Lo que viví en el cine x con una pareja
Me llamo Iván y esta historia me sigue poniendo duro cada vez que la recuerdo. Pasó hace muchos años, cuando yo era bastante más joven y todavía me temblaban las piernas cada vez que entraba en un cine x. En aquella época, en mi ciudad, esos sitios eran casi el único refugio donde un hombre podía buscar sexo sin demasiadas preguntas, sobre todo si le excitaban tanto los hombres como las mujeres y no tenía ganas de dar explicaciones a nadie.
Yo iba a menudo. A veces salía con la polla vaciada por un polvo rápido en la oscuridad; otras, solo me quedaba mirando, empapándome de gemidos ajenos, manos escondidas y braguetas abiertas. Había noches de puro sexo gay, otras de parejas que se calentaban entre ellas y se iban, y algunas, muy pocas, donde el morbo terminaba rompiendo cualquier límite.
Aquella noche llegué más nervioso de lo normal. Había cenado y me paré primero en la barra del local para tomar un café corto y fumarme un cigarro antes de entrar. Necesitaba bajar un poco la ansiedad, aunque en realidad lo que hacía era alimentarla. Ya conocía el juego: el pasillo, el olor a humo viejo, la moqueta pegajosa, el murmullo sordo de la película porno filtrándose desde la sala y esa sensación en la boca del estómago de que cualquier cosa podía pasar.
Cuando entré, mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la oscuridad. Elegí una butaca junto al pasillo, a media sala, desde donde podía observar sin llamar demasiado la atención. Había poca gente, sombras dispersas y algún bulto sospechoso moviéndose entre los asientos. Entonces los vi.
Era una pareja y otro hombre sentado cerca de ellos. Al principio no distinguía bien, pero no tardé en entender la escena. La mujer estaba inclinada hacia uno, moviendo la mano con ritmo sobre una polla, mientras con la boca atendía al otro. Se la mamaba con hambre, sin pudor, en plena sala, con la falda levantada a medias y el cuerpo balanceándose entre ambos.
Yo me quedé clavado, mirando sin disimulo. Tenía la respiración corta y la polla ya dura dentro del pantalón. A los pocos minutos, el hombre al que ella estaba masturbando se corrió o se cansó, porque se recolocó la ropa y se largó deprisa, dejándolos solos a los dos. La mujer siguió un momento más con su marido, como supe después que era, y luego se limitaron a tocarse por encima de la ropa, como si estuvieran esperando algo.
O a alguien.
Me levanté despacio y avancé dos asientos. No tenía la seguridad que dan los años ni la costumbre de pedir permiso con una palabra seca. Yo era joven, calenturiento y bastante cortado, pero no idiota. Sabía reconocer una invitación cuando la veía. La mujer volvió la cabeza hacia mí, me sostuvo la mirada unos segundos y, sin apartarla, se subió la falda hasta la cintura.
Sentí un golpe en el pecho. No llevaba bragas.
Su marido tenía el pantalón bajado y la polla fuera. Ella se inclinó sobre él, empezó a chuparle la verga con lentitud, y al mismo tiempo abrió un poco más las piernas, ofreciéndome todo. Yo ya me había sacado la polla y me la estaba meneando sin quitarles los ojos de encima. Me acerqué otro asiento más. Podía oír la humedad de su boca en la verga de él y los gemidos ahogados que soltaba mientras ella lo trabajaba con la garganta.
Me senté justo al lado. El corazón me golpeaba tan fuerte que pensé que lo iban a escuchar. La miré de cerca por primera vez: una mujer claramente adulta, segura, con ese descaro de quien sabe exactamente el efecto que causa. Tenía el culo medio levantado, la falda recogida sobre las caderas y el coño brillante en la penumbra.
Alargué la mano despacio. Primero rozando el muslo. Luego la curva del culo. Ella no se apartó. Al contrario: movió apenas la cadera, como acercándose. Entonces la mano del marido buscó la mía, la apretó y la llevó hasta el centro de sus nalgas, metiéndome literalmente los dedos en la raja del culo antes de soltarme. No dijo nada. No hacía falta.
Entendí que me daban permiso para tocarla a mi gusto.
Empecé acariciándole el culo despacio, saboreando el temblor que le recorría el cuerpo mientras seguía mamándosela a su marido. Lo tenía húmedo, resbaladizo, y cuando bajé con los dedos hasta su coño noté que estaba empapada. No mojada: empapada de verdad. Metí la yema de un dedo entre sus labios y ella soltó un gemido sordo sin sacar la polla de la boca. Lo hundí un poco más y me respondió empujando la cadera hacia atrás.
Le metí un dedo entero. Caliente, apretado, chorreando. Empecé a moverlo despacio, entrando y saliendo, mientras con el pulgar le rozaba el clítoris. Ella se agitó y empezó a chupar con más fuerza al marido. Yo la miraba fascinado, con la polla tiesa y la otra mano apretándome el muslo para no tirarme encima de ella de una vez.
No tardé en añadir un segundo dedo. Luego un tercero. Le abría el coño con la mano mientras ella me pedía más con el cuerpo, retorciéndose, dejando escapar pequeños gruñidos húmedos alrededor de la verga de su hombre. Con la otra mano me atreví a bajar otra vez hacia su culo y le presioné el agujero con un dedo. Ella pegó un respingo, separó la boca de la polla un instante y soltó un jadeo ronco.
—Así... no pares —susurró.
Fue la primera vez que me habló, y esa voz me terminó de desarmar. Seguí metiéndole tres dedos en el coño mientras le masajeaba el culo con el otro. Cada vez que entraba hasta el fondo, ella apretaba por dentro con desesperación, como si quisiera tragarse mi mano entera. Su marido observaba la escena con la polla húmeda y levantada, dejándome hacer mientras le acariciaba una teta por debajo de la blusa.
Yo estaba alucinando. Era la primera vez que tocaba así a una mujer delante de su marido, la primera vez que una pareja me abría la puerta de ese modo, y no podía creer que estuviera pasando. Pero cuanto más metía los dedos, menos pensaba. Ya solo quería hacerla correrse.
Le froté el clítoris con más fuerza, hundiéndole los dedos hasta los nudillos, y empecé a notar cómo el coño le latía alrededor de mi mano. Ella dejó de chupar, echó la cabeza hacia atrás y se agarró al brazo de la butaca. Su cuerpo se tensó entero. Tembló. Volvió a temblar. Y entonces se corrió con una sacudida brutal, mojándome los dedos mientras apretaba los muslos y soltaba un gemido que apenas pudo disimular con la música de la película.
Se sentó de golpe en la butaca, recuperando el aire. Yo tenía la mano empapada y la polla a punto de explotar. Ella me miró de frente, con una sonrisa sucia, me agarró la verga sin ninguna delicadeza y empezó a pajearme fuerte, con la mano llena de su propia humedad. Sentí un latigazo en la espalda.
—¿Te gusta? —me susurró al oído.
—Joder, sí.
Se me pegó al cuello, me mordió la oreja y siguió masturbándome con un ritmo seco, experto, sin apartar los ojos de mi cara. Yo aguanté lo que pude, pero estaba demasiado caliente. Entre el olor a coño en mis dedos, la visión del marido al lado y aquella mujer tocándome como si ya me conociera de toda la vida, me corrí a lo bestia. Solté toda la leche sobre mi vientre y parte de la mano de ella, jadeando como un animal.
Ella no se apartó. Sonrió todavía más.
—El pase está por terminar —me dijo—. Si quieres, ven con nosotros. En el coche estaremos más cómodos.
Me quedé mudo un segundo. Notaron mi duda enseguida.
—Tranquilo —intervino el marido con una calma que me sorprendió—. Vamos sin presión. Si no te gusta, te vas y ya está.
Les confesé, medio avergonzado, que aquello era mi primera vez con una pareja. A ella pareció excitarla aún más. Me apretó la pierna y me dijo que no me preocupara, que me dejaran llevar. Y eso hice.
***
Esperamos unos minutos más y luego salimos. Afuera nos dijeron dónde tenían aparcado el coche y yo fui detrás con el mío. Conducía todavía con la polla medio sensible por la corrida reciente, el pulso acelerado y la sensación de estar metiéndome en algo que siempre había imaginado pero nunca vivido.
Fuimos a una zona apartada donde en aquellos años se juntaban muchos coches por las noches. Nada elegante: descampado, sombras, farolas lejanas y silencio. Aparcamos uno junto al otro. El suyo era grande, con espacio suficiente para abatir los asientos y dejar una superficie casi plana detrás.
Cuando subí, ellos ya estaban preparando todo. Cerraron puertas, reclinaron los asientos delanteros y en un momento aquello quedó convertido en una especie de cama improvisada. La luz era mínima, apenas el reflejo de la luna y algún coche distante. Lo justo para vernos sin perdernos detalle.
Ellos empezaron a desnudarse con naturalidad. Yo, en cambio, seguía tenso, con esa torpeza ridícula de quien no sabe dónde poner las manos. La mujer lo notó enseguida. Se acercó, me besó en la boca con decisión y empezó a quitarme la camisa. Su marido me abrió el pantalón y me lo bajó junto con los calzoncillos. En cuestión de segundos estaba desnudo ante ellos, respirando con la boca abierta.
—Ahora sí —dijo ella, mirándome la polla—. Ya estás donde querías estar.
Su marido se arrodilló entre mis piernas y me la cogió con la mano antes de pasar la lengua por el glande. Ese primer lametón me hizo estremecerme entero. Yo ya había estado con hombres, pero sentirlo ahí, en un coche, junto a su mujer desnuda observando, era otra cosa. Me abrió un poco más las piernas y empezó a mamármela de verdad, tragando despacio, subiendo y bajando con la boca caliente mientras me sujetaba los huevos.
—¿Te importa que te la coma? —preguntó con media sonrisa, sin dejar de tocarme.
—No, joder... sigue.
La mujer se sumó enseguida. Se colocó a su lado y entre los dos empezaron a repartirse mi polla, alternando lengua y labios, uno lamiendo mientras el otro chupaba, escupiéndome lo justo para dejarla bien brillante. Yo no sabía a quién mirar. A veces veía la boca de él cerrándose alrededor de mi verga; otras, la de ella besándole el glande y mirándome desde abajo como si disfrutara de mi desconcierto.
Me tenían temblando. Él me chupaba con una técnica paciente, profunda, mientras ella me lamía los huevos y me metía un dedo mojado entre las nalgas. Yo jadeé y se me escapó un insulto. Ella se rió contra mi piel.
—Te gusta todo, ¿eh?
—Sí... me gusta todo.
Eso pareció darles todavía más ganas. Él me la sacó de la boca un momento para acariciarse la suya, ya dura del todo, y ella se subió encima de mis muslos, abriendo las piernas sobre mí. Agarré sus caderas por reflejo. Tenía las tetas sueltas, pesadas, moviéndose con cada respiración. Bajé la cabeza y empecé a chupárselas, una y otra, notando cómo se le endurecían los pezones entre mis labios.
Ella se agarró mi polla y la colocó en la entrada de su coño. Estaba otra vez muy mojada. Se dejó caer poco a poco, frotándose primero, hasta que la punta entró y soltó un gemido largo. Después bajó más, tragándosela casi entera, y se quedó un instante quieta, mirándome desde arriba. Yo sentía el calor apretado de su coño envolviéndome y casi no podía creerlo.
—Muévete —le dije sin pensar.
Y se movió.
Empezó a cabalgarme con hambre, subiendo y bajando sobre mi polla, primero con ritmo lento para sentirla bien dentro y después cada vez más fuerte. Su coño me ordeñaba. Yo le agarraba el culo con ambas manos, abriéndole las nalgas mientras ella me follaba encima y yo le mordía las tetas, le besaba la boca y le chupaba el cuello. Su marido, a nuestro lado, se pajeaba mirándonos con una expresión de puro vicio.
Al cabo de un rato, él se acercó más. La mujer me besó y luego giró la cabeza para besar a su marido con la misma boca. Después se inclinó y empezó a chupársela a él mientras seguía sentándose sobre mi polla. Esa imagen me volvió completamente loco: su coño tragándome abajo y su boca ocupada arriba con la verga de su hombre.
Yo no me quedé quieto. Me incorporé un poco para alcanzar también la polla del marido. La mujer entendió enseguida y se apartó lo justo para dejarnos sitio. Entre los dos empezamos a mamársela por turnos, a veces los dos a la vez, rozándonos los labios y la lengua en su verga. Él soltó un gruñido grave y me agarró del pelo para marcar el ritmo, sin violencia, solo guiándome.
La mujer notó que yo también se la chupaba y se puso todavía más caliente. Empezó a rebotar sobre mí con más fuerza, clavándome las uñas en el pecho, moviendo el coño de arriba abajo sobre mi polla mientras jadeaba con la boca llena de la verga de su marido. El coche se balanceaba ligeramente con cada embestida. Había cristales empañados, olor a saliva, sudor y sexo encerrado.
Yo la sentía abrirse y apretarse alrededor de mí mientras seguía lamiendo y mamando junto a ella. A ratos le metía la mano entre las piernas y le frotaba el clítoris para volverla loca. A ratos le separaba el culo para verla cómo me tragaba. Ella ya no disimulaba nada. Gemía, babeaba, respiraba entrecortado y se corría por oleadas pequeñas que le dejaban el coño todavía más resbaladizo.
Su marido estaba a punto. Se le notaba en el cuerpo y en la forma de apretarnos la cabeza. La mujer lo supo antes que yo, se apartó apenas un momento para mirarlo y dijo con voz rota:
—Córrete... córrete en mi boca.
Él gruñó y empezó a correrse al instante. Le soltó la leche en la boca, espesa, abundante, y ella la recibió sin apartarse, tragando una parte antes de besarme. Sentí el sabor salado mezclado con su saliva mientras seguía clavada sobre mi polla. Ese beso me terminó de desquiciar.
—Me corro —dijo ella casi gritando.
Se apretó contra mí, hundiéndome la polla hasta el fondo, y su orgasmo le sacudió todo el cuerpo. El coño le palpitaba con tanta fuerza que me arrastró con ella. Yo también me corrí dentro, soltando la leche a chorros mientras le sujetaba la espalda y enterraba la cara entre sus tetas. Ella temblaba, yo temblaba, y durante unos segundos los tres nos quedamos solo respirando fuerte en la oscuridad del coche.
Nadie habló enseguida. Hacía falta bajar de ese golpe.
Ella se incorporó despacio y, al levantarse de encima de mí, parte de mi corrida salió resbalando entre mis ingles y el vientre. Lo vi incluso en la penumbra. Antes de que yo hiciera nada, ella bajó de rodillas, apartó con dos dedos y empezó a lamerme. Me limpió la polla, los huevos y el bajo vientre con una dedicación obscena, tragándose todo lo que había escurrido de su coño mezclado con mi leche.
—No dejes nada —bromeó su marido.
Ella levantó la vista, se chupó los labios y siguió hasta dejarme brillante de saliva y limpio de semen. Yo estaba agotado, sensible y todavía duro a medias del morbo que seguía flotando en el aire. Él se tumbó un momento a nuestro lado y le acarició un muslo mientras yo le pasaba la mano por la cintura, todavía incrédulo de estar ahí entre los dos.
Después nos vestimos con calma. Sacaron cigarrillos, fumamos los tres y hablamos como si nos conociéramos desde hacía tiempo. La tensión sexual se había aflojado, pero el ambiente seguía cargado de esa complicidad rara que solo nace después de correrse juntos. Me dijeron que solían ir de vez en cuando al cine y que, si algún día coincidíamos otra vez, me acercara sin miedo.
Yo les dije que lo haría, aunque por dentro sabía que una noche como aquella no se repetía tan fácilmente. Nos despedimos con naturalidad. Un apretón de mano del marido, un beso lento de ella y cada uno volvió a su coche.
No volví a verlos nunca más.
Pero aquella noche se me quedó grabada para siempre. Por el cine, por la oscuridad, por la primera vez con una pareja, por la forma en que me dejaron entrar en su juego sin prisas y sin preguntas. He tenido mucho sexo después, con hombres, con mujeres y con parejas, pero aún hoy, cuando cierro los ojos y recuerdo aquella sala y aquel coche, noto la misma sacudida en la entrepierna. Algunas experiencias no se olvidan. Se te quedan metidas en la piel, en la polla y en la memoria.