La compañera que me esperaba cada miércoles
Llevaba tres años en la empresa cuando Tamara llegó a mi departamento. Entró por un contrato temporal, de esos que nadie cree que vayan a durar, y sin embargo terminó quedándose mucho más de lo que ninguno imaginaba. Todavía recuerdo el día que nos presentaron en la sala de juntas, ella con un café en la mano y una sonrisa que parecía pedir disculpas por estar nerviosa.
Era rubia, de un rubio teñido pero bien cuidado, de esos que se notan trabajados y no descuidados. Tenía la piel muy blanca, una sonrisa amplia y un cuerpo que llamaba la atención sin que ella hiciera nada por provocarlo. No era alta, le sacaba media cabeza, y aun así caminaba con una seguridad que contrastaba con esa timidez de los primeros días.
Al principio fue una compañera más. En el departamento éramos mayoría de mujeres, así que el chisme circulaba rápido y sin filtro. No tardaron en contarle a Tamara que yo había tenido algo con otra compañera que se había marchado hacía más de un año. Ella me lo soltó un día sin rodeos, medio en broma, y yo me limité a encogerme de hombros.
—Así que tú eres el famoso —dijo, revolviendo su café con una sonrisa de medio lado.
—No creas todo lo que te cuentan —respondí.
—Tampoco creo nada —contestó—. Pero me gusta tener mis propias conclusiones.
Durante los primeros meses el trato fue normal. Cuando coincidíamos hablábamos de cualquier cosa: del proyecto que nos tenía hasta tarde, de música, de lo que haríamos el fin de semana. Sin darnos cuenta nos fuimos haciendo confidentes. Había una complicidad que crecía sola, sin que ninguno la empujara, esa clase de electricidad que uno reconoce aunque finja no notarla.
El punto de inflexión llegó en una cena de equipo, una de esas reuniones fuera del horario donde todos bajan un poco la guardia. Yo había ido en taxi, y cuando la noche terminó, Tamara se ofreció a acercarme a casa. No hizo falta más. Los dos sabíamos lo que iba a pasar antes de subir al coche, aunque ninguno lo dijera en voz alta.
***
Ya en mi piso puse algo de música, sin pensarlo demasiado, y nos besamos en cuanto cerré la puerta. Fue un beso largo, contenido durante semanas, de esos que tienen hambre acumulada. Caímos en el sofá entre risas y ropa a medio desabrochar, y descubrí que detrás de esa timidez había una mujer que sabía perfectamente lo que quería.
Al principio no llegábamos a más. Lo que más le gustaba era usar la boca, y debo confesar que a mí también. Era curiosamente pudorosa para algunas cosas. Las dos primeras veces me pidió que no la mirara, que me tapara la cara con un cojín mientras ella bajaba. Yo le hacía caso dos segundos, los justos para que se sintiera tranquila, y luego retiraba el cojín para verla. Ella siempre fingía enfadarse, aunque la sonrisa la traicionaba.
El problema era encontrar dónde. Yo compartía el piso con un compañero y ella vivía con su madre, así que los espacios escaseaban. Fue entonces cuando descubrimos el coche.
Una tarde, esperándola en el aparcamiento de la empresa, me fijé en que los cristales de su coche tenían unas láminas oscuras que no dejaban ver nada desde fuera. Se lo comenté medio en serio, medio probando suerte, y para mi sorpresa aceptó sin demasiado drama.
—Pero si nos pillan, te juro que renuncio y me mudo de ciudad —dijo, muerta de risa y de nervios.
Bajamos al aparcamiento un mediodía cualquiera. Ella se sentó al volante y yo de copiloto. Aunque era pleno día y el sol entraba a raudales, desde fuera el interior era un espejo negro. Nos besamos un rato, me bajé el pantalón y ella no lo dudó. Lo que más me excitaba no era el acto en sí, sino el riesgo: gente cruzando el aparcamiento a pocos metros, cargando bolsas, buscando sus llaves, sin la menor idea de lo que ocurría dentro de aquel coche azul.
Tamara trabajaba con una concentración que me desarmaba. Combinaba la boca y la mano con una soltura que cada semana iba a más, mientras yo metía la mano bajo su blusa y descubría que esa parte de ella me gustaba tanto como su sonrisa. Cuando le avisé que no aguantaba más, me preguntó dónde quería terminar.
—Decide tú —le dije—. Es tu coche, no quiero mancharlo.
Esa primera vez abrió la puerta y escupió hacia el suelo del aparcamiento, tomó un trago de agua de la botella que llevaba en el portavasos y arrancó como si volviéramos de comprar el almuerzo. Subimos a la oficina por separado, ella primero, yo cinco minutos después, los dos con cara de no haber roto un plato.
Lo repetimos la semana siguiente. Esa vez, cuando terminé, lo tragó sin que yo se lo pidiera. Lo hizo por curiosidad, dijo, como quien prueba algo prohibido solo para saber qué se siente. Le dio la risa floja, esa risa pícara de niña traviesa, y a partir de entonces se convirtió en una costumbre suya.
***
Aun así, el coche la ponía nerviosa. Vivía con el corazón en la boca pensando que alguien reconocería el coche o se acercaría a saludar. Una tarde me dijo que iba a buscar una solución mejor, y por su tono entendí que ya le había estado dando vueltas.
Tardó pocos días en aparecer con su plan. Su madre iba a misa todos los miércoles por la tarde y no regresaba al piso hasta cerca de las seis. Nuestro horario terminaba a las cinco, y entre que cada uno cogía su coche y llegábamos a su casa no pasaban más de veinte minutos. Eso nos dejaba al menos media hora a solas. Media hora era todo lo que necesitábamos.
Para asegurarse, Tamara llamaba al teléfono fijo de su casa de camino, dejaba que sonara varias veces y, si nadie contestaba, sabíamos que el piso estaba vacío. Era meticulosa hasta para eso, y esa cautela suya, lejos de enfriarme, me encendía todavía más.
El primer miércoles llegamos y el piso estaba en silencio. Había un detalle a nuestro favor: para acceder a su puerta había que cruzar una reja metálica que chirriaba como un alma en pena. Si alguien venía mientras estábamos en mitad de la faena, ese ruido nos daría tiempo de sobra para recomponernos. Y vaya si nos salvó alguna vez.
El ritual era siempre el mismo. Ella dejaba el bolso y las llaves en el recibidor mientras yo me acomodaba en el sofá del salón. Después venía, se sentaba a mi lado y nos comíamos la boca como si lleváramos meses sin vernos, aunque hubiéramos compartido ascensor diez minutos antes. Yo le metía mano por donde podía, y lo que más buscaba era su pecho, que se desbordaba en cuanto le levantaba la blusa.
Frente al sofá había un mueble bajo para la televisión con un par de puertecitas de cristal en la parte inferior. En aquel reflejo oscuro nos veíamos, y yo terminé por sentarme siempre en el mismo lugar para poder mirar su cara mientras estaba conmigo. Verla a ella y verla reflejada al mismo tiempo tenía algo morboso que nunca le confesé del todo.
Recuerdo que al principio le faltaba práctica. Me agarraba con demasiada suavidad, casi con miedo de hacerme daño, y yo apenas sentía nada. Poco a poco le fui enseñando, sin prisa, lo que me gustaba y cómo. Tamara era buena alumna. Aprendía rápido y le ponía ganas, y en cuestión de semanas la diferencia era abismal.
Verla trabajar reflejada en aquel cristal, concentrada y entregada, era de las cosas más excitantes que recuerdo de aquella época. Cuando se detenía para usar la mano lo hacía ya con firmeza, justo como me gustaba, y yo aprendí a aguantar más solo para alargar el momento. Sabía que los miércoles tocaba, así que pasaba un par de días reservándome a propósito, y llegaba con una carga acumulada que la hacía reír.
—Un día de estos me vas a ahogar —bromeaba, limpiándose la comisura con el dorso de la mano.
—Tú avisa y paro —le respondía yo, sabiendo que no lo iba a hacer.
A veces le sujetaba la cara con ambas manos, suave, solo para tener apoyo, y marcaba yo el ritmo. Sin querer le llegaba demasiado hondo y se le saltaban las lágrimas, pero en lugar de molestarse se reía y me las enseñaba como un trofeo, orgullosa de aguantar. Esa mezcla de pudor y descaro era exactamente lo que me volvía loco de ella.
Tenía además una manera muy suya de pedírmelo. Llamaba a lo nuestro «el biberón». Me escribía un mensaje a media mañana, un simple «¿hoy toca biberón?», y yo ya no me concentraba en nada hasta que daban las cinco. Solo esa palabra, dicha con su voz baja en mitad de la oficina mientras los demás teclaban ajenos a todo, bastaba para encenderme el resto de la tarde.
***
Lo que parecía un capricho de unas semanas se estiró durante seis años. Seis años de miércoles robados, de rejas que chirriaban, de mensajes en clave y de miradas cómplices sobre la pantalla del ordenador. Nadie en la oficina lo supo nunca, o al menos nadie lo dijo, y esa fue parte de la emoción: tener un secreto entero para los dos en un sitio donde todo se contaba.
Nunca fue una relación al uso. No nos prometimos nada, no hubo planes de futuro ni presentaciones formales. Era otra cosa, más sencilla y más honesta a su manera: dos personas que se gustaban, que se entendían en el deseo y que habían encontrado un hueco en la rutina para sentirse libres una tarde a la semana.
Con el tiempo la vida nos fue separando, como suele pasar. Cambios de departamento, un traslado, esas cosas que uno no decide y que de pronto lo cambian todo. Dejamos de coincidir y, sin un final concreto, los miércoles simplemente se apagaron.
De vez en cuando, cuando paso frente a una iglesia un miércoles por la tarde, me acuerdo de ella sin querer. Me pregunto dónde estará, si seguirá riéndose con esa risa pícara, si alguien más conocerá el secreto que durante seis años fue solo nuestro. Dondequiera que estés, Tamara, esto es lo más cerca que estaré nunca de darte las gracias.





