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Relatos Ardientes

Mi vecino del octavo me ofreció más que un trabajo

Llevaba tres meses sin trabajo cuando empezó todo. Tres meses encerrada en un departamento que apenas podía pagar, comiendo arroz blanco y vendiendo libros usados los sábados en una feria de la avenida. El alquiler del noveno piso lo había firmado mi exnovio cuando todavía éramos algo, y por algún milagro burocrático nadie había venido a reclamarme la mudanza.

Lo de Federico —mi exnovio— se cayó solo. Una mañana dejó de contestarme los mensajes y a la semana mi amiga Carolina me llamó para avisarme que estaba viviendo con una viuda en el otro extremo de la ciudad. No lloré ese día. Lloré después, cuando vi mi cuenta bancaria y entendí que estaba sola y que nadie iba a venir a salvarme.

Aquel lunes bajé al ascensor con el último currículum impreso, dentro de una carpeta de cartulina rosada, la única limpia que me quedaba. Tenía entrevista a las diez en una distribuidora de cosméticos. Mentí en el CV: dije que hablaba inglés. No lo hablaba.

El ascensor paró en el octavo y subió él.

Esteban —después supe que se llamaba Esteban— tendría unos cuarenta y cinco años. Camisa blanca sin corbata, perfume caro, un maletín de cuero gastado en los bordes. Me miró de reojo, asintió sin sonreír y soltó un «buen día» automático, sin emoción.

Le contesté con una voz que no era la mía. Una voz baja, lenta, como si arrastrara las sílabas a propósito. «Buen día.»

Él se sorprendió. No mucho. Apenas levantó las cejas y volvió a mirar el panel de números encendidos. Pero yo lo había visto, y supe en ese instante, con una claridad que me asustó, que esa mañana algo iba a cambiar.

No sé qué me dio fuerza. Quizás los últimos billetes arrugados en el bolsillo. Quizás la rabia.

Me corrí medio paso hacia atrás, hacia él. Esteban tenía las manos cruzadas sobre el cinturón, contra su propio cuerpo, esa postura defensiva de los hombres que viajan solos con una mujer en un ascensor. Mi espalda quedó a centímetros de sus dedos.

El ascensor frenó en el séptimo.

Subió una señora mayor con un caniche blanco en brazos. Saludó. Apretó el cero. Miró al perro. No nos miró a nosotros.

Apoyé las nalgas contra las manos cruzadas de Esteban. Despacio. Como sin querer, como si el frenado del ascensor me hubiera empujado. Sentí cómo se ponía rígido a mis espaldas, cómo contenía la respiración detrás de mi oreja. Y entonces, en lugar de retirar las manos, abrió los dedos. Solo un poco. Lo justo para que sus yemas reconocieran la costura del pantalón, la curva, el calor. Empujé más. Le acomodé el culo entero en las palmas, y sentí, contra la base de mi columna, cómo se le empezaba a marcar la polla dura debajo de la tela del pantalón. Muy poco, un bulto tibio, pero suficiente para saber que ya lo tenía.

Bajamos los siete pisos así. Sin hablar. Sin mirarnos. La señora del caniche tarareaba algo que no llegué a identificar mientras yo me mecía apenas, un movimiento mínimo de caderas, restregándole la raya del culo contra la verga tapada. Él respiraba por la boca, muy despacio, para que no se le notara.

En la planta baja la dejamos salir primero. Esteban esperó. Cuando la puerta del edificio se cerró detrás de ella, se dio vuelta y me miró por primera vez de frente.

—¿Desayunaste? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Vení.

Cruzamos a un bar pequeño en la esquina, de esos con manteles a cuadros y café aguado. Pidió dos cortados y dos medialunas. Yo me las comí en silencio mientras él me miraba comer con la curiosidad de quien observa un animal raro al que no termina de entender.

—¿Por qué? —dijo al final, removiendo el café con la cucharita.

Levanté los hombros. No tenía respuesta corta. Le conté la versión larga, igual. Lo del trabajo, lo de Federico, lo del alquiler, lo de la entrevista que tenía a las diez y para la que ya no iba a llegar. Le conté que en la heladera tenía dos huevos y media cebolla, y que en la billetera me quedaban ciento veinte pesos.

Le dije, también, otras cosas. Que me gustaba. Que los hombres de su edad me daban seguridad. Que no me importaba si era casado, que no quería molestar a nadie. Que tenía veintiséis años, que el cuerpo me pesaba de meses sin que nadie lo tocara, y que necesitaba un techo, comida y la sensación, aunque fuera mentira, de que alguien me cuidaba.

No mentí en todo. En lo del cuerpo, no mentí. Le dije, mirándolo a los ojos por encima de la taza, que hacía cuatro meses que no me cogían, que me masturbaba dos veces por día y que aun así me despertaba con el coño mojado y una necesidad idiota de que un hombre me diera con todo. Se lo dije igual que había pedido las medialunas. Sin bajar la voz.

Esteban escuchó sin interrumpir. Después sacó una tarjeta del bolsillo interno del saco, escribió un nombre y una dirección en el reverso, y me la deslizó por la mesa de madera.

—Andá esta tarde. Preguntá por Mauricio. Decile que vas de mi parte.

Asentí. Guardé la tarjeta como si fuera un billete grande.

—Y vení después por casa —agregó, sin levantar la mirada del café—. Octavo C. A las siete.

***

Mauricio era el director comercial de una importadora de electrodomésticos. La oficina ocupaba dos pisos de una torre de vidrio en el centro. Me recibió una mujer con auriculares y uñas postizas que me hizo esperar veinte minutos en un sillón blanco junto a una planta artificial.

La entrevista duró doce minutos. Mauricio apenas miró el CV. Me preguntó si sabía manejar planillas. Le dije que sí. Me preguntó si podía empezar el lunes siguiente. Le dije que sí. Anotó algo en una libreta, me dio la mano —firme, demasiado prolongada— y me explicó que recursos humanos me llamaría para los trámites.

Cuando salí a la vereda, el sol del mediodía me golpeó como una bofetada. Tenía trabajo. Tenía, además, un acuerdo no dicho que iba a empezar esa misma noche, dos pisos abajo del mío.

***

Me bañé con el último jabón de glicerina, me puse el único conjunto de lencería que no estaba descosido —negro, simple, sin encaje— y encima un vestido cruzado que mi madre me había regalado para un cumpleaños hacía tres años. Bajé los dos pisos por la escalera. No quería el ascensor.

Esteban abrió en pantuflas. Olía a ducha reciente. El departamento era más grande que el mío, con muebles caros y poca personalidad, como un catálogo de revista. Una pared entera tapizada de vinilos.

—Champagne —dijo, mostrándome una botella ya descorchada—. No tengo otra cosa fría.

Bebimos en el living. Me preguntó cosas, las normales: dónde nací, qué estudiaba antes de empezar a trabajar, si tenía hermanos. Yo contestaba corto. La conversación era una formalidad que los dos sabíamos que iba a terminar pronto.

Cuando terminé el segundo vaso, me levanté, fui hasta la pared de vinilos, elegí uno al azar —algo de jazz, no reconocí al músico— y lo puse en el tocadiscos. La aguja crepitó. Empezó un saxo, lento, ronco.

Bailé sola en el medio del living. Lento. Me desaté el cinturón del vestido y lo dejé caer al piso de un solo movimiento. Me quedé en lencería frente a él. Esteban no se movió del sofá. Solo me miraba, con una expresión que no era de deseo apurado sino de algo más parecido a la concentración, como si estuviera estudiando un cuadro.

Me acerqué en corpiño y bombacha, le separé las rodillas con la mía y me metí entre sus piernas. Le abrí los botones de la camisa uno por uno, lento, y le pasé la lengua por el esternón, bajando. Cuando llegué al cinto, se lo desabroché con los dientes contra la hebilla, y él dejó escapar el primer sonido de la noche, un carraspeo ronco. Le bajé el cierre del pantalón con las dos manos, le tiré el bóxer hasta las rodillas y ahí la vi por primera vez: la polla dura, gruesa en la base, curvada apenas hacia arriba, con una gota espesa asomando en la punta.

Me arrodillé sobre la alfombra entre sus pies. La agarré con la mano derecha, la levanté para verla mejor, la olí. Después le pasé la lengua desde los huevos hasta el glande, lento, en un lengüetazo largo que le hizo cerrar los ojos. Le lamí la punta, recogí la gota con la lengua, la tragué. Me la metí entera en la boca, hasta que la sentí golpear contra mi paladar, y bajé más, respirando por la nariz, hasta que la nariz me quedó apoyada contra el pelo de su pubis.

—La puta madre —dijo por fin, en voz baja.

Empecé a chupársela con ritmo, subiendo y bajando, cerrando los labios contra el tronco y ayudándome con la mano en la base. La saliva me chorreaba por el mentón y le caía sobre los huevos; la usaba para masajeárselos con la otra mano. De vez en cuando le sacaba la polla de la boca solo para escupirle encima, para verla brillar, para volver a metérmela hasta el fondo. Él me agarró del pelo, no para forzarme, para juntármelo detrás de la nuca y poder mirar cómo se la mamaba.

Cuando lo sentí tensarse, cuando escuché el suspiro ese que anuncia que un hombre está por acabar, levanté la cara, le mordí apenas el labio inferior y me trepé encima. Me corrí la bombacha a un lado sin sacármela, agarré la polla con la mano, me abrí el coño con dos dedos de la otra y la fui bajando hasta metérmela adentro de un solo movimiento. Estaba tan mojada que entró entera, sin resistencia, y solté un gemido ronco contra su oreja al sentirla clavada hasta el fondo.

Lo monté ahí mismo, en el sofá blanco de cuero, sin desnudarme del todo, con el corpiño caído sobre las costillas dejándome las tetas afuera y la bombacha corrida a un lado. Empecé a moverme lento, subiendo y bajando, apretando el coño cada vez que llegaba al fondo. Él me agarró las tetas con las dos manos, me chupó un pezón, después el otro, me los mordió apenas. Yo aceleré. Me apoyé con las manos contra el respaldo del sofá, arqueé la espalda, empecé a cabalgarlo con fuerza, dejando que las nalgas me golpearan contra sus muslos con cada bajada. El sonido húmedo llenó el living por encima del saxo.

—Así, cogeme así —le dije, y le agarré la muñeca para que me apretara el cuello, apenas, con la mano abierta.

Esteban entendió. Me apretó, no fuerte, lo justo para que yo sintiera la presión, y empezó a empujar de abajo, clavándomela con cada movimiento mío. Me acabé la primera vez ahí, con la polla adentro y su mano en el cuello, un orgasmo largo que me hizo temblar las piernas y aflojarme sobre él. No me dio respiro. Me levantó en brazos con la verga todavía adentro, me dio vuelta y me apoyó contra el respaldo del sofá boca abajo, con las rodillas sobre los almohadones y el culo al aire. Me la volvió a meter desde atrás y me cogió así, agarrado de mis caderas, mirando cómo su polla entraba y salía de mi coño abierto.

Acabó adentro. Empujó tres veces hasta el fondo y sentí los chorros calientes salpicándome las paredes. No me preguntó. Yo tampoco. Hacía dos años que tomaba la píldora por costumbre. Se quedó adentro un rato, la verga latiendo, hasta que se le fue aflojando de a poco y salió con un ruido húmedo. El semen me empezó a chorrear entre los muslos.

Estaba apoyando la cabeza en su pecho, con el corazón todavía acelerado y su corrida secándome en la entrepierna, cuando sonó el timbre.

Esteban no se sobresaltó. Estiró la mano hacia el portero, apretó el botón, abrió.

—Mauricio —dijo, sin mirarme—. Te avisé que iba a venir.

***

No me indigné. Tampoco me sorprendí, en realidad. Una parte de mí lo había entendido en el bar, cuando él escribió esa tarjeta sin pedirme nada a cambio.

Mauricio entró con una botella de vino tinto y una sonrisa de hombre que sabe a qué viene. Me saludó con un beso en la mejilla, como si fuéramos viejos conocidos de un asado, y bajó los ojos sin disimulo hasta mis tetas al aire y el chorro de semen que todavía me brillaba en el muslo. Se sacó el saco y lo colgó del respaldo de una silla con una calma que me dijo que ya había estado en ese living muchas veces.

—Esteban me debía un favor —me explicó, despacio, como si me hablara a una nena—. Y vos necesitás un trabajo. Todo el mundo gana.

Asentí. Me quedé donde estaba, descalza sobre la alfombra, con el vestido en el piso y la bombacha aún corrida a un costado del coño.

Mauricio se acercó, me agarró del mentón con dos dedos y me hizo abrir la boca. Escupió adentro, despacio, y me cerró los labios con el pulgar para que tragara. Después me bajó la bombacha hasta los tobillos, me pasó dos dedos por el coño abierto —recogió la corrida de Esteban con la mano— y me la untó en los labios como si fuera lápiz labial.

—Vas a hacer todo lo que te digamos —dijo, en voz baja, cerca de mi oreja—. ¿Verdad?

—Sí —le dije.

Lo que pasó después tardó dos horas. Se turnaron. Aprendieron mi cuerpo en silencio, con una eficiencia rara, como si lo hubieran hablado entre ellos antes de que yo llegara. Mauricio me arrastró de la mano hasta la alfombra del living, me puso en cuatro patas y se bajó los pantalones sin sacárselos, apurado. Tenía la polla más corta que Esteban pero más gruesa, y me la metió de un envión, sin preámbulos, agarrándome del pelo con una mano y de la cadera con la otra. Empezó a cogerme fuerte, con embestidas secas que me hacían gemir contra la alfombra.

Esteban se paró delante mío, todavía desnudo, con la polla recuperándose despacio. Me la puso contra los labios y yo abrí la boca sin que me lo pidiera. Se la chupé mientras Mauricio me la metía por detrás, tragando saliva y ahogándome cada vez que Esteban me la clavaba hasta la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas, se me corrió el rimel, pero no paré. Me estaban cogiendo por los dos lados y era exactamente lo que había ido a buscar.

Mauricio era brusco, impaciente; Esteban, más atento, demoraba en los detalles. Cambiaron de lugar sin decirse una palabra. Esteban se acostó boca arriba en la alfombra y me hizo montarlo de espaldas, con la polla otra vez adentro del coño. Mauricio se arrodilló detrás mío, me escupió entre las nalgas, me pasó el glande por la entrada del culo y empujó despacio, hasta que la sentí abrirse alrededor de él. Grité. Esteban me tapó la boca con la mano.

Me la clavaron los dos a la vez, uno en el coño y el otro en el culo, buscándose el ritmo. Al principio dolía, un ardor que me subía por la espalda, pero después se acomodaron y empezaron a moverse juntos, uno entrando cuando el otro salía, y el dolor se me convirtió en otra cosa. Una sensación densa, insoportable, que me tenía la boca abierta contra la palma de Esteban y las uñas clavadas en los pectorales de él. Uno me sostenía las muñecas contra el respaldo del sofá mientras el otro entraba por detrás. Después cambiaban de lugar sin decirse una palabra.

Me hicieron acabar dos veces antes de acabar ellos. La primera fue con Mauricio comiéndome el coño en el sofá mientras Esteban me hacía chupársela sentado sobre mi cara, apoyándome los huevos en la boca. La segunda fue con los dos dedos de Esteban dentro del culo y la polla de Mauricio empujándome contra el vidrio del ventanal que daba al balcón, cogiéndome parada, con las tetas aplastadas contra el vidrio frío y el reflejo de mi propia cara desencajada devolviéndome la mirada.

Era algo que ningún hombre se había tomado el trabajo de hacer en mucho tiempo, y me sorprendió descubrir que también podía sentir placer en un escenario así, donde lo único que se suponía que tenía que sentir era humillación o cálculo.

Acabaron casi juntos, al final. Me arrodillaron entre los dos, con la cara mirando hacia arriba, y se pajearon encima de mí. Primero Mauricio, que descargó un chorro espeso contra mi mejilla y sobre el labio superior. Después Esteban, más callado, me pintó las tetas y el cuello, apuntando bien. Me quedé quieta, con la boca abierta y la lengua afuera, dejando que la corrida me chorreara. Después me pasé el dedo por la cara, junté lo que pude y me lo lamí despacio, mirándolos.

Cuando terminamos, los tres en silencio sobre el sofá blanco, Mauricio fue a la cocina, sirvió tres copas de vino, volvió y nos sentamos como si hubiéramos terminado de cenar. Yo tenía el semen secándoseme en el pelo y me daba lo mismo.

—¿Cuánto necesitás —preguntó Esteban— hasta el primer sueldo?

Dije una cifra. La dije baja, por vergüenza. Mauricio sacó la billetera y me dio el doble, en billetes nuevos, sin contar.

—No es préstamo —dijo—. Es bienvenida.

Guardé los billetes en el bolsillo del vestido. Me vestí en silencio, despacio, sin limpiarme del todo, sintiendo cómo el semen de los dos se me iba escurriendo entre las piernas debajo de la bombacha. Subí los dos pisos por la escalera, otra vez, con las piernas temblando y un nudo raro en el estómago que no era arrepentimiento sino otra cosa, algo más parecido al alivio.

***

El lunes siguiente entré a la oficina con un tailleur prestado por Carolina. Mauricio me presentó como su nueva secretaria personal. Me dieron una computadora, un escritorio frente a la suya, una tarjeta corporativa para los almuerzos. Aprendí rápido las planillas. Aprendí rápido los nombres de los clientes. Aprendí rápido cuándo había que cerrar la puerta de la oficina y cuándo no.

Esteban subía a verme a veces, los jueves después de las seis, con la excusa de un café. Mauricio se quedaba algunas noches después de hora, con la puerta cerrada y la persiana baja, y me cogía sobre el escritorio con las planillas todavía abiertas debajo de mi culo, tapándome la boca con la mano para que el sereno no me escuchara gemir. Yo aprendí a vivir entre los dos sin preguntar, sin pedir, sin esperar nada que no fuera lo pactado en silencio aquella primera noche en el sofá blanco.

Mi alquiler está al día. Mi heladera está llena. Cambié los muebles del departamento, compré un sillón nuevo, dos lámparas, una alfombra que se parece a la de Esteban pero más barata. Federico me llamó hace dos semanas, borracho, diciendo que se había equivocado. No le contesté.

Los tres sabemos lo que soy. Yo, Esteban y Mauricio. No tiene un nombre bonito y no me molesta no ponérselo. Soy la chica del noveno, y por primera vez en mucho tiempo no le debo nada a nadie.

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Comentarios(8)

Rosita_Mza

excelente!!! me quede pegada a la pantalla hasta el final

NachoCba21

y?? que mas paso?? necesito la continuacion jajaja

Caro_NQN

me recordo a algo que me paso a mi, esa sensacion de saber que algo va a pasar antes de que pase de verdad... muy bien capturado

ValentinaRdz

La forma en que lo contaste hace que se sienta muy real. Se nota la autenticidad, eso es lo que mas me gusto de este relato

PabloMarin87

Corto pero intenso, quede con ganas de mas. Buen trabajo!!

melinda_scl

Gracias por compartir esto, muy bueno de verdad :)

Tobi_Cba

Que bueno encontrar un relato bien contado, sin tanto adorno. Segui escribiendo!!!

BrunoKlein

jajaja el arranque con el ascensor es perfecto, a todos nos paso algo asi en algun momento

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