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Relatos Ardientes

La madrugada de nuestra segunda noche lo cambió todo

Diría que aquella primera noche había terminado de una forma tan especial que ambos caímos rendidos, dormidos como niños. Era apenas la segunda vez que dormíamos juntos, y sin embargo, si la compenetración de la víspera ya había sido honda, esa segunda madrugada nos encontró convertidos en una sola pieza. Yo descansaba sobre el lado derecho de la cama; ella, de nuevo, se hizo un ovillo dentro de mi abrazo, con sus rizos cayendo sobre mi pecho como cada vez.

Sus rizos siempre fueron uno de mis deleites secretos. Es una mujer de cabello naturalmente rizado, y me ha contado que otras parejas la admiraban más cuando se lo alisaba, como si valoraran el cambio. Para mí era justo lo contrario: al natural me resultaba más cercana, más verdadera, más ella. Esa noche los llevaba sueltos, enredándose entre mis dedos cada vez que la acariciaba.

Después del placer recibido y entregado, dormimos exhaustos. A mí, sin embargo, el descanso me duró poco. El cambio de horario del viaje me había dejado el cuerpo descompasado: completaba ciclos cortos, de tres a cinco horas, y por más que lo intentara no había manera de prolongarlos. Si me dormía a las diez de la noche, a las tres de la mañana ya tenía los ojos abiertos clavados en el techo.

Días más tarde, repasando aquellos encuentros por mensajes, ella misma me recordó ese detalle. Conservo todavía sus palabras:

«Por eso nos despertábamos muy temprano, no recuerdo bien la hora, pero creo que eran como las tres de la madrugada. La verdad no sé si tú te despertabas o si nunca llegabas a dormirte, ja. Yo siempre me dormí antes que tú y siempre me desperté después que tú.»

Tal como ella decía, desperté de madrugada con ella dormida a mi lado. Intenté volver a conciliar el sueño sin ningún éxito, así que, con el mayor sigilo posible para no incomodarla, me estiré hacia la mesita de noche de mi lado de la cama. Allí tenía el mando del televisor. Hay que reconocer que aquel apartamento, además de acogedor, tenía un buen servicio de cable. Encendí la tele, hice algo de zapping y terminé eligiendo una película asiática de aventuras, llena de combates ágiles y acrobacias imposibles.

Ella es de por sí madrugadora. Ensimismado en la pantalla, no me di cuenta del momento exacto en que despertó. Lo descubrí por un ligero movimiento a mi costado: me observaba en silencio. Apenado, le pregunté en voz baja.

—Lo siento, ¿te desperté? —dije, y enseguida pensé que era una de esas preguntas obvias que uno hace sin remedio.

—No —respondió con la voz aún espesa de sueño—. Suelo despertarme a esta hora.

—Estoy viendo una película de aventuras. ¿Te apuntas?

—Sí…

Como la película llevaba poco rato, la reinicié desde el principio. Apenas cambiamos de posición: ella con la cabeza en mi pecho, yo con la mano derecha bajo su nuca para darle un poco más de altura y poder mirarla de reojo mientras la trama avanzaba.

La calma duró poco. En algún momento bajó la temperatura del cuarto y ella se apretó más contra mi cuerpo. Mi brazo izquierdo la envolvió todavía más, en ese instinto de cobijo que me nace con ella, y mi mano izquierda terminó descansando sobre sus nalgas. Ese culo, todavía hoy, me hace desearla. Así que, apenas lo sentí bajo la palma, empecé a acariciarlo, a apretarlo, a sobarlo despacio. Ella seguía con la mirada en la pantalla, aunque sus piernas ya atrapaban las mías entre las suyas y su sexo se frotaba apenas contra mi costado.

Esa vez ambos llevábamos pijama. Yo, una camiseta ligera y un pantalón largo de abrigo; había traído dos juegos y le había dejado uno a ella, que dormía con su propia camiseta y mi pantalón de repuesto. Entre su cercanía y el ardor que empezaba a encenderse entre los dos, pausé la película —terminaríamos de verla, sí, pero en otro encuentro— y usé la mano derecha para guiar su rostro hacia el mío.

Empezaron los besos. Los disfrutamos mucho, lentos, sin urgencia. Aquella vez fueron menos eróticos y más una unión de dos almas a través de los cuerpos. Girando de medio lado, me acomodé junto a ella sin dejar de besarla, mientras mi mano derecha descendía por su cuerpo, descubriendo sus curvas, separando sus piernas, acariciando su sexo por encima de la tela. Fui bajándole el pantalón hasta las rodillas, y desde ahí fueron mis pies los que terminaron el trabajo, dejándola desnuda de la cintura para abajo.

Con un empuje suave de mi brazo izquierdo, la llevé encima de mí. Su peso me aplastaba un poco; su cuerpo descansaba sobre mi abdomen, las piernas estiradas a lo largo de la cama y encajada entre mis muslos, aunque yo todavía conservaba el pantalón del pijama. Con caricias delicadas le saqué la camiseta por encima de la cabeza. Ya estaba desnuda, comiéndonos a besos, mientras mis manos se hartaban de su culo generoso, subían por su espalda, jugaban con sus rizos, acariciaban su nuca y la piel detrás de sus orejas, y volvían a bajar por toda su anatomía. No había prisa. Fue lento y especial.

Ella se incorporó y se puso de rodillas, imitando lo que yo había hecho con ella. Erguida, llevó las manos a mi cintura y tiró con suavidad del borde del pantalón para que juntara las piernas y levantara las caderas; así pudo deslizarlo hacia abajo. Me quería completamente desnudo, igual que ella, de modo que tiró de mis manos hasta sentarme frente a ella y me sacó la camiseta por encima de la cabeza.

La imagen era esa: yo sentado, ella de rodillas ante mí, mis manos en su cintura, las suyas en mis hombros, nuestras bocas de nuevo unidas en un ir y venir incesante. Esa vez mis caricias eran apenas un roce, ya con la palma abierta, ya solo con la punta de los dedos. Le recorría los brazos, los pechos, la cintura, el contorno entero. Ella se sostenía en mis hombros para hacer más cómoda su postura y mantener al mismo tiempo la mayor parte de su cuerpo cerca, expuesto a mis manos.

En sincronía con esa dulzura, la atraje hacia mí tirando con un poco más de fuerza del brazo izquierdo, guiándola en diagonal. Ella fue quedando a mi lado, su cuerpo girando de medio costado para no romper nuestros besos. Usando ese giro como punto de apoyo, la llevé a tumbarse boca arriba. Al principio solo una parte de mi cuerpo quedó sobre el suyo, pero esa posición me daba una libertad especial: sosteniendo el peso en el brazo izquierdo, quedaba medio echado sobre ella, con nuestras bocas libres y la mano derecha también libre.

Libre para bajar por su estómago, para separarle las piernas, para acariciar su sexo. No introduje los dedos; le abría apenas los labios con la mano, o jugaba con dos dedos buscando la piel tibia alrededor de su vulva. Su humedad crecía, y me excitaba sentir cómo cambiaba su respiración, cómo su cuerpo se abría receptivo hacia mí.

Me moví despacio hasta acomodarme sobre ella, encajando mi cuerpo entre sus piernas abiertas en un misionero pausado. Tuve que apoyar de nuevo la mano izquierda en la cama para tener un punto firme, mientras la derecha guiaba mi sexo hacia el suyo. Ella me abrazaba, me recorría la espalda con las manos, me recibía. Ya estaba dentro de su cuerpo, pero todavía sostenía el peso en el brazo, y antes de dejarme caer del todo le acaricié los pechos una vez más con la mano derecha.

Entonces me tumbé sobre ella. Sus manos en mis nalgas, mis brazos a los costados de su cuerpo, mi sexo entrando y saliendo del suyo con suavidad. Era una penetración coordinada por los dos: yo entraba, salía, y ella me acompañaba marcando un poco el ritmo con las manos en mi culo. Ambos lo sentíamos. Era un encuentro distinto, muy íntimo. Era la madrugada absoluta; ni siquiera se oían los primeros ruidos de la ciudad. Nos amamos en silencio, aunque podíamos mirarnos.

Y ella volvió a sentir ese impulso de felicidad que la dejaba al borde del llanto. Aun en la penumbra noté el brillo de su mirada, pero esta vez ninguno de los dos interrumpió el ritmo. Yo alternaba los besos con caricias a sus crespos, apoyándome en las puntas de los pies para sostener el vaivén. Su orgasmo llegó, pero esta vez sin la tensión del vientre, sin la contracción que otras veces la dejaba sin fuerzas. Fue un orgasmo lento, prolongado. Lo percibía en el ligero temblor de su cuerpo, y no me detuve: mantener el ritmo extendía un poco más su placer, y para mí no había nada más delicioso que regalarle esos instantes. Me había confesado que alguna pareja anterior había sido egoísta, demasiado rápida en la intimidad. Este momento era justo lo contrario.

Sentí el relax de su cuerpo, aunque sus manos no se soltaban de mí, ni yo dejaba de penetrarla, ni ella dejaba de disfrutar mi ritmo. Retomé el vaivén, ahora buscando mi propio orgasmo. Conservé la gentileza, pero imprimí más firmeza al entrar, más fuerza en la cadera, más hambre. Ella me disfrutaba; nos mirábamos, nos besábamos. Sentí que el final estaba en camino, me adueñaba de su cuerpo y anticipaba ese placer que solo me da cuando una mujer me recibe en su boca.

Mi sexo empezó a palpitar y supe que ya no había vuelta atrás. Tuve que tirar de toda mi voluntad física para salir de ella y moverme rápido hacia la cabecera. Por suerte había pausado la película pero no había apagado el televisor, y su luz potente nos regaló una visión mutua y clarísima. Recuerdo con total nitidez su cara de lujuria. Quedé con la rodilla izquierda a un costado de su cuerpo, el pie derecho junto a su cabeza, la mano izquierda apoyada en la pared, y mi sexo en su boca, estallando. Sus rizos desordenados sobre la almohada, la boca abierta, la lengua afuera, recibiéndome, disfrutándome.

Su rostro era casi una risa, una mezcla de descaro y agrado. Es una mujer dulce, de mirada adorable y gesto tierno incluso en los momentos más intensos. ¿Mi cara? No lo sé, no me veía a mí mismo. Solo sé que tenía la boca entreabierta, expulsando el aire a borbotones, agitado, en la cima de mi placer. Después ella me diría que mi expresión también era una combinación inenarrable, un placer casi brutal.

Al escribir estas líneas reconozco que quise añadir un detalle galante que en realidad no ocurrió: el de haberle preguntado antes si me recibiría así. Precisa como es, apelando a su memoria, ella me corrigió por mensaje:

«Lo veo bien, aunque hay algo que no me cuadra y no lo recuerdo del todo. Justo eso que mencionas, el tema de la luz: yo siento que el cuarto estaba muy iluminado, recuerdo perfecto tu rostro. Y el otro punto es que siempre he creído que tú no me preguntaste si quería; simplemente llegaste hasta mi boca. Después me dijiste que no a todas les gusta y que por eso no sabías cómo lo tomaría yo, que te sorprendió que ni siquiera hiciera el feo.»

***

Y aquí debería hablar ella, porque su versión completa lo que yo apenas alcanzo a contar.

Qué puedo decir de su cara, escribió. Es el rostro que más expresiones distintas reúne en menos de un minuto en toda mi vida. La satisfacción que había allí era la de un niño que por fin logra lo que se propuso. Estaba lleno de poder, de lujuria, de placer; había un poco de picardía y mucha, muchísima felicidad. Es indescriptible. Me hizo sentir poderosa el haberle podido dar tanto, y cada encuentro se ponía mejor: justo cuando creía que ya había vivido el mejor, llegaba uno nuevo, lleno de posibilidades.

Ya me lo había dicho después de otras veces: ahora quiero limpiarte. Y yo lo hacía con calma, con agrado, mirándolo, aunque nunca antes había contemplado beberlo. Aun así me encantó aquel gesto descarado de dármelo a beber. Como todo lo que ocurría con él, me nacía hacerlo sin recelo: él proponía y yo, sin complicarme, estaba a la altura del momento.

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Comentarios(1)

Romi87

hermoso... se me puso la piel de gallina leyendolo

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