Confesión: lo que mis medias provocaron esa noche
Te voy a contar algo que guardé durante más de diez años y que todavía me hace sonreír sola cuando lo pienso. Tuve sexo en un auto, una madrugada, con el hijo del intendente de mi ciudad. Sí, así como lo leés. Y lo más absurdo de todo es que la culpa la tuvo un par de medias.
Pasó una noche de octubre, cerca de las dos de la mañana, hace ya bastante. Imposible olvidar la fecha. Y la historia tuvo un segundo capítulo el año pasado, cuando volvimos a cruzarnos después de muchísimo tiempo sin vernos. Nuestros cuerpos, que por lo visto tienen mejor memoria que nosotros, se reconocieron al instante con un abrazo que duró demasiado para ser solo cortesía.
Pero vayamos al principio.
Todo arrancó cuando organicé un festival a beneficio en el barrio. Lo armé entre vecinos, con un poco de ayuda de la municipalidad, y la cosa salió tan bien —tanta gente, tanta plata recaudada para el comedor— que de repente todos preguntaban quién era la tal Mara, la que había juntado a once artistas en un mismo escenario un domingo cualquiera. Yo, que hasta entonces era una más, pasé a tener nombre.
Y entre los que preguntaban estaba él. Tobías. El hijo del intendente. En el barrio le decían el Pulga, porque era bajito y flaco, pero tenía una sonrisa de esas que te desarman antes de que digas nada.
El festival me valió una invitación a sumarme a su agrupación política. Le interesaba mi compromiso, dijo. Yo, que andaba con ganas de hacer algo distinto, acepté. Así que empecé a militar, y en mi primer evento como parte del grupo me tocó animar a los chicos disfrazada de una conductora de la tele, esas que cantan y bailan para los más chiquitos. Un papel de lo más inocente.
Lo que no fue tan inocente fue un detalle de vestuario.
No fue la pollera. No fue el top. Fueron las medias con portaligas. Te juro que fue lo primero que encontré en el cajón esa mañana, agarré y me puse, sin pensarlo. Y en cada paso de la coreografía, sin que yo me diera cuenta, la pollera se iba subiendo un poquito, y un poquito más, hasta dejar a la vista el encaje. Dios mío. Yo bailando para una ronda de criaturas mientras los padres miraban otra cosa.
¿Cuándo me di cuenta? Cuando terminó el show y Tobías se me acercó, con una sonrisa torcida, y me dijo bajito al oído:
—Más que entretener a los chicos, entretuviste a los papás.
Quedé sin saber qué responder. Me dejó helada. Y él se fue como si nada, las manos en los bolsillos, silbando. Ese fue el primer round.
El segundo vino en el evento siguiente. Repetí la misma rutina, y como esa vez llevaba una riñonera cruzada, me frenó al pasar y soltó otro de sus piropos:
—Dicen que las mujeres que usan carteras chicas es porque tienen la cola grande.
Yo otra vez muda. Pero por dentro me reía. Y me gustaba. No lo voy a negar.
El asunto escaló en septiembre. La agrupación armó una capacitación para los militantes y, para coordinar, alguien hizo un grupo de WhatsApp donde estábamos todos. Tobías incluido. Ahí cada uno tiraba ideas; yo propuse organizar un campamento de fin de semana, y él contestó en el grupo, delante de todos:
—Buena idea la del campamento, Mara. Organizalo vos.
Se hizo un silencio raro en el chat. El coqueteo ya era tan evidente que incomodaba, y a él no parecía importarle ni un poco.
Un minuto después me escribió al privado:
—Pero con una condición. Que lleves las medias blancas.
Y ahí, ni lerda ni perezosa, le seguí el juego:
—Bueno, dale. Las llevo. —Y agregué—: Se ve que te gustaron mucho.
—Muchísimo —contestó.
Esa palabra, así, estirada, fue la chispa. De golpe la conversación tomó otro color y se nos fue todo de las manos. Empezamos a tirarnos indirectas, después no tan indirectas, hasta que las indirectas se volvieron fotos. Bueno, fotos mías, más que nada. Estaba caliente y envalentonada, y le mandé una que no debía mandar.
—Mmm —respondió cuando la abrió—. Te la como entera.
El corazón me golpeaba en las costillas. Le escribí sin pensar:
—¿Dónde estás?
—En el local de la agrupación, a tres cuadras de mi casa. ¿Por?
—Vení. Encontrémonos.
—¡Dale! Esperame. Ya salgo.
Como ya sabía mi dirección por lo del festival, no tardó nada. Vino disparado. Yo lo esperé en la vereda, entre nerviosa y muerta de risa, con un short celeste bien ajustado y una musculosa negra sin corpiño que me marcaba todo. Hacía calor. O al menos eso me dije para justificar la ropa.
***
Frenó el auto frente a mi casa y bajó el vidrio. Me subí, me dio un beso corto en los labios, apenas un roce, y arrancó.
—Hola. ¿Todo bien? —dijo, fingiendo una calma que no tenía.
—Sí, sí —contesté yo, que de calma no tenía nada.
—¿Y adónde vamos?
Un hotel estaba descartado por razones obvias. Él era quien era, y en un pueblo todo se sabe. Así que le dije que doblara a la vuelta, que había una plaza medio oscura junto al monumento, y que a esa hora, casi las dos de la mañana, no iba a haber un alma en la calle.
Mientras manejaba, me apoyó la mano en el muslo y la fue subiendo despacio, sin apuro, respirando fuerte. Yo miraba por la ventanilla las casas dormidas y pensaba que estaba a punto de hacer una locura. Y la verdad es que no quería frenarla.
Estacionó bajo un árbol, lejos de la única luz de la plaza. Apagó el motor. Por un segundo nos quedamos los dos quietos, escuchando los grillos y nuestra propia respiración. Después se acercó y nos besamos. Y ese beso no tuvo nada de tímido: lengua, manos, su boca bajando por mi cuello, mis dedos enredados en su pelo.
Me mordió el labio justo cuando su mano se metió bajo la musculosa y me apretó un pecho. Se me escapó un sonido que no reconocí como mío.
—Pasemos atrás —dijo con la voz ronca.
Nos trepamos a los asientos traseros como dos adolescentes, golpeándonos las rodillas, riéndonos a media voz. Él empezó a desabrocharse el cinturón y se bajó el pantalón hasta los tobillos de un tirón. Para ser el Pulga, no tenía nada de chiquitín. Poderoso el petiso, pensé, y casi me río en voz alta.
Me incliné sobre él y lo tomé con la mano primero, despacio, mirándole la cara mientras se la acariciaba. Después bajé la cabeza. Me encantaba escucharlo. Cada vez que lo tenía entero en la boca, él dejaba escapar un gemido que le salía de muy adentro, apretaba el asiento con los dedos y echaba la cabeza hacia atrás. Mientras tanto su mano se coló entre mis piernas, corrió la tela del short y empezó a tocarme. Yo ya estaba mojada, y sentirlo me prendió fuego.
—Vení —me pidió, tironeándome de la cintura—. Subite arriba.
No daba más, se le notaba. Ninguno de los dos había llevado nada, y cuando se lo dije, me contestó que no importaba, que con cuidado. Una imprudencia de manual, lo sé. Pero a esa altura ya habíamos cruzado todas las líneas posibles.
Me bajé el short, me senté sobre él de espaldas y lo sentí entrar de a poco. Solté el aire de golpe. Empecé a moverme adelante y atrás, despacio al principio, mientras él me sostenía las caderas y me besaba la espalda. Yo me tocaba los pechos, apoyaba las manos en el techo bajo del auto, buscaba el ángulo. El vidrio se fue empañando. Afuera, el mundo entero dormía y nosotros dos estábamos en otra parte.
El ritmo se aceleró. Lo escuchaba decir mi nombre entrecortado, sentía sus dedos clavándose en mi piel. Estuvo a punto de terminar adentro, pero alcanzó a levantarme justo a tiempo y acabó sobre su propia mano, agitado, con un gemido largo que me erizó la nuca.
Nos quedamos así un rato, los dos jadeando, pegoteados, sin decir nada. Después él estiró el brazo, encontró un rollo de papel de cocina en el piso del auto —vaya uno a saber por qué estaba ahí— y nos limpiamos como pudimos, muertos de risa por lo ridículo de la situación.
—¿Estás bien? —me preguntó, todavía agitado.
—Sí, sí —dije yo. Y era verdad, había disfrutado como pocas veces. Aunque por dentro no terminaba de caer.
***
Volvimos a casa en silencio, mirando la calle vacía, los dos fingiendo demencia sobre lo que acababa de pasar. Al llegar a mi puerta me bajé, pero antes me dio un último beso corto, con una sonrisa dibujada en la cara.
—Nos vemos —dijo. Y se fue.
Entré a casa y me quedé caminando de un lado al otro del living, sin poder creerlo. ¿Qué fue eso? ¿De verdad pasó? ¿Con él? ¿Me eligió a mí? Me hacía las preguntas en voz baja, riéndome sola como una tonta. Tardé en dormirme. Tardé días, en realidad, en bajar de esa nube absurda.
Después la vida siguió, como sigue siempre. Dejé la militancia un tiempo más tarde, me mudé de barrio, cambié de trabajo. A Tobías lo perdí de vista. Cada tanto leía su nombre en alguna noticia local —ya se había metido de lleno en la política— y me venía el recuerdo de esa madrugada, tibio, como un secreto que solo yo guardaba.
Hasta el año pasado.
Fue en un acto del partido, al que volví casi de casualidad, arrastrada por una amiga. Y ahí estaba él. El Pulga. Hoy intendente de mi ciudad, con traje, rodeado de gente, mucho más grande pero con la misma sonrisa torcida de siempre. Apenas me vio entre la multitud, vino directo. No paraba de mirarme, de abrazarme, de apretarme las manos mientras repetía que estaba contento, contentísimo de volver a verme.
—Muchísimo —dijo. Y yo supe exactamente a qué se refería.
Le devolví la sonrisa con toda la calma que pude fingir. Por fuera era el saludo más normal del mundo, dos viejos conocidos reencontrándose. Por dentro me estaba derritiendo igual que aquella madrugada, hace más de diez años, en el asiento trasero de su auto.
Porque ya se sabe: donde hubo fuego, siempre queda algo.