todas.

La cena terminó con brindis, risas nerviosas y la sensación de que acabábamos de abrir una puerta rara y peligrosa. La pregunta no era si debíamos cruzarla. La pregunta era cuánto tardaríamos.

***

Salimos del restaurante y Damián propuso alargar la noche. Nos fuimos en el coche de Nadia hasta una zona del paseo marítimo donde había bares pequeños, terrazas medio vacías y rincones oscuros entre jardines y bancos. Elisa y Damián se sentaron en una mesa apartada. Nadia y yo en otra, apenas a un par de metros.

El aire olía a sal, alcohol y calor retenido en el pavimento. Habíamos bebido lo justo para estar valientes y lo suficiente para dejar de fingir.

Me incliné hacia Nadia.

—Hazme caso. Afloja la blusa un poco.

Me miró con los ojos muy abiertos.

—¿Aquí?

—Aquí mismo. Solo vamos a jugar.

Al otro lado, Damián nos observaba con esa media sonrisa suya que siempre aparecía cuando sabía que las cosas estaban a punto de descontrolarse. Elisa fingía desinterés, pero no apartaba la vista de nosotras.

Nadia obedeció despacio. Se desabrochó dos botones de la blusa y dejó al descubierto el arranque de sus pechos. Luego se pasó la lengua por los labios.

—Nunca he besado a otra mujer —susurró.

—Yo tampoco —mentí a medias—. Pero llevo toda la noche con ganas de probar tu boca.

Eso fue suficiente. Me acerqué y la besé. No un roce tímido ni un ensayo. Un beso de verdad, con la lengua entrando, buscando, empujando. Nadia tardó menos de un segundo en responder. Me agarró de la nuca, abrió la boca y me besó con hambre, torpe al principio, salvaje después.

—Joder —murmuró al separarse—. Qué bien besas.

—Tú tampoco lo haces nada mal.

Le puse la mano sobre el muslo por debajo de la mesa y fui subiendo sin prisa. La sentí tensarse, abrir un poco las piernas, dejarme pasar. Cuando llegué al borde del vestido, me apretó la muñeca.

—Estoy empapada —me confesó, con un hilo de voz.

—Yo también.

Volvimos a besarnos. Esta vez su mano fue directa a mi pecho. Me lo apretó por encima de la tela, fuerte, con una necesidad casi rabiosa. Gemí dentro de su boca y eso la terminó de desinhibir.

Dos hombres en la mesa de al lado ya nos estaban mirando sin disimulo. Eran desconocidos, treintañeros, con varias botellas vacías delante y esa cara de excitación estúpida de quien cree que ha encontrado un espectáculo gratis.

—Si necesitan ayuda, avisen —dijo uno, soltando una risita.

Nadia hizo ademán de apartarse, pero yo le agarré el muslo con más fuerza.

—Déjalos mirar.

—Mucha boca tienen —dije, alzando la voz justo lo suficiente—. Habría que ver si también tienen con qué sostenerla.

El otro, ya envalentonado por la cerveza, abrió el pantalón por debajo de la mesa y se sacó la polla. El primero lo imitó enseguida. No eran nada del otro mundo, pero estaban duros y temblando de ganas.

Nadia soltó una risa nerviosa.

—No están mal.

—Las he visto mejores —contesté sin quitarles ojo—. Pero a veces lo pequeño sorprende.

Damián no se movió. Me sostuvo la mirada desde su mesa, y ese gesto fue una orden muda. Juega. Pero juega bien.

Me levanté, llevé a Nadia conmigo y nos acercamos a los dos desconocidos. El pulso se me disparó. Había algo obsceno y delicioso en caminar así por una terraza medio vacía para arrodillarme frente a un hombre al que no conocía de nada, sintiendo a Damián mirar cada paso y a Elisa ardiendo de curiosidad desde atrás.

Le agarré la polla al más callado y la acaricié despacio antes de lamer la punta. Nadia, todavía temblando, hizo lo mismo con el otro. Nos miramos un instante, nos sonreímos como dos cómplices y entonces nos hundimos en ello de verdad.

El sabor a cerveza y piel me llenó la boca. Abrí más los labios, metí la polla hasta donde pude y empecé a chupársela con un ritmo lento, dejando que se humedeciera bien antes de apretar. El hombre soltó un jadeo y me agarró del pelo.

—Así, puta… así.

No me molestó el insulto. Al contrario. En ese momento me sirvió de combustible. Lo miré desde abajo sin dejar de mamársela y noté cómo se le tensaban los muslos. A mi lado, Nadia ya había perdido toda la timidez. Se la tragaba al suyo con avidez, subiendo y bajando la cabeza mientras el hombre le metía una mano en el escote y le amasaba un pecho.

Uno de ellos me metió dos dedos entre las piernas por debajo del vestido. Encontró la tela de mi ropa interior empapada y soltó una carcajada.

—Mira cómo está esta cabrona.

Me bajó la tela a un lado y me metió un dedo dentro. Luego otro. Los bombeó con brusquedad mientras yo seguía chupándole la polla. Gemí tan fuerte que tuve que apartarme un segundo para tomar aire.

Nadia estaba igual o peor. Su desconocido le había subido el vestido hasta los muslos y le acariciaba el coño por encima de la braga antes de meterle la mano entera. Ella se arqueaba, tragando saliva y verga al mismo tiempo, con los ojos brillantes de puro desconcierto.

—No pares —le ordené, excitada por verla así—. Cómesela bien.

Eso la encendió del todo. Agarró la base de la polla con una mano, la masturbó mientras lamía el glande y después se la metió de nuevo hasta atragantarse. El tipo soltó un gruñido y le empujó la cabeza dos veces, fuerte, como si no pudiera contenerse.

Yo ya tenía los dedos de mi desconocido clavándose dentro de mí con un ritmo sucio y rápido. Me corrí con la polla aún en la boca, temblando, dejando saliva por toda la entrepierna del hombre mientras él me sujetaba la nuca. El orgasmo me golpeó seco, bajo, con las piernas flojas y un gemido ronco que me salió sin permiso.

Nadia vino justo después. Se apartó de golpe, con la respiración rota, y se agarró a la mesa mientras el otro la seguía hurgando entre las piernas. La vi cerrar los ojos, echar la cabeza atrás y correrse con una cara de puro vicio que me hizo desearla aún más.

No tardaron en correrse ellos. El mío me avisó con un tirón de pelo y yo no saqué la boca. Sentí el primer chorro espeso sobre la lengua y me lo tragué sin dudar. Nadia hizo lo mismo con el suyo. Acabamos las dos con la boca llena de leche ajena, mirándonos como si acabáramos de descubrir algo salvaje y necesario en nuestros propios cuerpos.

Entonces la besé.

Fue un beso sucio, húmedo, obsceno. Mezclamos saliva, restos de semen y respiración acelerada. Nadia gimió dentro de mi boca y me agarró el culo con las dos manos.

Los dos hombres se quedaron mirándonos como idiotas, encantados y aturdidos. Les dejamos algo de dinero sobre la mesa más por rematar la escena que por otra cosa, y regresamos a nuestros sitios con las piernas temblando.

Elisa estaba roja hasta el cuello. Damián, duro como una piedra bajo el pantalón.

—No puedo creer que hayan hecho eso delante de nosotros —dijo Elisa, casi sin voz.

—Acostúmbrate —respondí—. La noche apenas está empezando.

***

Volvimos a casa ya de madrugada. Elisa y Nadia dormirían en la casa de invitados. Al despedirnos en el patio, Damián me besó apenas un segundo, de esos besos breves que arden más que uno largo cuando llevan toda la noche conteniéndose.

En cuanto cerramos la puerta de mi habitación, me volví hacia él y le agarré la camisa.

—No me digas que piensas dejarme dormir así.

Se rio por lo bajo.

—Llevo horas aguantándome.

Nos besamos con una urgencia distinta a la del comienzo de una noche: la urgencia del hambre retenida. Le arranqué la camisa del pantalón, metí las manos por debajo y le acaricié el torso mientras él me bajaba el vestido por las caderas. Cuando me quedé en ropa interior, me recorrió con la mirada como si quisiera cobrar de golpe todo lo que había tenido que mirar sin tocar durante horas.

Me giró contra la pared y me metió una mano entre las piernas. Encontró mi coño todavía sensible, húmedo, abierto por la calentura acumulada y por los dedos del desconocido. Entró con dos dedos y me hizo jadear.

—Sigues chorreando.

—Fóllame ya, Damián.

Se arrodilló detrás de mí para bajarme la ropa interior y, en vez de penetrarme, me abrió las nalgas y me lamió. La primera pasada de su lengua en el culo me arrancó un grito corto. Apoyé las manos en la pared y eché el cuerpo hacia atrás, dándole más acceso. Él me sujetó las caderas y alternó la lengua entre mi coño y mi culo, chupando, lamiendo, metiendo la punta donde sabía que me volvía loca.

—Joder… sí… así…

Me levantó, me llevó a la cama y me puso de rodillas. Oí el ruido del lubricante abriéndose, después sus dedos trabajando mi culo con paciencia, primero uno, luego dos. No tenía prisa, pero tampoco dulzura de novela. Era una preparación directa, segura, de hombre que conoce mi cuerpo y sabe cómo abrirlo para sí.

—Relájate —murmuró—. Te quiero bien abierta.

Yo ya estaba tan caliente que apenas tuve que intentarlo. Me besó la espalda mientras alineaba la polla en mi entrada y empujó despacio. Sentí la presión, el ardor breve, el cuerpo obligándose a ceder. Gemí apretando las sábanas.

—Más —le pedí.

Entró un poco más. Se quedó quieto, respirando hondo, dejándome adaptarme a su grosor.

—Más —repetí, esta vez con desesperación.

Entonces sí. Me la metió entera de una embestida seca y profunda que me hizo arquearme y soltar un grito abierto, sin vergüenza ninguna. Se quedó dentro hasta el fondo unos segundos, agarrándome de la cintura, mientras yo lo apretaba con el culo y sentía cómo me temblaban las piernas.

Empezó a follarme con un ritmo fuerte, limpio, sin adornos. Salía casi del todo y volvía a entrar duro, golpeándome justo donde necesitaba. Cada embestida me sacudía los pechos, me cortaba la respiración, me iba empujando hacia ese punto en que el placer deja de ser bonito y se vuelve animal.

Me metí una mano entre las piernas y empecé a frotarme el clítoris al compás de sus envites. Él lo vio y me agarró la muñeca.

—No. Déjame a mí.

Se inclinó sobre mi espalda, siguió follándome el culo y al mismo tiempo me llevó la mano al coño. Me abrió los labios con dos dedos y empezó a rozarme el clítoris con movimientos firmes, rápidos, precisos. El contraste me desarmó por completo.

—Así… así, no pares…

—Quiero verte correrte en mi polla.

Eso fue exactamente lo que hice. Me corrí temblando, con el culo lleno y el coño latiendo, soltando una sarta de gemidos indecentes mientras él seguía clavándomela desde atrás. El orgasmo me atravesó de punta a punta. Damián gruñó al notarme contraerse y aumentó el ritmo, ya sin ningún control.

—Apriétame —me ordenó.

Lo apreté. Cerré las nalgas, hundí la cara en la almohada y le di todo el culo. Bastaron unas cuantas embestidas más para que se corriera dentro con un gemido grave, descargando caliente y profundo. Sentí cada pulsación, cada chorro espeso quedándose adentro mientras él seguía aferrado a mis caderas.

Se quedó dentro un largo rato, respirando sobre mi nuca. Yo no quería que saliera. Crucé una pierna hacia atrás, lo sujeté mejor y me reí entre jadeos.

—Ni se te ocurra moverte todavía.

—Mandona.

—Y tú obediente cuando te conviene.

Dormimos así un rato, sudados, vacíos y llenos al mismo tiempo.

***

Los días siguientes cambiaron la relación entre Nadia y yo de una manera que ninguna de las dos habría imaginado meses antes. Lo que había empezado como una alianza incómoda por culpa de Damián y Elisa se convirtió en una intimidad nueva, afilada, divertida. En la playa, en la lancha, durante el vino de la tarde, entre confidencias sobre sus matrimonios rotos y nuestras ganas intactas, fue creciendo una complicidad cargada de deseo.

Una tarde nos quedamos solas en casa. Elisa y Damián habían salido a pasear. El silencio del salón era espeso. Nadia llevaba una bata fina sobre el bikini; yo, una camisa amplia todavía salpicada de sal. Ella estaba nerviosa por lo que iba a hacer con su matrimonio, por el escándalo, por el miedo a sentirse culpable y libre al mismo tiempo.

Hablamos un rato. La escuché. Le di consejos prácticos. Que reuniera pruebas, que no se dejara manipular, que pensara primero en ella y en su hija. Pero mientras me contaba sus dudas, yo no podía dejar de mirar cómo se le marcaban los pezones bajo la tela húmeda.

—¿Sabes qué pasa? —dijo al fin—. Que después de todo lo del otro día, ya no puedo fingir que no quiero más.

—¿Más de qué?

Me miró de frente.

—De ti.

No hubo necesidad de seguir hablando. Me acerqué, le abrí la bata y la besé. Esta vez no había público, no había cerveza ajena ni ojos mirando. Solo una sala silenciosa, una mujer madura recién desatada y mis ganas de ver hasta dónde llegaba esa hambre.

Le quité la parte de arriba del bikini y me lancé a sus pechos. Los chupé, los mordí suave, jugué con los pezones hasta ponerlos duros como piedras. Nadia gemía con una mezcla de asombro y necesidad que me estaba volviendo loca. Me metía las manos por la espalda, me tiraba del pelo, me decía mi nombre como si le costara creer lo que estaba sintiendo.

—No sabía que una mujer pudiera ponerme así —jadeó.

—Porque nadie te había tocado bien.

La tumbé en el sofá, le aparté la braguita del bikini y me encontré un coño hinchado y brillante. No perdí tiempo. Le separé los labios con los dedos y hundí la lengua entre ellos. Nadia dio un respingo y soltó un grito tan sincero que me excitó todavía más.

La lamí de abajo arriba, despacio al principio, acostumbrándola a la presión de mi lengua. Luego fui más directa. Le chupé el clítoris, lo rodeé, alterné succiones cortas con lamidas firmes mientras le metía dos dedos dentro. Su cuerpo reaccionó enseguida: abrió más las piernas, me apretó la cabeza entre los muslos y empezó a mover la cadera contra mi boca.

—Joder, Vera… no pares… no pares…

Obedecí. Le follé el coño con los dedos, curvándolos por dentro para buscarle ese punto que hace perder el habla, mientras con la lengua le castigaba el clítoris sin descanso. Nadia se corrió la primera vez casi sin aviso, empapándome los dedos y temblando de muslos a hombros.

Pero no saqué la boca.

Seguí lamiéndola durante el orgasmo, más despacio, más profundo, dejándola deshacerse encima de mi cara. Ella intentó apartarme, superada por la sensibilidad, y yo le sujeté las caderas.

—Todavía no.

Me miró con los ojos vidriosos y una sonrisa de vicio puro.

—Eres una hija de puta.

—Sí. Y te encanta.

La volví a besar y le dejé probar en mi boca su propio sabor. Después me bajó la camisa con torpeza ansiosa, me desnudó a medias y me empujó de espaldas sobre el sofá. Quería devolverme lo mismo, pero se notaba que aún estaba aprendiendo. Y eso, lejos de restarle morbo, lo aumentaba.

Se colocó entre mis piernas y me miró como quien descubre un territorio nuevo.

—Dime cómo.

—Empieza por besarme aquí.

Le guié la cabeza. Sentí su primer beso torpe en el interior del muslo, luego otro más cerca, luego la lengua apenas rozándome el clítoris. Gemí y le sujeté el pelo.

—Así. Más firme.

Nadia aprendía rápido. Pronto dejó de preguntar y empezó a comerme el coño con una entrega que me desarmó. No tenía técnica de actriz porno. Tenía hambre real. Chupaba, lamía, respiraba contra mí, me miraba de vez en cuando para medir mi reacción, y cada gemido mío la volvía más atrevida.

Le metí dos dedos en la boca para que los chupara. Lo hizo sin apartarse de mi coño, y esa visión me terminó de romper. Me corrí en su cara, agarrándole la nuca y apretándola contra mí mientras ella seguía lamiendo hasta sacar de mí el último espasmo.

Cuando me recuperé un poco, me senté y la besé con fuerza.

—Ahora sí estás liberada —le dije.

Nadia sonrió, sudada, despeinada, con los labios húmedos y la respiración todavía acelerada.

—No. Ahora recién empiezo.

Y por la forma en que volvió a meter la mano entre mis piernas, las dos sabíamos que aquello no había sido un accidente ni una fantasía pasajera. Había sido una confesión más. La más íntima de todas. La del cuerpo diciendo por fin la verdad.

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