Mi amiga quiso perder el miedo al sexo anal
Me llamo Martín, tengo cuarenta y pocos años y desde hace tiempo digo sin rodeos que soy bisexual. No siempre fui tan claro. Durante años lo llevé en silencio, incluso cuando estaba casado con una mujer inteligente y abierta, Natalia, que terminó separándose de mí poco después de que yo se lo confesara.
No voy a fingir delicadeza: me gustan las mujeres, me gustan los hombres, me gustan los coños, los culos y las pollas. Con hombres casi siempre he sido pasivo, y eso me enseñó bastante sobre el sexo anal: cuándo duele, cuándo se disfruta, cuándo el cuerpo se cierra por miedo y cuándo se abre porque el deseo puede más.
También había estado con mujeres que disfrutaban que las penetraran por detrás, pero nunca imaginé que esa experiencia acabaría siendo importante para Clara, una compañera de trabajo con la que tenía una amistad de años. Clara era atractiva, de esas mujeres que no necesitan provocar para llamar la atención, pero durante mucho tiempo la vi como una amiga cercana, casi una confidente.
Una tarde, durante el almuerzo, me animé a contarle lo mío. No fue una gran escena dramática: estábamos en una mesa apartada, con café malo de oficina y el murmullo de los demás al fondo. Ella me escuchó en silencio, parpadeó un par de veces y sonrió.
—La verdad, siempre lo sospeché un poco —dijo.
—¿Por qué?
—Porque miras distinto. No sé explicarlo. Pero me alegra que me lo digas.
La conversación siguió con preguntas normales: cuándo lo supe, si me había costado aceptarlo, cómo lo tomó mi ex. Hasta que Clara bajó la voz, jugueteó con la cucharita del café y se puso roja.
—Cuando estás con un hombre... ¿tú qué haces?
—Quieres saber si soy activo o pasivo.
—Sí. Eso.
—Casi siempre pasivo —respondí—. A veces activo, pero menos.
Clara abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y curiosidad. No había burla en su cara. Había una pregunta mucho más íntima atorada en la garganta.
—¿Y no te duele?
—Ya no, casi nunca. Al principio sí. Aprendí a relajarme, a no pelearme con mi cuerpo.
Entonces me contó lo que de verdad le preocupaba. Su pareja de ese momento, Iván, llevaba meses insistiendo con penetrarla por detrás, y ella siempre se negaba. No solo por miedo al dolor, sino por vergüenza, por esa idea de que el culo era una zona sucia, torpe, peligrosa.
—Me gustaría hablar de esto con una copa delante —dijo, intentando reírse.
Quedamos al salir de la oficina.
***
No fuimos al bar de siempre. Caminamos varias calles hasta encontrar un local oscuro, tranquilo, casi vacío, donde nadie del trabajo pudiera interrumpirnos. Pedimos dos cervezas y nos sentamos al fondo, en una mesa pequeña que obligaba a hablar cerca.
Clara empezó agradeciéndome la confianza, pero enseguida volvió al tema. Me contó que un ex, Daniel, había intentado metérsela por detrás sin cuidado una vez y le había hecho un daño horrible. Desde entonces asociaba el sexo anal con presión, dolor y humillación.
—Y ahora Iván vuelve con lo mismo —dijo—. A veces pienso que todos acaban cansándose de mí por eso.
—No digas tonterías. Si alguien te deja por no querer una práctica, el problema es él.
Ella se quedó mirando el vaso. Tenía los ojos brillantes. Para quitarle peso, le expliqué cosas simples: la importancia de ir despacio, de usar lubricante, de empezar con los dedos, de dejar que el cuerpo marque el ritmo. También le hablé de la limpieza, porque para ella era una obsesión.
—¿De verdad se puede estar tranquila con eso? —preguntó.
—Sí. No es complicado. Y sobre todo no es algo vergonzoso.
Pidió otra ronda, esta vez dos gin-tonics. La conversación se volvió más directa. Me preguntó por mi primera vez con un hombre, y le conté lo suficiente: un bar de ambiente, un tipo mayor que me leyó la cara, una noche en la que el miedo no desapareció, pero el morbo lo empujó a un rincón.
—¿Te corriste aunque te doliera? —preguntó ella.
—Sí. Muchísimo. El dolor no fue lo único que sentí. También había deseo, vergüenza, curiosidad, una excitación brutal. En mi caso, además, la próstata hizo lo suyo.
Clara tragó saliva. La palabra «excitación» le cambió la respiración. Justo entonces miró el teléfono y su cara se endureció. Leyó un mensaje, otro, y dejó el móvil boca abajo sobre la mesa.
—Iván me acaba de dejar —dijo—. Por mensaje. Qué elegante.
La abracé sin saber qué decir. Ella no lloró demasiado; se quedó quieta contra mi pecho, con una rabia fría que le apretaba la mandíbula. Después se apartó, bebió un trago largo y soltó una risa amarga.
—Se acabó. No voy a seguir sintiéndome rota por esto. Quiero aprender.
—Clara, estás dolida.
—Estoy dolida, sí. Pero no estoy inconsciente. Quiero que me enseñes tú. ¿Quién mejor?
La miré serio. Había alcohol, despecho y una amistad que podía cambiar para siempre. Aun así, su voz no sonaba caprichosa. Sonaba decidida.
—Podemos hablar mañana —propuse.
—No. Mañana me dará vergüenza y volveré a esconderme. Hoy quiero terminar con esto.
Pagamos. En la calle, antes de llegar a mi edificio, pasamos por una farmacia. Compré una pera para lavativa y ella esperó afuera, fumando sin encender el cigarro, solo sosteniéndolo entre los dedos.
—¿Eso es para mí? —preguntó cuando salí.
—Para que estés tranquila. Nada más.
Subimos a mi departamento en silencio. En el ascensor me tomó la mano y me besó rápido, casi con torpeza. No fue romántico. Fue una declaración de nervios.
***
En mi casa le expliqué cómo usar la pera con agua templada y lubricante. No hice espectáculo de eso ni lo convertí en morbo barato; para ella era importante quitarle a esa parte de su cuerpo la carga de suciedad y miedo. Se encerró en el baño y yo me quedé en la sala, con la polla dura dentro del pantalón y la cabeza llena de dudas.
Cuando volvió, traía otra cara. No estaba borracha perdida ni ausente. Estaba nerviosa, sí, pero también encendida.
—Me siento rara —dijo—. Como si hubiera cruzado una puerta.
—No tienes que hacer nada más si no quieres.
—Quiero. Y quiero que dejes de tratarme como si fuera de vidrio.
Fuimos a mi cuarto. Saqué lubricante, un plug pequeño y dos juguetes de distintos tamaños. Clara se quedó mirándolos con una mezcla de susto y deseo.
—Primero tú sola —le dije—. Un dedo, despacio.
Se quitó la ropa sin hacer un número de seducción. Blusa, pantalón, brasier, bragas. Su cuerpo adulto quedó bajo la luz tibia de mi lámpara, real, hermoso, con esa vulnerabilidad que no necesita poses. Se tumbó boca abajo, separó un poco las piernas y miró hacia atrás.
—No te vayas.
—Estoy aquí.
Puso lubricante en sus dedos y se acarició la entrada del culo con cuidado. La vi estremecerse cuando el índice empezó a entrar. No fue rápido ni limpio como en una fantasía automática; respiró hondo, frunció el ceño, se detuvo, volvió a intentarlo.
—Es extraño —murmuró—. Pero no duele.
—Sigue respirando.
Movió el dedo lentamente, hundiéndolo hasta el nudillo y sacándolo apenas, como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo. Con la otra mano se tocó el coño. Al principio fue casi por reflejo, pero en cuanto se rozó el clítoris dejó escapar un gemido bajo.
—Estoy mojada —dijo, sorprendida.
—Lo noto.
—Hazlo tú.
Me senté a su lado. Le cubrí los dedos con más lubricante y apoyé una mano en su nalga, sin apurarla. Primero le metí un dedo. Su culo estaba caliente, tenso al comienzo, y luego fue cediendo alrededor de mi dedo con pequeños espasmos.
—Así —susurré—. No pelees contra la presión.
Clara enterró la cara en la almohada. Cuando añadí el segundo dedo, soltó un quejido largo, más de sorpresa que de dolor. Empecé a moverlos en círculos lentos, abriéndola poco a poco, sintiendo cómo el lubricante hacía resbalar cada entrada.
—Joder —dijo—. Se siente lleno.
—Y todavía puedo ir más despacio.
—No. Sigue.
Con mi otra mano le acaricié el muslo, luego la cintura. Ella seguía tocándose el coño, cada vez con menos vergüenza. Sus dedos se movían rápidos sobre el clítoris mientras los míos trabajaban su culo con paciencia, entrando y saliendo, ensanchando sin brusquedad.
Cuando aceptó el tercer dedo, su espalda se arqueó. La presión era mayor, más parecida a una polla. Le besé una nalga, luego la otra, y ella se rio con un sonido tembloroso.
—Ahora entiendo por qué hablabas de morbo.
—El morbo ayuda.
—No quiero el juguete —dijo—. Te quiero a ti.
Me quité la ropa con una urgencia que ya no pude disimular. Mi polla estaba dura, pesada, brillante de lubricante cuando me coloqué detrás de ella. Clara abrió más las piernas y se agarró a la sábana.
—Despacio al principio —pidió.
—Despacio.
Apoyé el glande contra su ano y empujé apenas. La primera resistencia fue firme. Ella inhaló fuerte, apretó los dedos contra la cama y yo me quedé quieto con la punta apenas dentro.
—¿La saco?
—No. Quédate así.
Esperé. Sentí cómo su cuerpo dejaba de cerrarse. Entonces empujé otro poco, milímetro a milímetro, hasta que el anillo cedió y mi polla entró más hondo, atrapada por un calor estrecho que me arrancó un gruñido.
—Me estás abriendo —murmuró ella—. Me estás abriendo de verdad.
No respondí. No podía. Tenía que concentrarme para no hundirme de golpe. Le añadí más lubricante, apoyé una mano en su cadera y empecé con movimientos cortos. Entraba un poco, salía casi todo, volvía a entrar. Clara gemía contra la almohada, una mano entre sus piernas, frotándose sin parar.
—Dime si duele.
—Duele un poco, pero me gusta. No pares.
Eso me terminó de soltar. La penetré más hondo, hasta sentir mis muslos contra sus nalgas. Ella soltó un grito breve, se quedó rígida un segundo y luego empezó a moverse hacia atrás, buscándome.
—Así. Así sí.
La follé por el culo con un ritmo lento al principio, pesado, dejando que cada embestida entrara completa. Su ano me apretaba la polla con una fuerza deliciosa, y cada vez que salía casi hasta la punta, ella se estremecía como si temiera perderme. Después volvió a empujarse contra mí, más segura, más sucia en la voz.
—Métemela entera otra vez.
La obedecí. Le agarré las caderas y empecé a darle más fuerte. La cama crujió. Clara se tocaba el coño con desesperación, los dedos empapados, el culo abierto para mí, la respiración rota entre gemidos y palabrotas.
—Nunca pensé que me pondría así —dijo—. Nunca.
Me incliné sobre su espalda y le hablé al oído.
—Tu culo estaba esperando que alguien no fuera un bruto.
—Entonces fóllamelo bien.
La levanté hasta ponerla de rodillas al borde de la cama, todavía clavado dentro. Frente al espejo del armario, Clara pudo vernos: ella inclinada hacia adelante, yo detrás, mi polla entrando y saliendo de su culo lubricado con un sonido húmedo y obsceno. Esa imagen la golpeó de lleno.
—Dios —susurró—. Me veo hecha una zorra.
—Te ves preciosa.
—No, dime lo otro.
La agarré del pelo con suavidad suficiente para levantarle la cara hacia el reflejo.
—Te ves como una zorra que necesitaba que le follaran el culo.
Clara gimió tan fuerte que tuve que apretar los dientes para no correrme ahí mismo. Aceleré. Mis embestidas se volvieron más secas, más profundas. Sus manos resbalaban sobre el espejo, su boca quedaba abierta, y su otra mano seguía trabajando el clítoris con furia.
—Me voy a correr —avisó.
—Hazlo.
La sostuve por la cintura y seguí follándola mientras el orgasmo le atravesaba el cuerpo. Sus piernas temblaron, el culo se le cerró alrededor de mi polla con contracciones violentas, y ella gritó mi nombre con una vergüenza que ya no intentaba esconder.
Ese apretón me arrastró. Di tres embestidas más, profundas, torpes, y me corrí dentro del preservativo con la frente pegada a su espalda. Me quedé quieto, respirando contra su piel, todavía enterrado en ella mientras los dos bajábamos de golpe.
Cuando salí despacio, Clara se dejó caer sobre la cama y soltó una risa agotada. Tenía el pelo pegado a la cara, las mejillas rojas y una expresión de triunfo que no le había visto nunca.
—No era mi cuerpo el problema —dijo.
—No.
—Era el miedo. Y los idiotas.
Me tumbé a su lado. Durante un rato no hablamos. Después se giró, me besó sin prisa y apoyó la mano en mi pecho.
—Seguimos siendo amigos, ¿verdad?
—Sí. Aunque ahora sabes demasiado de mí.
—Y tú de mí.
Reímos en voz baja. No prometimos amor ni hicimos planes absurdos. Aquella noche no arregló su vida ni la mía, pero le devolvió algo que le habían quitado: la sensación de que su deseo también podía mandar. Y a mí me dejó una confesión imposible de olvidar: a veces la amistad cambia de forma, se desnuda, se mancha, gime, y aun así sigue siendo amistad.
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