Mi confesión: dos amantes y una sola noche en Granada
El miércoles llamé a Damián para devolverle las llaves del piso. Quedó en pasar por la tarde, aunque insistió en que me las guardara por si algún día volvía a Zaragoza y necesitaba dónde dormir.
Pasé la mañana ordenando el departamento y armando la maleta. Comí algo ligero, me di un baño largo en la tina y, al salir, me unté crema de coco por todo el cuerpo. Me vestí con una minifalda plisada blanca y un top azul, sin sostén por el calor que hacía. Debajo, una tanga transparente color vino y unas sandalias sin medias.
Llegó cerca de las seis con un ramo de rosas, una botella de vino y unos pastelillos. Nos saludamos de beso.
—No te hubieras molestado —le dije mientras acomodaba las flores en un florero—. Están preciosas, pero me voy el viernes y se van a marchitar.
—Lo importante es que las tengas. Y si las dejas en agua, me recordarás cada vez que entres aquí.
—¿Quieres tomar algo? Tengo tinto de verano. Los pastelillos los guardo para la cena… te quedas, ¿verdad?
—Será un placer. Mientras, un tinto está bien.
Serví dos vasos y nos sentamos en la sala a platicar mientras llegaba la hora de cenar. El calor entraba por la ventana abierta y yo me daba aire con la mano, acomodándome la falda que al sentarme se me había subido de más.
—Así me vas a dar más calor a mí, preciosa —dijo sonriendo, y me rodeó los hombros para acercarse.
Le devolví la sonrisa y él juntó sus labios a los míos. Empezó tierno y se fue volviendo lento, profundo, hasta que su mano me recorrió la pierna izquierda y se metió bajo la falda. Acarició mi cadera y bajó hacia la ingle, y cuando sus dedos encontraron el camino entre mis piernas me sentí erizar de arriba abajo. Separé las rodillas, relajada, dejándome llevar por sus caricias.
Bajé la mano hasta su bulto y lo froté por encima del pantalón. Busqué la cremallera y la bajé con algo de torpeza. Él se estiró, se aflojó el cinturón y se empujó el pantalón hasta medio muslo. Metí la mano en su bóxer y lo saqué, ya firme. Me incliné a besarlo despacio, recorriendo el tronco con los labios, demorándome en cada centímetro antes de tomarlo en la boca.
—Cualquiera diría que tienes cuarenta —murmuró él, divertido por mi entusiasmo.
Me levantó la falda y me acarició las nalgas con la mano abierta. Me dio una palmada suave.
—Vaya, traes la bandera francesa —bromeó, por los colores de mi ropa.
Me bajó la tanga y se recostó boca arriba en el sofá. Me acomodó sobre él, su cabeza entre mis piernas, y nos perdimos en un sesenta y nueve improvisado que no tenía nada de torpe. Sus manos me sujetaban las caderas mientras su lengua trabajaba paciente, y yo respondía con la misma dedicación. Aguanté lo que pude. Cuando las piernas dejaron de sostenerme, me dejé caer sobre su boca con un orgasmo que me dobló en dos.
No me dio tregua. Se incorporó, me levantó el top y me colocó de rodillas sobre el sofá, las caderas en alto. Pasó la punta varias veces entre mis labios, rozándome el clítoris hasta hacerme gemir, y entró de una sola embestida. El choque seco de su cuerpo contra el mío llenó la sala. Llevé la mano hacia atrás, entre mis piernas, buscando tocarlo mientras me movía a su ritmo.
Cambiamos. Se sentó y yo me monté encima, una pierna a cada lado, dejándome bajar hasta sentirlo entero. Subía y bajaba mientras él me sostenía las caderas y alternaba la boca entre mis pechos. Lo apuré hasta que lo sentí crecer, tensarse, y con un sonido ronco se vació dentro de mí. Yo seguí moviéndome en círculos, despacio, hasta que terminó.
—La cena —dije al fin, riéndome contra su hombro.
Me fui al baño a refrescarme y volví solo con la tanga y la falda; con ese calor, el top sobraba. Servimos la comida entre arrimones y manos que no se quedaban quietas. Cuando saqué los pastelillos y el café, él hundió un dedo en la crema de uno y me la untó en los pezones. El frío me arrancó un escalofrío y se me endurecieron al instante.
—Así está mucho mejor —dijo, y los limpió con la lengua.
Una cosa llevó a la otra. Me recostó sobre la mesa, me abrió las piernas y entró de nuevo, esta vez sin prisa. Alternaba ritmos: primero hondo y lento, después rápido y constante. Cuando me sintió mojada y rendida tras otro orgasmo, salió y empujó despacio contra el otro lado, abriéndose camino centímetro a centímetro mientras su pulgar jugaba con mi clítoris. Terminé apretando sus brazos hacia mí, sacudida por una segunda ola justo cuando él se vació por segunda vez esa tarde.
Nos duchamos juntos. Intentó una vez más bajo el agua, pero yo estaba demasiado sensible y preferí terminarlo con la boca. Bajamos por su ropa, charlamos un rato y se fue. Me quedé leyendo en el sillón hasta que el sueño me llevó a la cama pasada la medianoche.
***
Al día siguiente tomé el tren a Granada, a casa de Noa. No había nadie cuando llegué, así que dormí un rato y salí a comer a un bar. Volví cuando ya estaban de regreso Rosa y Clara, las compañeras de piso, y nos quedamos platicando hasta la cena.
El viernes, después de comer, Noa me llamó para que la alcanzara en el centro. Rosa y Clara se iban el fin de semana y no quería quedarse sola. Me duché y me arreglé con un conjunto lila y negro, una falda de cuero, una blusa semitransparente y unas botas a juego. Nos vimos en una horchatería famosa del centro, y mientras tomábamos una horchata fría apareció Unai. Venía solo.
—Gorka tuvo que ir a casa de sus padres —explicó al notar mi cara—. Pero así estamos mejor, ¿no? Al menos para mí.
—No será la primera vez que estamos solo los tres —añadió Noa, mirándome de un modo que lo decía todo.
Me encogí de hombros y sonreí. Unai pagó la cuenta y salimos a caminar. Después tomamos un autobús hacia la zona de la playa, porque Noa propuso ir a bailar. Cenamos unos mariscos cerca y entramos a la discoteca a buena hora. Unai pidió una mesa junto a la pista y una botella, y preparó las copas mientras yo le explicaba cómo las servíamos en México. Las probaron y juraron que sabían distinto. Mejores, dijeron.
Pasada la medianoche ya estábamos las dos algo achispadas. Bailábamos los tres a la vez, y en algunas canciones solo una de nosotras con él, alternándonos. Los roces empezaron como accidentes y dejaron de serlo. La tensión se volvió tan espesa que se podía tocar. En un momento Noa y yo fuimos al baño a retocarnos, y frente al espejo nos miramos riéndonos.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Alegre. Un poco alterada —confesé—. ¿Y tú?
—Igual. A él lo veo bastante motivado, ¿no te parece?
—¿Solo lo ves? —solté, y nos echamos a reír, coloradas las dos.
Salimos, bailamos un par de canciones lentas en las que los roces ya no disimulaban nada, y cuando volvimos a la mesa Noa preguntó si nos íbamos.
—¿A tu casa o a la mía? —dijo Unai.
—No sé si esté Bruno con Yaiza… —dudó ella.
—Yo me voy en un taxi, sin problema —ofrecí.
Los dos negaron a la vez.
—Venimos juntos y nos vamos juntos —zanjó él, rodeándonos la cintura a las dos.
—No te cortes, Cami —agregó Noa.
—¿Acaso te aburro? —me apretó Unai contra él.
—Bobo, sabes que no —le dije.
Me dio un beso corto, sacó el móvil y pidió un taxi.
Nos subimos los tres en el asiento de atrás. Apenas arrancamos, Unai nos abrazó por los hombros y empezó a acariciarnos los pechos, primero sobre la ropa y después metiendo la mano. Noa soltaba risitas que llamaban la atención del chófer, que la miraba de reojo por el retrovisor. Ella le puso la mano en el muslo y se besaron. Yo me ladeé hacia él, apoyé la cabeza en su hombro y le acaricié el bulto sobre el pantalón, sintiéndolo crecer bajo mi palma.
El trayecto fue corto. A esa hora no había tráfico en la autovía y llegamos en menos de quince minutos. Mientras lo seguía acariciando, su mano se coló bajo mi falda y la fue subiendo hasta la cintura. Me dejé hacer, recargada en el respaldo, disfrutando del descaro. Al bajar, la calle era tan estrecha que tuve que arrastrarme hasta el otro extremo para salir, sin acomodarme la falda hasta estar de pie, para alegría del chófer.
—Vaya calentón que se ha llevado el tío —rió Unai en el ascensor.
—No es para tanto —protesté.
—¿Cómo que no? Si llevabas la falda hasta arriba —se burló Noa.
Entramos al departamento y él puso música. Noa se dejó caer en el sofá quejándose de los pies.
—Tengo una fantasía —dijo Unai—. Que me bailen las dos. Hace mucho que no estamos solos los tres. ¿Se puede?
Noa y yo nos miramos. Las dos sabíamos hacia dónde iba la noche desde que salimos de la disco, y eso era justo lo que nos tenía así. Me encogí de hombros y seguí el juego.
Ella empezó a moverse al ritmo de la música y yo la seguí. Nos contoneábamos recorriendo el cuerpo de la otra con las manos sin llegar a tocarnos, hasta que me dio la espalda y bajó un poco el cierre de su vestido, invitándome a terminarlo. Lo bajé despacio. El vestido cayó al piso y quedó en un conjunto de encaje negro. Se acercó de frente y, ante mi sorpresa, fue ella quien me desabrochó la blusa y me acarició los pechos mientras Unai, sentado, se tocaba sobre el pantalón sin perder detalle.
—Tóquense un poco —pidió con la voz ronca—. Es muy excitante.
Se bajó el pantalón y se lo acariciaba de arriba abajo. Me separé de Noa y fui hacia él con pasos lentos, le besé los muslos y acerqué la boca a su erección. Noa lo siguió, se quitó el sostén y se lo lanzó al pecho, y jugó con su vello y sus testículos mientras yo lo tenía en la boca. Él nos acariciaba la cabeza a las dos, suspirando, mientras nos turnábamos.
Nos hizo levantar y ponernos de espaldas, inclinadas. Acariciaba y besaba alternando entre las dos, bajándonos la ropa interior por etapas, pasando la lengua entre nuestros labios hasta hacernos gemir. Luego me jaló entre sus piernas, me sentó sobre él de espaldas y me fui bajando hasta tenerlo entero. Empecé un vaivén pausado que se volvió rápido, recargada en su pecho, mientras Noa se besaba con él y le ofrecía sus pechos. Terminé apretándome contra su torso con un orgasmo largo, moviendo las caderas en círculo. Noa alcanzó el suyo casi al mismo tiempo, con los dedos de Unai entre las piernas.
Me bajé y me senté a un lado, recuperando el aliento, mientras Noa se acomodaba de rodillas en el sofá y él la penetraba de una estocada. Cada embestida le arrancaba un gemido. Yo me sentía algo mareada, no sé si por las copas o por lo intenso del momento. Ella perdía el equilibrio al querer tocarse, así que me tomó la mano y se la llevó al pecho. Me deslicé bajo su cuerpo y desde ahí le acaricié los pechos mientras ella se inclinaba a besarme. Estuvimos así hasta que los tres estallamos casi al mismo tiempo, en una mezcla de jadeos.
Unai se apartó y vino hacia mí. Me acarició la cabeza y abrí la boca. Lo trabajé con la lengua hasta que volvió a endurecerse por completo, y entonces buscó la otra entrada con cuidado. Me recostó sobre la alfombra, me subió las piernas a sus hombros y entró despacio, dándome tiempo. Con la mano libre me acariciaba los pechos y, con el pulgar, jugaba con mi clítoris en círculos lentos. Bajé las piernas para rodearle la cadera y dejé que el ritmo creciera. La fricción doble me llevó al borde otra vez; lo apreté con fuerza al sentir el orgasmo bajar, y él se vació sobre mí con un último empujón hondo, recostado encima, su boca en mi pezón.
Me quedé un rato larga sobre la alfombra, las piernas juntas, el pecho subiendo y bajando, disfrutando la última oleada con los ojos cerrados. Después Noa me ayudó a levantarme y nos duchamos juntas. Estaba tan relajada que la dejé enjabonarme.
—¿Te molestó que te besara? —preguntó, pasándome la esponja.
—No. Fue sorpresivo, pero entendí que era parte de la noche —le dije.
Me volvió a besar, en la boca y en los pechos, y su mano bajó hasta hacerme dar un respingo por lo sensible que estaba. Lo dejó ahí. Terminamos de bañarnos y nos acostamos las dos, desnudas, una a cada lado de Unai, y nos dormimos así.
Me desperté tarde, con el movimiento de la cama. Volteé y era Noa, montada sobre él. Me levanté sin hacer ruido, recogí mi ropa de la sala, me vestí y me fui a casa, dejándolos solos. En el tren de vuelta entendí que esa era la confesión que nunca pensé que tendría que contarle a nadie. Aquí está.